La muerte de Tolstoi en Astapovo

Es hora de ocuparse de las anécdotas literarias, de las cuales pretendo hacer una serie como con las rivalidades literarias. Pero antes de proceder conviene explicar qué es una anécdota literaria. En sí el término es tan vago que podría ser cualquier cosa, una rareza, curiosidad o suceso emparentado consanguínea o políticamente con la tinta, como por ejemplo que Friedo Lampe nació en Bremen, según lo cual habría miles, pero mi intención es dirigir la mirada a aquellas pocas, poquísimas, que por su naturaleza singular podrían considerarse un homenaje que se rinde a un autor o su obra, pero uno que tiene lugar fuera de los cauces habituales, ocurre espontáneamente y se manifiesta de forma poética, como la heroica hazaña de Hemingway en la II GM, que dio lugar a que el Petit Bar pasase a llamarse Hemingway Bar.

Pero para explicar qué es exactamente una anécdota literaria nada mejor que echar un vistazo a la muerte en Astapovo de Leon Tolstoi, quien ha pasado a la historia por ser el autor de Guerra y Paz, o Anna Karenina, cuya sola mención sería suficiente para terminar una discusión sobre quién es el mejor novelista de la historia, como quien arroja una escalera de color en una partida de póker.

Tolstoi nació en 1828 cuando Rusia todavía era una sociedad feudal -quizás siga siéndolo hoy, ¿quién sabe?- y por su condición de aristócrata pertenecía a la minoría de rusos que tenía todo desde la cuna, en oposición a la mayoría que no tenía nada. Sin embargo, Tolstoi sufrió una progresiva transformación a lo largo de su vida que le hizo renunciar a todo, para convertirse en uno que no tenía nada.

Si uno lee sus diarios de juventud, cuando era oficial de artillería en el Cáucaso, uno quizás tenga la misma impresión que tuvo su mujer al leerlos, que Tolstoi se dedicaba a correr detrás de todas las faldas. Conviene aclarar que Tolstoi acabó en el Cáucaso en parte debido a las deudas de juego que contrajo en Moscú, pero eso es otra historia. Lo importante es que el joven Tolstoi estaba poseído por las alegría de vivir y la búsqueda de los placeres comunes de la juventud, el juego, la botella, las faldas… Sin embargo, cuando medio siglo después, con 82 años, se propuso volver a esas alejadas regiones entre el mar Negro y el Caspio, había sufrido una profunda transformación personal y no me refiero a la lenta y natural transformación que lleva a las personas de la alegría de la juventud a la gravedad de senectud, sino a una mucho más profunda, que lo llevó a enfrentarse a los zares y a la iglesia ortodoxa, que acabaría excomulgándolo, a pesar de ser un hombre profundamente religioso, y a despojarse de todo, absolutamente todo.

Tolstoi de joven, cuando lo perdían las faldas y el juego

A lo largo de su vida, Tolstoi siempre se mantuvo al día de todas las corrientes intelectuales que desembocarían en las profundas transformaciones sociales que sufrió Rusia a principios del siglo XX y para estar seguro de que no se le escapaba nada leía cada libro dos veces seguidas, pero el origen de su profunda transformación personal no hay que buscarlo en ningún ensayo ni en ningún libro, sino en su estrecho contacto con el pueblo ruso, que nadie conoció como él: Su sociedad, desde los palacios de los zares a las humildes cabañas de los campesinos; su paisaje, desde los mares a las estepas; su cultura, desde las viejas leyendas populares, a la exquisita poesía de Pushkin; su alma, desde desde su profunda espiritualidad a sus sufrimientos milenarios e irredentos.

Tolstoi no renunció a participar en el debate político de su época, escribió numeroso artículos en Svobódnoye Solvo (Libertad de expresión) o Obnovlenie (Renovación) y su postura en favor de la renovación de las estructuras políticas y sociales lo enfrentó directamente con el poder. Pero Tolstoi no se quedó en las palabras y perteneció a esa escasa y rara de hombres que predican con el ejemplo, los únicos en mi humilde opinión que merecen el calificativo de maestros y modelos, y en su dacha de Yásnaya Poliana, en la provincia de Tula, se propuso erradicar todos los males que afectaban a la sociedad rusa. En Yásnaya Poliana no se explotaba a los campesinos, sino que se les daba un trato humano y una remuneración justa por su trabajo. Más aún, se los instruía y poca gente puede presumir de haber tenido un profesor mejor, pues el propio Tolstoi se encargaba personalmente de enseñarlos a leer y a escribir y familiarizarlos con nociones básicas de historia, ciencias y filosofía.

La dacha de Yásnaya Poliana no sólo se convirtió en símbolo de que una nueva Rusia era posible, se convirtió en símbolo de que un nuevo mundo era posible, donde la espiritualidad no se reservaba para un día a la semana, ni se celebraba entre gruesos muros de piedra, de acuerdo con fórmulas arcaicas, sino que se vivía al aire libre, cada hora y cada segundo y estaba tan íntimamente vinculada a la vida como el mero acto de respirar y la humanidad no era letra muerta consignada en los códigos de derecho y los manuales de filosofía política, sino una realidad que se materializaba en cada contacto humano.

Seducidos por la palabra del genio, la dacha de Yásnaya Poliana siempre fue lugar de peregrinación para literatos, como hicieron en el pasado Rainer Maria Rilke o Stefan Zweig -quien escribió un libro al respecto, Viaje a Rusia-, como hizo en el presente Mario Vargas Llosa y como harán en el futuro los letraheridos del porvenir; pero también de periodistas, políticos y curiosos que querían ver con sus propios ojos qué se cocía allí y, cuando entre el pueblo ruso empezó correrse la voz de que no era sino Tolstoi, el más grande de sus escritores, el más elevado de sus genios, quien intentaba redimir al campesinado de su sufrimiento milenario, su figura alcanzó una dimensión bíblica.

Tolstoi con el macuto a la espalda

Tolstoi realizó el único y verdadero acto revolucionario que existe, el de cambiarse a uno mismo, y su último paso en el camino de la santidad fue desprenderse de todas sus posesiones, que legó al pueblo ruso, incluidos los derechos de todas sus obras, por los cuales los editores ofrecían la desorbitada cifra de un millón de rublos de la época. Pero que nadie piense que había sido seducido por las doctrinas revolucionarias que empezaban a ganar adeptos entre los rusos, prometiendo acabar con su sufrimiento y que no harían sino incrementarlo. Tolstoi no se hizo comunista, se hizo asceta y sus seguidores fundaron un culto alrededor de su persona y se denominaron a sí mismos los tolstóvtsi y uno no puede evitar pensar que de haber nacido muchos siglos atrás, cuando se hizo el mundo, su nombre hoy no se contaría entre el de los literatos universales, sino entre el de los profetas, como Mahoma, Jesucristo o Buda, y que Yásnaya Poliana no sería lugar de peregrinación literaria, sino religiosa, como la Meca o Jerusalén.

Así luce hoy la casa de Tolstoi

Nadie sufrió más que su mujer, Sofía Andréyevna, su camino hacia el ascetismo. La pareja se casó el 23 de septiembre de 1862, cuando ella contaba 18 años y el escritor 34, una buena edad para sentar la cabeza, dicho sea de paso. Detrás de todo hombre hay siempre una gran mujer y sin Sofía a su lado Tolstoi jamás hubiera podido completar su magna obra literaria, al respecto baste decir que ella corrigió y pasó a limpio seis veces Guerra y paz, una de las mejores novelas bélicas de todos los tiempos, que cuenta con 2000 páginas y ofrece todas las dificultades y recompensas de los tochos. A pesar de la diferencia de edad, el suyo fue un gran amor, pero también uno muy sufrido, probablemente no haya de otro tipo, el cultivo del amor exige paciencia y tolerancia como el del geranio sol y agua, sin los cuales no florece y todo se queda en una pasión de verano, como la que vivieron Nietzsche y Lou Andreas-Salomé.

Sofía Andréyevna era la hija de un reputado médico moscovita, ergo una burguesa y cuando se casó con Tolstoi probablemente esperaba una vida más acorde con la que el título de conde de su marido prometía. Sofía siempre le reprochó la austeridad de su dacha, que se vistiera como un campesino en lugar de como un noble, que diera de comer a los desheredados de Yásnaya Poliana pero no celebrara banquetes en honor de los nobles en su casa de Moscú -hoy convertida en museo- y para colmo que decidiera legar sus posesiones al pueblo ruso en lugar de a su familia. La ideas de Tolstoi fueron un motivo constante de fricción con Sofía, pero juntos trajeron al mundo 13 hijos, con lo cual no hay duda que si por el día peleaban por la noche hacían las paces.

Tolstoi y Sofia

Tolstoi alcanzó ese grado de espiritualidad en que las posesiones materiales no significan absolutamente nada, abjuró de toda su obra literaria y rompió las cadenas más fuertes que atan a un hombre con el mundo y al final de su vida decidió abandonar a su familia. En la madrugada del 28 de octubre de 1910, con 82 años de edad, Tolstoi abandonó Yásnaya Poliana para siempre -entre sus escasos artículos de viaje figuraba un único libro, Los hermanos Karamazov de Dostoyevski-, mientras su mujer, hijos y nietos dormían. Aunque dejó una carta para su mujer, los verdaderos motivos de su huida hoy siguen siendo un misterio, quizás había alcanzado la iluminación de los santos y la vida familiar ya no significaba nada para él o quizás simplemente sufría demencia senil, quién sabe. Quizás la respuesta esté entre las líneas de Resurreción, su obra más profunda y espiritual.

La noticia de la desaparición del genio publicada al día siguiente por Rússkoye Slovo (Palabra rusa) sacudió Rusia, una angustia general que se acentuó al hacerse público el intento de suicidio de Sofía Andréyevna, e inmediatamente las autoridades movilizaron todos los recursos disponibles para encontrarlo. El primero en dar con él fue el periodista Konstatin Orlov, en la estación de Astapovo, a trescientos kilómetros de la región de Tula en dirección sureste, lo que siempre ha hecho pensar que se dirigía al Cáucaso, donde había conocido las fugaces alegrías de la juventud, aunque lo más probable es que el destino de aquel último viaje de su vida fuera la eternidad, que como saben los lectores de Nietzsche, se encuentra en dirección sur.

Konstatin Orlov encontró a Tolstoi en un terrible estado febril, debido a una neumonía contraída durante el viaje. Lo hizo bajar del tren y lo instaló en la casa del jefe de la estación de Astapovo, sita en el mismo andén, a donde no tardó en llegar un médico, que le administró una dosis de morfina para mitigar el dolor, luego llegaron los periodistas, autoridades civiles, curiosos, admiradores y finalmente su mujer, acompañada por su hija Alexandra, que besó su frente y le pidió perdón de rodillas. Todos ellos lo vieron morir el 20 de octubre de 1910, desde entonces las autoridades rusas no han dejado de honrar su memoria, a lo largo y ancho del país más grande del mundo hay calles, escuelas, bibliotecas y museos con su nombre, pero nadie le rindió un homenaje más hermoso que el humilde jefe de estación de Astapovo, que paró las agujas del reloj de su estación a las 6.05, hora exacta de su muerte, como si el tiempo se hubiera detenido para siempre.

Estación de Astapovo, donde el reloj permanece parado desde la madrugada del 20 de octubre de 1910

Hemingway, héroe de la II GM

Todo el mundo conoce a Ernest Hemingway, todo el mundo sabe que firmó títulos como Por quién doblan las campanas, Fiesta o El viejo y el mar; todo el mundo sabe que, si no el mejor escritor, fue la gran personalidad literaria del siglo XX, gracias a su vida legendaria, pero lo que no todo el mundo sabe es que Hemingway protagonizó uno de los sucesos más heroicos de la II Guerra Mundial.

Probablemente la razón por la que se ignora que Hemingway fue un jodido héroe de guerra es porque su enfrentamiento con el sanguinario coronel Ludorff no forma parte de la historia, sino de la leyenda y, como tal, su lugar no está en los libros de historia, sino en la memoria del pueblo, concretamente de aquel que forma la distinguida República de las Letras, a través de cuyos miembros pasa de generación en generación, inmune a la erosión del tiempo, embelleciéndose con los años, como un monumento imperecedero en honor de la dignidad y la justicia.

Los seguidores del genio no dudan que sucedió y apelan a un comentario olvidado de André Malraux o una carta pérdida F.S. Fitzgerald para demostrar la veracidad de la hazaña; en cambio, sus detractores, alegan que todo eso no son más que conjeturas, comentarios, suposiciones, sobre los cuales no se puede fundar ningún hecho histórico, cuyo único propósito es alargar la leyenda del escritor, a todo lo cual añaden en tono desabrido, como quien da un golpe en la mesa, que los literatos son gente cobarde y pusilánime por naturaleza, que carecen de la osadía, agallas y carácter que distinguen a los héroes. En resumen, su posición es que Hemingway podía crear un personaje tan inolvidable y heroico como el Roberto Jordan de Por quién doblan las campanas, pero jamás encarnar uno.

Obviamente Hemingway no era un soldado, cuando estalló la I GM no se alistó como voluntario para luchar en Verdún o Somme, como por ejemplo hizo Ernst Jünger, sino que unió a la Cruz Roja y recorrió los campos de combate conduciendo una ambulancia. Y cuando estalló la Guerra Civil española y, poco después, como quien empalma un cigarrillo con otro, la II GM, Hemingway tampoco cogió su fusil en defensa de la libertad y la decencia, sino que participó como corresponsal de guerra. Así que ahí tenemos al héroe, mirando los toros desde la barrera, por así decir, escribiendo crónicas sobre la Batalla del Ebro y el Desembarco de Normandía para la North American Newspaper Alliance, por las cuales en 1947 obtuvo un Estrella de Bronce, «por su valor para ir a la primera línea de fuego y dar a los lectores una imagen vívida de las dificultades y los triunfos de los soldados en el frente.»

Sin embargo, Hemingway soltó la pluma y cogió su fusil cuando, hacia el final de la guerra, después de cuatro años de ocupación, los alemanes empezaron a abandonar París. ¿Qué impulsó a Hemingway a tomar las armas cuando el resto del mundo las deponían? Muy sencillo, los oficiales y soldados nazis, impulsados por esa tendencia a la rapiña propia de las razas germanas, de la que en los anales de la historia hay pruebas tan tempranas como el saqueo de Roma, no tenían la menor intención de irse de París con las manos vacías, sino que antes pensaban expoliar cuanto de valor quedaba en la ciudad de la luz.

Sin duda, Hemingway debió arquear una ceja cuando supo que los alemanes estaban robando los pocos ahorros que aún pudieran quedar a las buenas gentes de París, llevándose los tesoros que custodian las paredes del Louvre, los inmaculados mármoles de Père Lachaise o el patrimonio nacional de Versalles; todo esto era muy grave, gravísimo, pero lo que en verdad le hizo decir ya basta fue saber que el coronel Ludorff planeaba expoliar el Ritz. El Ritz no sólo era un símbolo de la ocupación alemana, donde se alojaban todos los jerarcas nazis, además formaba parte de la memoria sentimental de Hemingway, que pasó los mejores años de su vida en París, de los que dejó constancia en París era una fiesta, un libro de memorias de calidad irregular, en parte porque murió antes de darle los últimos retoques, que sin embargo tiene pasajes de belleza sin igual, como aquel en que dice que llega la primavera y el único problema que tienes en París es dónde ser más feliz, una línea que quizás ninguna otra ciudad del mundo podía inspirar, excepto acaso la hermosa ciudad de Vetusta.

Hemingway frente a la Shakespeare & Co, una de las librerías más hermosas del mundo, junto a la fundadora, que le prestaba libros cuando no tenía dinero para pagarlos, en los viejos buenos días de la juventud en París

En París era una fiesta Hemingway también dice que siempre que sueño con el paraíso, la acción tiene lugar en el Ritz de París, de donde se puede concluir que era para él lo que Tiffany’s era para la Holly Golightly de Truman Capote, así que en modo alguno iba a permitir que los odiosos nazis se quedaran con cualesquiera objetos de valor hubiera dentro. Dicho lo cual, hay que precisar que a Hemingway no le preocupaban los delicados brocados de las habitaciones, las fastuosas arañas de los salones o la exquisita decoración de los pasillos; no, lo que verdaderamente le preocupaba era el contenido del Petit Bar, concretamente los tesoros de su bodega, donde entre otros maravillosos caldos se custodiaba la última botella de Petrvs 1834, la misma cosecha que Honoré de Balzac, ilustre miembro de El club de los hachichins, bebió durante la escritura de Las ilusiones perdidas, gema de las letras francesas.

No, Hemingway no iba a permitir que la última botella de Petrvus 1834, elixir que podía convertir en poeta a cualquier vulgar notario, cayera en manos alemanas, ni aunque le garantizaran que su contenido acabara en el gaznate adecuado y nueve meses después diera a luz una obra maestra, acaso un nuevo Fausto de Goethe, así que cogió su fusil y rápidamente reclutó un pelotón de milicianos entre los habitantes de los pueblos de Rambouillet y el 25 de agosto de 1944 dirigió sus pasos a París, cuyas calles recorrió entre los aplausos de los heroicos habitantes de la ciudad, que durante cuatro largos años habían soportado estoicamente la ocupación nazi y veían en la figura robusta de Hemingway un heraldo de la libertad.

Hemingway, acaso estudiando la ruta más rápida a París

No se sabe si el corazón de Hemingway explotó de alegría al reencontrarse de nuevo con París, donde según su propio testimonio fue muy pobre y muy feliz, o se encogió de tristeza al ver los estragos que cuatro años de ocupación habían causado en esa hermosa ciudad, que produce más literatura de la que puede consumir, de la que John Ashbery dijo que vivir en ella te hace incapaz de vivir en ningún otro sitio, ni siquiera en París, a la que Vila-Matas dedicó un libro hermosísimo, París no se acaba nunca, y a la que desde tiempos inmemoriales los amantes peregrinan desde todos los lugares del mundo para hacer lo que con más tranquilidad podrían hacer en la intimidad de sus hogares, decirse te amo, simplemente porque a orillas del Sena las palabras suenan diferente; la leyenda sólo dice que Hemingway guió a su compañía de milicianos directamente hacia el 15 de la Place Vendôme, donde se encuentra el Ritz.

Nada más cruzar las puertas del Petit Bar, Hemingway se encontró cara a cara con el coronel Ludorff, a quien manifestó su intención de tomar posesión de la bodega del establecimiento, a lo cual el nazi respondió que por encima de su cadáver. A continuación se produjo un momento de gran tensión que la mejor forma de describir es haciendo referencia a esas escenas de películas bélicas en que los soldados de dos ejércitos enemigos se encuentran frente a frente con los fusiles amartillados y los dedos presionando el gatillo a la espera de que sus respectivos comandantes den la orden de abrir fuego. Todo el mundo en el Petit Bar estaba dispuesto a morir, aunque gracias a dios no se consumó la tragedia, quizás porque por entonces la guerra ya estaba vista para sentencia y no tenía sentido hacer correr más sangre, aunque más probablemente porque ambos comandantes eran caballeros, dispuestos a arreglar aquel desencuentro como personas civilizadas, para lo cual se sentaron en una mesa, rodeados por sus hombres, y lanzaron una moneda al aire, para determinar con qué armas debían batirse en duelo; como buen americano, Hemingway puso su destino en manos del whisky, en cambio, el coronel Ludorff, como buen alemán, puso el suyo en manos del sekt, del cual las bodegas tenían generosas reservas.

La diosa fortuna sonrió a Hemingway, la moneda cayó cara, el duelo se resolvería con el preciado destilado escocés, para lo cual mandaron al camarero a la bodega a por una caja del mejor McCallan. Sin embargo, aquello no iba a ser coser y cantar para nuestro héroe, pues el coronel Ludorff era una esponja, en la mejor tradición del pueblo germano, inclinado a los excesos, la corrupción y el vicio, de todos los cuales la embriaguez es el peor, a diferencia de las razas mediterráneas, cuya naturaleza fomenta la mesura y la contención. Así que a la primera caja de McCallan siguió una segunda y a esta una tercera, probablemente nadie hubiera podido salir victorioso de aquel duelo a alcohol, excepto Hemingway, no en vano se cuenta entre los grandes borrachos de las letras, un oficio en el que se pueden encontrar santos varones como Thoreau, que en Walden dejo escrito que la única bebida del hombre inteligente era el agua, con lo cual el que escribe está completamente de acuerdo, pero más frecuentemente el contacto con el papel y la tinta altera el juicio, riesgo del cual ya advirtió Cervantes en El Quijote o R.L. Stevenson en El diablo de la botella, y produce degenerados como Henry Miller, Faulkner -con el que by the way Hemingway tuvo una gran rivalidad literaria-, E.A. Poe o Bolaño. Así que Hemingway no era buen compañero de baile y, nada más pasar el Rubicón de la quinta caja, empezó a animarse cada vez más con cada trago, sus únicos síntomas de ebriedad: La mirada un poco perdida, una sonrisa bobalicona y algún erupto ocasional, para liberar los vapores que se cocinaban en sus entrañas; mientras que al otro lado de la mesa el coronel Ludorff empezó a perder progresivamente la facultad del habla y balancearse en la silla, hasta que finalmente se desplomó.

Hemingway en los San Fermines, disfrutando de los tesoros de la tierra

Hemingway había liberado el Ritz, lo cual a la larga se demostró un esfuerzo estéril, poco más que un símbolo de la subsiguiente liberación de París, pues en la fiesta de celebración, que se prolongó varios días, secaron la bodega del Petit Bar, con lo cual nada quedó de aquellos tesoros que supuestamente habían ido a rescatar, excepto la última botella de Petrvs 1834, que Hemingway conservó para él. Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, que canta Sabina en Donde habita el olvido, y en los años siguientes Hemingway siguió haciendo lo había estado haciendo antes de la guerra, pelearse a puñetazo limpio, enamorarse, casarse, divorciarse, hasta totalizar cuatro esposas, recorrer Europa, ir de safari a Africa, pescar en aguas del Caribe.

Hemingway siempre dispuesto a cambiar cuero

Pero nada de eso evitó que su vida se hundiera poco a poco en las arenas movedizas de la depresión, cuya peor consecuencia fue que no volvió a publicar prácticamente nada y lo poco que publicó no es digno de mención, Al otro lado del río y entre los árboles fue una novela lamentable, como ya presagiaba su horrible título, a partir de la cual la crítica empezó a decir que Hemingway estaba acabado, simplemente porque era la triste verdad, Hemingway, el macho alfa de la literatura, estaba acabado y cada vez coqueteaba más con la idea del suicidio, asía su Winchester, metía el cañón en la boca y acariciaba el gatillo. ¿Qué le impedía apretar el gatillo? Bien, esta es una pregunta imposible de contestar. Lo único cierto es que Hemingway fue un grande y los grandes no salen por la puerta de atrás, los grandes salen por la puerta grande, para lo cual por fin descorchó aquella botella de Petrvs 1834, que tanto tiempo llevaba criando polvo en algún lugar de casa de Ketchum, y como un siglo atrás Honoré de Balzac, alentado por ese maravilloso caldo, del cual se dice que podía convertir en poeta al más triste de los notarios, parió El viejo y el mar, que deslumbró al mundo y en 1953 le valió el premio Pulitzer y en 1954 el Nobel, pero la gloria es algo efímero, como el perfume de las flores, y no evitó que unos pocos años después finalmente apretara el gatillo.

Hemingway fue una de las grandes celebridades del siglo XX, que tuvo la oportunidad de conocer a muchas celebridades de su tiempo

Con ello acabó la vida de Hemingway y empezó la leyenda. Los escépticos, como siempre, pondrán en marcha la pesada burocracia de la vedad y exigirán datos, pruebas, atestados y toda la pesada burocracia de la verdad y, en su defecto, tendrán la desfachatez de tildar la leyenda de invención, superchería, quimera, desvarío, cuya única intención es corromper la mente del crédulo ciudadano de a pie, por medio de la exaltación del valor y la belleza, para alejarlo del pragmatismo que caracteriza a los buenos burgueses, y hacer de él un soñador, un poeta, un vago, un maleante e incluso, en el pero de los casos, un quijote que recorre el ancho el mundo a lomos de su rocín deshaciendo entuertos y defendiendo causas perdidas; pero las buenas gentes de París no olvidan quién fue el primero en entrar en la ciudad ocupada, como la gerencia del Ritz no olvida quién echó a los nazis de su establecimiento y en un acto de justicia poética, que constituye una de las anécdotas más hermosas de la literatura, pocos años después de su muerte se cambió el nombre del Petit Bar, que desde entonces se llama el Hemingway Bar.

Petit Bar del Ritz, ahí bebieron ilustres como Graham Green, Scott Fitgerald, Ingrid Bergman, Truman Capote o Marlene Dietrich, pero ninguno fu más querido que su salvador.

Literatura y deporte. 10 mejores novelas deportivas

Cuando se dice deporte y literatura, bien se podría decir agua y aceite, noche y día, verano e invierno, norte y sur o cualquier otra pareja de opuestos, pues desde siempre ha existido un odio mutuo entre ambos. Los intelectuales siempre han mirado con recelo a los deportistas, bien porque los consideren agentes del poder, cuyas piruetas y proezas físicas están destinadas a adormecer las conciencias, bien porque les guarden rencor porque tiempo atrás, en el colegio, la reina de la clase prefirió sus músculos a sus versos. Nada ejemplifica mejor ese desprecio que el hecho de el maestro Borges programara una conferencia el mismo día y a la misma hora que Argentina jugaba la final de la Copa del Mundo del 78. No es menos intensa la animadversión del deportista por el intelectual. No obstante, en los últimos tiempos, esas desavenencias han disminuido considerablemente y, si no amor ni amistad, entre deporte y literatura ha surgido una especie de tolerancia, probablemente porque ambos han ido alejándose de sus esferas particulares para entrar a formar parte de la gran industria del entretenimiento global. Así en las últimas décadas han surgido una serie de novelas que tienen el deporte como tema de fondo. Vamos a echar un vistazo a las mejores y para hacer la selección lo más variada posible, queda prohibido repetir deporte.

  1. La ley del silencio de Budd Schulberg

A juzgar por el número de películas y libros que lo tienen como tema de fondo, no existe deporte más cinematográfico ni literario que el boxeo. Period. En comparación con su dureza y carga dramática, el resto de deportes son cosas de niños. Valga como ejemplo el combate entre Joe Louis y Max Schmelling. Por ello si los literatos siempre han sentido cierto desprecio por los futbolistas o atletas, siempre han sentido fascinación por los boxeadores, tipos duros por antonomasia, cuyos lazos con los bajos fondos y relaciones con mujeres fatales no hacen más que aumentar la atracción que sienten por ellos. Hablando de boxeo, hay mucho donde elegir, pero Le ley del silencio lo tiene todo, un clásico por derecho propio que vendió millones de copias en su día.

La ley del silencio impera en los muelles de Nueva York, las cosas se hacen como dice el sindicato de estibadores, estrechamente relacionado con la mafia. Terry Malloy, un ex boxeador sin muchas luces, una especie de Rocky primordial, actúa de matón para el sindicato, hasta que conoce a Katie, cuyo hermano ha sido asesinado por infringir la ley del silencio, y decide plantar cara a la mafia. Por supuesto, el tema de fondo no es el boxeo -el boxeo sólo es parte del atrezzo-, sino el amor como potencia reformadora. Esto es cuestionable, mucho, a mi juicio el amor ha jodido más vidas que la cocaína y la heroína juntas, pero la belleza de la novela reside precisamente ahí, en su el innegable idealismo e inocencia.

Marlon Brandon ganó el oscar al mejor actor por su interpretación de Terry Malloy

2. El Alpe D’huez de Javier García Sánchez

Aunque no tanto como el boxeo, la incuestionable dureza del ciclismo debía llamar tarde o temprano la atención de algún literato. Resultó ser Javier García Sánchez, quien se propuso nada menos que describir una etapa del Tour, nada menos que la etapa reina, nada menos que con final en la mítica cima de Alpe D’huez, de la cual la leyenda dice que quien sale vestido de amarillo llega vestido de amarillo a los Campos Elíseos y, ahí está el desafío, hacer que una etapa ciclista resultara literariamente atractiva y, ahí está el éxito, conseguirlo.

En la etapa reina del tour, Jabato, un jornalero de la gloria, se escapa en solitario y durante más de cuatrocientas páginas pedaleamos a su lado, en busca de la gloria, con cada página sentimos como disminuyen nuestras fuerzas y el ácido láctico se acumula en nuestro músculos. Compartimos su dolor y su agonía, queremos bajarnos de la bici, pero seguimos pedaleando. ¿Por qué? Para saber si Jabato cruzará el primero la meta o al final será arrollado por el pelotón. Ahí reside todo el misterio de la novela, en saber si Jabato, un proletario de la bicicleta, tendrá sus cinco minutos de gloria. No desvelaré el misterio, o por decirlo a la manera moderna, no haré spoiler, me limitaré a decir que desgraciadamente el final es la parte más floja de la novela, de haber sido resuelta con más tino, Javier García Sánchez habría hecho un clásico imperecedero. No obstante, tal y como está, es una lectura hermosa que mereció los elogios del maestro Miguel Delibes, ahí es nada.

3. End Zone de Don Delillo

Considerado un clásico contemporáneo, Don Delillo es uno de los escritores más interesantes de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Mi primer encuentro con Delillo fue con El hombre del salto, la novela que escribió poco después de los atentados del 11-M y he de decir que no fue un encuentro feliz. La novela no me gustó nada, de hecho me gustó tan poco que dije que no volvería a leer a Delillo, afortunadamente no cumplí mi palabra, su prestigio era demasiado grande. Mi siguiente incursión en su obra fue Ruido de fondo, que me obligó a quitarme el sombrero ante su originalidad, pericia y humor, negro y amargo como el café.

End Zone, está traducido al español como Fin de campo y publicada en España por Seix Barral. La novela tiene el fútbol americano como tema de fondo y el título hace referencia al espacio situado inmediatamente después del campo reglamentario. En el contexto de la guerra fría, Gary Harknees, estudiante del Logos College y miembro de su equipo de fútbol americano, se vuelve cada vez más obsesionado con la amenaza de una posible guerra nuclear, hasta el punto de que empieza a ver las tácticas y estrategias de su equipo como una prolongación de las de los generales, dictadores y presidentes. Alguien dijo que el fútbol era la continuación de la guerra por otros medios, se refería al nuestro, pero el maestro Don Delillo tomó nota.

4. La broma infinita de David Foster Wallace

David Foster Wallace escribió Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, un libro sobre tenis, pese a lo cual poco después escribió La broma infinita, gran parte de cuya trama pasa en una academia de tenis. Cierto, La broma infinita es cronológicamente anterior, pero soy de esas personas que no permiten que una fecha les arruinen una buena introducción.

Ahora hablando en serio, La broma infinita es una reflexión filosófica de más de mil páginas sobre la sociedad y cultura modernas, cuya excelente manufactura y agudeza le valió a David Foster Wallaces el título de gran promesa de las letras norteamericanas, antes de que el suicidio pusiera punto final a su corta carrera literaria a la edad de 46 años. David Foster Wallace jugó al tenis durante su infancia y juventud, esa pasión dejó una huella indeleble que trasladó a varios de sus libros, tanto novelas como ensayos. Por los azares de la vida, en La broma infinita, los miembros de la prestigiosa Endfield Tennis Academy, asistidos por los yonkis de un centro de desintoxicación cercano, se proponen encontrar la grabación perdida de una película tan mortalmente entretenida que todos los que la ven perecen en un éxtasis de felicidad. ¿El título de esa misteriosa película? Sí, La broma infinita.

David Foster Wallace, cuya imagen siempre me recordó a otro ilustre suicida: Kurt Cobain

5. The natural de Bernard Malamud

A pesar de la calidad de su obra literaria, Bernard Malamud sigue siendo un gran desconocido para la mayor parte del público no americano. Hace unos pocos años, la editorial Sajalín apostó por su obra con una bonita edición de Las vidas de Dubin. Lamentablemente no eligieron la mejor de sus novelas, aunque quizás sí la más ambiciosa. Las vidas de Dubin es una novela fallida que aburre casi desde el principio. Pero el talento de Bernard Malamud es incuestionable y prueba de ello es que Phillip Roth siempre lo consideró un maestro y uno de los grandes escritores judíos en lengua inglesa.

Quizás el nombre de Bernard Malamud sería más conocido para el público hispano si Sajalín hubiese apostado por The natural. Esta novela probablemente no es sólo el primer intento de hacer del deporte una materia literaria respetable, sino uno de los más logrados. En última instancia es una investigación sobre el alma humana, a través de la singular personalidad de un deportista de élite, en concreto la de Roy Hobbs, un talento del béisbol, cuya carrera náufraga a manos de una mujer fatal y que años después intenta rehacer su carrera.

The natural fue llevada al cine con una alineación impresionante, encabezada por a natural de la interpretación

6. El buscavidas de Walter Tevis

Se puede discutir ad infinitum si el billar es un deporte o no, personalmente estoy inclinado a considerarlo más un juego de salón que un deporte propiamente dicho, pero no voy a permitir que esas consideraciones me impidan incluir este clásico en la lista. A fin de cuentas en El buscavidas los hombres compiten por ver quién es el mejor y si lo hacen con un palo de billar o con un balón de fútbol es lo de menos.

El buscavidas es mundialmente famoso por su adaptación cinematográfica, así que al respecto no se puede decir sino lo que todo el mundo ya sabe. Eddie Felson El rápido es un genio del billar, que se gana la vida viajando por los clubes de billar de los Estados Unidos y birlando sus ahorros a todos los pardillos que tienen la imprudencia de desafiarlo a una partida, pero cuando su destino se cruza con el del legendario Minnesota Fats, en juego ya no sólo hay un puñado de dólares, sino el orgullo de saberse el mejor.

Si La ley del silencio y The natural están interpretados por leyendas del cine, El buscavidas no se queda atrás. Curiosamente, en la adaptación de La gata sobre el tejado de zinc de Tennessee Williams, Paul Newman interpreta a un alcohólico ex jugador de fútbol americano.

7. Tapping the source de Kenn Nunn

El surf no es un deporte tradicional, sin embargo la especial comunión con la naturaleza que experimentan quienes lo practican no deja indiferente a nadie, el propio Jack London se sintió intensamente interesado por él a lo largo de su viaje alrededor del mundo. En cualquier caso hace mucho que el surf abandonó las costas de las islas del pacífico y conquistó el mundo. Desde entonces la singular cultura del surf ha llamado la atención de novelistas y directores de cine, pero de nadie tanto como de Kenn Nunn, pues si no me equivoco todos sus libros tiene el mar como telón de fondo, incluso ha dado lugar a un nuevo género literario, el surf noir. De entre todas ellas, Tapping the source es su novela más famosa, que la mayoría de vosotros conoceréis por el título de su adaptación cinematográfica, Point Break, que a su vez la mayoría de vosotros, una vez más, conoceréis por su caprichosa traducción al español: Le llaman Bodhi. ¿Necesito dar más datos en favor de esta novela?

Pocas cosas han hecho tanto por el surf como esta película

8. El ingenuo salvaje de David Storey

En El ingenuo salvaje, así es como se tradujo This sporting life, los editores de Impedimenta sabrán por qué, David Storey aborda una de sus grandes pasiones, el rugby, no en vano este ganador del prestigioso Premio Booker fue jugador profesional de rugby a 13 en su Inglaterra natal.

El rugby tiene una mística especial. En el campo los jugadores se rompen las narices y los dientes unos a otros, pero en cuanto el árbitro da el pitido final se abrazan y se van a emborrachar en la taberna más cercana. Esa mezcla singular de violencia y camaradería hace de él un deporte especial. El rugby se encuentra entre los deportes más populares del planeta, jugado en todos los continentes y debido a su popularidad, con la llegada de los millones de la televisión, ha ido perdiendo mística, pero aún conservaba su romanticismo primigenio cuando David Storey escribió El ingenuo Salvaje, donde se narra la vida del Arthur Machin, desde su debut en el equipo local hasta los días de su decaimiento, en una ciudad industrial del norte de Inglaterra. Pero lo más interesante del libro ocurre fuera del campo, donde Arthur Machin se afana por conquistar el corazón de su casera y por ser algo más que un peón en manos de los poderosos dueños del club de su vida.

9. Fiebre en las gradas de Nick Hornby

El fútbol no podía quedar fuera de esta lista, no en vano es el deporte rey, aunque muchos digan que no es el rey de los deportes. En cualquier caso nadie puede discutir que supera a cualquier otro en dificultad, baste decir al respecto que nada se hace con los pies. Los deportes tienen cuatro dimensiones: física, técnica, táctica y psicológica. Consideradas en su conjunto, el fútbol supera a cualquier otro deporte con creces. Pero no son sus muchas virtudes las que lo hacen tan popular, sino las delicadas relaciones entre identidad, participación y pertenencia que se establecen entre el escudo y las comunidades que representa. No es el momento para indagar en ellas, quizás otro día. Se deba a lo que se deba, el fútbol se ha vuelto tan popular que para los intelectuales han pasado de considerarlo el opio del pueblo a cultura.

En las últimas década los libros que tienen al fútbol en el punto de mira se han multiplicado como las setas. The damned united de David Peace, Once cuentos de fútbol del imprescindible Camilo José Cela, Salvajes y sentimentales de Javier Marías… Ensayos, novelas, cuentos, historia, biografías, hay de todo donde elegir para quien sienta pasión por él. Cuando me hablan de fútbol y literatura, mi recomendación por defecto es El fútbol a sol y a sombra de Galeano, pero considerando que hasta aquí todo han sido novelas, no conviene cambiar el patrón, no vaya a dar mala suerte.

He quemado ya tanto espacio con esta entrada, que no me queda ninguno para hablar sobre Fiebre en las gradas de Nick Hornby, salvo que vayan ustedes a la librería y lo compren, no se arrepentirán.

  1. La defensa Luzhin de Vladimir Nabokov

Esta entrada empezaba con el deporte que más pasión despierta entre los literatos y acaba con el único que puede hacerle sombra, el ajedrez. Curiosamente el primero es el reino de la violencia pura y el segundo el de la inteligencia pura. Hay una rara belleza en el ajedrez, sólo comparable a la de la música y las matemáticas. No en vano, estas tres disciplinas son las que más niños prodigios producen en el mundo. Al respecto yo diría que el ajedrez es una combinación de las dos últimas. La personalidad del jugador de ajedrez se asemeja a la del artista, obsesivo, maniático, introvertido, genial… El genio del ajedrez Paul Morphy dijo que saber jugar bien al ajedrez era un signo de distinción social, pero que saber jugar muy bien al ajedrez era el signo de una vida desperdiciada. No se equivocaba, el ajedrez absorbe tanto a los que lo practican que los aísla del mundo, para ellos la vida se limita a las 64 casillas y a las infinitas posibilidades que contiene. El ajedrez supera en adición a cualquier droga habida o por haber. El iniciado sabe de lo que hablo. El que no, siga mi consejo, no se acerque jamás a un tablero.

El ajedrez llevó a la ruina a Carl Schlechter, a la locura a Bobby Fischer y al suicido al propio Paul Morphy, como a Swiderski, a Henry Russ… La lista es larga. Para mí el libro que mejor narra la obsesión que produce el ajedrez es Ajedrez de Stefan Zweig, pero como ya forma parte de mi lista de mejores libros breves, en esta ocasión ese lugar va para otro clásico del ajedrez, La defensa Luzhin, basado en la vida de Alfred von Bardeleben, ajedrecista de origen aristocrático, a quien su pasión por el ajedrez lo llevó a divorciarse de sus tres mujeres, perder su fortuna, suicidarse arrojándose por una ventana y acabar enterrado en una fosa común.

Entrañable imagen de Nabokov y su mujer Vera disfrutando de una partida de ajedrez. Parece sólo un juego, pero esconde el diablo dentro

Esto es todo, amigos. Hecho en falta alguna novela con protagonista fememina, tipo Million Dollar Baby, pero lamentablemente no conozco ninguna, si alguno sabe de alguna y es tan amable de hacérmela saber rogaré a los cielos para que premien su amabilidad con una vida larga, próspera y saludable.

Friedo Lampe, la literatura en tiempos de guerra

Recientemente echaba una ojeada a los mejores libros censurados, a aquellos que la hayan leído les sonará el nombre de Friedo Lampe, para el resto será un gran desconocido, pues su obra ha estado inédita en España. Sin embargo la Editorial Funambulista ha decido rescatar del olvido a este gran escritor alemán y editar su primera obra, Al hilo de la noche, cuya traducción he tenido el placer de realizar en colaboración con Max Lacruz. Friedo Lampe fue una más de las millones de víctimas de una de las épocas más sangrientas de la historia, pero que en su caso particular simboliza el trágico destino del arte en tiempos de guerra. Conviene leerlo para no olvidar.

Friedo Lampe nació en Bremen, en el noroeste de Alemania, el 4 de diciembre de 1899, cuando Guillermo II todavía era káiser del Imperio Alemán. La historia de la ciudad se remonta al año 787, cuando Carlomagno fundó el obispado de Bremen, y desde sus inicios se vio determinada por la presencia del Weser, río navegable que desemboca en el Mar del Norte, a setenta kilómetros de distancia. El Weser es el principal medio de riqueza y vía de comunicación de la ciudad con el mundo.

Una de las aficiones del joven Friedo Lampe era pasar las tardes en el puerto, por lo que no es extraño que con el paso del tiempo se convirtiese en el escenario de su primera novela, Am Rande der Nacht («Al hilo de la noche»), y que el llegar y partir de los vapores, las reuniones de obreros en torno a los puestos ambulantes de comida, las salas de fiesta en las que se reunían marineros, aventureros y la clase de mujeres que suelen pulular por los muelles se convirtieran en la materia prima de su historia.

Hijo de una familia burguesa estrechamente vinculada al mundo editorial, es muy posible que Friedo Lampe estuviese llamado a desarrollar una vocación literaria, en cualquier caso el episodio que selló su amor por las letras fue una infección tuberculosa contraída a los cinco años de edad. Como el protagonista de La montaña mágica, el niño fue enviado a un sanatorio en Norderney, un pequeño enclave marinero perteneciente a las Islas Frisias, en la baja Sajonia, donde pasó tres años hasta que recibió el alta médica. Alejado de su familia, Lampe buscó refugió a la soledad en los tesoros de la literatura alemana, Hoffmann, Kleist, Büchner, Rilke, Mann o Kafka, y también de la literatura universal, Bocaccio, Cervantes, Shakespeare, Dostoievski o Dickens. En Norderney, en contacto con los clásicos, decidió que iba a ser escritor o nada. Curiosamente su historia no es única en la literatura europea, también el joven Camilo José Cela empleó el tiempo que pasó recuperándose de una tuberculosis en un sanatorio de Guadarrama leyendo a los clásicos españoles en las exquisitas ediciones de Rivadeneyra.

Cuando estalló la I Guerra Mundial, Friedo Lampe contaba quince años de edad. Pese a las restricciones que el bloqueo aliado imponía a la población civil alemana, la familia Lampe consiguió mantener su negocio editorial a flote y, dentro de ciertos límites, seguir disfrutando de las comodidades propias de una familia burguesa de la época. Mientras los soldados alemanes morían por millares en Somme o Verdún, el joven Lampe cursaba estudios de literatura, historia del arte y filosofía en Heidelberg, donde fue alumno de Karl Jaspers, y en Munich y Freiburg, donde asistió a los cursos impartidos por Edmund Husserl. Una vez completada su formación académica regresó a Bremen para trabajar en la revista familiar Schünemanns Monatshefte.

En cualquier caso, el destino del autor de Am Rande der Nacht, como el de la mayoría de sus contemporáneos, quedaría marcado más por los acontecimientos de la convulsa época que le tocó vivir que por sus decisiones personales y su voluntad y talento para llevarlas a efecto. La crisis económica de 1931 significó el cierre de muchos negocios, entre ellos la publicación de la familia Lampe. La delicada situación política precipitó el fin de la República de Weimar y el ascenso al poder del partido nazi en 1933.

Friedo Lampe, vestido de paisano, con su amigo Peter Voss

A pesar de ser tiempos duros, gracias a su formación en humanidades y especialmente a su vasto conocimiento del mundo literario, Friedo Lampe no tuvo dificultad para encontrar empleo como responsable de adquisiciones en una librería, aunque esta nueva acomodación implicaba abandonar a su familia y trasladarse a la vecina ciudad de Hamburgo, a ciento veinte kilómetros de distancia. Desde su llegada, Friedo Lampe se sintió como pez en el agua en la rica vida cultural de Hamburgo, su trabajo en la librería le permitió entrar en contacto con intelectuales y artistas y en las tertulias literarias de los cafés entabló amistad con el escritor W. E. Süskind -padre de Patrick- y J. Mass, quien le abrió las puertas de la revista vanguardista Der Kreis, en la que publicó sus primeros cuentos.

Friedo Lampe tenía la sensación de estar en el momento y lugar adecuados para realizar sus aspiraciones literarias; sin embargo el nombramiento el 30 de enero de 1933 de Hitler como nuevo canciller supuso el cierre inmediato de Der Kreis. En vista de la actitud del partido nazi respecto a la libertad de prensa, la opinión generalizada entre académicos, críticos y artistas era que ya no era seguro permanecer por más tiempo en Alemania y la mayoría de los intelectuales emprendió el camino del exilio.

La vida cultural de Hamburgo se hundió en la más absoluta indigencia, pero despreciando el riesgo Friedo Lampe decidió continuar en la ciudad. Su humilde salario de librero le proporcionaba unos ingresos fijos que le permitían cubrir sus necesidades materiales, al tiempo que el trabajo en la librería le dejaba suficiente tiempo libre para dedicarse a la literatura. Mientras Alemania se dirigía hacia su completa destrucción moral, Friedo Lampe trabaja sin descanso en su primera novela.

La editorial Rowohlt publicó Am Rande der Nacht en Berlín en octubre de 1933. Por un error de imprenta, o quizás porque su lanzamiento a nivel nacional estaba planificado para entonces, la fecha de impresión que figura en la primera página es enero de 1934. En cualquier caso, por entonces la novela ya había sido retirada del mercado e incluida por las autoridades culturales nazis en la infame «lista de libros perniciosos e indeseables», supuestamente por la descripción de una relación adúltera entre una mujer alemana y un hombre de raza negra, y la aparición de un luchador con inclinaciones homosexuales en su largo y variopinto censo de personajes, que sobrepasa la treintena, una cifra considerable para una novela de poco más de cien páginas. No es de extrañar que en una carta escrita a un amigo, fechada pocos meses después de la publicación de la novela, Friedo Lampe se expresara en los siguientes términos: «El libro nació en una época en la que no se permite respirar».

Con su descripción de la vida cotidiana de varios personajes a lo largo de una noche de verano, la novela constituía un ataque a los presupuestos ideológicos del nazismo, pero a pesar de los esfuerzos de la censura por prohibir su circulación, algunos pocos ejemplares siguieron circulando clandestinamente. Entre los intelectuales de la época que pudieron disfrutar de su lectura la novela llamó la atención por su originalidad. Tras leerla Herman Hesse declaró: «He leído Am Rande der Nacht con mucho interés. Escritores alemanes en prosa de su calidad han sido siempre escasos. Lo que más me sorprendió de la novela es su mezcla de belleza y fuerza. Por su originalidad esta obra está entre las mejores de nuestra época, una creación llamada a perdurar en el tiempo.»

Preciosa edición de Funambulista, por primera vez disponible en España

Su original arquitectura narrativa también había llamado la atención de Paul Meyer, editor en jefe de Rowohlt: «La novela es estilísticamente excelente. Como las novelas de Dos Passos, no tiene una trama definida, sino que se desarrolla a través de escenas que cambian constantemente y se entrelazan». En la portada de la primera edición se advertía al lector de que se encontraba ante un trabajo de naturaleza singular: «Una novela impresionante. ¿Es novela?». Mientras que la breve descripción de la contraportada rezaba: «Una sucesión de imágenes y escenas, con muchos caracteres: Niños, viejos, jóvenes, hombres y mujeres, ciudadanos, actores, estudiantes y marineros. Las cosas suceden como suceden en la vida real, cosas horribles, conmovedoras, excitantes, amables, envueltas en la atmósfera de una calurosa noche de verano en la costa y con una ciudad del norte de Alemania como telón de fondo. Un libro hermoso, melancólico e imperecedero».

Curiosamente, aunque Lampe era un adorador de los clásicos, no construyó la novela de acuerdo con su modelo, sino que siguió una estructura cinematográfica y según Heinz Piontek fue «uno de los primeros escritores alemanes en trasladar las técnicas cinematográficas a la prosa». En las solapas Rowohlt también anunciaba otros títulos de la editorial que, a su debido tiempo, también serían censurados por el nazismo, como Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos) de Robert Musil y In einem andern Land (En otro país) que fue como se tradujo en la edición alemana de 1930 de A Farewell to Arms de Hemingway.

Con la censura de Al hilo de la noche empezó la persecución política que Friedo Lampe sufriría durante el resto de su vida. Con Adolf Hitler en el poder todas las esperanzas que Friedo Lampe había depositado en la ciudad de Hamburgo se frustraron. En 1937, asqueado por la brutalidad del régimen nazi y marginado por una política cultural que despreciaba la originalidad y la belleza, decidió mudarse a Berlín para convertirse en editor de Rowohlt. En diciembre de ese mismo año apareció su segunda novela Septembergewitter (Tormenta de septiembre). Las buenas críticas que recibió nunca se tradujeron en unas cifras de ventas que merecieran el calificativo de dignas. El autor en modo alguno encarnaba los ideales del nacionalsocialismo y, por temor a las represalias del régimen, muchos libreros juzgaron prudente que el libro no figurara en los escaparates y estanterías de sus establecimientos.

Quizás involuntariamente, con el comentario realizado tras la censura de su primera novela, Friedo Lampe había capturado mejor que ningún otro intelectual de su época la esencia del nazismo: En Alemania «no se permite respirar», y en 1939 el Reich prácticamente había asfixiado cualquier intento de creación artística. Antes de exiliarse, Ernst Rowohlt fue suspendido por publicar a judíos y excluido de la Reichsschriftumkammer. En 1939 Lampe cambió Rowohlt por Goverts.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial puso casi punto y final a la producción literaria de Friedo Lampe, y durante el período 1939-1945 apenas firmaría una docena de cuentos. Sabiendo el riesgo que corría, ¿por qué decidió seguir hasta el final en una Alemania en la que cada vez se sentía más oprimido? Las pocas cartas y documentos suyos que se conservan no dan una respuesta definitiva a la pregunta. Quizás fue por responsabilidad histórica, quizás porque contemplaba el exilio como una derrota moral, o simplemente por el dolor que le causaba alejarse de su inmensa biblioteca personal, a cuya adquisición se había entregado en cuerpo y alma desde niño. No cabe duda de que la historia de su vida habría sido muy distinta si hubiese tomado el camino del exilio, como encarecidamente le sugerían sus amigos.

A consecuencia de su temprana muerte, esta es toda la producción literaria de Friedo Lampe, dos novelas y una colección de cuentos

Aunque las secuelas físicas que le había causado la tuberculosis le evitaron el servicio militar, durante la guerra Friedo Lampe sufrió el miedo a ser llamado a filas, el miedo a recibir la noticia de la muerte en el frente de sus amigos y familiares. Miedos que compartía con todos sus compatriotas, pero que en su caso particular se unían con el miedo a ser detenido por homosexual, el miedo a no poder desarrollar su arte y a que su obra fuera silenciada para siempre.

Uno de los golpes más duros que le asestó la guerra ocurrió en noviembre de 1943, durante un ataque aéreo de las fuerzas aéreas aliadas sobre Berlín, cuando una bomba destrozó su biblioteca. En una carta a un amigo dejó testimonio de su dolor: «Es lo peor que me podía haber pasado. He dedicado toda mi vida a reunir la biblioteca. Era única a su manera, una exhaustiva colección de la literatura alemana desde sus inicios hasta el presente. Y las mejores traducciones posibles de literatura extranjera, todo cuidadosamente clasificado y ordenado, algunos volúmenes de incalculable valor».

Después de ver su biblioteca reducida a cenizas, acaso movido por el temor a posteriores bombardeos, Friedo Lampe tomó la decisión de abandonar Berlín. El lugar elegido fue Kleinmachnow, un pequeño pueblo al sur de Berlín, donde residía la escritora Ilse Molzahn, con quien había entablado amistad mientras trabajaba como editor en Rowohlt. La tranquila vida rural y la compañía de Ilse supusieron un respiro a las penurias sufridas durante los últimos años en Berlín. Sin embargo, 1944 fue devastador para su salud mental y física. En primer lugar, otro bombardeo destruyó casi por completo la edición de su último libro, una colección de los cuentos escritos durante los últimos años. «Nunca he tenido suerte con mis libros», escribió un derrotado Friedo Lampe en su diario instantes después de conocer la devastadora noticia.

Con la guerra entrando en su fase decisiva, Friedo Lampe fue reclutado para trabajar en una oficina dependiente del Ministerio de Exteriores. Su función allí consistía básicamente en supervisar las noticias de la prensa aliada y redactar un informe para sus superiores. El propio Friedo Lampe describió su trabajo como «una tortura. Interminables horas de pruebas de lectura, un montón de turnos nocturnos y constante abatimiento. Pero no me puedo quejar de estar aquí, especialmente considerando como están las cosas. Recientemente he pasado otro examen médico y he sido declarado no apto».

A pesar de su desprecio por el nazismo, a primera vista la naturaleza del trabajo parecía encajar como anillo al dedo con el carácter de un lector empedernido como Friedo Lampe; así que no se puede descartar que la «tortura» a la que se refería estuviese relacionada más con razones morales que físicas. Sin duda el acceso a la información publicada en la prensa extranjera abrió sus ojos a la indescriptible abyección de los crímenes del nazismo mucho antes de que sus compatriotas pudieran imaginarse la magnitud de la tragedia.

El trabajo también le permitió saber que la derrota alemana sólo era cuestión de tiempo, cuando los aparatos de propaganda del régimen todavía anunciaban la inminente victoria sobre los Aliados. En la primavera de 1945 el Ejército Rojo había avanzado hasta la cercana ciudad de Postdam, Ilse decidió escapar con su familia en dirección a Nauen, entonces bajo control del ejército americano. Antes de partir Ilse trató de convencer a Friedo Lampe de que escapara con ellos, pero como tantas veces a lo largo de su vida él prefirió seguir con su vida, ignorar el riesgo. En esta ocasión su decisión sería fatal.

Calle en honor a Friedo Lampe en Oberneuland

Pocos días después, mientras paseaba vestido de paisano por los bosques de Kleinmachnow, Friedo Lampe fue interceptado por una patrulla del Ejército Rojo que inmediatamente le exigió la documentación. Para entonces los estragos de la guerra habían hecho mella en él, tanto física como moralmente, hasta el punto de que los soldados soviéticos no creyeron que el demacrado hombre que tenían frente a sí fuese el mismo que figuraba en la fotografía del documento de identidad y lo tomaron por un nazi intentando escapar. No se sabe si Friedo Lampe suplicó por su vida, o después de tanta abyección contemplaba la muerte como un descanso, lo que se sabe es que los soldados lo empujaron a culatazos hasta el borde del camino y que pocos segundos después dos disparos de fusil quebraron la pacífica tranquilidad de aquella tarde de primavera. Friedo Lampe murió el 2 de mayo de 1945, seis días antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Horas después de su muerte varios campesinos trasladaron su cuerpo desangrado a una iglesia cristiana de los alrededores. Tras recibir los sagrados ritos fue enterrado en el cementerio de la parroquia. Sobre su tumba se colocó una sencilla cruz de madera en la que alguien grabó a cuchillo la inscripción: Du bist nicht einsam (Tú no estás solo).

La muerte de Friedo Lampe puso fin a la carrera literaria de uno de los más prometedores representantes del magische Realismus, un término que puede resultar chocante para el lector familiarizado con el realismo mágico de Borges, García Márquez o Juan Rulfo, y que no deja de ser una etiqueta que se puso a una corriente particular de la narrativa de vanguardia alemana de principios del siglo XX. En 1945 su obra literaria parecía ser una víctima más del horror de la guerra, sin embargo, su novela Am Rande der Nacht se resistió a morir. Durante los años siguientes, uno podía encontrársela casualmente entre los anaqueles de una librería de Rotterdam o Berlín, como le sucedió a Patrick Modiano, en su caso en una librería de París, quien dejó testimonio del encuentro en su novela Dora Bruder: «El nombre y el título me recordaban a una de esas ventanas iluminadas de las que no podemos apartar la mirada. Nos decimos que detrás de ellas alguien a quien hemos olvidado espera nuestro regreso desde hace años, o bien que ya no hay nadie, salvo una lámpara que se ha quedado encendida en el piso vacío».

Fruto de esos encuentros casuales que se producen en las bibliotecas, en los años cincuenta, dentro de Alemania, escritores como Wolfgang Koeppen, Kurt Kusenberg o Alfred Anderschs empezaron a reivindicar la obra de Friedo Lampe, de quien sus propias obras son deudoras. En 1957 Wolfgang Koeppen, autor de la exitosa Tauben in Gras, declaró que la narrativa de Friedo Lampe «brotaba de una tradición literaria que se extiende hasta las más antiguas leyendas alemanas». Desde entonces su obra ha estado presente en las librerías alemanas en ediciones de mejor o peor calidad, pero el trabajo de recuperación no se completó hasta que en 1999 la editorial Wallstein publicó una nueva edición de Am Rande der Nacht bajo la dirección de Johannes Graf, quien cotejó la primera edición con el manuscrito Marbacher y se encargó de eliminar las correcciones que Johannes Pfeiffer, editor de las obras completas de Lampe en 1955, había introducido en el texto, entre las que se encontraba cambiar el original a Ratten und Schwäne (Ratas y cisnes) con el que circuló hasta su corrección. Ese es el texto que han seguido las distintas traducciones que desde entonces se han hecho de la obra de Friedo Lampe y es el texto que Editorial Funambulista presenta al lector español, en un trabajo que más que de recuperación, es de presentación.

10 Mejores libros censurados

Desde tiempos inmemoriales, el poder ha rendido tributo a la literatura. Los grandes escritores disfrutan de plazas, calles y estatuas con sus nombres y, como pilar de la cultura, la literatura es asignatura obligatoria en los colegios. Pero el poder también la odia y teme, como no teme y odia a ninguna otra manifestación artística. Fruto de ese temor nació la censura. Es muy raro que una partitura o una acuarela se censuren, pero son legión los libros prohibidos y quizás esa sea la mayor distinción que pueda cosechar una creación literaria, señal de que ha tocado el nervio moral que hace que las conciencias se despierten, las sociedades cambien y en respuesta el poder saque las uñas. Obviamente no están todos los que son, pero son todos los que están.

  1. La naranja mecánica. Anthony Burgees

Prohibido en los Estados Unidos por obscenidad social. El origen de la novela es una traumática experiencia vívida por Anthony Burgees durante el final de la II Guerra Mundial, cuando cuatro marines estadounidenses entraron en su domicilio y violaron a su esposa, que acabaría perdiendo el hijo del que estaba embarazada. A partir de ese trágico suceso Anthony Burgees indaga en las raíces de la violencia humana. Dice el maestro Vargas Llosa que la violencia es uno de los cuatro grandes ríos que bañan la literatura, pues en La naranja mecánica Anthony Burgees se olvidó completamente de los otros tres. Un libro sádico y violento, que gracias a la película de Kubrick forma parte del imaginario popular.

Alex y sus drugos (amigos en nadsat, el idioma creado por Burgees) en acción

2. Poeta en Nueva York de Federico García Lorca

Prohibido en España por extremismo político. Personalmente tengo a Federico García Lorca por un poeta difícil de leer, al menos para mí no es fácil traspasar la gruesa armazón de metáforas que adornan su poesía y llegar a su verdadero significado. Las imágenes lorquianas son tan audaces y el hilo que las une a la realidad tan tenue que su interpretación se vuelve una cuestión puramente personal. No tengo claro que Lorca fuese un poeta político al estilo de Gabriel Celaya o Blas de Otero, pero en su búsqueda de la belleza verbal, el fascismo español vio una amenaza a su existencia y no se contentó con censurarlo, sino que además lo mató, pero no pudo silenciar su voz.

Leonard Cohen, poniendo música al poema Pequeño vals vienés de FGL

3. Rebelión en la granja de George Orwell

Prohibido en Cuba y la URSS por anticomunista. Si encontrar un sesgo político a los poemas de Federico García Lorca es una cuestión de interpretación personal, no hay ninguna duda sobre el significado de Rebelión en la Granja, una de las mejores libros breves de todos los tiempos. George Orwell fue el escritor político por antonomasia y en sus obras abordó los temas más candentes de su época. Rebelión en la granja es una sátira del comunismo, en la que Stalin y Trotsky son dos cerditos al frente de una granja y sus métodos revelan la hipocresía esencial del régimen. Por supuesto, 1984 también fue censurado en ambos países por los mismos motivos y bien podría estar en esta lista, pero siempre he encontrado las sátira preferibles a las distopías.

4. Al hilo de la noche de Friedo Lampe.

Prohibido en Alemania por inmoral. «El libro nació en una época en la que no se permite respirar», escribió Friedo Lampe a un amigo, poco después que las autoridades culturales nazis lo incluyeran en la infame «lista de libros perniciosos e indeseables», supuestamente por la descripción de una relación adúltera entre una mujer alemana y un hombre de raza negra, y la aparición de un luchador con inclinaciones homosexuales en su largo y variopinto censo de personajes. Muerto el 2 de mayo de 1945, seis días antes del final de la II GM, Friedo Lampe fue una de las muchas víctimas de Hitler. Al hilo de la noche es una joya del realismo mágico alemán que la editorial Funambulista ha descubierto para el mercado español. He tenido el placer de traducirlo junto a Max Lacruz. Una lectura muy interesante.

5. El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald

Prohibido en los Estados Unidos por obscenidad. Para ser completamente sincero, jamás he visto nada en el El gran Gatsby que pudieran ofender a la moral. De hecho, que fuera censurado me parece la prueba más evidente de lo puritana que era y sigue siendo la sociedad estadounidense. Cierto, en las fiestas del gran Gatsby corre el alcohol durante la ley seca, su fortuna tiene un origen dudoso y mantiene una relación adultera con la mujer de otro hombre, pero todo sucede por amor y en un clima de melancolía, muy alejado de la atmósfera de sordidez y degeneración que hizo que se prohibieran por ejemplo los libros de Henry Miller.

6. Todo se desmorona de Chinua Achebe

Prohibido en Kenia y el Congo por obscenidad. Todo se desmorona es la primera entrega de una de las grandes trilogías de la literatura. A través de los ojos del gran guerrero Okonkwo asistimos a la llegada del hombre blanco a África y a la destrucción de los valores comunales. Chinua Achebe escribió Todo se desmorona en parte como reacción a la imagen del colonialismo presentada en El corazón de las tinieblas de Conrad, que curiosamente también fue censurado por su ataque al colonialismo en países como Polonia, Alemania y la URRS. Aunque menos conocida, Todo se desmorona es muy superior literariamente. Y si Conrad contempla el colonialismo desde la perspectiva del hombre blanco, Chinua Achebe lo contempla desde la del hombre negro e inevitablemente su voz es más auténtica, real y trágica. Con él nació la literatura en África.

7. Lolita de Vladimir Nabokov

Censurado en Francia, Argentina y Nueva Zelanda por obscenidad. Por lo general la censura es un mecanismo de defensa de las sociedades al cuestionamiento de sus valores y a la subversión moral. En Lolita Vladimir Nabokov tocó uno de los grandes tabús humanos: El incesto. Cierto, como Woody Allen con Soon Yi, Humbert Humbert no era el padre natural, sino político de la inocente Lolita, pero eso no evitó que fuera censurada en Francia, Argentina y Nueva Zelanda. Pero lo que verdaderamente escandalizó a la sociedad no fue la relación entre un padrastro y su hija, sino que el padrastro fuera un hombre maduro y la hija una niña, o por utilizar la terminología nabokoviana una nínfula. Yo he leído tres veces Lolita, cada una con una impresión muy diferente, he visto en ella una gran historia de amor, una sátira de la sociedad americana y por supuesto también la historia de un crimen imperdonable, el de la corrupción de la inocencia, que algunos críticos han convertido en símbolo de la corrupción del nuevo continente por el viejo, pero nunca nada obsceno que mereciese la censura, quizás porque está escrita con ironía, ternura y brillantez, o quizás porque soy básicamente una persona amoral. Una cosa está clara, no hay mejor publicidad que el escándalo. Los royalties de Lolita permitieron a Vladimir Nabokov vivir durante el resto de su vida en un hotel suizo.

Nabokov participó en el guión de la versión de 1962, pese a lo cual la película no logró despegar, quizás porque eligieron una adolescente para el papel de Lolita, en lugar de una verdadera nínfula, acaso para evitar que la película corriera el mismo destino que el libro

8. Madame Bovary de Gustave Flaubert

Prohibida en los países católicos por inmoral. No diría que Madame Bovary es mi novela favorita, aunque ahí se anda, pero diría sin vacilar que es la mejor novela jamás escrita. Aún más, es la cima del genio humano, no hay nada que se le acerque, ni The Beetles, ni Van Gogh ni Billy Wilder, nada. Si te gusta la literatura y tus pasos no te han llevado hasta ella, has errado el camino. Si te han llevado hasta ella y no te ha gustado, la miel no está hecha para la boca del asno (aunque admito que las primeras cien páginas son un poco sosas). Pese a que nunca nada ha estado tan cerca de la perfección, las infidelidades de esta heroica señorita de provincias hicieron que la Iglesia lo incluyera en el Index librorum prohibitorum. Ahí ocupa un lugar de honor, junto con otras grandes amenazas para la moral como son las obras completas de Rabelais, los Ensayos de Michel de Montaigne, la Ética de Spinoza, la Crítica de la razón pura de Kant o Rojo y Negro de Stendhal. Después de un breve vistazo al Index, una cosa queda clara, la Iglesia nunca se distinguió por su amor al conocimiento, mucho menos por su buen gusto literario.

9. Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche

Censurado por ateo en los países cristianos. Aunque antes de él hubo muchos autores que atacaron la idea de dios, Friedrich Nietzsche pasará a la historia como el filósofo que puso el último clavo de su ataúd. Por su ateísmo y sus virulentos ataques a la moral cristiana, la Iglesia ni siquiera se molestó en poner a Nietzsche en el Index, sino que como con Schopenhauer o Marx, prohibió todas sus obras ipso facto. Así habló Zaratustra es la última gran obra de filosofía, poco más hay que decir, salvo que te hagas con un ejemplar y dejes lo que estás leyendo, porque probablemente sea mierda comparado con Así habló Zaratustra, aunque hay que reconocer que siempre es difícil saber cuándo tu mierda es cultura y tu cultura mierda. Por mi parte sólo diré que no creo que ningún libro pueda cambiarte la vida, pero si hay alguno capaz de obrar el milagro ese es sin duda Así habló Zaratustra. Nietzsche nunca necesitó abuela y así lo describió: Con él hice a la humanidad el regalo más grande que jamás recibió… Es lo más profundo que ha surgido del reino de la verdad, es un pozo inagotable en el que ningún cubo baja sin subir lleno de oro y bondad. Completamente de acuerdo. Como reza el subtitulo: Ein Buch für Alle un Keinen.

Eso sólo era un anticipo, allí donde se queman libros, al final se queman también hombres, placa en una plaza de Alemania con las reveladores palabras de Heinrich Heine. Desgraciadamente en Alemania hay muchas placas como estas, recordando la quema de libros de mayo de 1933

10. La Metamorfosis de Franz Kafka

Prohibido en Alemania por revolucionario y en la URRS por reaccionario. Personalmente considero que la censura es la más alta distinción que puede obtener un libro, cuando prohíben un libro es porque ha metido el dedo en la llaga, por eso mismo en esta lista se quedan muchos en el tintero. Me habría gustado acabar con algún libro de Sigmund Freud, que fue un gigante del pensamiento censurado por el nazismo, o de Henry Miller que es un símbolo de la libertad de expresión, pero me decanto por La Metamorfosis de Kafka. La historia de Gregor Samsa, un hombre que una mañana se despierta convertido en una cucaracha es por todos bien conocida, poco hay que añadir, pero encuentro algo muy revelador en el hecho de que fuera censurado en la Alemania nazi y en la URRS comunista, dos regímenes antagónicos, y es el hecho de que el poder sea del color que sea siempre ha sido enemigo del individuo y lo que más odia en él es la rebeldía, la inteligencia, la creatividad y el coraje, precisamente los hilos con los que se trenza la mejor literatura.

Si te ha gustado esta entrada, te sugiero que consultes la de mejores novelas deportivas, no le va a la zaga.

Henry Miller, símbolo de la libertad de expresión

Henry Valentine Miller (1891-1980) fue un escritor americano, autor de Trópico de cáncer, Trópico de capricornio y La crucifixión rosa. Su literatura influyó en el movimiento beat, la contracultura y la Revolución sexual. Su mezcla de filosofía personal, crítica social y sexo lo convirtieron en un rebelde de la vida y el arte. Sus novelas estuvieron censuradas en los Estados Unidos hasta que en los 60 se cambiaron las leyes concernientes a la libertad de expresión.

Juventud

Henry Miller nació en Yorkville, Manhattan, Nueva York, el 26 de diciembre de 1891. Sus padres Louise y Heinrich Miller eran hijos de emigrantes alemanes, cuya moral luterana su hijo atacaría durante toda la vida. Poco después del nacimiento de Henry, la familia se mudó a Williamsburg, en Brooklyn, un barrio con un gran número de inmigrantes de origen alemán, donde su padre abrió una sastrería.

La infancia de Henry Miller estuvo marcada por la pobreza, en lo que describió como el 14th Ward. Henry tenía una hermana, Lauretta, cuatro años más joven, que sufría discapacidad mental. Durante toda su infancia, ambos sufrieron abusos físicos y mentales por parte de su madre. Como si fuera una saga sureña de Faulkner, en su extensa familia abundaban los casos de enfermos mentales, incestos y alcoholismo. Henry Miller siempre atribuyó a su problemático ambiente familiar su introspección, interés por la filosofía esotérica y su maníaco instinto creativo. Su infancia y juventud ocupan muchas páginas de Trópico de Capricornio y Primavera negra y a juzgar por lo escrito fueron años en los que vivió todas las aventuras que las calles de Nueva York podían ofrecer.

Solíamos ir a París sólo para comprar los libros de Henry Miller, porque estaban prohibidos y todo el mundo los quería

John Lennon

En 1901 la familia se mudó a Bushwick, a lo que Henry Miller denominó la calle de las primeras penas. Se graduó con notas excelentes en el Eastern District High School, a continuación se matriculó en el City College de Nueva York, pero lo abandonó después de un mes, profundamente decepcionado con la rigidez de la educación oficial. Como el poeta Rainer Maria Rilke, Henry Miller consideró que su profesora iba a ser la vida.

Después de abandonar los estudios, empezó a trabajar como dependiente en la Atlas Portland Cement Co., por el día trabajaba y por la noche se educaba a sí mismo, con un celo y una pasión sólo comparable a la del aventurero Jack London. En esa época se fascinó con la filosofía china, especialmente con la idea del Tao, así como con la corriente de pensamiento denominada New thought y con la astrología. En 1913 se mudó a California, donde trabajó en un rancho de ganado. Pero ese mismo año regresó a Nueva York, de 1913 a 1917 trabajó como ayudante en la sastrería de su padre. En sus horas libres seguía leyendo sin parar y el libro que siempre estaba en su mesita de noche era Evolución creativa del filósofo Henry Bergson.

Era la calle ideal para un niño, un amante, un maníaco, un borracho, un tramposo, un libertino, un matón

Henry Miller

Nueva York

Henry tenía 22 años cuando conoció a Beatrice Sylvas Wickens, una pianista aficionada que le dio lecciones de piano. Con el estallido de la I Guerra Mundial Henry se casó con ella, en parte para evitar ser reclutado por el ejército. Henry Miller vivió una de las épocas más conflictivas de la historia, fue testigo de la I y II GM, pero a diferencia de escritores eminentemente políticos como George Orwell, no se interesó por los conflictos políticos de su tiempo. En su literatura se reflexiona sobre la guerra y sus pensamientos dejan entrever un pacifismo congénito. En su obra no defendió ningún credo político, pero en su vida cultivó un anarquismo a ultranza, tan natural y espontáneo que ni siquiera enarboló la bandera del anarquismo. En sus libros hay violencia y asesinatos, en peleas callejeras, a causa de infidelidades, en ocasiones por las causas más triviales e inexplicables, para él esos estallidos de violencia eran inherentes a la condición humana y se abstenía de emitir ningún juicio moral sobre ellos, eran la vida misma, como uno se la encuentra en las páginas de sucesos de cualquier periódico, pero matar organizadamente en nombre de un país, una bandera, una religión, una ideología, eso era reflejo del cáncer que corría las entrañas de la civilización.

Los recién casados se instalaron en un piso de Park Slope, para poder pagar la renta alquilaban las habitaciones. En septiembre de 1919 nació su hija Barbara, pero la paternidad no evitó que matrimonio fuera desgraciado y conflictivo. En sus novelas Miller describió a Beatrice como frígida y citaría su frigidez como el motivo de sus constantes infidelidades. Probablemente la acusación era injusta, probablemente Beatrice no era ni más ni menos que una burguesa cuya visión de la vida matrimonial estaba afectada por la estrecha moral de la época, y probablemente las constantes infidelidades de Miller estaban originadas por su insaciable apetito sexual y su desprecio por cualquier tipo de moral sexual. Con sus crudas descripciones sexuales, Henry Miller tocó el nervio más puritano de la sociedad americana.

Durante su matrimonio con Beatrice, Henry Miller trabajó en la Western Union Telegraph Co. como responsable de contrataciones. Su trabajó allí inspiró su visión del capitalismo americano y muchas de las personas con las que trabajó y conoció en esa época aparecen en Trópico de Capricornio, hasta formar uno de los retablos más estrafalarios de la sociedad americana. La flora milleriana son los inhumanos rascacielos, los metros apestosos, las bares baratos, los callejones sucios, los talleres de artistas, la noche lujuriosa… Y su fauna los locos, freaks, alcohólicos, artistas, estafadores, perdedores, vagabundos, prostitutas… Este era el tipo de gente por la que Henry Miller sentía atracción, la que frecuentó toda su vida. Como para el maestro Miguel Delibes los campesinos de Castilla, para Henry Miller los perdedores de Nueva York tenían un lenguaje más rico, una sabiduría más profunda y una vida más interesante que la de cualquier catedrático universitario, crítico artístico o intelectual de renombre.

En 1921 conoció a el pintor Emil Schnellock, que lo animó a pintar acuarelas, una afición que cultivaría durante el resto de su vida, y un año después terminó su primer libro, Alas cortadas, que nunca publicó. Henry Miller lo consideró siempre indigno de dar a la imprenta, pero posteriormente recicló gran parte del material en Moloch.

Reconocido como literato, Henry Miller fue un artista multidisciplinar. Los pinceles y el piano eran dos de sus grandes pasiones

La vida de Miller cambió cuando conoció a June Mansfield (cuyo nombre real era Juliet Edith Smerth) en el verano de 1923 en un club de baile del centro de Nueva York. June era una bailarina de 21 años que compartía su pasión artística. Ambos se reconocieron inmediatamente como miembros de la superior y hermosa raza de los bohemios. Henry se divorció de Beatrice en diciembre de ese mismo año y se casó con June al año siguiente. La vida de Miller era cada vez más incompatible con cualquier convencionalismo y poco después de su matrimonio lo despidieron de la Western Union Telegraph Co., aunque él siempre aseguró haberlo abandonado. Acosados por las deudas, los recién casados se mudaron a Brooklyn Heights. La escritura se convirtió en el verdadero trabajo de Miller, para sobrevivir vendía caramelos en la calle, pedía prestado a amigos y familiares y no dudaba en mezclarse en pequeñas estafas. Como en Hambre de Knut Hamsun, la pobreza está muy presente en la escritura de Miller de esa época, pero nunca parece ser un detrimento de la vida, sino un aliciente más.

Henry Miller es el único escritor de prosa de valor que ha aparecido en inglés durante mucho tiempo

George Orwell

Durante su matrimonio, June tuvo una aventura con Jean Kronski, una joven artista que había vivido en su casa durante el último año. Henry Miller siempre sospechó que Jean y June mantenían una relación lésbica y parece ser que no dio importancia a que le engañara con otra mujer, pero que se fugaran a París lo sacó de sus casillas. Sin embargo, durante su estancia en París las enamoradas se enfadaron y June regresó con Miller, quien escribió un libro sobre la infidelidad de su esposa, Polla loca, que se publicaría póstumamente. La aventura de June también es un tema central La crucifixión rosa y, a través de ella, accedemos a la libre concepción del amor de Miller.

Después de su regreso, en Nueva York, June conoció a Ronald Freedman, un rico admirador que le prometió una importante suma de dinero a cambio de escribir una novela. Miller inmediatamente se puso a escribir Este mundo amable, posteriormente retitulada Moloch, sobre su primer matrimonio y su trabajo en la Western Union y, cuando estuvo terminada, June se la entregó a Ronald Freedman con su firma. Con el dinero el matrimonio viajó a París, donde permaneció hasta noviembre.

Henry Miller tuvo muchas mujeres y amantes, pero a juzgar por las páginas que le dedicó, diría que June Mansfield fue el gran amor de su vida

París

Miller se enamoró de París y en 1930 viajó de nuevo a la ciudad de la luz, pero esta vez solo. Sin un duro en los bolsillos, primero pagó la factura de las pensiones de mala muerte vendiendo sus maletas y ropas y, cuando ya no tuvo más que vender, durmió bajo los puentes, entre los mendigos. Por entonces sus únicas posesiones eran su cepillo de dientes, su gabardina, su bloc de notas y su bolígrafo.

Su suerte cambió cuando se reencontró con Alfred Perles, un austríaco a quien había conocido durante su viaje de 1928. Henry se mudó a su apartamento y Perles le enseñó francés, lo que facilitó su vida en la ciudad y le permitió crear un círculo de amigos. Henry Miller pronto se hizo una figura popular en los cafés de la bohemia, entablando amistad con los filósofos, escritores y pintores más prominentes de la época, entre ellos Lawrence Durrell. Se empapó de la inmensa vida cultural de París y se interesó por el movimiento surrealista, que afectaría su concepción del arte en general y de la literatura en particular. Cuando no estaba vagabundeando por las callejuelas del Barrio Latino o conversando en los cafés, estaba inclinado sobre la máquina de escribir.

No tengo más necesidad de dios de la que él tiene de mí, y si existe alguno, a menudo me digo, me reuniré con él con calma y le escupiré en la cara

Henry Miller, Trópico de capricornio. Prohibieron sus libros, pero en otra época no muy lejana lo habrían quemado

Henry Miller siempre fue un imán de personajes singulares. En París, conoció a un estadounidense que le ofreció escribir una novela erótica. El destino de la novela no era la publicación, sino satisfacer las fantasías de algunos de clientes escogidos. Según el acuerdo, cobró a razón de un dólar la página y en Opus Pistorum nos encontramos al Henry Miller más bizarro en busca de la cópula perfecta. Por lo demás, escribía principalmente ensayos, algunos de los cuales se publicaron en la edición parisina del Chicago Tribune. El dinero que le proporcionaban esas colaboraciones era escaso, para sobrevivir aceptó un trabajo de corrector de textos, pero lo perdió cuando se marchó sin previó aviso a Bélgica detrás de una mujer. ¿Alguien todavía no tiene claro qué tipo de hombre era Henry Miller? Uno que entre un buen polvo y un trabajo tenía muy claras sus prioridades.

Henry Miller con alguna de sus musas. Aparentemente jugando una versión de tenis de mesa en la que si pierdes te quitas una prenda.

En París Miller conoció a Anaïs Nin, que lanzó su carrera literaria y con quien tuvo una apasionada relación amorosa. El lazo entre ambos fue tan fuerte que siguieron siendo buenos amigos, incluso después de dejar de ser amantes. Cuando se conocieron Anaïs Nin ya era una escritora famosa, conocida por su sensualidad y erotismo, que no sólo lo ayudó económicamente mientras vivió en París, sino que lo ayudó a publicar su primer libro, Trópico de cáncer, una novela autobiográfica sobre su vida en París, donde las escenas de sexo descarnado se alternan con la búsqueda del yo interior y las meditaciones sobre el desarrollo espiritual de la persona. Alma y cuerpo, lo obsceno y lo elevado, lo sórdido y lo puro, esos son los antagónicos materiales con los que Henry Miller construyó su literatura y que en los trópicos millerianos encuentran acaso el único ecosistema en que pueden convivir armoniosamente.

Henry Miller y Anïs Nin rememorando sus días de amor en París

La editorial Obelisk Press publicó Trópico de Cáncer en París en 1934 e inmediatamente fue censurado por obsceno en los Estados Unidos. Ese mismo año Henry Miller se divorció de June, después de años de encuentros y desencuentros, amor y guerra. En 1936 Miller publicó Primavera negra y en 1939 apareció Trópico de capricornio, que curiosamente empieza con una cita de la Historia Calamitatum de Pedro Abelardo. Como su predecesor, ambos títulos fueron censurados inmediatamente en los Estados Unidos. A pesar de los esfuerzos de la censura para que la literatura no corroyera las mentes de la juventud americana, algunas copias empezaron a entrar en los Estados Unidos de contrabando y Henry Miller se convirtió en el héroe de la cultura underground. ¿Todavía alguien no tiene claro qué tipo de literatura manufacturó Henry Miller? Ácido sulfúrico, que se filtra en la cabeza de los burgueses, mojigatos, beatos, bien pensantes y espíritus sensibles y página a página disuelve las verdades sobre las que se funda la sociedad.

Viajando por América y Europa

En 1939, cuando la II GM estaba a punto de estallar y Hitler empezaban a apoderarse de Europa, Henry Miller viajó a Grecia con Lawrence Durrel, quien había escrito El libro negro inspirado por la obra de Henry Miller. Fiel a su costumbre de emplear la vida como materia prima de la literatura, el viaje a Grecia se convirtió en El coloso de Marusi, que escribió tan pronto como regresó a Nueva York y que después de muchos rechazos Colt Press publicó en 1941. La novela es un homenaje al paisaje griego, el Egeo y al mismo tiempo es un retrato del escritor George Katsimbalis. Henry Miller siempre la consideró su mejor obra.

No hay nada como Henry Miller cuando se pone en marcha. Habría que regresar a Marlowe o Shakespeare para encontrar una riqueza de expresión semejante en la lengua inglesa

Norman Mailer

Cuenta la leyenda que, después de una década viviendo en Europa, Henry Miller lloró cuando vio el cielo de Boston. La patria no significaba mucho para él, probablemente nada, y las lágrimas eran de horror de volver a estar en los Estados Unidos. Incapaz de tolerar Nueva York, Henry Miller compró un Buick junto con su amigo el pintor Abraham Rattner y partieron a en busca del alma americana. El viaje duró un año y daría lugar a la La pesadilla del aire acondicionado.

Henry Miller y Anaïs Nin en 1945

La pesadilla del aire acondicionado se terminó en 1941, pero no encontró ninguna editorial dispuesta a publicarlo debido a su crítica del consumismo sobre el que se basaba la cultura americana. En 1942, Henry Miller empezó a escribir Sexus, que se publicaría en 1949. La novela es una descripción de su vida en Brooklyn cuando se enamoró de June, que en la novela aparece bajo el nombre de Mona, y constituye la primera entrega de la trilogía La crucifixión rosa, seguida de Nexus y Plexus. A pesar de ser una de las mejores trilogías de la literatura se censuró en los Estados Unidos, pero se publicó en París y Japón.

California

Después de viajar por todos los Estados Unidos, Miller se mudó a California, pero no fue buscando el California Sun de Los Ramones, sino a una mujer. Con la mayoría de sus libros censurados, la literatura era todo menos un medio de vida para Henry Miller. Como Faulkner y otros grandes, probó suerte como guionista en Hollywood, pero fue incapaz tolerar la industria cinematográfica.

Henry Miller adoraba caminar y contemplar ese espectáculo siempre igual y siempre cambiante que son las calles de una gran ciudad. En el sur de California, donde los coches ya empezaban a dominar la vida pública, contempló con horror cómo las autopistas empezaban a acorralar a los pacíficos peatones. Henry Miller viajó hacia el norte del estado, hasta Big Sur, una población a la que todavía no había llegado la corriente eléctrica ni el teléfono, donde vivió en una cabaña de madera.

Henry Miller todavía importa porque tiene la fuerza para despertarnos

Erica Jong

En 1944 Henry Miller regresó a la Costa Este para visitar a su madre enferma y conoció a Janina Martha Lepski, una estudiante de filosofía en Yale treinta años más joven. Ambos se casaron en diciembre de ese año en Denver y se instalaron en Big Sur. El matrimonio tuvo una hija, Valentine, nacida en 1945, y un hijo Henry Tony Miller, nacido en 1948. El matrimonio duraría hasta 1952. Un año más tarde, en 1953, Henry Miller se casó con Eve McClure, una artista treinta y siete años más joven que él. En esta ocasión el matrimonio duró tres años y no produjo descendencia. En 1967 Henry Miller se casó por última vez, con la cantante Hoki Tokuda, con quien compartió los siguientes diez años de su vida. En total Henry Miller se casó cinco veces, personalmente no dejó de encontrar contradictorio y misterioso que el escritor más libérrimo de la literatura, el que mostró más desprecio por todas las convenciones, el que intentó disolver los cimientos de la sociedad con sus escritos, a lo largo de su vida haya mostrado semejante propensión a caer en la más vulgar de todas, la del matrimonio.

Henry Miller y Janina en los alrededores de Big Sur

La pesadilla del aire acondicionado finalmente se publicó en diciembre de 1945. Las ventas y las críticas fueron pobres, probablemente no podían ser otras para un artistas que despreciaba la industria literaria. Pero sus trópicos cada vez ganaban más adeptos en Europa y, cuando los royalties empezaron a llegar de Europa, su situación económica se alivió un poco. Entretanto sus libros seguían entrando de contrabando en los Estados Unidos y, cuanto más lo ignoraba la industria literaria, más lo veneraba la contracultura. Títulos como La pesadilla del aire acondicionado se convirtieron en libros de culto de la Beat generation y, a pesar de las diferencias, uno no puede dejar de ver en él un precursor de En la carretera de Kerouac.

En 1956 regresó a Nueva York para acompañar a su madre durante sus últimos días de vida, que vivía en la pobreza con su hermana Lauretta. En Nueva York tuvo un breve reencuentro con June, pero se vio dificultado por la explosiva naturaleza de esta. Finalmente, su madre murió en marzo y Henry Miller regresó a California con su hermana, a quien ingresó en un asilo. En 1959 apareció Nexus, el último volumen de La crucifixión rosa, que se vendió bien en Europa y Japón, pero que en los Estados Unidos chocó con la censura.

Durante esta época emprendió su último gran proyecto literario, Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch. La novela se publicó en 1957 y describe sus experiencias en Big Sur, rica en descripciones del paisaje y la población local, incluyendo sus hijos. La última parte de la novela refiere la visita de Conrad Moricand, un astrólogo a quien había conocido en París. Su amistad se deterioró durante la visita, proceso que describió en Un diablo en el paraíso. Henry Miller publicó gran parte de su correspondencia con sus contemporáneos, entre otros con Alfred Perles y Lawrence Durrel. Sus cartas con Anaïs Nin se publicaron póstumamente en 1987, así como con Irving Stettner, Emil Schnellock y John Cowper Powys.

Henry Miller disfrutando de la costa californiana con su cuarta mujer, Eve McClure

Juicio por obscenidad

En 1961 Trópico de cáncer se publicó finalmente en los Estados Unidos por la editorial Grove Press. Ninguna agencia de prensa podía haber elaborado una campaña de publicidad mejor que la que la censura había estado realizando para él durante las últimas décadas. De la noche a la mañana, Trópico de cáncer pasó de libro prohibido y objeto de culto underground a bestseller. La gente corrió a las librerías, estimulada por la atracción de lo peligroso. El año de su publicación vendió un millón y medio de copias y otro millón el año siguiente.

Pero el éxito vino acompañado del escándalo. El conservadurismo americano iba a movilizar todos los recursos a su alcance para impedir la difusión de la obra de Miller. El año de su publicación, en los tribunales de los Estados Unidos se recibieron 60 acusaciones contra su publicación. Ante las acusaciones de pornografía de los sectores más puritanos y conservadores de la sociedad americana, el Tribunal Supremo lo declaró obra literaria. La sentencia marcó un antes y un después en la libertad de expresión y abrió el camino a la Revolución Sexual. El juicio acabó en 1965, después del cual el resto de libros de Henry Miller se publicaron por Grove Press.

Muerte

En 1963 Henry Miller se mudo definitivamente a Los Angeles, donde vivió durante el resto de su vida. En 1972 escribió un libro titulado Sobre cumplir ochenta. En junio de 1980 murió de problemas coronarios, a la edad de 88 años. Después de su muerte sus libros siguieron publicándose. Moloch, Polla loca y Opus pistorum, que habían escrito varias décadas antes, se publicaron póstumamente

Legado

Henry Miller fue el arquetipo del artista pobre y bohemio. Aunque cultivó otras artes, su medio de expresión fue la palabra. En vida sus libros fueron símbolos de la contracultura, hoy se consideran parte de la cultura universal, clásicos que se encuentran en las librerías de todo el mundo. En ellos encontramos los caracteres típicos de la bohemia y el lumpen, pero el personaje más importante es él. Rebelde, inadaptado y artista, la literatura de Miller simboliza el poderoso individualismo de las sociedades occidentales, donde el yo reina como un dios absoluto.

Probablemente con la literatura Henry Miller no perseguía ningún objetivo, sólo era un medio, un medio de expresión de su pensamiento y experiencia. Sin embargo, los años que pasó en el extranjero le permitieron mirar a los valores estadounidenses desde una perspectiva privilegiada. Enemigo del consumismo, Henry Miller defendió una vida basada el desarrollo interior y el disfrute sensual de la vida, el arte, la religión, el amor…

Henry Miller con Hoku Tokuda, su última mujer

Su representación del sexo como la fuerza vital más poderosa lo enfrentó con los representantes del conservadurismo. Finalmente Henry Miller derrotó la censura y se convirtió en símbolo de la libertad de expresión, ídolo de la Beat Generation e impulsor de la Revolución sexual, aunque posteriormente sus descripciones femeninas serían muy criticadas por los movimientos feministas. Pero la literatura de Henry Miller no sigue viva por haber defendido una causa justa, ya lo dijo Baudelaire, rey de los poetas e insigne miembro del literario Club des Hachichins: No confundir la tinta con la virtud. Henry Miller encontró un raro equilibrio entre qué decir y cómo hacerlo. Su literatura es una búsqueda de la iluminación a través de una rara mezcla de clasicismo, surrealismo, religión, esoterismo, astrología, filosofía antigua y sabiduría callejera; en ella no existe trama, nudo, estructura, ni ninguno de los elementos que caracterizan la novela; su voz es un torrencial flujo de conciencia que el lector puede oír con tanta nitidez como si estuviera conversando directamente con él. La literatura de Henry Miller es inmortal porque sencillamente al abrir uno de sus libros se cumple el deseo de aquel otro príncipe del individualismo americano: En nuestras manos no descansan unas páginas, tiembla un hombre.

Henry Miller con una de sus últimas amantes, la modelo de Playboy Brenda Venus

El literario Club des Hachichins

El Hotel Lauzun es un edificio de estilo neoclásico situado en la Quai d’Anjou, en la Ile Saint-Louis. Poco o nada había en él que llamase la atención de un caminante que a finales del siglo XIX se perdiese por las calles de París, el sencillo aspecto de su fachada apenas puede competir en belleza con las aguas del Sena, el cercano Pont Marie o la silueta de Catedral de Notre-Dame, donde fue profesor Abelardo, recortándose contra el cielo gris. Un edificio como tantos otros y, sin embargo, sede del prestigiosos Club des Hachichins, entre cuyos miembros se encontraban gigantes como Balzac, Victor Hugo o Baudelaire.

Los clubes no eran una rareza en el siglo XIX, incluso eran más habituales de lo que son hoy en día, uno podía encontrarlos en Madrid, Viena, Londres, Lisboa, etcétera. Sus miembros se reunían para discutir las últimas noticias sociales, políticas y culturales, fundar movimientos artísticos e incluso, en algunos de ellos, conspirar contra reyes y gobernantes, mientras disfrutaban de sus espirituosos preferidos. Lo que distinguía al salón del Hotel Lauzun era el medio elegido para estimular la conversación. La estrella de la fiesta era una mezcla originaria de Argelia, de aspecto viscoso y sabor dulzón que sus miembros mezclaban en el café o tomaban sola, cuyo ingrediente principal era el hachís. De ahí el nombre del club: El club de Hachichins, el club de los comedores de hachís.

Un poco de historia antes de seguir. A finales del siglo XVIII, después de haberse apoderado prácticamente de toda Europa, Bonaparte se fijó en Egipto para continuar extendiendo las fronteras de Francia y entorpecer las rutas comerciales británicas. En Egipto los soldados franceses conocieron el hachís y tanto se entusiasmaron con él que en octubre de 1800 Bonaparte se vio obligado a emitir el siguiente decreto para mantener la disciplina en sus tropas: Queda prohibido en todo Egipto el uso de ciertas bebidas islámicas hechas con hachís, así como inhalar el humo de la planta. Bebedores y fumadores habituales de esta planta pierden la razón y son víctimas de un violento delirium que es el destino de aquellos que se entregan completamente a los excesos de cualquier tipo. El decreto tiene historia, pues uno de los primeros, si no el primero, documentos que prohíben el consumo de una sustancia. Sin embargo, la lucha contra el hachís era una causa perdida. La conquista de Egipto abrió las puertas al comercio de cannabis en Francia y fueron las élites sociales, especialmente la bohemia, las que recibieron más calurosamente la hierba como un medio de estimular sus vidas sociales e intelectuales.

Hotel Lauzun en París, lugar de reunión del Club des Hachichins

El cabecilla del grupo era un tal Dr. Jacques-Joseph Moreau, quien había entrado en contacto con la droga mucho antes que el resto de la sociedad parisina gracias a sus muchos viajes por oriente. Al igual que Freud con la cocaína, el doctor Moreau se centró en los usos terapéuticos del hachís. Sus estudios dieron lugar a uno de los primeros ensayos psico-farmacológicos de la historia, en el cual defiende la postura de que el hachís puede servir para el tratamiento de determinadas enfermedades mentales.

Sus efectos llevan al consumidor a otro mundo: Uno de espectaculares alucinaciones, nuevas posibilidades y paisajes diferentes, donde la imaginación reina como maestro absoluto. Así que en este estado alterado de conciencia -que el doctor ha explorado por sí mismo- podemos encontrar no sólo escenas y emociones salvajes, sino también una puerta abierta al funcionamiento de la mente

Jacques-Joseph Moreau, Hachís y la enfermedad mental.

En 1844 Moreau conoció al Théophile Gautier (1811-72), filósofo, escritor y periodista, cuya vida y obra estaba impregnada por el Romanticismo del siglo XIX, movimiento que había ayudado a fundar con sus manifiestos en los que defendía el arte por amor al arte. Considerando que Gautier era muy aficionado al opio, droga sobre la que había escrito un breve ensayo ilustrando sus experiencias con ella, a nadie extrañará que se mostrase dispuesto a viajar a los nuevos mundos a los que le podía llevarlo el hachís, más cuando el Dr. Moreau le aseguró que el hachís es una intoxicación intelectual, preferible a la pesada e innoble ebriedad del alcohol.

Téophile Gautier, pionero de la literatura romántica

Gautier no fue el único literato parisino en entusiasmarse con los efectos del hachís, por el barroco salón del Hotel Lauzun, también conocido como la Casa Pimodan, pasó prácticamente toda la alta aristocracia literaria francesa de la época: Alexandre Dumas, Gérard de Nerval, Victor Hugo, Honoré de Balzac, Charles Baudelaire, Eugène Delacroix y muchos otros. El grupo se bautizó a sí mismo el Club des Hachichins y se reunió regularmente entre 1844 y 1849, para expandir artificialmente los estrechos límites de la consciencia humana.

Justamente; habéis acertado el nombre, señor Aladino, es el hachís, el hachís mejor y más puro que se hace en Alejandría, el hachís de Abougor, el grande, el único, el hombre a quien se debería edificar un palacio con esta inscripción: «Al fabricante de la felicidad, el mundo agradecido

A. Dumas, El conde de Montecristo

Las reuniones, o quizás sería mejor decir celebraciones, no estaban exentas ritual, o quizás sería mejor decir liturgia. Aunque muchos de sus miembros escribirían posteriormente sobre sus experiencias con el hachís, fue Gautier quien recogió sus experiencias comunes en un libro que, como bien se puede imaginar, no podía tener otro título que El club del hachichins, publicado en 1846 por Revue des Deux Mondes. Los miembros asistían vestidos con ropas árabes y cuidadosamente preparaban el dawamesk, una mezcla de café, canela, clavo, nuez moscada, pistachos, azúcar, zumo de naranja, mantequilla, polvo de cantárida y por supuesto hachís. A continuación servían la bebida y los miembros del club, sentados en los cómodos sillones del salón, se entregaban a los placeres del hachís. Aunque no todos, Balzac asistía regularmente al club, pero prefería animarse con vino, concretamente Petrvs, caldo que alentó sus grandes novelas. Sin embargo en una ocasión, el autor de Las ilusiones perdidas se atrevió a probar el dawamesk, después de lo cual dijo haber oído voces celestiales y haber visto pinturas divinas.

Cuenta la leyenda que el día que a Honoré de Balzac se le ocurrió la idea de interrelacionar a todos los personajes de sus novelas salió a correr dando gritos por las calles de París. ¿Sería el mismo día que probó dawamesk?

Una noche de diciembre llegué a una remoto barrio en mitad de París, una especie de oasis solitario rodeado por ambos lados por los brazos del Sena, como para protegerlo contra los avances de la civilización. Fue en esta vieja casa en la Ile St. Louis, la casa Pimodan, construida por Lauzun, donde celebraba su reunión mensual un extraño club al cual yo me había unido recientemente. Esa era mi primera visita. En el salón varias formas humanas se revolvían alrededor de una mesa y, tan pronto como me alcanzó la luz, me reconocieron y un fuerte grito agitó los cimientos del viejo edificio: «Es él. Es él», gritaron varias voces al unísono. «Démosle su parte». Moreau estaba junto a una mesa en la cual había una bandeja llena con pequeños platillos japoneses. De un vaso de cristal sacó una cucharada de una pasta verdosa tan grande como un pulgar y colocó una cucharada junto a la cuchara de plata de cada de uno de los platillos. La cara de Moreau irradiaba entusiasmo, sus ojos destellaban, sus mejillas púrpuras brillaban, las venas de sus sienes sobresalían marcadamente y respiraba fuertemente con las narices dilatadas. «Esto te será descontado de tu cuota del paraíso», me advirtió mientras me entregaba mi parte… En cuanto la droga me empezó a hacer efecto noté cómo el resto de miembros empezaban a parecerme formas extrañas. Sus pupilas se hicieron grandes como búhos, sus narices se estiraron hasta formar protuberancias elongadas, sus bocas se estiraron como campanas. Las caras estaban ensombrecidas por una luz sobrenatural. Un calor mortal se apoderó de mis miembros, y la demencia se apoderó y dejó mi cabeza, como una ola que rompe espumeando contra las rocas y luego se retira otra vez. Ese visitante extraño, la alucinación, había venido para morar dentro de mí.

Théophile Gautier, descripción de su primera a el Club des Hachichins

Es imposible decidir quién es el miembro más ilustre del club, pero probablemente Charles Baudelaire (1821-1967) ha pasado a la historia como tal. No en vano fue el poeta más importante del siglo XIX, el rey de los poetas en palabras de Arthur Rimbaud. Con Baudelaire nació el malditismo en la literatura, en París tenía fama de inmoral y de persona de gustos exóticos. Además era un admirador de la obra de Thomas de Quincey Confesiones de un comedor de opio, que había traducido al francés, y él mismo era consumidor de opio y absenta como fuente de inspiración. Pero, contrariamente a lo que podría pensarse, como nos revela Gautier, Baudelaire no cayó rendido a los placeres del hachís.

Baudelaire consumía esporádicamente hachís como medio de experimentación psicológica, pero nunca de forma continuada. Además, sentía mucha repugnancia por ese tipo de felicidad, comprada en las droguerías y guardada en el bolsillo del chaleco, y comparaba sus éxtasis con los de un maníaco para quien telas pintadas y telones de fondo ocuparan el lugar de los muebles reales y los jardines con el aroma de flores verdaderas.

Téophile Gautier, en su ensayo sobre Baudelaire

Fruto de sus experiencias con las drogas, en 1860, Baudelaire publicó Los paraísos artificiales, cuyo título toma del nombre de un floristería de plantas artificiales parisina. Su intención era hacer un ensayo comparativo de las propiedades del alcohol, el hachís y el opio como medios para expander la individualidad. Aparte de este clásico de literatura sobre drogas, escribió un pequeño ensayo, Del vino y el hachís, donde expuso con agudeza sin igual sus puntos de vista sobre ambas sustancias.

¿Qué sentido tiene trabajar, labrar el suelo, escribir un libro, crear y dar forma a lo que fuere, si es posible acceder de inmediato al paraíso? El hachís está en contra de una ética activa de la vida, en oposición al vino: El vino hace a la gente feliz y sociable; el hachís los aísla. El vino exalta la voluntad, el hachís la aniquila.

Baudelaire

Es fácil y difícil al mismo tiempo imaginarse las reuniones del Club des Hachichins. De acuerdo con los tres estados de la intoxicación descritos por Baudelaire uno puede imaginárselos riendo incontrolablemente, como niños, a consecuencia del comentario más trivial; uno puede imaginárselos sentados en las cómodas butacas del salón, contemplando las pinturas que adornan las paredes, en silencio, cada uno perdido en su propio mundo y, por supuesto, uno puede imaginárselos en un estado de comunión imposible de alcanzar en un estado normal de consciencia, resolviendo las cuestiones filosóficas más difíciles, elaborando los juegos de palabras más geniales, discurriendo teorías sobre el amor, la amistad y la felicidad.

Primero, una hilaridad absurda e irresistible se apodera de ti. Esa alegría es intolerable para ti, pero es inútil resistirse. El demonio ha entrado en ti… A continuación tus sentidos se agudizan extraordinariamente. Tu visión es infinita. Tu oído puede distinguir el sonido más pequeño. Tienen lugar las más inexplicables transposiciones de ideas. Hay color en los sonidos, hay música en los colores… Esta fantasía se extiende eternamente. Con un esfuerzo inmenso, un intervalo de lucidez te permite mirar el reloj. La eternidad resulta haber durado sólo un minuto. La tercera fase va más allá de cualquier descripción. Es lo que los orientales llaman kef, es absoluta felicidad. En ella no hay nada tumultuoso ni confuso. Es una beatitud plácida. Todo problema filosófico está resuelto. Toda cuestión que sirve a los teólogos para debatir y trae desesperación a un hombre sensato se vuelve clara y nítida. Toda contradicción ha sido solucionada. El hombre ha superado a los dioses.

Baudelaire

Sea lo que fuera sobre lo que versaran las conversaciones del club, cuando hoy en día los clubs de fumadores empiezan a formar parte de la vida social y cultural de prácticamente de todas las ciudades del mundo, tanto de aquellas en que el consumo recreativo de hachís está permitido como en las que no, cabe preguntarse ¿qué podemos aprender de las experiencias ocurridas en ese laboratorio del espíritu que fue el Hotel Lauzun? ¿Qué nos recomendaría el buen Dr. Moreau? Si me preguntan a mí, creo que nos invitaría a expandir las fronteras de la personalidad y extender el arco de nuestras experiencias hasta sus límites, pero a hacerlo de manera consciente o por decirlo con la palabra de moda: mindfully.

Charles Baudelaire, el rey de los poetas

La rapidez y fuerza con que el consumo de hachís se extendió por Francia en el siglo XIX nos demuestra que los seres humanos tenemos una sed inextinguible de nuevas experiencias. El Club des Hachichins fue fruto de la curiosidad humana y su enseñanza principal es que la buena compañía mejora las experiencias y que el único uso sabio de una droga es el uso consciente, esto es, con un propósito en mente.

Para el Dr. Moreau este propósito era explorar el universo de las enfermedades mentales. Para los gigantes literarios que frecuentaban el club, los propósitos variaban desde desarrollar ideas sobre la condición humana, encontrar material literario o expandir sus conocimientos y en todos sus escritos subyace la idea que las drogas son un medio para mejorar la comunicación humana y que cuando dejan de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo uno ha pervertido su uso.

Más de 150 años nos separan de las reuniones de El Club des Hachichins y desde entonces el consumo de hachís se ha extendido a todas las sociedades y culturas, incluso aquellas que se encuentran lejos de sus lugares tradicionales de cultivo. El hachís, la hoja de coca, las setas mágicas, la ayahuasca, el vino son regalos de la madre naturaleza que deberían ser usados para expandir nuestros horizontes, no para conseguir aquella euforia barata que despreciaba Baudelaire. Hoy ya no hay que pertenecer a un club escondido en una esquina de París para disfrutar de esos tesoros, precisamente por eso más que nunca, a aquellos que van a hacer uso de ellos, conviene repetirles aquella advertencia que Gautier recibió en su primera visita al club: Esto te será descontado de tu cuota del paraíso, o del infierno, me permito humildemente apostillar.

Abelardo y Eloísa, un amor medieval

Pedro Abelardo, autor de Sic et non e Historia Calamitatum, está considerado uno de los grandes filósofos de todos los tiempos. Sin embargo, más que por su solución al problema de los universales, sigue siendo recordado por su historia de amor con Eloísa. Hoy en día, muchos siglos después de su muerte, la pasión de Pedro Abelardo y Eloísa, su concepción del amor libre y su desafío de las convenciones sociales de su tiempo sigue siendo una fuente de inspiración para amantes de todo el mundo.

Pedro Abelardo (1079-1142) fue el hijo de un caballero medieval y, en consecuencia, como ordenaba la tradición, fue educado para ejercer la carrera de armas, pero se entusiasmó tanto con los debates filosóficos que dominaban la vida intelectual de la Edad Media que decidió no seguir los pasos de su padre y dedicar su vida a la filosofía, concretamente al estudio de la lógica, para lo cual incluso renunció a su generosa herencia.

Pedro Abelardo estudió el trivium (retórica, gramática y dialéctica) en París. Desde muy temprana edad, impresionó a sus profesores por su brillantez intelectual y pronto se convirtió en un maestro de la dialéctica, precisamente en una época que cultivó y desarrolló este arte como ninguna otra. Tras terminar sus estudios, Pedro Abelardo se hizo maestro y se involucró en las más ardientes discusiones filosóficas de su tiempo.

La escolástica se centró en dar una solución al problema de los universales, cuyas raíces se remontan a los orígenes de la filosofía platónica y se basa en la relación entre las realidades materiales y sus representaciones abstractas. Este problema propició un auge de la filosofía sin precedentes, en el cual poco a poco se fue adentrando en los laberintos del pensamiento abstracto, hasta elaborar algunas de las teorías más sublimes y complejas de las historia del pensamiento. Pese al refinamiento de la filosofía escolástica, o quizás por ello, estaba tan alejada de los problemas cotidianos de la vida que carecía de aplicación práctica. Y sin embargo, pese a ser una mera cuestión teórica, un error de argumentación podía costar la carrera o incluso algo mucho más valioso, si era considerada herética por los eruditos de la Iglesia, que dominaba la vida cultural de la Edad Media.

Dentro de la escolástica había tres escuelas, nominalistas, realistas y conceptualistas. Pedro Abelardo fue un carácter apasionado y combativo, engrosó las filas de los conceptualistas y, durante su juventud, recorrió Francia desafiando a duelos dialécticos a miembros de las otras escuelas. Sus habilidades dialécticas lo convirtieron en un rival temible en las justas literarias, que de haber sido conservadas sin duda tendrían un lugar de honor en nuestra sección de rivalidades literarias. Pedro Abelardo disfrutaba no sólo señalando los errores de argumentación de sus rivales, sino humillándolos con su ingenio. Después de sus reyertas dialécticas, muchos de los alumnos abandonaban a sus profesores para convertirse en sus discípulos. En consecuencia, la fama de Pedro Abelardo aumentó tan rápido como el número de sus enemigos.

Pero Pedro Abelardo no sólo empleó su domino de los recursos estilísticos en la filosofía, sino también en el cultivo de la poesía; además compuso numerosas canciones, entre las que se encuentran algunas de las más célebres de su época. Esto, junto con sus rasgos agraciados y sus maneras de caballero, facilitaron su relación con las mujeres. En Francia la fama de seductor de Pedro Abelardo crecía tan rápido como su fama de filósofo.

Pedro Abelardo

Si Abelardo se había hecho un nombre en la sociedad francesa de la época, no menos conocido era el de Eloísa. Supuestamente nacida en 1092, Eloísa fue el fruto ilegítimo de Gilbert de Garlande y la abadesa de Fontevraud que escandalizó a la aristocracia parisina. Incapaz de hacerse cargo de ella, lo cual habría sido equivalente a reconocer su inmoralidad, su madre confío su educación a su hermano Fulberto, canónigo de la catedral de Saint Étienne de París. Su tío cuidó de Eloísa como de una hija propia, sin escatimar amor y diligencia. Algo insólito en la Edad Media, su tío dio especial importancia a su educación, de forma que Eloísa se educó en la orden benedictina de Argenteuil, donde se instruyó en el dominio de las artes de la poética, gramática y oratoria.

El amor de su tío por ella sólo era comparable a su deseo de ofrecerle la mejor educación posible. No destacaba por su belleza, sino sobretodo por su extenso conocimiento literario

Pedro Abelardo, Historia Calamitatum

Pese a las palabras de Pedro Abelardo, las crónicas describen a Eloísa como una muchacha muy hermosa, especialmente alta y esbelta. En cualquier caso, los atributos que hacen famosa a Eloísa en París, no son los físicos, sino los intelectuales, pues su dominio del latín, griego, hebreo y conocimiento de los autores clásicos la convertían en la flor más rara de París.

Eloísa ha sido un motivo artístico recurrente. Aquí representada de acuerdo con los cánones del XVIII

Parece ser que el dulce aroma de esa flor llegó a Pedro Abelardo incluso antes de tener la oportunidad de ponerle los ojos encima. Antes de conocerla Abelardo escribió una serie de poemas y canciones en los que se cita repetidamente el nombre de Eloísa. Las canciones se convirtieron en populares en París e inicio la leyenda de su amor, incluso antes de que se conocieran. Sin embargo, el encuentro estaba condenado a ocurrir más pronto que tarde. En calidad de escolástico, en París Pedro Abelardo disfrutaba de la protección del canónigo Fulberto y la relación entre los dos hombres propició el encuentro con su sobrina.

El efecto que ese primer encuentro causó en Eloísa es desconocido, pero no el que provocó en Pedro Abelardo, quien, como le pasó a Nietzsche con Lou Andreas-Salomé, quedó tan maravillado con los encantos de Eloísa que empezó a acosar a su tío para que le permitiera ser su tutor personal, con la excusa de ampliar su horizonte filosófico. Por entonces Pedro Abelardo contaba 34 años y estaba en el punto más alto de su fama como profesor, el canónigo Fulberto que siempre deseó la mejor educación para sobrina aceptó, contribuyendo involuntariamente a la desgracia de la niña de sus ojos.

Una persona tan respetuosa por el conocimiento como Eloísa, no pudo menos que sentirse impresionada por el prestigio que precedía a su nuevo instructor. Sin embargo, Pedro Abelardo no se sirvió de su fama para conquistar rápidamente a Eloísa, sino que se tomó el trabajo de seducirla hasta asegurarse de que fuera totalmente suya. En lugar ilustrarla sobre el árido problema de los universales, Pedro Abelardo orientó las clases hacia un tema más ameno, la naturaleza del amor. Y poco a poco ambos desarrollan una teoría del amor que precedió en muchos siglos al amor libre de los hippies y que se basa en la idea de que la lujuria no es pecado cuando es producto del amor y no de la perversión. Pedro Abelardo y Eloísa no tardaron en pasar de la teoría a la práctica.

Aquellos placeres a los que ambos nos dedicamos en cuerpo y alma cuando éramos amantes eran tan dulces para mí que sólo lamento que un día puedan desaparecer incluso mínimamente de mi memoria… Esos recuerdos se apoderan de mí incluso cuando duermo, incluso durante las solemnidades de la misa. Cuando la oración debe ser más pura, las obscenas imágenes de nuestras dos almas miserables se apoderan tanto de mí que rezó por más placeres sensuales

Eloísa, Cartas de los amantes

En 1916, el canónigo Fulberto encontraría a los amantes, como dijo Eloísa, entregados al placer en cuerpo y alma. Se puede imaginar cuál pudo ser su reacción cuando vio el honor de su sobrina, la niña de sus ojos, la doncella que habí educado para ser el orgullo de Francia, mancillado y nada menos que por uno de sus protegidos, el hombre al que había confiado su educación. Inmediatamente prohíbe que se vuelvan a ver. Intimidados por la furia y el poder del canónigo, los amantes aceptan separarse y poner fin a su pecaminosa relación.

¡Oh, qué grande fue el dolor de su tío cuando supo la verdad, y qué amarga fue la pena de los amantes cuando los obligaron a separarse!

Pedro Abelardo, Historia Calamitatum

Sin embargo, estar separados les resulta tan difícil que ambos prefieren arriesgarse a la venganza del canónigo que sufrir el martirio de la separación. En una escena digna de la mejor literatura caballeresca medieval, Abelardo entró disfrazado de monja en el convento donde residía Eloísa para raptarla. A continuación la pareja se trasladó a casa de la hermana de Abelardo, en Pallet, por entonces fuera del Reino de Francia, donde ese mismo año nacería el único hijo de la pareja, Astrolabio.

Momento en que el canónigo Fulberto sorprende a los amantes, aunque la situación real podría haber sido más comprometedora

Mientras Eloísa permanecía con su hermana, Abelardo regresó a París. En una reunión secreta con el canónigo Fulberto, suplicó su perdón y pidió su consentimiento para casarse con Eloísa. El canónigo Fulberto consintió, pues a sus ojos el matrimonio salvaba el honor de la familia y el de su sobrina. Curiosamente, la que no estaba dispuesta a aceptar la proposición de matrimonio era Eloísa. Primero porque el matrimonio se oponía a su idea del amor libre. Adelantándose diez siglos a las feministas de hoy en día, de las cuales es considerada una pionera, Eloísa consideraba el matrimonio una institución patriarcal y una prostitución de la mujer. El otro motivo por el cual se negaba a casarse era porque el matrimonio eliminaba cualquier posibilidad de que Pedro Abelardo consiguiera una cononjía, para lo cual era imprescindible llevar una vida célibe.

Qué penas exigirá el mundo de mí, si le robo a su luz más brillante

Eloísa

Sin embargo, finalmente Eloísa aceptó casarse con Pedro Abelardo, afirmando que en nuestra condena el dolor por venir no será menor que el amor que ya hemos conocido. Una frase que Pedro Abelardo recordaría años más tarde, mientras escribía la Historia Calmitatum (Historia de mis desgracias), y sobre la que comentaría que al formularla a Eloísa no le había faltado espíritu profético.

En cualquier caso, el acuerdo de matrimonio entre las tres partes interesadas se alcanzó sobre la base de que debía mantenerse en secreto, para no acabar con las posibilidades de Pedro Abelardo de obtener una cononjía, que le permitiera continuar su trabajo filosófico. Hasta que eso sucediese, para no despertar sospechas, Eloísa debía permanece recluida momentáneamente en el convento de Argenteuil. Sin embargo, una vez más, estar separado de su amada vuelvió a ser intolerable para Abelardo, quien empezó a cabalgar protegido por la oscuridad de la noche hasta el convento, cuyos muros escalaba para yacer con su amada en la intimidad de su celda.

El adiós de Abelardo y Eloísa, según Angelica Kaufmann

Esta es una segunda traición a su confianza que el canónigo Fulberto no perdonará. Después de conocer las visitas secretas de Pedro Abelardo a su sobrina en el convento, ordenó su castración, el castigo común para por la época para los culpables de violación.

Una noche cuando estaba durmiendo tranquilamente en una habitación secreta de mi residencia, los hombres de Fulberto irrumpieron en ella con la ayuda de uno de mis sirvientes a quien habían sobornado. Entonces se vengaron de mí con el más cruel y el más vergonzoso de los castigos; pues amputaron aquellas partes de mi cuerpo con las que había hecho aquello que era el origen de su pena.

Pedro Abelardo, Historia Calamitatum

Como resultado de su cruel castigo, Pedro Abelardo no se consideró más capaz de seguir siendo profesor de Notre Dame. Pero lo que verdaderamente le dolía era saber que jamás podría revivir las noches de pasión que había compartido con Eloísa. Para los amantes sólo había un camino posible, ambos decidieron renunciar a la vida social, para lo cual vistieron los hábitos y se convirtieron respectivamente en monje y monja. En un momento desgarrador, Eloísa se despidió de Pedro Abelardo y su hijo, a quien dejó con la hermana de su amante, sabiendo que no volvería verlos.

El amor de Abelardo y Eloísa fue una fuente inagotable de inspiración para artistas de todos los tiempos. Pocas interpretaciones tan singulares de su pasión como esta de G. von Max ¿Soy el único que ve aquí la influencia de Sigmund Freud?

Sin embargo, pese a la distancia, su amor continuó floreciendo a través de su correspondencia. Las cartas que cambiaron durante veinte años constituyen el contenido de Cartas de los dos amantes, en las cuales dejaron constancia de su amor mutuo y de su visión del amor como un sentimiento libre, incapaz de someterse a las convenciones sociales.

¿Quién entre los reyes y los filósofos podría igualar tu fama? ¿Qué reina, qué mujer noble no envidiaría mis placeres y mi lecho?

Eloísa, Cartas de los dos amantes

Seis siglos después de su muerte, Josefina Bonaparte se conmovió tanto al conocer su triste historia de amor que ordenó que los restos de Pedro Abelardo y Eloísa se enterraran juntos en el cementerio Pére Lachaise de Paris, a donde peregrinan parejas de todo el mundo para rendir tributo a este símbolo de la pasión amorosa. Desde entonces descansan juntos y seguirán haciéndolo por toda la eternidad, pues Pedro Abelardo y Eloísa fue una pareja que separó la vida y unió la muerte.

Detalle de la majestuosa tumba de Abelardo y Eloísa

Sobre la Coca, de Sigmund Freud

A lo largo de su prolífica carrera como investigador Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, elaboró algunas de las teorías más fascinantes en relación con el subconsciente, la libertad y el sexo. Muchas de sus teorías han sido matizadas o refutadas posteriormente, pero no parece justo decir que el complejo de Edipo y Electra, la envidia del pene o el sometimiento del ego a las fuerzas subconscientes son, como afirman sus detractores más enconados, simplemente los desvaríos de un hombre que ha esnifado una inmensa raya de cocaína. Cierto, a lo largo de su vida Freud usó y abusó de la sustancia, pero desacreditar su obra por ello sería como desacreditar los poemas de Baudelaire por estar escritos bajo los efectos del hachís.

En la época en que Freud ponía los cimientos del psicoanálisis, la cocaína era una sustancia de libre consumo en Europa, aunque demasiado cara para llegar al gran público, pero que él podía conseguir gratis gracias a su condición de médico y buena relación con los laboratorios farmacéuticos. La cocaína fomentó el trabajo de Freud y él le devolvió el favor fomentando su conocimiento y aceptación en Europa, gracias al éxito de su libro Sobre la coca, en el cual expuso su punto de vista sobre la droga.

Si hay una persona que se puede considerar responsable por la eclosión de la cocaína como droga recreacional, ese es Freud

Dominic Streatfeild, en su libro Cocaine: An unauthorized biography

Después de leer Sobre la coca, la declaración de Dominic Streatfeild parece un tanto exagerada, pues si bien es cierto que Freud se expresó en términos elogiosos sobre las maravillosas propiedades de la sustancia, siempre lo hizo desde la moderación y desde un perspectiva médica, para incrementar la capacidad de trabajo, curar desordenes digestivos, aumentar el vigor sexual, etcétera. Freud no previó los estragos que causaría la cocaína y no se le puede culpar por ello, pues a finales del siglo XIX nadie podía predecir la deriva que la droga adquiriría con los cambios económicos y sociales que se produjeron en la segunda mitad del siglo XX.

Freud conoció la cocaína a través de la Therapeutic Gazette, publicación propiedad de un tal Parke-Davis, curiosamente relacionado con Pfizer, quien acabó financiando las investigaciones de Freud, que por entonces tenía 28 años y trabajaba de asistente de laboratorio en la Universidad de Viena, al objeto de promocionar sus preparados de cocaína. Merck, otra farmacéutica rival, también envió muestras de su mercancía a Freud. Ante tanta muestra de generosidad, a nadie extrañará que Freud acabara desarrollando una relación especial con el producto.

Fredud, aproximadamente a la edad en que empezó a consumir cocaína, una adicción que lo acompañaría durante muchos años y marcaría profundamente su obra

Por esa época, Freud se esforzaba por encontrar un campo de investigación que diera fama a su nombre dentro de la comunidad científica. Después de un par de éxitos menores con la elaboración de un método para decolorar tejido nervioso y un ensayo sobre la localización de los testículos de las anguilas -un misterio científico de la época-, Freud consideró que estudiar las aplicaciones terapéuticas de la cocaína sería su billete a la gloria científica, algo que unas décadas antes había intentado el Dr. Moreau con el hachís y el Club des Hachichins. El primer envío de muestras de cocaína, procedente de la Farmacia Angel, llegó a su laboratorio en abril de 1884 e inmediatamente empezó a investigar con la sustancia, en sí mismo, en pacientes y amigos.

Posteriormente, en una carta datada poco después de empezar sus investigaciones, Freud declaró que había empezado a tomar coca, no como parte de sus investigaciones, sino para combatir problemas de depresión e indigestión, y con los resultados más brillantes. Sean cuales fueran las razones reales, se rindió inmediatamente a los efectos físicos y psíquicos de la droga.

Siento una gran excitación, una euforia febril y duradera

Freud, despues de tomar coca por primera vez

Un año después publicó Sobre la coca. En este breve ensayo, escrito en el estilo frío y preciso propio del investigador, indagó en los orígenes de la sustancia, para lo cual dirigió su atención hacia las regiones andinas de Sudamérica, donde mascar hojas de coca era una costumbre milenaria vinculada a los cultos religiosos, la práctica del amor y la supervivencia. En Sobre la coca el enfoque histórico se mezcla con el científico y de los usos que los nativos hacían de ella y del asombro y admiración que despertó entre los conquistadores españoles se pasa a describir su azaroso aterrizaje en Europa, donde en 1855 Friedrich Gaedacke sintetizó su compuesto activo por primera vez y lo denominó erythroxylon, aunque poco después todo el mundo lo conocería por el mismo nombre con que se conoce hoy: Cocaína.

Aunque Freud utiliza ambos términos libremente, para mí este es el gran logro del libro, describir la transición de la hoja de coca a la cocaína. Así, de forma indirecta, el libro nos muestra la destrucción de la sabiduría ancestral en la relación con la naturales por el conocimiento moderno, que detrás de sus logros, no es más que una forma de ignorancia, acaso la peor de todas. Con todos sus medios técnicos las farmacéuticas fueron capaces de extraer el alma de la planta, la cocaína, pero no de comprender su esencia y así la panacea que fomentaba la vida en las laderas de los andes se convirtió en un veneno que erosionaría los cimientos de la sociedad y se llevaría por el sumidero miles de vidas.

Sobre la coca, un clásico de la literatura sobre drogas

Sobre la coca es un intento honesto de presentar el potencial de la planta a los europeos, pero está escrito sólo un año después de iniciar sus experimentos y peca falta de experiencia. Me parece digno de mención -y he constatado esto en mí mismo y en otros investigadores que fueron capaces de juzgar tales aspectos- que una primera dosis, o incluso que repetidas dosis de coca, no producen un deseo compulsivo de seguir tomando el estimulante; al contrario, uno experimenta cierta aversión inmotivada en relación con la sustancia. Una descripción que poco o nada tiene que ver con las desesperadas llamadas a sus camellos a las cinco de la madrugada de una parte de la sociedad que busca desesperadamente estímulos. Freud nunca anticipó los potenciales usos recreativos de la droga y quizás no se le pueda culpar por ello, porque no fueron las drogas, sino el desarrollo económico de la segunda mitad del siglo XX el que facilitó la aparición de una sociedad recreativa, que encontró en las drogas su juguete preferido.

A diferencia de Hitler, el führer de las drogas, quizás Freud nunca experimentó el poderoso síndrome de abstinencia que podía generar la cocaína, simplemente porque nunca acabó los generosos suministros de las farmacéuticas. Quizás Freud siempre tuvo una dosis a mano para eliminar el mono. Si uno trabaja con intensidad bajo los efectos de la coca, después de entre tres y cinco horas se produce un descenso del sentimiento de bienestar, y es necesaria otra dosis de coca para eliminar la fatiga.

Entusiasmado por las propiedades de las hojas de coca, Freud empezó a mandar muestras a sus colegas, citando sus aplicaciones potenciales como tónico mental, tratamiento para el asma, desordenes alimentario, cura para la adicción a la morfina y el alcohol y como afrodisíaco, en este último sentido, hay quien se pregunta si el interés de Freud con los fetiches sexuales no se originaría durante un maratón de onanismo de cuatro horas alimentado por la cocaína.

El alto concepto que Freud tenía de la cocaína empezó a tambalearse cuando se la recomendó a Ernst von Fleischl-Marxow, un fisiólogo que tomaba morfina para el dolor crónico que sufría a causa de una lesión en el pulgar que se produjo mientras diseccionaba un cadáver. En lugar de poner freno a su adicción, Fleischl-Marxow añadió un nuevo ingrediente a su cóctel químico personal y pronto se encontró gastando 6000 marcos al mes en drogas. Fleischl-Marxow murió siete años después, a los 45 años de edad.

En cualquier caso era cuestión de tiempo que Freud descubriera la otra cara de la moneda. Freud que llevaba dentro una fuerte inclinación a las adicciones como revela su adicción al tabaco, que no dejó ni cuando le golpeó el cáncer, siguió consumiendo cantidades inmensas de cocaína en nombre de la ciencia, en polvos e inyecciones subcutáneas. Adoraba el sentimiento que le producía la droga y, como todos los adictos, ignoró los signos de que estaba pasando de ser su amo a su esclavo.

El descubrimiento de que la cocaína le hacía hablar sin parar de sus pensamientos reprimidos, así que se convirtió en una parte integral de lo que llamaría la cura del habla y una herramienta imprescindible para que Freud se convirtiera en el explorador del subconsciente. En 1895 estaba tan enganchado a la cocaína que empezó a experimentar agudos dolores de corazón, depresión y dificultades de concentración. Su nariz estaba tan congestionada que requirió una cirugía para abrirle una agujero en sus fosas nasales que facilitara la respiración.

Me veo a mí mismo como un muñeco de nieve, con una zanahoria de nariz, en mitad de un campo cubierto de prístina nieve, la cual se derrite de repente, y entonces se me cae nariz y me quedo con un sentimiento de profundo vacío

Según la interpretación de Freud de este sueño personal, la nariz simboliza el pene. Pero considerando su adicción quizás otra interpretación sería más precisa

Aún así se negó a ver la realidad y, pese a los estragos que estaba causando en su salud, Freud continuó recomendando la cocaína a amigos y pacientes. En el momento culminante de su adicción, tuvo dificultades para tratar la histeria de una paciente llamada Emma Eckstein. Después de infructuosos meses de psicoterapia, Freud empezó a preguntarse si los síntomas de la paciente serían físicos, en lugar de psicológicos. A continuación requirió la opinión de Wilhelm Fliess, otro colega médico adicto a la cocaína.

Previamente el doctor Fliess había publicado un ensayo titulado La relación entre la nariz y los órganos sexuales femeninos, en el cual afirmaba que la nariz era una microcosmos dentro del cuerpo y que cualquier dolencia podía ser tratada encontrando su correspondiente lugar dentro de la nariz. Queda abierto a la interpretación de cada cual si fue el consumo masivo de cocaína lo que indujo a Fliess semejantes ideas con respecto a las funciones de la nariz, lo que se sabe es que convenció a Freud para operar a la paciente. Eckstein quedó desfigurada de por vida y en el quirófano contrajo una infección que casi le costó la vida.

Freud, pese a sus muchas addiciones tuvo una vida considerablemente larga para la época

Semanas después, Freud anotó un sueño personal, en el que un ensangrentado doctor Eckstein le echaba en cara su negligencia durante una fiesta en la que estaba presente la flor y nata de Viena. No hace falta haber estudiado La interpretación de los sueños para darse cuenta de que los remordimientos de Freud estaban saliendo a la luz en sus sueños. Poco después, en octubre de 1896, coincidiendo con la muerte de su padre, Freud afirmó que había dejado la cocaína para siempre.

De acuerdo con la mayoría de sus biógrafos, durante el resto de su vida Freud se mantuvo alejado de la cocaína. Pero nunca escribió sobre el lado oscuro de la cocaína ni consideró necesario revisar la entusiasmada visión de la droga que reflejó en Sobre la coca. Irónicamente, parece ser que el padre del psicoanálisis, un método desarrollado para explorar en el subconsciente y sacar a la superficie nuestros deseos ocultos, prefirió reprimir ese aspecto negativo de su vida.

Gulag, la casa del horror rusa

Con una extensión de más de 17 millones de kilómetros cuadrados, una novena parte de la superficie terrestre, Rusia es el país más grande del mundo, así que no es de extrañar que durante el siglo XX ideara el sistema de represión y tortura más grande que haya conocido la humanidad, el Archipiélago Gulag, como lo bautizó Aleksander Solzhenitsyn quien noveló sus horrores. ¿Pero hay algo que explique las dimensiones del monstruo más allá de las leyes de la proporción?

Durante el régimen soviético, el Gulag se extendió por la vasta geografía rusa, a lo largo de miles de kilómetros, del mar Blanco al mar Negro, de Moscú a Vladivostok, en unos quinientos campos de concentración y trabajo, en los que fueron deportados unos 20 millones de personas, un sexta parte de la población rusa, todos declarados culpables de un plumazo, al más puro estilo de esa gran máquina burocrática que fue la URSS.

Los orígenes del Gulag se remontan al año 1917, cuando los triunfadores de la Revolución de Octubre expulsaron a los monjes del monasterio Slowitzki, situado en la isla homónima del mar Blanco, un lugar ideal para poner en marcha un centro de reeducación a través del trabajo. Sí, los totalitarismos son muy dados a los eufemismos, en realidad un campo de concentración, la primera isla de ese archipiélago del horror que fue el Gulag, un estado dentro del estado, un continente separado del mundo, en el que era muy fácil entrar y del que era muy difícil salir.

Tras llegar al poder el primer objetivo de Lenin fue consolidar la revolución del proletariado, entiéndase por consolidar no sólo aplastar a cualquiera que se opusiera al nuevo régimen, sino también a los que no formaran parte de él. A tal efecto, una de sus primeras medidas fue fundar una policía secreta, la denominada Checa. ¿Su objetivo? Difundir el terror en la población, inocular el miedo en el individuo, armas preferidas de los totalitarismo de todos los colores para mantener al pueblo sumiso. Sí, las dictaduras tienen programas políticos muy primitivos.

Para dirigir la Checa nadie mejor, debió pensar Lenin, que Feliks Dzerzhinski. ¿Qué llamó la atención en su CV? Revolucionario comunista, por supuesto, pero más importante aún: 11 años preso en una prisión zarista. Sabrá hacer su trabajo, comentó Lenin el día de su nombramiento. Vaya que si supo, Feliks Dzerzhinsk respondió a las expectativas con creces. Pocas cosas dan una idea más precisa del grado de represión que ejerció la Checa entre la población rusas que el número de trabajadores que empleó, en su momento de mayor actividad, con Stalin en el poder, alcanzó las 200000 personas, que se repartían en agencias de espionaje, unidades especiales de intervención, servicios de inteligencia y cualquier otro departamento necesario para la siembra de ese fruto tan apreciado por las dictaduras: el terror.

Lenin y Stalin, como dos tortolitos, ya lo dice el refrán, Dios los cría y ellos se juntan.

Como todo el mundo sabe, y si no lo sabe yo se lo cuento, uno de los grupos más perseguidos por los bolcheviques fue la Iglesia, cuyos bienes fueron confiscados y sus miembros sentenciados a penas de muerte o prisión. Dicho lo cual, no resulta casual que el lugar elegido para poner en marcha un sistema de represión fuera un monasterio. En la aislada isla de Slowitzki los guardias recibían a los deportados con esta advertencia: olviden todos los derechos que conocían hasta ahora, aquí tenemos nuestras propias leyes, cualquier movimiento a derecha e izquierda será interpretado como un intento de fuga. ¿El castigo por intentar fugarse? Sí, los totalitarismo tienen en muy poca estima la vida humana.

Monasterio de la isla Slowitzi.

En la isla Slowitzki las jornadas de trabajo se extendían desde la salida a la puesta de sol y los presos tenían derecho a un día de descanso por diez días trabajados. Oleg Volkov aseguró que las penas por no cumplir las cuotas de trabajo eran severísimas, incluso la muerte, y sabía de lo que hablaba, el buen hombre estuvo preso 27 años en diferentes islas del Archipiélago Gulag. En la isla Slowitzki, principalmente, los presos eran utilizados para talar árboles, bajo brutales condiciones climatológicas, especialmente en invierno.

En mitad de la isla había un monte, con una pequeña capilla en la cima, tras la expulsión de los monjes inmediatamente fue despojada de cualquier símbolo religioso y reutilizada como centro de aislamiento, tortura y ejecución. Aunque de acuerdo con el testimonio de Oleg Volkov, cuando hacía buen tiempo, para salir de la monotonía, supongo, los guardias gustaban de salir fuera, colgar una pesa del cuello de los presos y arrojarlos por las largas escaleras que conducían a la iglesia, 350 escalones.

Aproximadamente el 10% de los presos de Slowitzki eran mujeres, en su mayor parte, más que para talar bosques, eran utilizadas como esclavas sexuales de los guardias. Por su parte, los guardias, caracterizados por su crueldad y sadismo, eran en su mayoría antiguos criminales y presos, se ve que los jerarcas del centro pensaban que antes que fraile había que ser cocinero. En este artículo me está saliendo un humor bastante negro, pero con el material a mano ningún otro es posible.

Entre tanto, fuera de la isla Slowitzki, la represión bolchevique era implacable con todo aquel que no comulgara con los ideales del nuevo régimen. Si al principio los presos políticos se contaban por cientos, rápidamente empezaron a contarse por miles. Sí, los totalitarismo de cualquier color hacen enemigos con facilidad, les pones mala cara y te ponen entre rejas.

En 1924 murió Lenin y empezó la guerra por su sucesión al frente del régimen bolchevique. Los dos principales candidatos eran Trotzky y Stalin, este último un joven con ambiciones políticas, secretario general del Comité Central del Partido Comunista desde 1922, cargo que le permitía una gran influencia y control sobre las personas y los mecanismos de funcionamiento del partido. Curiosamente, en 1926 murió Feliks Dzerzhinski, y en el entierro del fundador de la Checa Stalin y Trotzky aparecieron uno al lado del otro portando el féretro; todo fachada, como se puede imaginar, en las sombras Stalin ya había empezado a mover hilos para aislar a su rival político y un año más tarde, en 1927 Trotzky, que no tenía ni un pelo de tonto, eligió el exilio a la deportación. El camino de Stalin al poder quedó expedito.

Con la llegada de Stalin al poder la muy cacareada dictadura del proletariado se convirtió en la dictadura del partido y si la represión con Lenin había sido brutal bajo su mandato alcanzaría cotas difícilmente superables. Una de las primeras medidas de Stalin fue el establecimiento del primer plan quinquenal para acelerar la industrialización del país, con el objetivo de aumentar la producción anualmente un 20 por ciento, absolutamente irrealizable. Lamentablemente crear no es tan fácil como reprimir.

En ese mismo año se publicó en Francia Un prisionero en la Rusia roja de Raymond Duguet. La historia del libro es curiosa, por azar el escritor francés entró en contacto con un ex-prisionero de la isla Slowitzki fugado de Rusia y el relato de los medios con que las autoridades comunistas estaban construyendo una nueva sociedad sin clases le pareció tan interesante que decidió escribir un libro sobre el tema. «15000 hombres esperan la muerte en la isla Slowitzki», Un prisionero en la Rusia roja constituye el primero de los tres grandes testimonios literarios sobre el Gulag. Parafraseando a Hamlet, algo olía a podrido en Rusia, y el libro despertó las primeras sospechas en occidente sobre los métodos comunistas.

Empezó la guerra de propaganda y en 1928, en respuesta al libro de Raymond Duguet, financiada por el Partido Comunista, apareció una película en la que se veía a los presos de Slowitzki jugando al ajedrez, asistiendo a conciertos musicales, nadando y realizando otras actividades lúdicas. El régimen cumplió en celuloide lo que nunca sería capaz de cumplir en la realidad: el paraíso socialista.

Pero la campaña de lavado de imagen no acabó ahí, un año después, en 1929, Gorki acudió a informar sobre el estado de los internos en la isla Slowitzki. Por supuesto, todo estaba arreglado, antes de su llegada se mejoraron las instalaciones completamente y Gorki que tampoco tenía un pelo de tonto se negó a entrar en ellas bajo pretexto de que no era amigo de representaciones teatrales. En la colina donde se llevaban a cabo las ejecuciones, se encontró con presos leyendo el periódico, en una muestra de rebeldía sorda, algunos presos habían puesto los periódicos al revés y Gorki para dar a entender que sabía de qué iba todo les pidió que los pusieran derechos.

Retrato de Gorki en su escritorio, ejemplo del intelectual que pone su pluma al servicio del poder.

Ese sería el único gesto de reconocimiento que los internos recibirían de Gorki. De vuelta en su escritorio Gorki escribió que lugares como la isla Slowitzki son necesarios para que el estado alcance sus objetivos más rápidamente, entre ellos, hacer las prisiones innecesarias. En el resto del artículo Gorki se manifestó absolutamente a favor de los campos de concentración, necesarios para regenerar al hombre a través del trabajo. Acaso alentados por sus palabras, cuatro meses después de su visita, la administración de Slowitzki llevó a cabo una de sus mayores en ejecuciones en masa, más de tres cientos reclusos ejecutados sin juicio en un solo día. Moraleja, cuando los intelectuales traicionan su causa, la defensa de la verdad, un sistema ha alcanzado las más altas cuotas de corrupción.

Entretanto el primer plan quiquenal resultó un fracaso de padre y muy señor mío, ya lo decíamos construir es más difícil que reprimir. Obviamente la culpa no podía ser de quienes lo diseñaron, sino de quienes lo aplicaron y en 1930 se celebró el famoso Juicio de los industriales, en el que ocho responsables de aplicar el plan quiquenal fueron juzgados por sabotaje. Una gran farsa sobre la que se fundaría el sistema legal stalinista y el mito del sabotaje pagado con dinero extranjero, algo así como la versión rusa de la conspiración judeo-masónica de Franco, destinado a explicar los continuos fracasos económicos del régimen comunista. Se me olvidaba decir, de los ocho juzgados, cinco fueron condenados a pena de muerte y tres al Gulag. Sentencia no apelable, por supuesto, recibida con aplausos. Sí, las dictaduras son grandes teatros en los que uno sólo se da cuenta de que no se interpreta una comedia, sino un drama, cuando empieza a correr la sangre.

El temprano fracaso de la industrialización, conllevó el fracaso del otro gran proyecto de Stalin, la colectivización de la tierra. Antes de la revolución la estructura agraria rusa seguía un modelo prácticamente feudal, con unos pocos terratenientes que estaban en posesión de la tierra y un extenso campesinado que formaba aproximadamente el 80% de la población total. Los primeros fueron asesinados y deportados y los segundos trasladados a campos especiales, destinados a producir los alimentos que debían nutrir a la nueva Rusia. La industria era incapaz de producir los tractores, cosechadoras y máquinas que debían modernizar el campo, a su vez el campo no podía producir los alimentos que debían alimentar a los obreros de las ciudades. Un terrible círculo vicioso que entre 1932 y 1934, especialmente en Ucrania, condenó a la muerte por inanición a 7 millones de campesinos. Quien quiera saber más sobre este tema debería leer el excelente libro La hambruna roja de de Anne Applebaum.

Una cosa estaba clara, the show must go on, y si el socialismo no podía construirse con máquinas, entonces, se construiría a la antigua usanza, con esclavos. En ese sentido el Gulag tenía un doble objetivo, primero, político, eliminar a todo aquel que se opusiera a la revolución, segundo, económico, proporcionar mano de obra barata, léase, a coste cero, para el Partido Comunista. A lo largo de la inmensa geografía de la antigua Unión Soviética, rápidamente, como las setas, se extendió un archipiélago de campos de concentración que imitaba a aquella primera isla de Slowitzki. Pero, ahora, ya no se trataba de poner a unos cuantos miles de presos a talar árboles para producir madera, sino de organizar un ejército de esclavos que debía satisfacer las necesidades de mano de obra de un país obsesionado con industrializarse y condenado a no hacerlo nunca.

Imagen del Canal Mar Blanco-Báltico, símbolo de la industrialización de la Unión Soviética.

El primero de los grandes proyectos abordados con la mano de obra proporcionada por el Gulag fue la construcción en 1931 del Canal del mar Blanco y Báltico, una faraónica obra de ingeniería de 227 kilómetros de largo con varias esclusas y diques, para cuya construcción el Gulag proporcionó 120000 esclavos, con semejante fuerza de trabajo a nadie extrañará que la obra estuviese terminada en el tiempo récord de 18 meses. Al frente del proyecto estaba nada más y nada menos que Naftaly Frenkel, hombre de incierto origen, condenado a diez años de trabajos forzados en Slowitzki por contrabando, con el tiempo guardia de la isla y posteriormente director económico del Gulag. ¿Su fórmula secreta para un ascenso tan meteórico? La brillante idea de hacer depender la ración de comida de la cantidad de trabajo realizado. Debemos sacar todo lo posible de los presos en los primeros tres meses, luego podemos prescindir de ellos. El 10% de los presos murieron en la construcción del canal, 12000 personas. Esa era la redención por el trabajo que prometía el socialismo, como se expresa literalmente en un libro conmemorativo dedicado a Stalin y elaborado por más de treinta escritores que visitaron las obras de construcción del canal, entre ellos, por supuesto, Gorki.

En 1933 Stalin inauguró el canal y a los voceros del régimen les faltó tiempo para celebrarlo como un éxito extraordinario y un ejemplo de la capacidad transformadora del comunismo. En realidad el canal fue un fracaso, demasiado estrecho y poco profundo, únicamente apto para barcos de poco calado, que nunca cumplió su objetivo de agilizar el tráfico marítimo. En lo sucesivo el canal apenas se utilizó, un fracaso por el que se pagó un precio en vidas humanas inmenso. Pese a todo, el canal se convirtió en símbolo de lo que la voluntad de trabajo de la Unión Soviética podía lograr y de su rápida industrialización. Sí, los aparatos de propaganda viven en permanente conflicto con la realidad.

You can’t say we never tried, el problema era de base, de principio, de fundamento, pero como dice la canción de los Rolling Stones no se puede decir que los comunistas no lo intentaron. El siguiente gran proyecto fue una mina de oro en el cauce del rio Kolyma, en el este del país, a 10000 kilómetros de Moscú, en una zona de Siberia donde las temperaturas alcanzan 50 grados bajo cero en invierno. Kolyma tiene un invierno de doce meses, el resto es verano, decían los presos, privados de todo, excepto del sentido del humor, y en ese largo invierno, obligados a trabajar en las condiciones más inhumanas posibles, a muchos se les caían las orejas, las narices, los dedos por congelación. En Kolyma cayeron tantos esclavos del Gulag que se bautizó como el crematorio blanco. Nombre que en cierto sentido recuerda al silencio blanco de Jack London, aunque en un contexto completamente distinto.

Imagen de Varlam Shalamov de joven, mirada de loco, pero quién no lo estaría en su pellejo.

En Kolyma estuvo deportado el escritor Varlam Shalamov. Shalamov había sido condenado previamente en 1929 a cinco años por actividades contrarevolucionarias, con él el Gulag falló en su tarea de redimirlo por el trabajo y en 1937 fue apresado otra vez, en esta ocasión lo mandaron a Kolyma. Varias veces convicto, Shalamov era un buen conocedor del Gulag y con sus Relatos de Kolyma produjo uno de los testimonios más desgarradores de su funcionamiento; todo está allí, la arbitrariedad judicial, la corrupción de los administradores, el sadismo de los vigilantes y el sufrimiento de los deportados; pero acaso su gran logro no sea relatar con gran verismo e increíble atención al detalle la vida de los esclavos del Gulag, sino revelar el tercer objetivo que justificaba su existencia: la limpieza política, social y étnica que durante décadas se llevó a cabo en la Unión Soviética con todos los que tenían el atrevimiento de disidir.

En Kolyma se extraían de media 52 toneladas de oro al año, la mitad de la producción de la URRS, que ayudaron a financiar el puerto de Magadan, centrales hidroeléctricas, carreteras, aeropuertos, etcétera, pero en todas ellas el elemento principal siempre fue la mano de obra esclava que proporcionaba el Gulag, destinada a sustituir la maquinaria de la nunca alcanzada industrialización, hasta que el sistema finalmente colapsó. En este sentido la historia de la Unión Soviética es la historia de la maquinaria de represión más grande que ha conocido el hombre, nadie ha dado mejor testimonio de su inhumanidad que Alexander Solzhenitsyn en su Archipiélago Gulag, una obra maestra que merece una entrada aparte.