La genealogía de la moral de Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche (Alemania, 1844-1900), entre cuya obra se encuentran algunos de los libros más importantes de la filosofía, como Así habló Zaratustra o Más allá del bien y del mal, ha pasado a la historia popular por una de su frases más célebres, Dios ha muerto. Aquí ya nos hemos ocupado de su historia de amor con Lou Andreas-Salomé y ahora lo hacemos de uno de sus libros más interesantes, La genealogía de la moral, en el que indaga en las raíces inmorales de la moral.

Friedrich Nietzsche es un gigante del pensamiento. Si tuviese que responder a qué lo hace tan especial diría que, primero, una honestidad absoluta en la búsqueda de la verdad, en su empeño por dar respuesta a las grandes preguntas jamás se dejó intimidar por las convenciones políticas, religiosas, académicas o sociales de su tiempo, a las cuales presentó batalla con una ferocidad nunca antes vista; y segundo, una capacidad de indagación y penetración sin igual. Su particular forma de mirar la realidad lo llevó a formular las hipótesis más provocadoras y radicales de la filosofía. Y su lengua nunca fue más afilada que cuando habló de moral.

La moral fue una de las grandes obsesiones de Nietzsche. En La genealogía de la moral Nietzsche se propuso encontrar sus raíces, como aquellos exploradores de otra época se proponían encontrar las fuentes del Nilo, y como a estos sus pesquisas lo llevaron a terrenos jamás hollados por la mente humana. La genealogía de la moral, el título es hermosísimo, y es que en Nietzsche todo es hermoso o no es.

Como ya apuntamos abordamos su historia de amor con Lou Andreas Salomé, que también fue amante de Rainer Maria Rilke y Sigmund Freud, dos firmas muy estimadas en este blog, Nietzsche fue un artista, cuya sed de conocimiento, voluntad de verdad (Wille zur Wahrheit) sería la expresión correcta, lo llevó a dedicarse a la filosofía. Pero Nietzsche no dejó nunca de lado su voluntad artística, sino que la materializó en su obra filosófica, dando a sus formulaciones y postulados siempre la forma más hermosa posible. La obra filosófica de Nietzsche refleja una voluntad de estilo igual o mayor a la de cualquier gran estilista de la literatura. Su pensamiento se manifiesta tanto en lo que dice como en cómo lo dice y convierte su lectura en una experiencia intelectual incomparable. Están todos los novelistas, poetas y filósofos que han sido y serán, y luego está Nietzsche.

Pero dejemos las cuestiones de forma, para ocuparnos del fondo de La genealogía de la moral, escrita en Sils María, en el verano de 1887, en un rapto de inspiración, como Nietzsche confesó en una carta escrita a Meta von Salis, sólo tenía en mi mente el título, el resto, el contenido, me fue susurrado. Debí haber experimentado un estado de inspiración casi ininterrumpida, de tal forma que el texto surgió como la cosa más natural del mundo. No se detecta en él ningún esfuerzo. La genealogía de la moral esta dividida en tres partes, Bien y mal, Culpa y Mala conciencia. Los títulos de estas partes revelan su contenido en extremo.

La genealogía de la moral es una exploración sobre el origen inmoral de la moral, tal es la provocativa hipótesis de Nietzsche. Esta idea ya está presente y comentada en Aurora y Humanos, demasiado humanos. Esto se debe en gran parte a la vida errante de Nietzsche. Después de abandonar su cátedra en la Universidad de Basilea, Nietzsche careció de residencia fija durante el resto de su vida y vivió a salto de caballo, mayormente entre Alemania, Austria e Italia. Debido a las dificultades de las mudanzas no siempre tenía a mano los libros que necesitaba, ni siquiera los suyos propios, por lo cual en sus últimas obras, cuando sus constantes problemas de salud se agravaron profundamente, no siempre era consciente de lo que había dicho previamente, como con motivo de la segunda edición de La gaya ciencia confesó en una carta a Peter Gast, siento curiosidad por ver lo que pude haber escrito entonces. Ha desaparecido completamente de mi memoria.

En cualquier caso no se puede considerar La genealogía de la moral una repetición, sino un libro con carácter propio, en el cual se profundiza y se aborda desde otra perspectiva temas ya antes tratados o apuntados. En el primer capítulo, Bien y mal, Nietzsche considera que la moral nace del resentimiento, y que bajo las ideas de bien y mal subyace las de vornehm, bueno,y schlecht, malo. Parece obvio que el concepto de bueno y malo sea el germen de las ideas de bien y mal, pero no se puede olvidar que estamos hablando de moral, que no se ocupa de cosas u objetos, sino de personas, y cuando Nietzsche habla de personas buenas se refiere a personas nobles, elevadas, que se estiman y se aman, por lo cual cuando les afrentan son capaces de vengarse; y cuando habla de personas malas habla de personas ruines, que no se estiman y por lo tanto son incapaces de afirmarse ni de defenderse. Es hora de dejar caer todos los velos del lenguaje y decir bien claro quién son unos y otros, los buenos son los fuertes y los malos los débiles.

Nietzsche dijo en una ocasión que no era un hombre, era dinamita, pero a juzgar por la imagen parece más plomo

Obviamente esta clasificación choca frontalmente con las concepciones morales que sirven de base a la sociedad moderna, pero Nietzsche no está aquí analizando la moral imperante, sino cómo llegamos a ella y en busca de sus raíces viaja en el tiempo hasta la noche de los tiempos, a un estadio de la evolución previo a la formación de cualquier sedimento cultural, cuando imperaba la ley de la selva, la ley del más fuerte. La noche de los tiempos es insondable, ninguna inteligencia puede alumbrar su oscuridad, qué y cómo pasó está abierto a la especulación, pero cerrado a la certeza; pero Nietzsche sostiene que entonces inevitablemente debió surgir una moral de la fuerza, de acuerdo con la cual se consideraban buenos los valores propios de los fuertes, el orgullo, la venganza, el derroche, la sensualidad, la violencia, tal y como todavía se puede observar en los dioses de la mitología antigua. Y por la misma razón se debían considerar malos aquellos valores propios de los débiles, la moderación, la humildad, la tolerancia, la compasión, la frugalidad o la obediencia.

Nietzsche postula que, en un proceso natural de autodefensa, los débiles realizaron un largo proceso de inversión de valores, por el cual empezaron a declarar malos a los fuertes y malas sus virtudes. La rebelión de los esclavos en la moral empezó porque el resentimiento también es creativo y da a luz valores: El resentimiento de aquellos seres que no pueden reaccionar con hechos, que sólo pueden resarcirse mediante una venganza imaginaria. La moral es la venganza imaginaria de los débiles, que se completa cuando los fuertes ya no puede sino contemplarse a través de los ojos y valores de los débiles. La capacidad de inspirar compasión en ellos es el arma de los débiles. La capacidad de sentir compasión es el talón de Aquiles de los fuertes y los débiles lo explotan para realizar una inversión moral. Los débiles han encontrado un medio para hacer daño. Los fuertes son derrotados cuando aceptan y se someten a esa moral del resentimiento. Desde esta perspectiva, la moral es un combate que gira en torno a quién define a quién y cómo.

En el segundo capítulo, Culpa, Nietzsche indaga en el trabajo prehistórico que a través del cual se formó el ser moral. ¿Cómo se dotó de la capacidad de graduar los afectos, estableció rituales y normas de comportamiento y se dio una conciencia que le permite poner freno al instinto, en una palabra, ¿cómo se convirtió el hombre en un un animal que puede prometer? Nietzsche, que fue capaz de dotar a su filosofía de una profunda percepción psicológica, que a mi entender la enriquece profundamente y la hace tan singular, descubre que el proceso de formación del individuo moral está íntimamente relacionada con una división interior. El ser humano es un ser dividido, dentro de todos nosotros hay algo que vive y algo que piensa, hay algo que ordena y algo que obedece, hay algo que desea y una conciencia que censura. En la moral el ser humano no se comporta como un individuo, sino como un dividuo.

¿Cómo se llegó a esa división? Probablemente nunca lo sabemos, pero Nietzsche aventura la hipótesis de que en los tiempos primordiales, cuando los fuertes ordenaban y los débiles obedecían, las órdenes de los primeros debieron ser recibidas por los segundos como algo ajeno, un cuerpo extraño, que dejaba una herida de orgullo, de la cual surgió la conciencia y que lentamente, durante millones de años, transformó la pasión por obedecer de los débiles en la obsesión por mandar. Esa es la oscura biografía del alma humana, ese laberinto de pulsiones ocultas, razonamientos confusos y absurdos inexplicables.

Sea como fuere esa división, si es que fue una división interior lo que dio lugar a la conciencia, hoy pertenece a la condición humana. Y de nuestra condición de diviudos Nietzsche concluye que la principal relación del ser humano es consigo mismo. El hombre es el animal no determinado, dentro del cual fluye un torrente inextinguible y variable de apetencias, impulsos y voces interiores. El objetivo final es ser capaces de determinarnos a nosotros mismos. Tú debes ser señor de ti mismo, también señor de tus virtudes. Previamente ellas fueron tus señoras, pero sólo deben ser un arma más de tu arsenal. Tú debes obtener control sobre tus virtudes y defectos, y aprender a activarlos y a desactivarlos, siempre de acuerdo con tu objetivo final. Debes aprender a captar la perspectiva en cada valoración

El último capítulo, aunque no definitivo ni especialmente prolongado, de esta historia de la moral es el cristianismo, que con su moral de caridad, humillación y humildad significa una victoria de la moral de los esclavos, que implica poner fuera de juego la energía de los fuertes a través de una red de normas, compromisos, disimulos e indirectas.

En conexión con la moral cristiana, en el tercer capítulo, Mala conciencia, Nietzsche realiza una digresión sobre el significado del ideal ascético. Nietzsche describe el origen y la personificación del ideal ascético y lo interpreta como la forma que adquiere la fuerza vital en una moral religiosa de la humildad y la humillación. El asceta demuestra el poder de su naturaleza en la medida en que ejerce un dominio total contra el propio cuerpo y en lugar de satisfacer sus apetitos sensoriales los extingue. El asceta es la encarnación de la moral cristiana, el fuerte viviendo de acuerdo con la moral del resentimiento, que con su inversión de valores ha convertido lo bueno en malo y lo malo en bueno. Por lo tanto el asceta no dice sí a la vida, no derrocha su fuerza, no cultiva el placer, no se embriaga, no disfruta ni se exalta, sino que dice no a la vida, se abstiene, se humilla, se atormenta, se aísla.

La genealogía de la moral termina con una serie de reflexiones sobre las que no entraré, porque considere que carecen básicamente de interés filosófico y no son sino el intento de Nietzsche de conciliar su obra filosófica con su existencia, pues si la primera es una exaltación del vitalismo y la fuerza, la segunda fue ascética, sacrificada al conocimiento. Por lo que a mí respecta, podría decir muchas cosas sobre las principales ideas contenidas en La genealogía de la moral, decir por ejemplo que esa primordial moral de la fuerza, para ser real, acaso recuerda en exceso a Dionisio, dios del vino y la fertilidad, inspirador del éxtasis, estrella polar del firmamento Nietzscheano; o incluso decir que acaso sea exagerado dignificar con la palabra moral a sea lo que fuera que hubiera en los tiempos primordiales, cuando tal vez no merezcan más que la del instinto. Aunque al respecto no conviene olvidar que a diferencia de como por ejemplo vimos en El mito de Sísifo de Camus, que es un trabajo de pura especulación filosófica, Nietzsche a lo largo de su vida se interesó por un rango muy amplio de materias, ciencias naturales, física, biología y un largo etcétera e intentó integrarlas todas en su pensamiento para adquirir el máximo grado posible de comprensión de la realidad. Pero como iba diciendo me abstendré de comentar su filosofía, no como tantas veces por razones de tiempo ni espacio, sino simplemente por respeto a aquella vieja ley de urbanidad que dice que, cuando hablan los grandes, los pequeños debemos callar.

10 Mejores novelas de amor

El amor es una de los grandes temas de la literatura, quizás el más grande de todos. Así que no es extraño que los libros de amor sean los preferidos de tantos lectores, copen las listas de libros más vendidos y sean una opción segura cuando nos preguntamos qué libro leer. El amor tiene su género propio, la literatura romántica. No obstante, existe una relación inversamente proporcional entre el éxito comercial del género y su calidad literaria. Generalmente la literatura romántica exagera tanto los rasgos del amor que del drama pasa al melodrama. En consecuencia, más que representar, caricaturiza el más noble de todos los sentimientos. En esta lista voy a evitar ese tipo de literatura para seleccionar títulos en los que el amor se presenta en su forma químicamente más pura y en sus manifestaciones más variadas posibles.

  1. Madame Bovary de Gustave Flaubert.

Siempre que confecciono una lista otorgo las posiciones aleatoriamente, según vienen a mi memoria, pero en esta ocasión me permito hacer una excepción, al menos por lo que respecta a la primera posición, porque como dice Mario Vargas Llosa en el excelente prólogo de la edición de Alianza: Madame Bovary es el patrón literatura y aún lo es más cuando hablamos de amor.

Gustave Flaubert era un gran admirador de El Quijote, se decía que se lo sabía de memoria, y siempre dijo que Madame Bovary era El Quijote con faldas. No le faltaba razón, pues si a uno se le nubló el entendimiento leyendo pésimos libros de caballerías, a la otra se le nubló leyendo libros de amoríos. La Bovary soñaba con los éxtasis y frenesíes del amor más exaltado y cuando por los azares de la vida se vio casada con un modesto médico rural y envuelta en la monotonía de la vida matrimonial, no dudó en lanzarse al adulterio en busca de la pasión.

Madame Bovary es una gran novela de amor porque tensa al máximo los resortes del drama y la tragedia, sin caer en el patetismo o cayendo lo mínimo imprescindible, porque el amor es el sentimiento patético par excellence. Sería imposible resumir aquí todas las virtudes de esta obra maestra, pero en la larga historia de la literatura hay pocos momentos más conmovedores como cuando la Bovary, después de haber buscado en vano el amor en los brazos de seductores y diletantes, descubre su expresión más pura, más allá celos, culpas y reproches, en el amor sencillo, tranquilo y discreto de su marido Charles.

Esta historia de adulterio fue prohibida por la Iglesia católica. Gustave Flaubert se defendió de las acusaciones de inmoralidad aduciendo que pretendía demostrar los peligros de una educación equivocada, lo que no deja de resultar irónico, si se considera que la señorita Bovary se educó en un convento. No por falso, sino por defenderse extendiendo más la acusación sobre aquellos encargados de absolverlo.

Madame Bovary, más que una novela de amor, la novela del amor.

Vargas Llosa hablando sobre Flaubert

2. El amor en los tiempos del cólera Gabriel García Márquez.

En alguna ocasión escuché decir a Gabo que con El amor en los tiempos del cólera se había propuesto escribir la historia de amor que siempre había querido leer. No lo hizo mal, la historia de Florentino Ariza y Fermina Daza es inolvidable. Personalmente la considero mejor incluso que Cien años de soledad. No hay más que decir.

Toda gran historia de amor requiere un obstáculo, generalmente una convención social, que se oponga a su realización. De esa contradicción entre las pasiones y su universo nace el drama, consustancial a toda historia de amor. En El amor en los tiempos del cólera esa convención no es ni mucho menos original: Fermina Daza es una burguesa y Florentino Ariza es un don nadie. Pero todo lo demás es extremadamente original, maravilloso y sublime.

Después de una breve relación epistolar, la familia de Fermina Daza rápidamente pone punto y final a su relación, después de lo cual ella se casa con Juvenal Urbino, médico y respetado ciudadano de la ciudad de Cartagena, quizás la más hermosa de toda Colombia. Durante el resto de su vida Fermina Daza vivirá un matrimonio corriente, alternando las alegrías con las penas, y no tardará en olvidarse completamente de su pretendiente juvenil. Pero Florentino Ariza nunca se olvidará de ella y vivirá una soltería extraordinaria, esperando durante toda su vida la muerte del doctor Juvenal Urbino, para pedir la mano de la única mujer que ama.

Por cierto, la muerte del doctor Juvenal Urbino sucede al principio de la novela. Una muestra del dominio de Gabriel García Márquez de los recursos narrativos.

Gabriel García Márquez sobre el amor

3. Romeo y Julieta de W. Shakespeare.

Hay pocas historias más conocidas que Romeo y Julieta. Forma parte de la cultura universal, si es que tal cosa existe, e incluso aquellos que no la han leído podrían dar cuenta de su argumento fácilmente. Poco queda por decir al respecto.

Romeo y Julieta es la primera gran historia de amor de la literatura. Y siguiendo la metáfora que establecí en mi En defensa de los clásicos es el tronco original del que parten todas las demás historias de amor. El de Romeo y Julieta es el proverbial amor a primera vista, una pasión ciega y arrebatadora que los une y les hace la vida inconcebible sin el otro; pero su amor se ve obstaculizado por su pertenencia a dos familias rivales, los Capuleto y los Montesco. Con Romeo y Julieta W. Shakespeare estableció el modelo que desde entonces han seguido todos los escritores de historias de amor, el del amor enfrentado a un obstáculo. Una historia de amor es más grande cuanto más grande es ese obstáculo y los amores más grandes de todos son los imposibles.

Romeo y Julieta se enfrentan a una rivalidad familiar feudal, que hoy nos puede parecer un tanto obsoleta, e incluso caprichosa -aunque la palabra precisa sería teatral, pues no se puede olvidar que la historia está concebida para las tablas-, porque históricamente los matrimonios servían para zanjar muchas rivalidades y establecer alianzas políticas. En cualquier caso posteriores escritores recogieron ese testigo y, como se puede apreciar en esta entrada, en sus novelas enfrentaron a sus tortolitos con obstáculos cada vez más complejos como la moral imperante, las diferencias religiosas, raciales o de clase, enriqueciendo profundamente el género. Pero el mérito es de W. Shakespeare.

4. El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.

En el prólogo de su colección de maestros modernos norteamericanos Carlos Fuentes dice que si se votara la mejor novela norteamericana del siglo XX sin duda ganaría El gran Gatsby. No le faltan méritos para reclamar tal honor. La novela ha sido aclamada por su retrato de los felices años 20, regados de alcohol y ambientados por la música Jazz. Pero pocas veces se ha catalogado como novela de amor. Pues bien, sin negar todo lo anterior, El gran Gatsby es sobre todo una novela de amor, todo el artificio se sostiene sobre la pasión de Jay Gatsby por Daisy Buchanan. Saca su amor de la ecuación y no hay novela.

Parte del misterio de la novela gira sobre quién es Jay Gatsby. Las especulaciones sobre su identidad se suceden entre los invitados a sus suntuosas fiestas. El misterio no hace sino añadir atractivo a su persona. La crítica ha vertido ríos de tinta elucidando el significado de la antítesis entre la falta de identidad de Gatsby y la sólida genealogía de Daisy Buchanan y su marido Tom, de quien sabemos todo y cuyas raíces se pueden trazar hasta los orígenes de la nación americana. Pero lo importante es que Jay Gatsby es un hombre dispuesto a todo por amor.

Después de un amorío adolescente, Gatsby se separa de Daisy para luchar en la I GM -ha cumplido su deber con la patria-. Cuando regresa, consciente de que ambos pertenecen a mundos distintos, se dispone a cerrar la brecha que los separa y amasa una fortuna, por medios ilícitos, contrabando de alcohol, si no recuerdo mal. Pero entretanto Daisy se ha casado con Tom, pero ni el matrimonio es suficiente para que Gatsby renuncie a su sueño de recuperarla. Derrocha fortunas en fiestas, se convierten en el hombre más popular de la ciudad y todo para llamar la atención de Daisy. Pero sólo para descubrir que entre ellos hay una diferencia que ni el dinero ni el éxito podrán cerrar nunca, una diferencia de nacimiento. 

Personalmente encuentro que la historia sería más redonda si la fortuna de Gatsby fuera legítima, porque aunque lo haría menos misterioso y atractivo, acentuaría los privilegios de la aristocracia WASP con respecto a los demás miembros de la sociedad norteamericana. Quizás el objetivo de F. Scott Fitzgerald fue indicar que para ciertas personas sólo hay un camino abierto hacia el sueño americano. En cualquier caso, una novela que le valió la inmortalidad.

5. Lolita de Vladimir Nabokov

Hablando de inmortalidad, sin duda Vladimir Nabokov debe la suya a Lolita, la novela de amor más sórdida jamás escrita. Dicho lo cual he de confesar que el adjetivo sórdido no me satisface, porque si por un lado el amor pederasta de Humbert Humbert por Lolita no merece otro calificativo, por el otro el estilo de Nabokov es cualquier cosa menos sórdido y alumbra todo el texto.

Pero llegados a este punto no puedo evitar caer en la cuenta de que varios de muchos de los títulos aquí citados aparecen también en mis lista de mejores novelas censuradas, lo cual invita a reflexionar sobre la compleja relación entre el amor y la moral social. Quizás toda la moral sea un intento de domar el instinto de amar.

Y hablando de moral, si hemos dicho que el requisito de toda gran historia de amor es enfrentarse a un obstáculo que impida su realización, precisamente son los preceptos morales los que impiden el amor entre Humbert Humbert y Lolita, concretamente el tabú concerniente a las relaciones entre padres e hijas. Humbert Humbert no es el padre biológico de Lolita, sino político, dicha circunstancia atenúa el caso. Pero lo que no admite atenuantes es la violación del precepto moral que prohibe las relaciones entre hombres y niñas, o mujeres y niños. El primer requisito del amor es haber llegado a la edad de amar, la naturaleza anuncia ese momento.

En cualquier caso, un vistazo al mundo basta para constatar que el amor puede adoptar formas terribles. Hay amores violentos, tóxicos, fatales… La lista es larga. Lolita, la novela más perversa, escrita por la pluma más tierna.

6. Las penas del joven Werther de Goethe.

El romanticismo no es mi estilo artístico preferido, pero ¡qué clase de lista de novelas de amor sería esta si no incluyera al menos una novela de esa época cuya sola mención provoca que nuestro corazón lata un poco más rápido.

Goethe, acaso el más alto represente del romanticismo, aunque sólo sea porque tuvo su origen en Alemania, dijo que el sentimiento lo es todo y esa expresión bien podría definir al joven Werther, quien es todo sentimiento. En comparación con los títulos anteriores, en los que la afinidad de sentimientos entre sus protagonistas se frustra por circunstancias ajenas a su voluntad, en Las penas del joven Werther el amor entre Werther y Lotte se frustra porque esta no corresponde a sus sentimientos. ¡A quién no le ha pasado! Y el título no podía ser más acertado, porque quien no conoce las penas de amor no conoce la pena. En el caso de Werther se vuelve tan intolerable que acaba suicidándose. Excepto en El amor en los tiempo del cólera, que es una rareza en su género, todas las novelas citadas acaban en muerte o suicido. La muerte es el elemento más característico de las novelas de amor, el que revela más que ningún otro su patetismo.

En consecuencia no es un novela de amor, sino de desamor. Una confusión muy habitual. ¡Qué importa! A fin de cuentas amor y desamor no son sino dos caras de una misma moneda.

La penas del joven Werther fue un gran éxito de la literatura europea, una lectura obligada en las cortes del siglo XIX. Curiosamente está basado en un rechazo amoroso que sufrió el propio Goethe, quien lo escribió con veinticinco años de edad. A diferencia de su protagonista, a diferencia de otros escritores románticos como nuestro Larra, Goethe no se suicidó, afortunadamente para la literatura.

7. Ana Karenina de Leon Tolstoi.

Tolstoi está considerado uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Guerra y paz es una de las mejores novelas bélicas y Ana Karenina es una de las mejores novelas de amor. Aunque tanto la primera como la segunda son mucho más que eso, dos novelas colosales, con un amplio elenco de personajes, en las que tiene cabida de todo: Amor, crítica social, costumbrismo, etc.

Es imposible resumir en un par de renglones una novela que ronda las mil páginas, me aventuraré a decir que Ana Karenina es un gran culebrón, con todos sus elementos propios, celos, pasión, traición, pero mezclados y dosificados con maestría, para que el resultado no resulte demasiado especiado, sino al gusto de los paladares más delicados.

Ana Karenina arranca con una de las líneas más famosas de la literatura, todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera y es básicamente la historia de una mujer casada que se enamora de Vronski y a quien la satisfacción de su amor le cuesta su posición en la sociedad, hasta llegar a su fatal destino en la estación de tren de Moscú, casualmente la misma en la que se encontró con Vronski por primera vez. Casualmente la muerte de Tolstoi también ocurrió en una estación de tren, en Astapovo, y de una forma no menos poética que la de su heroína.

Por cierto, hay otra novela que empieza exactamente igual que Ana Karenina. Curiosamente, su autor también es ruso y también se encuentra en esta lista.

8. Orgullo y prejuicio de Jane Austen.

Hablando de frases mundialmente famosas de la literatura, aquella con la que arranca Orgullo y prejuicio no le va a la zaga a ninguna, es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.

A pesar de ser una de las novelas más famosas y leídas de todos los tiempos, he pensado mucho si incluirla en esta lista o no. No por falta de méritos, sino porque en ella no se da ese elemento de drama, que surge de enfrentar el sentimiento privado con la moral pública, que es el nervio de toda gran novela de amor y que se tensa tanto que acaba indefectiblemente rompiéndose. Orgullo y prejuicio es la historia de amor entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy, y si bien es cierto que la posición social de él es superior a la de ella, no lo es tanto como para que esto constituya un impedimento a su amor, sino más bien, como dice el título, para desencadenar los prejuicios de él y el orgullo de ella.

En esta lista llena de dramones, Orgullo y prejuicio resalta por ser una comedia que gira en torno a la convención del matrimonio y la necesidad de las mujeres de la época de buscarse el mejor marido posible, sopesando fríamente todos sus atributos. En parte su éxito se debe a los tipos perfectamente definidos: La madre casamentera, el cura, la joven inteligente y romántica y el aristócrata duro por fuera y tierno por dentro. Pero lo que convierte su lectura en una delicia es el ingenio de Jane Austen, que alcanza su máxima expresión en los flirteos entre Elizabeth y Fitzwilliam.

No se si Orgullo y prejuicio es la primera, pero sin duda sentó las bases de la comedia romántica, como Romeo y Julieta las sentó del drama romántico, y su huella ha llegado hasta nuestros días: El diario de Bridget Jones, Love actually, Nueve bodas y un funeral..

9. La historia de Jettchen Gebert de Georg Hermann

Quizás la menos conocida del lote, pero no por ello la peor, no en vano La historia de Jettchen Gebert fue un éxito tal en Alemania que superó el centenar de ediciones y fue una de las primeras novelas en ser adaptada a la gran pantalla.

Jettchen Gebert es una huérfana que se educa con sus tíos, una familia de origen judío propietaria de un próspero negocio de telas con sede en Berlín. Sin embargo, en contraposición el espíritu práctico, utilitario y burgués de sus padres adoptivos, gracias a la influencia de su diletante tío Jason, Jettchen desarrolla un espíritu idealista. Estas dos visiones del mundo chocan cuando Jettchen se enamora de Kössling, un joven escritor carente de medios. Quizás la familia de Jettchen podría haber pasado por alto la pobreza de Kössling, pero no su condición de cristiano. La situación se complica cuando entra en escena Julius, un primo lejano, con quien su familia quiere casarla para alejarla de Kössling. Jettchen accede a los deseos de su familia movida por un sentimiento de gratitud hacia las personas que la educaron, pero el día de su boda la tensión entre los sentimientos de Jettchen y su sentido del deber saldrán a la luz con consecuencias trágicas.

La historia de Jettchen Gebert es una tragedia en toda regla, en la que dos enamorados se ven separados por sus diferencias religiosas. Aunque quizás no haya sido el objetivo de su autor, a medida que la historia avanza, en la insistencia de su padres adoptivos en que Jettchen se case dentro de la familia, al lector se le revelan las claves de la endogamia que permitieron sobrevivir al pueblo y a la cultura judías durante milenios en ambientes extraordinariamente hostiles. No sin coste, porque las tensiones culturales entre judíos y cristianos que refleja la novela son el germen de futuros genocidios por todos conocidos. El propio Georg Hermann murió en Auschwitz.

10. De profundis de Oscar Wilde.

De profundis no es propiamente una novela, sino una larga carta. Razón de más para cerrar la lista con este título, pues hay una larga relación entre el amor y el género epistolar. Hoy, por supuesto, ya nadie escribe cartas. Pero a lo largo de los siglos ha sido el primero medio de comunicación entre amantes, ya fueran mataselladas por el servicio público de correos o entregadas secretamente, como ocurría entre Florentino Ariza y Fermina Daza. Yo mismo, mientras escribo esta entrada, recuerdo cómo me temblaban las manos de emoción cuando recibí mi primera carta de amor, siglos atrás. Y no puedo evitar sentir cierta lástima por todos aquellos que nunca escribirán ni recibirán cartas de amor. Incluso me temo que el wasap haya acabado con los mensajitos que solían circular por las aulas de los colegios.

Pero el verdadero motivo para incluir De profundis es que sin ella en esta lista no estarían representados un gran números de mujeres y hombres que aman de forma distinta a la convencional. Si hemos quedado en que una gran historia de amor debe enfrentarse a un gran obstáculo, no hay historias de amor más grandes que las de los homosexuales, cuyo amor hasta muy recientemente estaba completamente prohibido por las convenciones sociales y en muchos países sigue estándolo. Curiosamente sus historias apenas tienen representación en la literatura y reconocidos autores homosexuales como Truman Capote, cuando abordaron el amor, siempre lo hicieron en la forma convencional de hombre y mujer. En cualquier caso, a la hora de incluir un libro que abordara el amor homosexual he dudado entre De profundis de Oscar Wilde y Orlando de Virginia Woolf, pero finalmente he descartado este último porque, porque aunque habla de su historia de amor con Vita Sackville, otra escritora, es más una biografía sui generis que una historia de amor per se.

Oscar Wilde fue un niño prodigio de las letras, cuya fama traspasó fronteras después de escribir El retrato de Dorian Grey, convirtiéndose en una de las personalidades más famosas de su tiempo. Estuvo casado y tuvo dos hijos, pero parece ser que siempre le tiraron más los pantalones que las faldas. Esa querencia lo llevó a entrar en relaciones con Lord Alfred Douglas, por la cual después de un escandaloso juicio dio con sus huesos en la cárcel de Reading, donde escribió una larga carta de despecho a su ex amante.

La condena por sodomía puso punto final a los días de éxito de Oscar Wilde, quien después de cumplir condena se exilió en París, donde murió en la pobreza y el anonimato. Una gran tragedia que en nada tiene que envidiar a todas las arriba mencionadas, y es que cuando hablamos de amor también la realidad supera a la ficción.

La cuarentena de J.M.G. Le Clézio

Le Clézio, entre cuyos mejores libros se encuentran obras como El atestado, El africano o La cuarentena, en 1994 fue nombrado el mejor escritor francés vivo y en 2008 ganó el Nobel de Literatura por ser un novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada. Nacido en Niza en 1940, su biografía es una amalgama de lugares y culturas que se reflejan en su obra literaria, como en el título del que aquí nos ocupamos.

Regreso a casa y aprovechó la ocasión para reencontrarme con los viejos amigos, entre los que siempre he contado mis libros. En esta ocasión el honor le ha correspondido a La Cuarentena de Le Clézio. En la vida sólo hay una cosa mejor que leer, releer. No este el lugar para hablar de las virtudes de la relectura, en otra ocasión me explayaré sobre el tema. Obviamente para releer primero hay que haber leído. Releer es un placer, o necesidad, que se desarrolla ha medida que uno se hace lector, a bote pronto diría que en algún lugar entre los quinientos y mil libros. Pero aquí sólo estoy hablando de mi experiencia personal y, como no me considero modelo de nada, asumo que el hábito pude seguir otros patrones en otros lectores. Algunos pueden adquirirlo con la cuarta o quinta lectura y otros no adquirirlo nunca. Este último supuesto es extraño, pero conozco a varios lectores contumaces que no releen; quizás estén mejor dotados que yo para sacar todo el jugo a un libro de una pasada o quizás sus libros no tengan mucho jugo que sacar, quién sabe. Y cuando digo extraño, quizás debería haber dicho antinatural. ¿Acaso no sería antinatural que un melómano o cinéfilo no volviera a escuchar o ver sus discos y películas preferidas? ¿Tendría sentido comprar un buen disco, digamos Rubber soul, escucharlo una vez y exiliarlo de por vida a la estantería? Tendría sentido si no gusta, en cuyo caso nos enfrentamos a problemas de otra naturaleza, una grave deformación del gusto, grave, pero no incurable. Ya hablé al respecto, literatura y música son artes sustancialmente distintas, pero por lo que respecta a su disfrute reiterado a lo largo del tiempo, no veo por qué la primera no iba a ser acreedora a los mismos derechos que la segunda, aunque al ritmo que le es propio, que es muy distinto.

Tolstoi siempre leía dos veces. Lo importante no es leer mucho, sino leer bien. A  diferencia de Camus en El mito de Sísifo, donde afirma que el hombre absurdo debe preocuparse por la cantidad de la experiencias, el buen lector debe preocuparse por la calidad. Entre los muchos los beneficios de las releer se encuentra ser una medida de nuestra evolución personal. En general los cambios en la vida suceden de forma tan lenta y natural que no nos damos cuenta de ellos, hay muy pocas cosas que no demuestren incluso que hemos cambiado. Si de repente estuviéramos en nuestro propio pellejo de hace veinte años muchos no nos reconoceríamos. Sin ir más lejos, si yo ahora recibiera una llamada y al otro lado de la línea alguien me propusiera salir a quemar la ciudad y agotar las reservas de espirituosos, en mi pellejo de hace veinte años me habría faltado tiendo para tirar el portátil por los aires, pero en este pellejo ajado y seco que gasto hoy prefiero seguir tecleando.

Obviamente el objeto cotidiano que más nos informan de nuestro cambios son las fotos, de repente vemos una foto en sepia y nos damos cuenta que hemos dejado atrás la juventud, y lo peor es que la hemos dejado atrás para siempre. Antes o después, siempre hay un momento en la vida en que como dice aquel famoso poema nos damos cuenta de que ya no volveremos a ser jóvenes. Ni siquiera nuestros amigos y familiares nos informan de nuestro cambio, porque ellos cambian a la par que nosotros, a esos cambios imperceptibles se debe que nuestras relaciones en muchos casos no sean las misma que antaño fueron, que se acerquen o se distancien, que se enfríen o calienten. Sin embargo las fotos sólo dan testimonio del cambio exterior. Releer informa de cambios más íntimos. El Quijote, Los Buddenbrook o Madrid de corte a checa no cambian, permanecen inmutables, en consecuencia en la medida en que respondemos de manera distinta a ese mismo material, que ayer pudo provocar risa y hoy llanto, aceptación o rechazo, sabemos cómo hemos cambiado.

Como iba diciendo, regresé a casa con la intención de quitarle el polvo a un viejo libro. Leí La Cuarentena por primera vez hace doce años, en 2008. Obviamente mi memoria no es ta buena como para recordarlo. Lo sé porque he visto la fecha de edición del libro, curiosamente el mismo año en que Le Clézio ganó el Nobel. Los escaparates de las librerías debían estar llenos de libros suyos e imagino que me tentaron; aunque yo compré La cuarentena a través de Círculo de Lectores, debió ser uno de los últimos por ese canal. De hecho cuando he mirado la fecha de edición, me ha extrañado que en 2008 todavía fuera socio. Su catálogo hace mucho que me había dejado de interesar, siempre se podía encontrar algo interesante, como el título en cuestión, pero lo interesante entre lo cual elegir siempre fue escaso.

Dicho lo cual, nunca volví a leer un libro de Le Clézio, su lectura me había resultado tediosa e insoportable. De hecho, me desentendí tanto de él que incluso olvidé ponerlo en mi lista de mejores libros sobre pandemias, a pesar de estar firmado por todo un Nobel, error que ya he corregido, porque la historia lo merece. Pero cuando rebuscando entre mi vieja biblioteca descubrí La cuarentena, de la cual apenas guardaba recuerdo, dadas las circunstancia, se comprenderá que no haya podido resistirme. Inmediatamente me pregunté si habría en sus páginas algo que me ayudara comprender la actualidad. Obviamente no esperaba encontrar ningún remedio a los problemas del mundo, en ese caso Le Clézio habría ganado el Nobel de medicina y no el de literatura. Mis miras eran más bajas, me conformaba con encontrar cualquier destello que me ayudara a comprenderlos.

Le Clézio en su juventud

La realidad es que La cuarentena no está carente de luminosidad, pero sus rayos apuntan en otra dirección. La Cuarentena lidia con dos tragedias, pero ninguna está provocada por un pandemia. La primera de ellas es privada, la historia de la familia Archambau; la otra es pública y universal, la historia del colonialismo europeo. Ese es el telón de fondo que poco a poco se desvela a ojos del lector, con una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente, a medida que acompaña a León de París a isla Mauricio, un viaje que se ve truncado por un brote de viruela en el Ava -en la cubierta de libro se habla de cólera, pero en el texto dice viruela, muy letal en su día por lo que he podido investigar, hoy erradicada-, el barco en que viaja en compañía de su hermano Jacques y su cuñada Suzanne.

Las pandemias, cólera, lepra, peste o lo que sea, debían ser mucho más habituales en siglos anteriores que en el actual. No descubro nada. Esto cae por su propio peso, pues yo, como la mayor parte del mundo, no había vivido ninguna hasta hoy. Para mí, que vivo en Europa, palabras como ébola tenían una calidad irreal, incluso mítica, algo cuya existencia no crees del todo, sencillamente porque nunca te has encontrado cara a cara con ellas, como con los billetes de 500 euros. Pero a finales del siglo XIX las pandemia debían estar a la orden del día, porque todos los personajes de La cuarentena asumen su estallido con naturalidad, como uno de esos golpes que da la vida y que en sí no tienen nada de extraordinario. La vida, al menos en lo que se refiere a pandemias, al menos en Europa, nos había malacostumbrado. Quizás hay resida la clave de la torpeza con la que hemos reaccionado.

By the way, el estallido de viruela a bordo del Ava se produce porque el capitán se desvía deliberadamente de su itinerario para hacer escala en Zanzíbar, donde tiene una amante y suben a bordo un par de polizones infectados de viruela. Personalmente agradezco este rasgo romántico, porque por una cita de amor, al menos yo, excuso el estallido de una pandemia, harina de otro costal es que el capitán del Ava hubiera echo escala en Zanzíbar para degustar algún manjar de la gastronomía local, murciélago, pangolín, lémur o cualquiera que sea tradición en esa exótica región del mundo. Eso sería muy chabacano, como acostumbra a ser la realidad.

Y hablando de Zanzíbar, acaso sea momento de decir que La Cuarentena tiene un aire exótico. Las evocaciones de León tan pronto nos llevan de París a isla Mauricio, de Londres a Benarés, de Calcuta a Abisinia, donde ve en su lecho de muerte al poeta Rimbaud. En este rasgo, que no sé si está presente en otras novelas de Le Clézio, veo un reflejo de su propia biografía. Le Clézio, reconocido nómada, que ha vivido en lugares tan dispares como Panamá, Corea, Tailandia o México, fue hijo de un médico militar inglés afincado en África y una francesa de isla Mauricio. En consecuencia, un hijo del colonialismo, un ciudadano de todas partes y de ninguna. De alguna forma u otra, todos los personajes de La cuarentena, Leon, Jacques, el matrimonio Metcalfe, Ananta, Suryavati, son todos desarraigados y su desarraigo se siente en la forma de una desazón inexpresable. Imposible no recordar aquí las palabras que a Robinson Crusoe le dijo su padre, quizás las más sabias de toda la historia de la humanidad.

Pero como iba diciendo en el siglo XIX estaban más hechos a las pandemias de lo que estamos hoy en día y eso se nota en la forma en que lidian con el brote de viruela. En cuanto las autoridades de isla Mauricio tienen conocimiento de que en el Ava hay casos de viruela prohíben inmediatamente su entrada en puerto y ordenan el desembarco de los pasajeros europeos e inmigrantes destinados a trabajar en las plantaciones de azúcar en un islote cercano, en Flat Island, habitado por indigenas, para pasar la preceptiva cuarentena. Esta no es una medida extraordinaria, sino protocolaria, como atestigua el hecho de que en Flat Island hay un poblado de chabolas conocido como la cuarentena, destinado a los viajeros europeos, mientras que los inmigrantes se alojan en las empalizadas. Todo muy colonial.

Para cualquiera que haya pasado recientemente un confinamiento y, encerrado entre las cuatro paredes de su domicilio, al borde de la locura, haya soñado con estar en un islote del Pacífico, decir que en Flat Island los suministros de agua y comida son escasos y de mala calidad, agua con larvas y arroz aún peor, cuyo suministro depende de la voluntad de las autoridades de isla Mauricio, que no parece ser buena, hasta el punto de que uno diría que no parece importarles dejar morir a los acuarentenados, a juzgar por el hecho de que no les proporcionan ningún atención médica y escasa comida, como si su intención fuera que el que no muera de enfermedad lo haga de inanición. Uno podría pensar que un par de siglos atrás las autoridades, acaso debido a su mayor experiencia, sí sabían gestionar una pandemia como dios manda e imponer severas medidas de aislamiento, que compensaban la falta de humanidad con la garantía de cortar de raíz la expansión de la enfermedad. Ante el viejo dilema moral, sacrificar unas pocas vidas para salvar muchas, las autoridades de isla Mauricio lo tenían tan claro como el agua cristalina de la bahía de Flat Island, en la que Leon hace el amor con Suryavati.

Bonita ilustración, pero en mi imaginación Suryavati es más joven y hermosa

No es el caso. A medida que la viruela, la diosa fría como la denominan los nativos, va cobrándose vidas, primeros dos tripulantes del Ava, seguidos por John Metcalfe, poco a poco, una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente, vamos descubriendo que las severidad de las autoridades responde a otras motivaciones; en concreto Alexandre Archambu, patriarca de la familia, contempla con desagrado la llegada de sus sobrinos Leon y Jacques. Alexandre Archambu representa todos los males del colonialismo europeo, egoísmo, avaricia y maldad y anteriormente había aprovechado su posición como fundador del Orden Moral y el partido de la sinarquía para despojar al padre de Jacques y León de su participación en la plantación de azúcar. En la novela no se detalla explícitamente cómo lo hizo, León, a medida que relata la historia de su familia, una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente, alude al matrimonio de su padre con una mujer euroasiática, que intuimos que debía violar las rígidas leyes raciales de las sociedades coloniales y que finalmente precipitó su ruina y regreso a Europa.

Así pues Jacques y Leon regresan a isla Mauricio para demandar lo que es suyo, cuando su viaje se ve truncado por el brote de viruela a bordo del Ava. A partir la novela avanza al ritmo de los paseos de Leon por el islote, primero en compañía de John Metcalfe, un botánico inglés, quien recorre la isla con la esperanza de encontrar añil silvestre, cuyas propiedades curativas ayudarían a paliar los efectos de la viruela. Esta es una lectura vacacional, por lo cual he renunciada a tomar notas. Mi memoria no es excepcional. Pero hay una frase de John Metcalfe que se me ha quedado grabada: Las plantas salvarán a los hombres. Y cuando John Metcalfe cae víctima de la enfermedad en compañía de Suryavati, una nativa que vive con su madre Ananta en el islote.

Suryavati simboliza lo exótico, los bosques de filaos, la laguna, el volcán, las piedras de basalto, el mar y las bandadas de rabijuncos. León se enamora de ella desde que la ve por primera vez pescando arpón en en mano en el arrecife. No sabemos si Suryavati experimenta la mis atracción espontánea por él, lo que sabemos es que su presencia le produce desconfianza y huye de él. En las sociedades coloniales los nativos y los colones pertenecían a mundos distintos. Nada revela más esa distancia que las palabras con las cuales ella se dirige a él en sus primeras conversaciones: Amo blanco, no sin cierto matiz de censura. Pero a medida que la cuarentena avanza, en contacto con la naturaleza y Suryavati. Leon sufre una transformación exterior, le crece la barba, su pelo se vuelve hirsuto y su piel se curte quemada por el sol y el viento, e interior que le hace distanciarse de todos los viajeros blancos, incluidos su hermano y cuñada. En contacto con la belleza salvaje del islote y Suryavati, Leon rechaza su condición de miembro de la civilización occidental y su apellido Archambau, con todos los privilegios que conllevan ambas circunstancias, para convertirse en un paria. Al final de la novela, Suryavati ya no lo llama amo blanco, lo llama bhai, hermano.

La historia familiar de Suryavati se intercala en la novela y de un modo muy singular, que no recuerdo haber visto nunca, en bloques escritos con otro tipo de letra y en otro tamaño, un punto más grande. Más que la historia familiar de Suryavati propiamente dicha, se trata de la odisea de su abuela Giribala para huir con su hija Ananta de la masacre de Cawnpore -hoy Kanpur-, uno de los episodios más sangrientos de la Rebelión India de 1857. Después conseguir salir de la ciudad, empieza una larga peregrinación por la India en canoa y a pie, salvando todo tipo de vicisitudes, hasta la ciudad de Calcuta, donde embarcan en el Ishkander Shaw hacia isla Mauricio. Personalmente, sin negar amplia el horizonte de la novela, profundizando en el gran drama histórico que fue el colonialismo, esta parte de la historia me ha resultado tediosa.

Y quizás sea momento de decir que si bien esta segunda lectura me ha resultado mucho más interesante que la primera, he podido entrar en la historia y representarme su escenario y sus protagonistas, persiste mucho del tedio que envolvió la primera. Esto se debe a la sensualidad exaltada de Le Clézio, por utilizar la expresión de la academia sueca. Leon es un ser extremadamente sensible y cada paso que da en la isla se traduce en emociones. La descripción de sus accidentes y las impresiones que le causa lastran el avance de la novela, cuya acción progresa con una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente. Sirva de ejemplo la primera cópula de León y Suryavati, que se extiende durante varias páginas. No es que yo abogue por la eyaculación precoz en la literatura, sino por la brevedad. Pocas palabras y bien dichas. Quizás la mejor escena de sexo se encuentre en Elegía de Phillip Roth, y no se extiende más allá de unas pocas líneas. Y quizás sean aún mejores las escenas que se transmiten sin ninguna palabra en absoluto.

Como en La Peste de Camus, en La cuarentena también llega un momento en que la enfermedad remite. Las causas no se desvelan al lector, es posible que la diosa fría ya haya saciado su hambre o simplemente, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure. Todo pasa. El covid también pasará y dejará muy poca huella. ¿Qué huella dejó en la historia la gripe española? Vaya usted a una librería, a una de las librerías más bellas del mundo o de las más feas, da igual, en cualquiera podrá comprobar la escasa historiografía que ha producido en comparación con sucesos coetáneos como la I Guerra Mundial. En un año la mal llamada gripe español mató a unos 30 millones de personas, más que en cuatro de guerra. Pero hasta hace unos pocos días no importaba a nadie, mientras que la I GM sigue siendo materia de estudio y debate. Dentro de unas décadas nadie se acordará del covid. Es simplemente la naturaleza en acción, una vulgaridad.

Pero volviendo a novela, después de muchas vidas truncadas, y de que las piras con los cadáveres de los inmigrantes ardieran diariamente en la playa de las empalizadas, cuando la enfermedad remite, al islote llega la noticia de que por fin las autoridades de Mauricio van a enviar un barco a recogerlos. La noticia no está exenta de suspicacia, es cierto que la enfermedad ha remitido, pero también es cierto que se acerca la temporada de la zafra y, como sospecha Jacques, la decisión está más relacionada con que los propietarios de las plantaciones de azúcar van a necesitar toda la mano de obra disponible. En cualquier caso la llegada del barco supone la separación definitiva de León de su familia, de Jacques y Suzanne, para emprender una nueva vida, una vida de paria, en compañía de Suryavati. Ya no tengo familia ni patria. Puede que en mi interior ya no quede nada del amo blanco que fui, y puede que me haya desembarazado del apellido de los Archambau. Tengo una mirada nueva. Jamás volveré a ser el que fui, el que cruzó el portalón del Ava.

Le Clézio recibiendp el Nobel

En este punto, alrededor de la página 380 en una novela de 430, La cuarentena da un salto de un siglo, hasta 1980, donde nos encontramos con otro León, quien recoge el hilo de la narración para acabar de contarnos la historia de los Archambau. Y recoger tal vez no sea la expresión más acertada, sino continuar, porque este segundo León es el mismo que el primero. Esto requiere explicación. La cuarentena está narrada por León en primera persona, pero llegados a este punto descubrimos que ha sido este segundo León quien ha estado reviviendo su historia. ¿Quién es este segundo León? El nieto de Jacques y Suzanne.

De la mano de este segundo León viajamos de nuevo a Mauricio, ahora descolonializado, en el que las plantaciones de azúcar han sido sustituidas por los complejos turísticos como motor de la economía local y en el que los indígenas e inmigrantes han pasado de la esclavitud a manos de los colonos a la prostitución a manos de los turistas ingleses, franceses y alemanes. Este salto de cien años enriquece mucho la visión del problema del colonialismo, pero personalmente encuentro el modo en que Le Clézio lo realiza un tanto artificioso.

En cualquier caso, de la mano de este segundo León sabemos el final de nuestros protagonistas. Jacques y Suzanne nunca fueron aceptados por el Patriarca y después de arreglar más o menos satisfactoriamente los negocios familiares regresaron a Francia. El Patriarca acaba sus días de la única manera que puede hacerlo un hombre que es pura maldad y egoísmo, en la más absoluta soledad. ¿Y qué ha sido del primer León, en honor del cual el segundo ha sido bautizado? No sabemos nada, en la leyenda familiar ha pasado a ser llamado El desaparecido. Podemos atribuirle el destino que queramos, una vida larga o corta, tranquila o ajetreada. Yo por mi parte le deseo una vida larga y feliz, en compañía de Suryavati, esa diosa salida de las páginas de Las mil y una noches. No merecen menos, su amor simboliza un encuentro más armonioso, pacífico y respetuoso que el que tuvo Europa con las del resto del mundo desde el siglo XVI en adelante.

Cierro el libro y es momento de responder a la cuestión que me hizo cogerlo en primer lugar, ¿hay algo en La cuarentena que nos ayude a comprender el presente, lidiar con el sentimiento de amenaza que provoca una pandemia o evitar descarriarse por los callejones de la locura como le sucedió a Sarah Metcalfe tras la muerte de su marido? Para paliar el avance de la viruela, en el islote se aíslan zonas, se establecen toques de queda y se establecen otras medias que hoy nos suena familiares, pero me temo que no. No obstante, donde no descarto la posibilidad de que otro lector encuentre consejo, lenitivo y guía donde yo no lo he hecho. Hace mucho tiempo un amigo me prestó un libro de Alejandro Jodorowsky, cuyo título he olvido, pero no he olvidado que en alguna parte se decía que los milagros suceden a todas horas, sólo hay que aprender a verlos. Nada más lejos de mi intención que sugerir que la pandemia del coronavirus sea un milagro, sería una falta de respeto para todos aquellos que han perdido tanto. Pero quizás se pueda considerar una oportunidad. No hace mucho, en las primeras semanas de confinamiento, el mundo se maravillaba con imágenes de cielos límpidos y aguas cristalinas que hoy vuelven a estar tan contaminados como siempre. Jacques, Suzanne, el sirdar Hussein, Julius Verán, Bartoli y otros secundarios de La cuarentena que sobrevivieron a la viruela retomaron sus vidas como si nada hubiese pasado. Está claro que como sociedad no aprenderemos nada de la pandemia y más pronto que tarde la olvidaremos. La olvidaremos sencillamente porque todos estamos deseando olvidarla cuanto antes. Mientras que cuando sucede una guerra, por más sangrienta que sea, los perdedores no quieren olvidarla, porque es el origen de su humillación, y los vencedores tampoco, porque es el origen de sus privilegios, y esa discrepancia elemental es la semilla de la siguiente. La paz demanda amnesia social. A nuestros nietos la palabra coronavirus les sonará tan lejana como a nosotros la gripe española o la lepra, hasta que un nuevo virus venga a refrescarles la memoria. Pero a nivel individual podemos extraer tantas lecciones y tan buenas como queramos. León encontró en la cuarentena la oportunidad de romper con el pasado sangriento y vergonzoso vinculado a su apellido e iniciar una nueva vida. Siempre es bueno cambiar a mejor, lo malo es esperar a una pandemia para hacerlo.

Ortega y Gasset, mejores frases

José Ortega y Gasset, filósofo español, fue miembro destacado de la Generación del 14. Como muestra de su ingenio seleccionó algunas de sus mejores frases, procedentes de sus libros más celebres, La rebelión de las masas, La deshumanización del arte o España invertebrada, del cual me ocupe recientemente.

-Aunque la mayoría de personas no van hacia ninguna parte, es un milagro encontrarse con una que reconozca estar perdida.

-El esfuerzo es solo esfuerzo cuando comienza a doler.

-Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo de ella no me salvo yo.

-Uno es esclavo de lo que dice, pero dueño de lo que calla.

-La voluntad de ser uno mismo es heroísmo.

-El hombre se adapta a todo, a lo mejor y a lo peor.

-El pasado no nos dirá lo que debemos hacer, pero sí lo que deberíamos evitar.

-El rencor es el derramamiento de un sentimiento de inferioridad.

-Muchos hombres, como los niños, quieren una cosa pero no sus consecuencias.

-Ser un artista significa dejar de tomar en serio a esa persona tan seria que somos cuando no somos artistas.

-Dime a qué le prestas atención y te diré quién eres.

-El cínico, un parásito de la civilización, vive negándolo, por la sencilla razón de que está convencido de que no fallará.

Quien hace una pregunta teme parecer un ignorante durante cinco minutos. Quien no pregunta se mantiene ignorante toda la vida.

-Toda vida es lucha por ser sí misma.

-La historia es la ciencia de las personas.

-Vivir es un proceso constante de decidir lo que vamos a hacer.

-Saber que no se sabe constituye tal vez el más difícil y delicado saber.

-La metáfora es probablemente el poder más fértil que posee el hombre.

-Lo bueno es, como la naturaleza, un inmenso paisaje en el que el hombre avanza a través de siglos de exploración.

-La división más radical que se puede hacer de la humanidad es la que la divide en dos clases de criaturas: las que se hacen grandes demandas, acumulando dificultades y deberes; y aquellos que no demandan nada especial de ellos mismos.

-La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es la suma de lo que hemos sido, sino lo que anhelamos ser.

-El deseo muere automáticamente cuando se logra; fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno deseo insatisfecho.

-La poesía se ha convertido en el álgebra superior de las metáforas.

-La revolución no es el alzamiento contra el orden preexistente, sino el establecimiento de un nuevo orden contradictorio al tradicional.

-El hombre es un emigrante importante en una peregrinación del ser, y en consecuencia no tiene sentido establecer límites a lo que él es capaz de ser.

-Excelencia significa cuando un hombre o una mujer se pregunta a sí mismo más que otros.

-El pensamiento no es un regalo para el hombre, sino una adquisición laboriosa, precaria y volátil.

-La voluntad del héroe no es la de sus antepasados ni la de su sociedad, sino la suya. Esto es ser uno mismo, esto es el heroísmo.

-Hay personas que arreglan sus vidas de modo que se alimentan solo con guarniciones.

-Distinguimos al hombre excelente del hombre común al decir que el primero es el que se hace grandes exigencias, y el segundo que no se exige a sí mismo.

-La lucha con el pasado no es una lucha mano a mano. El futuro lo supera tragándolo. Si deja algo afuera, se pierde.

-Bajo la especie de sindicalismo y fascismo, aparece por primera vez en Europa un tipo de hombre que no quiere dar razones o tener razón, sino que simplemente se muestra decidido a imponer sus opiniones.

-Vivir es sentirse perdido.

-Una existencia ‘desempleada’ es la peor negación de la vida, es la muerte misma.

-La civilización no es más que el esfuerzo por reducir el uso de la fuerza hasta el último recurso.

-Lo que hace grande a una nación no es principalmente sus grandes hombres, sino la estatura de sus innumerables mediocres.

-No podemos dejar de vivir hasta que estemos listos.

-La persona para quien las cosas pequeñas no existen, lo bueno no es grandioso.

-Cada vida es, más o menos, una ruina entre cuyos restos tenemos que descubrir qué debería haber sido esa persona.

-El mundo es la suma total de nuestras posibilidades vitales.

-La elección de un punto de vista es el acto inicial de una cultura.

-Ser libre significa carecer de identidad constitutiva.

-El hombre que descubre una nueva verdad científica ha tenido que aplastar antes a los átomos de casi todo lo que había aprendido, y llega a la nueva verdad con las manos manchadas de sangre por la masacre de miles de trivialidades.

-Biografía: un sistema en el que se unifican las contradicciones de la vida humana.

-El punto de vista individual es el único punto de vista desde el cual se puede ver el mundo en su verdad.

-La verdadera varita mágica es la mente del niño.

-Las masas piensan que es fácil huir de la realidad, cuando es lo más difícil del mundo.

-El tipo de ser humano que preferimos revela los contornos de nuestro corazón.

-Al hablar, al pensar, nos comprometemos a aclarar las cosas, y eso nos obliga a exacerbarlas, dislocarlas, esquematizarlas. Cada concepto es en sí mismo una exageración.

-El odio es un sentimiento que conduce a la extinción de los valores.

-La tragedia en el teatro nos abre los ojos para que podamos descubrir y apreciar lo heroico en la realidad.

-El orden no es una presión que se impone a la sociedad desde afuera, sino un equilibrio que se establece desde adentro.

-Todo lo que se nos da son posibilidades de hacernos a nosotros mismos de una forma u otra.

-La ley nace de la desesperación de la naturaleza humana.

-El hombre no tiene naturaleza, sólo tiene historia.

-Quien desea enseñarnos una verdad no debe decírnosla, sino simplemente sugerirla con un gesto breve, un gesto que comience una trayectoria ideal en el aire a lo largo del cual nos deslizamos hasta que nos encontremos a los pies de la nueva verdad.

-El mundo cobra sentido, no en cuanto existe en sí mismo, sino en cuanto existe conmigo.

-Como el amor es el acto más delicado y total de un alma, reflejará el estado y la naturaleza del alma.

-Vivir no es más ni menos que hacer una cosa en lugar de otra.

-El corazón del hombre no tolera la ausencia de lo excelente y supremo.

-La tendencia hacia el arte puro no traiciona la arrogancia, como suele pensarse, sino la modestia.

-El bienestar de las democracias, independientemente de su tipo y estado, depende de un pequeño detalle técnico: el derecho al voto. Todo lo demás es secundario.

-Todo esfuerzo intelectual nos separa de lo cotidiano y nos conduce por caminos ocultos y difíciles a lugares apartados donde nos encontramos en medio de pensamientos desacostumbrados.

-El reconocimiento de un error es por sí mismo una nueva verdad y como una luz que dentro de éste se enciende.

-El triunfo no puede evitar ser cruel.

-La vitalidad humana es tan exuberante que en el desierto más triste todavía encuentra un pretexto para resplandecer y temblar.

-La preocupación por lo que debería ser es estimable solo cuando hay respeto por lo que se ha agotado.

-Con la moralidad corregimos los errores de nuestros instintos, y con amor corregimos los errores de nuestra moral.

-No es obligatorio para una generación tener grandes hombres.

-Sorprenderse, preguntarse, es comenzar a entender. Este es el deporte, el lujo, especial para el hombre intelectual.

-Hay tantas realidades como puntos de vista. El punto de vista crea el panorama.

-Quien no ha sentido el peligro de que nuestro tiempo palpite bajo su mano, realmente no ha penetrado en los signos vitales del destino, simplemente ha pinchado la superficie.

-La vida es una operación que se realiza en una dirección hacia adelante. Uno vive hacia el futuro, porque vivir consiste inexorablemente en hacer, en cada vida individual que se hace a sí misma.

-No vivimos para pensar, sino, por el contrario, pensamos para que podamos sobrevivir.

-Necesitamos estudiar toda la historia, no volver a caer en ella, sino ver si podemos escapar de ella.

-El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.

-Camina lento, no te apresures, que a donde tienes que llegar es a ti mismo.

-En estos años estamos presenciando el gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas vagando perdidas en sus propios laberintos, a través de no tener nada a lo que entregarse.

-La vida nos dispara a bocajarro.

-Nos enamoramos cuando nuestra imaginación proyecta una perfección inexistente sobre otra persona. Un día, la fantasía se evapora y con ella, el amor muere.

-Una edad no puede comprenderse completamente si no se comprenden todas las demás. La canción de la historia solo se puede cantar como un todo.

-La masa cree que tiene el derecho de imponer y dar fuerza de ley a las ideas nacidas de un café.

-El hombre es un fugitivo de la naturaleza.

-La vida significa tener algo definido que hacer, una misión que cumplir, y en la medida en que evitemos configurar nuestra vida a algo, la dejamos vacía. La vida humana, por su propia naturaleza, tiene que estar dedicada a algo.

-El amor es ese desencadenante espléndido de la vitalidad humana, la actividad suprema que la naturaleza ofrece a cualquiera para salir de sí mismo hacia otra persona.

-Odiar a alguien es irritarse por su mera existencia.

-Pensar es el deseo de ganar realidad por medio de ideas.

-No hay duda; incluso un rechazo puede ser la sombra de una caricia.

-Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión.

-Los hombres juegan en la tragedia porque no creen en la realidad de la tragedia que se está escenificando en el mundo civilizado.

-La poesía es la adolescencia fermentada, y así preservada.

-El hombre no solo debe hacerse a sí mismo: lo más importante que tiene que hacer es determinar lo que va a ser.

-El poeta comienza donde termina el hombre. La suerte del hombre es vivir su vida humana, la del poeta para inventar lo que no existe.

-Soy libre por compulsión, quiera o no quiera.

-La estupefacción, cuando persiste, se convierte en estupidez.

-Vivimos en un momento en que el hombre se cree fabulosamente capaz de crear, pero no sabe qué crear.

-El cazador es el hombre siempre alerta. Pero esto en sí mismo, la vida en completo estado de alerta, es la actitud en la que el animal existe en la jungla.

-Solo queda un camino para salvar un clásico; dejar de reverenciarlo y usarlo para nuestra propia salvación.

-No niego que pueda haber otras causas bien fundamentadas para el odio que varias clases sienten hacia los políticos, pero la principal me parece que los políticos son símbolos del hecho de que cada clase debe tener en cuenta a todas las demás clases.

-Tanto si es un original o un plagio, el hombre es el novelista de sí mismo.

-Este es el peligro más grave que amenaza hoy la civilización: la intervención del Estado; la absorción de todo esfuerzo social espontáneo por parte del Estado, es decir, de la acción histórica espontánea, que a largo plazo sostiene, nutre e impulsa los destinos humanos.

-Hay, sobre todo, momentos en los que la realidad humana, siempre móvil, acelera y estalla a velocidades vertiginosas. -Nuestro tiempo es tal, porque está hecho de descenso y caída.

-La forma más contradictoria para la vida humana que puede aparecer entre la especie humana es el «hombre auto-saturado».

-Rige inexorable la paradoja de que, siendo la sociedad una suma de individuos, lo que de ella emana no depende de éstos, sino que, al revés, los tiraniza.

-El verdadero tesoro del hombre son sus errores.

-Dime como te diviertes y te diré quien eres.

-La ciencia consiste en sustituir el saber que parece seguro por una teoría, o sea, por algo problemático.

-El que no pueda lo que quiere, que quiera lo que pueda.

-Cultura es labor, producción de las cosas humanas; es hacer ciencia, hacer moral, hacer arte. 

-La razón pura tiene que ceder su imperativo a la razón vital: la vida debe ser vital.

-Los hombres mбs capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido, y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él.

-Sobre la greba dolorosa que suele ser la vida, brotan y florecen no pocas alegrías.

-El pensamiento es la única cosa del universo de la que no se puede negar su existencia: negar es pensar.

-El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.

-El malvado descansa algunas veces; el necio jamás.

-El vanidoso necesita de los demás, busca en ellos la confirmación de la idea que quiere tener de sí mismo.

-En cada paso que damos en la vida pisamos cien senderos distintos.

Cada día me interesa menos ser juez de las cosas y voy prefiriendo ser su amante.

-La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser.

-Siempre que enseñes, enseña a dudar lo que enseñes.

Mejores frases de Albert Camus

Albert Camus fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. A continuación selecciono algunas de sus frases más celebres, algunas procedentes de su obras más conocidas, El mito de Sísifo, El hombre rebelde o La peste, entre otros, y algunas de sus entrevistas y conferencias:

-La grandeza consiste en intentar se grande. No hay otro camino.

-Nunca serás feliz si continúas buscando en qué consiste la grandeza. Nunca vivirás si estás buscando el sentido de la vida.

-Vete siempre muy lejos, porque ahí es donde encontrarás la verdad.

-Para ser feliz no debemos estar preocupados por los demás.

-La psicología es acción, no pensar en uno mismo. Continúamos formando nuestra personalidad durante toda la vida. Para conocerse a uno mismo, uno debe afirmarse a uno mismo.

-El lugar para adquirir conocimiento son los libros. La verdadera universidad de estos días es una colección de libros.

-Tener dinero es una forma de ser libre del dinero.

-Una vez que has visto el brillo de la felicidad en el rostro de la persona amada, sabes que un hombre no puede tener otra vocación más que provocar esa luz en las caras a su alrededor.

-Integridad no tiene necesidad de reglas.

-La gente se apresura a juzgar para no tener que juzgarse a sí mismos.

-La única forma de lidiar con un mundo esclavo es haciéndose tan absolutamente libre que la misma existencia constituye un acto de rebeldía.

-La vida puede ser magnífica o abrumadora, esa es toda la tragedia. Sin belleza, amor o peligro casi sería fácil vivir.

-Cuando el alma sufre demasiado, desarrolla gusto por la desgracia.

-La verdadera generosidad para con el futuro consiste en dar todo al presente.

-No importa con qué fuerza el mundo me oprime, dentro de mí hay algo más fuerte y mejor empujando en dirección opuesta.

-Buscar qué es verdad no es buscar qué es deseable.

-Es el trabajo de la gente que piensa no estar de lado de los verdugos.

-En mitad del invierno encontré que, dentro de mí, había un verano invencible.

-Todos llevamos dentro de nosotros lugares de exilio, nuestros crímenes, nuestras salvajadas. Nuestra obligación es no liberarlos en el mundo, es transformarlas en nosotros mismos y en los demás.

-El mal del mundo casi siempre procede de la ignorancia y las buenas injtenciones pueden hacer tanto daño como la maldad si carecen de entendimiento.

-Bendecidos son los corazones flexibles, nunca se romperán.

-Un hombre sin ética es una bestia salvaje suelta en el mundo.

-El hombre es la única creatura que se niega a ser lo que es.

-Nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo.

-No hay amor a la vida sin desprecio a la vida.

-Un intelectual es alguien cuya mente se vigila a sí misma.

-Ninguna causa justifica la muerte de inocentes.

-Aquellos a los que les falta coraje siempre encontrarán una filosofía que los justifique.

-Para entender el mundo uno tiene que alejarse de él en ocasiones.

-Los hombres deben vivir y crear. Vivir hasta estar estar a punto de llorar.

-Conozco una obligación y es amar.

-Sin trabajo toda vida se pudre. Pero cuando el trabajo carece de alma, la vida se asfixia y muere.

-Encanto es una forma de conseguir un sin hacer una pregunta directa.

-Voy a contarte un gran secreto, amigo mío. No esperes al juicio final, tiene lugar cada día.

-Si hay algún pecado contra la vida, consiste quizás no tanto en despreciar la vida como en esperar otra vida y en eludir la implacable grandeza de esta.

-Amor es una especie de enfermedad que no evita al inteligente o al estúpido.

-Veo mucha gente morir porque juzgan que la vida no merece la pena. Paradójicamente veo a otros morir por las ideas o ilusiones que les dan una razón para vivir, lo que se llama una razón para vivir es así una excelente razón para morir. Por lo tanto concluyo que el significado de la vida es la más importante de todas las cuestiones.

-Pensando en el futuro, estableciendo objetivos y prioridades, todo esto presupone creer en la libertad, incluso cuando a veces se afirma que no se siente.

-Todo considerado, una alma determinada siempre se las arregla.

-Un hombre es siempre una víctima de sus verdades. Una vez que las ha admitido, no se puede liberar de ellas.

-Se necesita tiempo para vivir. Como cualquier obra de arte, la vida necesita pensar en ella.

-Hay causas por las que merece la pena morir, pero no por las que merece la pena matar.

-Tener tiempo fue una vez el experimento más grande y el más peligroso. La ociosidad es fatal sólo para el mediocre.

-La paz es la única guerra digna de librarse.

-Cualquier cosa que te previene de hacer tu trabajo se ha convertido en tu trabajo.

-Preferiría vivir mi vida como si hubiera un dios y descubrir al morir que no hay ninguno que vivir como si no hubiera y descubrir al morir que hay.

-Es cierto tipo de esnobismo espiritual el que hace a la gente creer que pueden ser felices sin dinero.

-A los treinta un hombre debería conocerse a sí mismo como la palma de la mano, conocer el número exacto de sus defectos y cualidades, saber qué lejos puede llegar, predecir sus fallos, ser lo que es. Y, sobre todo, aceptar estas cosas.

-El éxito es fácil de obtener, lo difícil es merecerlo.

-La vida es la suma de todas tus decisiones. Así que ¿qué vas a hacer hoy?

-No te asustes de gastar tiempo de calidad en ti mismo. Tenga sentido o no, roba algo de tiempo y dalo exclusivamente a ti mismo. Opta por la privacidad y la soledad. Eso no te hace antisocial o rechazar al resto del mundo. Pero necesitas respirar. Y necesitas ser.

-Cuatro condiciones de la felicidad, la vida al aire libre, amar a otro ser, libertad para la ambición, creación.

-Quien no da nada no tiene nada. La gran desgracia no es no ser amado, sino no amar.

-Sí, todo es simple. Es la gente la que complica las cosas.

-Donde no hay esperanza, debemos inventarla.

-Eso es el amor, darlo todo, sacrificar todo, sin el menor deseo de obtener nada a cambio.

-A veces, tirar adelante, simplemente tirar adelanta, es un logro sobrehumano.

-Siempre hay un momento en que uno debe elegir entre la contemplación y la acción. Esto se llama convertirse en hombre.

-Nunca serás capaz de experimentar todo. Así que, por favor, haz justicia poética a tu alma y simplemente experiméntate a ti mismo.

-Encuentra la felicidad en ti mismo.

-No hay pasión sin lucha.

-Viajar, que es como una ciencia grande y grave, nos devuelve a nosotros mismos.

-No camines detrás de mí, quizás no guíe. No camines delante de mí, quizás no siga. Camina a mi lado y sé mi amigo.

-Amigo, en el odio encontré que había dentro de mí un amor invencible. En las lágrimas encontré que había dentro de mí una sonrisa invencible. En el caos encontré que había dentro de mí una calma invencible. Me di cuenta, a través de todo ello, que en el invierno había dentro de mí un verano invencible. Y eso me hace feliz.

-¿Cómo puede ser la sinceridad una condición de la amistad? Querer la verdad a toda costa es una pasión que no salva a nadie.

-La amistad a menudo acaba en amor, pero el amor nunca en amistad.

-Básicamente, en el fondo de la vida, que nos seduce a todos, sólo hay absurdo y más absurdo. Y quizás eso es lo que nos da el placer de vivir, porque la única cosa que puede derrotar al absurdo es la lucidez.

-¿Debería suicidarme o tomar otra taza de café?

-La felicidad y el absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables.

-Un mundo sin amor está muerto.

España invertebrada de José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset, nació en Madrid en 1883, concretamente en la calle Alfonso XII. Miembro destacado de la generación del 14, su biografía y filosofía quedó marcada por su educación alemana. Entre sus mejores frases está la celebérrima yo soy yo y mis circunstancias y en su obra hay títulos fundamentales, La rebelión de las masas, la deshumanización del arte o España invertebrada, precisamente de este último me ocupo en esta entrada.

España invertebrada llevaba mucho tiempo en mi radar, pero todavía no había tenido el gusto de leerlo por unos motivos u otros, principalmente porque otros títulos se habían interpuesto en mi camino, muchos de ellos no tan interesantes ni fecundos. Pero antes de entrar en materia, me gustaría hacer dos breves reflexiones.

La primera, recientemente asuntos de índole privada me llevaron al madrileño barrio de Malasaña, donde satisfechos los cuales me acerqué a la librería Arrebato para comprar un ejemplar de España invertebrada. Arrebato es una excelente librería, orientada al artículo de segunda mano, donde disfruté ojeando sus anaqueles y conversando con su dueño. Pero lamentablemente no tenían el ansiado título. No obstante conviene aclarar que poseían una excelente representación de la obra de Ortega y Gasset. De hecho, curiosamente, el único título que les faltaba era precisamente aquel en el que yo estaba interesado. El librero se ofreció a pedírmelo, pero decliné el ofrecimiento, convencido de que lo encontraría en alguna de las muchas librerías que me encontraría de camino a casa. Bien, yo vivo en la calle Ave María, a unos veinticinco minutos de Arrebato, esto significa que por el centro de Madrid, sin proponérmelo pasé por unas cuatro librerías. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando en los anaqueles de ninguna de ellas no sólo no se encontraba el objeto de mi deseo, sino que no había apenas rastro de OyG!

Arrebato libros, hermoso ejemplo de fachada madrileña

Al día siguiente, salí a dar un paseo en compañía de mi novia por el centro de Madrid, en el transcurso del cual fuimos entrando en todas las librerías que nos salieron al paso, una, dos, tres, cuatro, algunas de ellas de las más famosas de Madrid, como Traficantes de sueños, que tiene dos plantas llenas de libros en las que un madrileño universal como Jose Ortega y Gasset no tenía lugar, ni un solo libro suyo. Por supuesto el pecado hubiera sido el mismo, si no hubiera tenido libros de un argentino universal como Borges, lo cual no comprobé, pero visto lo visto no pondría la mano en el fuego. Por fin me hice con el ansiado título en la quinta librería, sita entre Ópera y el Palacio Real, La buena vida, cuyo nombre trajo a mi memoria buenos tiempos pasado en un bar homónimo de Gijón, perla del Cantábrico, y después de tan arduas pesquisas, agotados, atónitos e indignados, nos dirigimos a disfrutar de un merecido chocolate con churros. ¿A qué viene todo esto? Quien haya leído mi apasionado En defensa de los clásicos sabrá de qué estoy hablando.

Como me temo que esta primera reflexión se ha alargado demasiadp, pondré a prueba mis dotes de síntesis en la segunda. Cuando por fin pude encontrarme en la intimidad con España invertebrada, cuál fue mi sorpresa al descubrir que el prólogo estaba firmado por un político, Federico Trillo. Mi política con respecto a los prólogos es empezar a leerlos y si me gustan sigo y si no aborto misión. He de decir que el de Federico Trillo ni me entusiasmó ni me desagradó. En cualquier caso lo acabé, algo que no puedo decir de muchos firmados por catedráticos y críticos. Con razón decía Rainer Maria Rilke que con nada se acerca uno menos al arte que con el bisturí de la crítica.

Al respecto de lo que dice Trillo en el prólogo sólo quiero mencionar una cosa, España Invertebrada fue el libro más citado y consultado entre los responsables de elaborar la Constitución Española. Dejo al entender de cada cual determinar si esto habla bien o mal del libro, yo me limitaré a señalar que forma parte del tronco de la cultura española. ¿Qué quiero decir con esto? Quien haya leído mi apasionado En defensa de los clásicos lo sabrá.

Hora de entrar en materia. España invertebrada es un breve ensayo, de unas cien páginas, que originalmente apareció en artículos en la revista El sol en 1921 en el que José Ortega y Gasset aborda el problema esencial de la España de la época. A este respecto, mi interés particular en el libro reside en saber si la luz que arroja Ortega y Gasset sobre los problemas de su época nos puede ayudar a entender los problemas de la nuestra. Para que esto fuera posible, parece cabal pensar que los problemas deberían seguir siendo los mismos. ¿Cuál es el principal problema de España para Ortega y Gasset? Si alguien me preguntase cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esta palabra, particularismo. ¿Qué es el particularismo? La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. La psicología del particularismo podría resumirse diciendo que es aquel estado del espíritu en el que creemos no tener por qué contar con los demás.

OyG en la tribuna, nadie puede negar que tiene el don de la elocuencia, aunque resulta un tanto cómico

Ortega y Gasset empieza España invertebrada citando la Historia romana de Mommsen: La historia de toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de incorporación. A partir de ahí desarrolla una ley histórica del nacimiento de las naciones en la que defiende el principio de que son un proceso no de dilatación de un núcleo original, sino de incorporación de núcleos diversos. La identidad de raza no trae consigo la incorporación en un organismo nacional, aunque a veces favorezca y facilite ese proceso. Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre y viceversa. La incorporación es la organización de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva estructura. El proceso de formación de una nación sigue tres etapas: Incorporación, constitución de un cuerpo social y colonización.

No hemos hecho sino empezar a abrir el melón y con lo dicho hasta ahora ya daría para un buen debate. A diferencia de la mía, la capacidad de síntesis de Ortega y Gasset es prodigiosa.

En el segundo capítulo aborda la cuestión de cuáles son esos núcleos preexistentes que poseen el poder creador de naciones. No lo son los más inteligentes ni lo más artísticos ni los más científicos, sino aquellos destinados a hacerlo. OyG no emplea esta expresión, pero la deja entrever cuando señala que el talento nacionalizador es un quid divinum, un don que consiste en un saber querer y un saber mandar. Humildemente considero que la geografía tiene mucho que decir en todo esto, lamentablemente OyG ignora este tipo de enfoque, más reciente, y su obra se resiente.

Ahora bien, mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas. Solitaria, la violencia fragua pseudoincorporaciones que duran poco tiempo y fenecen sin dejar rastro. En toda auténtica incorporación la fuerza tiene un carácter adjetivo. La potencia verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma nacional, un proyecto sugestivo de vida en común. Ese proyecto sugestivo de vida en común es el pilar de la filosofia de OyG. En mi humilde opinión un pilar más hermoso que sólido.

Con estas leyes históricas en la mano OyG elabora una brevísima anatomía de la historia de España para llegar a una conclusión muy en boga de un tiempo a esta parte, Castilla es el alma de España. España es una cosa hecha por Castilla. La «España una» nace así en la mente de Castilla. Ignoró de cuándo data la idea de Castilla como origen de España. Sospecho que nació influenciada por el centralismo administrativo francés y la consagraron los noventayochistas -curiosamente todos de la periferia-, pero considero que es muy cuestionable históricamente. Como tantos otros, OyG aquí comete un error conceptual de bulto, confundir el centro con el origen. Por razones de espacio no puedo explayarme al respecto, pero los hechos históricos más importantes de nuestra historia la repoblación de Castilla, la romanización, la arabización, la reconquista, ninguno tiene origen en Castilla. Castilla es el territorio más extenso de España, pero a la luz de los hechos parece más objeto que sujeto de nuestra historia.

A continuación OyG pasa a analizar el origen de los separatismos, movimientos de secesión étnica y territorial, y empieza combatiendo la idea de que los nacionalismos catalán y vasco son movimientos artificiosos, extraídos de la nada, sin causas profundas, promovidos por hombres codiciosos, soberbios o envidiosos, sin los cuales no existiría esa labor de despedazamiento de la masa de homogénea de España. Para OyG los nacionalismos no son un fenómeno exclusivo de catalán o vasco, sino generalizado en España, que en esas regiones se manifiesta con más agresión y músculo retórico, y forma parte de un gran proceso de desintegración nacional.

El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización, grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso, las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. Desde 1580 todo lo que acontece en España es decadencia y desintegración. Hasta su cima la historia de España es ascendente y acumulativa, desde entonces es decadente y dispersiva. OyG pertenece a la generación del 14, dieciséis años lo separan de la generación del 98, marcada por la pérdida de las últimas colonias, pero en sus palabras salta a la vista cuanto seguía pesando en su generación la nostalgia del imperio. Dejo a la consideración de cada cual determinar si los kilómetros cuadrados o el número de colonias son la unidad de medida de la grandeza de un país.

OyG, feliz con su cigarrillo

En cualquier caso, ¿cuál es la causa de ese proceso de desintegración? Para buscarlo hay que volver la mirada hacia un viejo conocido, el proyecto sugestivo de vida en común, principio rector de España invertebrada. España se desintegra porque falla el proyecto sugestivo de vida en común, cuya consecuencia inmediata es el origen de particularismos. En consecuencia el propósito de este ensayo es corregir la puntería del pensamiento político al uso, que busca el mal del catalanismo y bizcaitarrismo en Cataluña y Vizcaya, cuando no está allí. ¿Dónde pues? Cuando una sociedad se descompone víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse el particularista fue precisamente el poder central. Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho.

A continuación OyG desarrolla la idea de particularismo que, dentro de una sociedad en desintegración, no se limita a grupos étnicos o geográficos, sino que se manifiesta también dentro de los distintos grupos y clases sociales, oficios y gremios. OyG nos da la causa del particularismo y también su efecto, la acción directa. A medida que se desentienden gradualmente del todo, los distintos grupos sociales y regiones abandonan la vía indirecta, representada por las instituciones públicas que están tendidas entre individuos y grupos como resortes y muelles de la solidaridad nacional, para emprender acciones interesadas, egoístas y de alcance particular. La vida social española ofrece hoy un extremado ejemplo de este atroz particularismo. Hoy es España, más que una nación, una serie de compartimientos estancos. En España invertebrada OyG estudia en más detalle el particularismo militar y su modo de acción directa, el pronunciamiento, precursor del golpe de estado.

En este punto acaba la primera parte, Particularismo y acción directa, y empieza la segunda, La ausencia de los mejores, que constituye el germen de la obra magna de OyG, La rebelión de las masas, y versa sobre los conceptos de masa, aristocracia y cómo su relación afecta al bienestar de un país. Tal vez no haya cosa que califique mejor a un pueblo y a cada época de su historia que el estado de la relación entre masa y minoría directora.

OyG habla alto y claro al respecto. Su pensamiento no precisa de intérprete.

Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos. Cualquiera que sea nuestro credo político, nos es forzoso reconocer esta verdad. La forma jurídica que adopte una sociedad nacional podrá ser todo lo democrática y aun comunista que quepa imaginar; no obstante su constitución viva, transjurídica, será siempre siempre la acción dinámica de una minoría sobre una masa… Así cuando en una nación la masa se niega a ser masa, esto es, a seguir a la minoría directora, la nación se deshace y sobreviene el caos social, la invertebración histórica.

El hecho primario social es la organización en dirigidos y directores de un montón humano. Esto supone en unos una cierta capacidad para dirigir, en otros una cierta facilidad intima para dejarse dirigir. En suma: Donde no hay una minoría que actúa sobre una masa colectiva y una masa que sabe aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad o está muy cerca de que no la haya.

Tan absurdo sería querer deformar el sistema de las órbitas siderales, negarse a reconocer que el hombre tiene cabeza y pies y la pirámide cúspide y base como negar la existencia de una contextura esencial a toda sociedad, consistente en un sistema jerárquico de funciones colectivas.

Pues bien en España vivimos hoy entregados al imperio de las masas. Dondequiera asistimos al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven contra los mejores.

Más claro el agua. Para OyG esta división de la sociedad entre aristocracia y masa se funda en un hecho innegable, hay hombres mejores que otros, más dotados, y allí donde se encuentran dos hombres, en condiciones normales, el peor seguirá al mejor. A partir de este hecho natural OyG extrae otra ley histórica Hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de época: Épocas de formación de aristocracias y con ellas de sociedad, y épocas de decadencia de esas aristocracias y con ellas de disolución de la sociedad. Las épocas de decadencia son en las que la minoría directora de un pueblo, la aristocracia, ha perdido sus cualidades de excelencia, aquellas que ocasionaron su elevación. Contra esa aristocracia ineficaz y corrompida se rebela justamente la mesa.

Llegados a este punto es inevitable pensar, al menos para los que nos hemos educado en democracia y hemos respirados ciertos valores, que acaso hemos aceptado como dogmas de fe, que el pensamiento de OyG suena a rancio, a Antiguo Régimen, a cosa superada. Esto bien puede deberse a lo que OyG denomina la magia del deber ser, nuestra tendencia a querer que la sociedad sea de una manera determinada, ideal, y no como es. Sólo debe ser lo que puede ser, y sólo puede ser lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es… Toda recta sentencia sobre cómo deben ser las cosas presupone la devota observación de su realidad… Antes que ser justa una sociedad tiene que ser sana, es decir, tiene que ser una sociedad… Una sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es sociedad.

En este punto conviene recordar que la palabra aristocracia etimológicamente significa gobierno de los mejores y este es el sentido con que la usa OyG. Una tosca sociología tergiversa estos conceptos de masa y minoría selecta, entendiendo por aquella el conjunto de las clases económicamente inferiores, y por esta las clases más elevadas. Mientras no corrijamos este quid pro quo no adelantaremos un paso en la inteligencia de lo social. Nada pues más lejos de mi intención cuando hablo de aristocracia que referirme a lo que por descuido suele aún llamarse así.

Como ya he dicho OyG habla tan alto y claro que considero innecesario puntualizar nada. Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores.

Bonita edición antigua

En cualquier caso, para OyG el hecho que explica todos los males de España no es la rebelión de las masas, sino la falta de talento. No es casualidad que la segunda parte se titule La ausencia de los mejores. Mírese por donde plazca el hecho español de hoy, ayer o anteayer, siempre sorprenderá la anómala ausencia de una minoría suficiente. Este fenómeno explica toda nuestra historia, incluso aquellos momentos de fugaz plenitud. Para OyG España, a lo largo de su historia, ha sido incapaz de producir suficientes hombres de primera calidad como para disponer de una minoría selecta suficiente que impulsara el perfeccionamiento del cuerpo social. Para OyG la ausencia de los mejores en nuestra historia es tan destacada que en España lo ha hecho todo el pueblo y lo que no ha hecho el pueblo se ha quedado sin hacer.

Esta es la parte más débil España invertebrada, no me refiero a si en España faltan suficientes hombres de valor o no, dejo a la inteligencia de cada cual juzgar este punto, tras la debida comparación con la cuantía de hombres de valor que ha dado al mundo Francia, Inglaterra o Alemania, sino a la explicación que OyG da para este fenómeno. OyG busca las raíces de este fenómeno en la Edad Media, concretamente en la particularidades del feudalismo español. Para OyG las naciones del occidente europeo son la ecuación resultante de la raza autóctona, la cultura romana y el vigor del pueblo germano. OyG no considera que haya sustanciales diferencias raciales, por ejemplo entre Francia y España, el sedimento cultural romano es el mismo en ambos casos, pero cuando el Imperio Romano se derrumbó y los pueblos germanos conquistaron el oeste y sur de Europa, Francia fue invadida por los Francos, un pueblo joven y vigoroso, y España por visigodos, un pueblo viejo, deformado y anquilosado. Va de Francia a España lo que va del franco al visigodo. Por desgracia del franco al visigodo va una larga distancia.

Las visiones de OyG sobre el feudalismo son atractivas e interesantes, lamentablemente por razones de tiempo no puedo mencionarlas aquí, pero atribuir la pobreza social española, concretamente su incapacidad para crear elevados tipos humanos, a la influencia visigoda es insostenible, como si fuera una aleación que se hubiera debilitado al fundirse con un metal de inferior calidad. Repito, es insostenible desde cualquier punto de vista.

Con esto llegamos al final de España invertebrada, la obra de un hombre sinceramente preocupado por el destino de su país. OyG dijo que la obra nació de su deseo, más bien necesidad, de encontrar respuesta a los males de la España de su tiempo, e incapaz de encontrarla en ningún libro, se dispuso a ir en su búsqueda. En sus pesquisas OyG elabora una ley general de las naciones, las cuales se generan por acumulación de grupos sociales más o menos diversos, se cohesionan de acuerdo a un proyecto sugestivo de vida en común y prosperan por el establecimiento de una sana relación social, en la cual los mejores asumen las riendas y la masa, aquellos que no se destacan por su excelencia, aceptan ser guiados.

Todo merece comentario. Lamentablemente me he excedido con mucho del tiempo y espacio que pensaba dedicar a esta entrada. Me limitaré a indicar que, en mi opinión, las visiones de OyG están lastradas por tomar como modelo del origen de las naciones al Imperio Romano, que es centrífugo. Hay otros modelos, generados por fuerzas centrípetas u otras energías distintas de asociación. En relación al proyecto sugestivo de vida común, sinceramente me suena a eslogan político, es más hermoso que real. Aunque no descartó su eficacia a nivel psicológico.

En cualquier caso, la médula del ensayo es la aristocracia y su papel social. En mi opinión OyG da un papel demasiado relevante al concepto de raza. No puede extrañar, la cuestión racial era muy relevante en su época, en mi opinión derivada de las teorías de Darwin, que no mucho antes sacudieron el mundo intelectual y sin las cuales no se podría explicar fenómenos como el fascismo. Hoy no es políticamente correcto pensar en términos de raza, incluso es muy poco recomendable hacerlo, se prefiere esa actitud ante la realidad que OyG definió como el deber ser.

Nada más lejos de mi intención que señalar que hay razas mejores que otras, pero no me parece descabellado pensar que hay razas distintas, en algunas puede predominar la creatividad como en otras la belicosidad. Es una cuestión compleja, sobre la que tengo más dudas que certezas. En honor a la verdad siempre he preferido pensar en términos de individuos. Aquí no cabe duda, todos los individuos son diferentes, en algunos impera la veta artística como en otros la científica, en unos la alegría, en otro la melancolía. Sea como fuere, sin negar que hay individuos extraordinariamente dotados, como los hay extraordinariamente obtusos, es mi sincera opinión que en general las potencialidades humanas están repartidas de forma muy pareja entre todos nosotros. Sean cuales sean los dones que la naturaleza nos ha confiado, como todos los filones, hay que explotarlos. La excelencia se extrae con pasión, voluntad, paciencia y esfuerzo. No en vano hace más el que quiere que el que puede. En mi opinión son problemas estructurales los que hacen que el hombre de genio sea una rara avis de nuestra sociedad.

En España invertebrada OyG arroja una visión muy pesimista de la sociedad española, tanto que no autorizó hasta muchos años después su traducción a otros idiomas, porque no quería dar una impresión negativa de España en el extranjero. Esto se explica por su año de concepción, 1921. El mayor fracaso de toda sociedad es una guerra civil, OyG escribió España invertebrada 15 años antes de una. Es tarea de cada cual responder a la pregunta de si en España se han articulado los mecanismos para que los mejores, que ahora y siempre no nacen, se hacen, lleguen a las posiciones donde son capaces de infundir su talento en el plasma social.

Vosotros, que habéis llegado a estas páginas, a los que los nombres de Sócrates y Thoreau, Céline o Camus, no os son desconocidos, estáis más capacitados que nadie para responder a esa pregunta, porque sois la aristocracia del espíritu, los que se esfuerzan por elevarse, por ser hoy mejores de lo que erais ayer, vosotros sois los mejores entre los mejores, por lo cual nadie está más capacitado para responder si ¿es hoy el tejido social más fértil para que se formen los mejores? ¿Ha disminuido la aristofobia? Y en última instancia, si ¿ocupan por fin los mejores el lugar que les corresponde en la sociedad? Pero antes de aventurar una respuesta, recordad las líneas con las que se iniciaba esta entrada, aquellas en las que relataba mi odisea por las librerías de Madrid en busca de España invertebrada.

El mito de Sísifo, extracto

Esta es la parte de El mito de Sísifo de Albert Camus donde aborda el mito griego, una poderosa metáfora de la condición humana a la luz de lo absurdo. Para una mayor comprensión del texto recomiendo pinchar en el enlace y leer el artículo completo sobre una de las obras magnas de Camus.

Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le llevaron a convertirse en el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló los secretos de éstos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Este, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestiales. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Hornero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su; imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de las manos de su vencedor.

Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo insepulto en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a gustar del agua y del sol, de las piedras cálidas y del mar, ya no quiso volver a la oscuridad infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron de nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo.

Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a subirla hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene consciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen de ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desmesurada: “A pesar de tantas pruebas, mi avanzada edad y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la felicidad. “¡ Eh, cómo! ¿Por caminos tan estrechos…?” Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del nombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y la afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo súbitamente devuelto a su silencio se elevan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice “sí” y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos, no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

La libertad por Albert Camus

En El mito de Sísifio Albert Camus hace unas interesantes reflexiones sobre la libertad que por su interés transcribo a continuación.

No me interesa saber si el hombre es libre. No puedo experimentar sino mi propia libertad. Sobre ella no puedo tener nociones generales, sino algunas apreciaciones claras. El problema de la “libertad en sí” no tiene sentido, pues está ligado de una manera muy distinta al de Dios. Saber si él hombre es libre exige saber si puede tener un amo. La absurdidad particular de este problema viene del hecho de que la noción misma que hace posible el problema de la libertad le quita al mismo tiempo todo su sentido. Pues ante Dios, más que el problema de la libertad, existe el problema del mal. Se conoce la alternativa; o bien no somos libres y Dios todopoderoso es responsable del mal, o bien somos libres y responsables, pero Dios no es todopoderoso.

Las sutilezas filosóficas no han añadido ni quitado nada a lo decisivo de esta paradoja. Por eso no puedo perderme en la exaltación o la simple definición de una noción que me escapa y pierde su sentido desde el momento que sobrepasa el marco de mi experiencia individual. No puedo comprender lo que sería una libertad que me fuera dada por un ser superior. He perdido el sentido de la jerarquía. No puedo tener de la libertad sino el concepto del prisionero o del individuo moderno en el seno del Estado.

La única que conozco es la libertad de espíritu y de acción. Ahora bien, si lo absurdo aniquila todas mis probabilidades de libertad eterna, me devuelve y exalta, por el contrario, mi libertad de acción. Esta privación de esperanza y de porvenir significa un acrecentamiento en la disponibilidad del hombre. Antes de encontrar lo absurdo, el hombre cotidiano vive con finalidades, con un afán de porvenir o de justificación (no importa con respecto a quién o qué). Evalúa sus probabilidades, cuenta con el porvenir, con el retiro o el trabajo de sus hijos. Cree todavía que se puede dirigir algo en su vida. En verdad, obra como si fuese libre, aunque todos los hechos se encarguen de contradecir esa libertad. Pero después de lo absurdo todo se desquicia.

La idea de que “existo”, mi manera de obrar como si todo tuviera un sentido (incluso si, llegado el caso, dijese que nada lo tiene), todo esto se halla desmentido de una manera vertiginosa por la absurdidad de una muerte posible. Pensar en el mañana, fijarse una finalidad, tener preferencias, todo ello supone la creencia en la libertad, aunque a veces se asegure que no se la siente. Pero en ese momento sé muy bien que no existe esa libertad superior, esa libertad de ser que es la única que puede fundamentar una verdad. La muerte aparece como la única realidad. Después de ella ya no hay nada que hacer. Ya no tengo la libertad de perpetuarme, sino que soy esclavo, y sobre todo, esclavo sin esperanza de revolución eterna, sin que pueda recurrir al desprecio. ¿Y quién puede seguir siendo esclavo sin revolución y sin desprecio? ¿Qué libertad en su pleno sentido puede existir sin seguridad de eternidad?

Pero al mismo tiempo el hombre absurdo comprende que hasta entonces estaba ligado a ese postulado de libertad, con cuya ilusión vivía. En cierto sentido, eso lo impedía. En la medida en que imaginaba una finalidad en su vida, se sometía a las exigencias de un propósito que había de alcanzar y se convertía en esclavo de su libertad. Así, ya no podré obrar sino como el padre de familia (o el ingeniero, o el conductor de pueblos, o el supernumerario de correos) que me dispongo a ser. Creo que puedo elegir ser esto en vez de otra cosa. Lo creo inconscientemente, es cierto. Pero sostengo, al mismo tiempo que mi postulado, las creencias de quienes me rodean, los prejuicios de mi medio humano (¡los otros están tan seguros de ser libres y este buen humor es tan contagioso!).

Por muy apartado que uno se pueda mantener de todo prejuicio, moral o social, se sufren en parte y hasta uno ajusta la vida a los mejores de ellos (pues hay prejuicios buenos y malos). Así el hombre absurdo comprende que no era realmente libre. Para hablar claramente, en la medida en que espero o me preocupa una verdad que me sea propia, una manera de ser o de crear, en la medida, en fin, en que ordeno mi vida y pruebo con ello que admito que tiene un sentido, me creo unas barreras entre las que encierro mi vida. Hago como tantos funcionarios del espíritu y del corazón que sólo me inspiran aversión y que no hacen otra cosa, lo veo bien ahora, que tomarse en serio la libertad del hombre. Lo absurdo me aclara este punto: no hay mañana. Esta es en adelante la razón de mi libertad profunda.

Haré a este respecto dos comparaciones. Ante todo están los místicos, quienes encuentran libertad en darse. Al abismarse en su dios, al aceptar sus reglas se hacen secretamente libres a su vez. En la esclavitud espontáneamente consentida vuelven a encontrar una independencia profunda. ¿Pero qué significa esa libertad? Puede decirse, sobre todo, que se sienten libres frente a sí mismos y menos libres que liberados. Del mismo modo, completamente vuelto hacia la muerte (tomada aquí como la absurdidad más evidente), el hombre absurdo se siente desligado de todo lo que no es esa atención apasionada que cristaliza en él. Disfruta de una libertad con respecto a las reglas comunes. Se ve en esto que los temas de partida de la filosofía existencialista conservan todo su valor. La vuelta a la conciencia, la evasión del sueño cotidiano son los primeros pasos de la libertad absurda. Pero a lo que se tiende es a la predicación existencial y con ella a ese salto espiritual que en el fondo escapa a la conciencia.

De la misma manera (esta es mi segunda comparación) los esclavos de la antigüedad no se pertenecían. Pero conocían esa libertad que consiste en no sentirse responsable. También la muerte tiene manos patricias que aplastan pero liberan.

Abismarse en esta certidumbre sin fondo, sentirse en adelante lo bastante extraño a la propia vida para aumentarla y recorrerla sin la miopía del amante es el principio de una liberación. Esta independencia nueva tiene un plazo, como toda libertad de acción. No extiende un cheque sobre la eternidad. Pero reemplaza a las ilusiones de la libertad, todas las cuales terminaban con la muerte. La divina disponibilidad del condenado a muerte ante el que se abren las puertas de la prisión cierta madrugada, ese increíble desinterés por todo, salvo por la llama pura de la vida, ponen de manifiesto que la muerte y lo absurdo son los principios de la única libertad razonable: la que un corazón humano puede sentir y vivir.

El mito de Sísifo de Albert Camus

Albert Camus fue un escritor argelino, premio Nobel de 1957, entre cuyos libros se encuentran obras maestras de la literatura como El extranjero o la La peste, una de las mejores novelas sobre virus. En cualquier caso su actividad creadora no se limitó a la ficción. El hombre rebelde es una cima del pensamiento existencialista, donde se encuentra una de sus mejores frases: Me rebelo, luego existo. Pero en mi opinión si hay una obra por la que merece ser recordado es El mito de Sísifo.

Antes de entrar propiamente en materia, no quiero dejar de pasar la oportunidad de señalar que, como tantos y tantos libros, El mito de Sísifo se inicia con una cita. Personalmente no me gustan esos libros cuya primera página está saturada de citas, como si sus autores nos quisiera mostrar cuánto han leído; en mi humilde opinión una cita, dos a lo sumo, deberían ser suficientes para capturar la esencia del libro. Albert Camus selecciona unos versos de Píndaro, que capturan perfectamente la esencia de su filosofía y que no podrían ser más hermosos: Oh, alma mía, no aspires a la vida eterna, sólo agota los límites de lo posible.

El mito de Sísifo se publicó en 1942 y rápidamente se clasificó como existencialismo. En cualquier caso, a diferencia de la mayoría de los existencialistas, lo que preocupa a Camus no es si la vida tiene sentido, sino las implicaciones que conlleva responder a esa pregunta. En cierto sentido El mito de Sísifo es libro más importante jamás escrito, porque la respuesta que demos a esa pregunta es una cuestión de vida o muerte. Sólo existe un verdadero problema filosófico, el del suicidio. Juzgar si la vida merece o no la pena equivale a resolver la principal cuestión filosófica. Todo lo demás, si la realidad tiene tres o más dimensiones, el número de categorías mentales, si se puede viajar en el tiempo, es secundario. Esto son juegos, primero hay que responder. Si es cierto, como dice Nietzsche, que un filósofo para merecer nuestro respeto debe predicar con el ejemplo, se comprenderá la importancia de la respuesta.

Camus dice más adelante que el sentido de la vida es la más importante de todas las cuestiones. Para Camus la vida ni tiene ni deja de tener sentido, simplemente es absurda. ¿Qué es el absurdo? El divorcio entre un hombre y su vida, el actor y el escenario. Y el objeto de El mito de Sísifo es la relación entre el absurdo y el suicidio, el grado exacto en qué el suicidio es una solución al sentimiento de absurdo.

Unos antes y otros después, todos experimentamos el absurdo de la vida, sería imposible no hacerlo, es demasiado evidente. Levantarse, coche, cuatro horas de ofician o fábrica, coche, comida, otras cuatro horas de oficina o fábrica, lunes, martes, miércoles, una semana tras otra, un año tras otro, hasta que un día nos preguntamos «Por qué». Ese por qué es nuestra primera visión del absurdo, el despertar de la consciencia, después del cual podemos volver o no a nuestra rutina. Según Camus el hombre consciente es «el hombre absurdo».

Hermosas palabras de A. Camus que merece la pena escuchar

Si la vida carece de sentido ¿por qué seguir viviendo? ¿Qué evita que pongamos fin a tanto sin sentido? La esperanza de otra vida que «debemos merecer» o el truco de aquellos que no viven por la vida misma sino por una gran idea que la trasciende, la perfecciona, le da sentido y la traiciona.

Para Camus que la vida carece de sentido es evidente, tanto que no se molesta en demostrarlo. Simplemente, en unas pocas páginas, se limita a recordar el deseo humano por encontrar un principio rector o una verdad absoluta, el Uno de Parménides (sea lo que sea), algo que pueda servir de guía a la humanidad, y la incapacidad de la mente humana para hacerlo. De quién y de qué puedo decir: «Sé esto». Puedo sentir mi corazón y dictaminar que existe. Puedo tocar el mundo y decir igualmente que existe. Ahí acaba mi conocimiento y lo demás es construcción.

Y un poco más adelante añade, en uno de los párrafos más reveladores de la filosofía moderna: Y aquí están los árboles y conozco su superficie rugosa, agua y siento su tacto. El aroma de la hierba y el brillo de las estrellas, ¿cómo voy a negar este mundo, cuyo poder y fuerza experimento? Pero todo el conocimiento del mundo no me proporciona nada que me garantice que este mundo es mío. Tu me lo describes y me enseñas a clasificarlo. Tú enumeras sus leyes y por mi sed de conocimiento admito que son verdad. Tú analizas sus mecanismos y mi esperanza aumenta. Finalmente me dices que este mundo maravilloso y multicolor se puede reducir al átomo y que el mismo átomo se puede reducir al electrón. Todo suena bien y espero que continúes. Pero me hablas de un sistema invisible donde los electrones gravitan alrededor de un núcleo. Me explicas este mundo con una imagen. Me percato de que has sido reducido a poesía: Nunca sabré. ¿Tengo tiempo para indignarme? Tú ya has cambiado de teorías. Así que la ciencia que iba a enseñarme todo acaba en hipótesis, la lucidez naufraga en metáforas, la incertidumbre se reduce a una obra de arte. ¿Qué necesidad tenía de tanto esfuerzo? La suave línea de las montañas y la caricia de la noche sobre mi corazón afligido me enseña mucho más. He vuelto al principio. Me percato de que si a través de la ciencia puedo apoderarme de los fenómenos y enumerarlos, no puedo por ello aprehender el mundo. Y tú me das a elegir entre una descripción que es cierta y que no me enseña nada y una hipótesis que me enseña pero que no es cierta. Camus on fire, lucidez y elegancia de expresión, después de leer esto nadie puede dudar de que tiene aquello que se necesita para ser un clásico de la literatura.

A continuación Camus dedica unas líneas a la noción del absurdo. El absurdo no existe en sí mismo, sino que nace siempre de la confrontación de dos realidades. Camus pone un ejemplo, un hombre armado con una espada enfrentándose a un ejército armado de armas de fuego. El hombre con la espada no es absurdo, el ejército no es absurdo, el absurdo nace cuando se enfrentan estos dos hechos, el absurdo nace de la desproporción entre una realidad y otra. En el ámbito de la inteligencia, puedo decir que el absurdo no está en el hombre, no en el mundo, sino en su existencia conjunta. Eliminar uno de sus elementos es destruir el conjunto. No puede haber absurdo fuera de la mente humana. Así que, como todo, el absurdo acaba con la muerte.

A nadie le quedó mejor el cigarrillo colgado del labio que a Camus

Pero el absurdo no es el objeto de El mito de Sísifo, sino cómo el hombre reacciona al absurdo, al sin sentido de la vida, la confrontación entre el mundo irracional y el deseo de claridad cuyo eco resuena en el corazón humano. A tal efecto en la siguientes páginas Camus aborda la obra de varios filósofos existencialistas, Jaspers, Heidegger, Kierkegaard, Chestov, Husserl. ¿Qué tienen en común todos estos grandes de la filosofía? Bien, como ya se dijo, todos están más o menos relacionados con el existencialismo, pero lo relevante es que todos ellos se percataron del absurdo y, en sus sistemas filosóficos, todos ellos intentaron superarlo mediante un salto. El salto es seguir razonando allí donde la razón ha alcanzado sus límites, el salto la racionalidad apelando a la irracionalidad. El salto es oponer al absurdo la esperanza, de dios, del más allá, de algo intangible, inverificable e inexistente de lo que al final pende todo el sistema filosófico de los pensadores arriba mencionados. El salto es la filosofía de hoy incurriendo a las más burdas mentiras de ayer. El salto es lo que Camus denomina suicidio filosófico, para evitar el real al que impele el absurdo.

Para el hombre consciente, ¿hay alguna alternativa al salto o la muerte? Es de lo que se ocupa El mito de Sísifo en las siguientes páginas, concretamente de si se puede vivir en el absurdo, si es posible vivir en «sin encanto». Camus no tiene dudas al respecto, la vida es mucho mejor sin sentido. Esto puede resultar chocante, a simple vista parece mejor un mundo regido por un dios todopoderoso, que entregara a la humanidad una tablas de la ley, cuyo cumplimiento garantizara la vida eterna en el paraíso. Pero Camus extrae tres consecuencia inmediatas del absurdo, rebeldía, libertad y pasión, sobre las cual construye un imperativo vital.

Empecemos por la primera, la rebeldía. Para Camus la consciencia del absurdo no conduce al suicidio, porque el suicidio, como el salto, es aceptación en extremo. Camus invita a rebelarse contra el absurdo. Una de las únicas posiciones filosóficas coherentes es la rebeldía, una constante confrontación entre el hombre y su oscuridad… La rebeldía da valor a la vida… Es importante morir irreconciliado y no por propia voluntad. El suicidio es repudiar (la vida). El hombre absurdo exprime todo hasta el final y se vacía. ¿No ha quedado claro contra qué se rebela el hombre absurdo? Contra su destino, contra la muerte. ¿Cómo lo hace? Exprimiendo la vida hasta la última gota. La rebeldía da valor a la vida.

Sigamos con la segunda, la libertad. En El mito de Sísifo hay ciertos comentarios sobre la libertad de Albert Camus que considero de lo más interesantes y reveladores, por lo cual lo transcribo en un entrada aparte a la cual se puede acceder en el enlace. Aquí basta resumir la idea principal. El absurdo nos libera porque no hay ningún futuro (más allá) y esta es la razón de mi libertad interior. En esencia el razonamiento de Camus no puede ser más sencillo. Para el hombre que considera que la vida tiene sentido, sea cuál sea, dios, la lucha de clases, el cambio climático, la liberación de la mujer, ese mismo sentido forja sus grilletes, le impone un destino hacia el cual debe orientar su vida y una escala de valores a la cual debe ajustar su comportamiento. En cambio, para el hombre absurdo todas las posibilidades están abiertas. El retorno a la consciencia, escapar del sueño cotidiano son los primeros pasos de la libertad absurda.

¿Pero de qué nos sirve la libertad en un mundo sin encanto? Aquí es donde entra el juego la tercera, la pasión. El absurdo equivale a sustituir la calidad de las experiencias por la cantidad. Porque para el hombre absurdo no cuenta vivir mejor, sino vivir más. ¿Qué significa vivir más? Romper los récords de experiencias vitales, romper los récords significa ante todo enfrentarse con el mundo tan a menudo como sea posibleEl presente y la sucesión de presentes frente a un alma constantemente consciente es el ideal del hombre absurdo… Por la mera actividad de la consciencia transformo en una norma de vida lo que era una invitación a la muerte y rechazo el suicidio.

El mito de Sísifo es un libro muy corto, cuando uno lee esta frase está en la página 48 de noventa, acaba de pasar el ecuador del libro. Para mí, que lo he leído tres veces, el libro siempre ha acabado aquí. A continuación Camus explora la vida absurda a través de cuatro arquetipos humanos, el seductor, el actor, el conquistador y el creador. He de decir que esta parte del libro siempre me ha resultado muy confusa, no porque la lectura sea más o menos difícil que en la páginas precedentes, sino porque nunca me ha quedado clara la relación con lo precedente. Más cuando el propio Camus recalca que lo que verdaderamente define al hombre absurdo es el estado de consciencia y que cualquiera puede serlo, un taxista, un abogado, un médico, cualquiera; más cuando por la misma razón los cuatro arquetipos anteriores pueden no ser conscientes.

Quizás dada la brevedad del libro Camus se sintió obligado a añadirle más páginas. El caso es que esta parte, a través de cada uno de los arquetipos, a mí siempre me ha parecido una exploración en la naturaleza del amor, el arte, la vida de acción y la literatura, cuya relación con lo anterior siempre me ha parecido un poco artificiosa, por lo cual no diré más al respecto.

El verdadero hombre absurdo es Sísifo, cuyo mito da título al ensayo y a quien Camus dedica las últimas páginas del libro, son unas palabras hermosas, que transcribo literalmente en una nueva entrada, cuya lectura recomiendo encarecidamente, porque el mito de Sísifo es una poderosa metáfora de la vida.

Albert Camus es un grande, para mí su lectura siempre ha sido compleja, con lo cual no quiero decir difícil, que también puede serlo o no, dependiendo. El mito de Sísifo me gusta sencillamente porque me entretienen sus razonamientos, adoro las sutilezas filosóficas que contiene, las perspectivas con que contempla el mundo abren mi mente, multiplican mis puntos de vista, me dan ideas. Pero en muchos sentidos también la considero una lectura estéril.

Los planteamientos de Camus sobre el sentido de la vida, los límites del conocimiento y las alternativas que nos plantean me parecen sencillamente fascinantes, aunque en ocasiones lamentó su terminología. Porque, por ejemplo, uno no puede dejar de tener la impresión de que detrás de la vida consciente de Camus se esconde el viejo carpe diem. Pero es su sello, su originalidad, la marca de su sistema. Todos los filósofos visten verdades viejas en ropas nuevas, la obligación del lector es desvestirlas. En cierto sentido todo está dicho y la literatura consiste en decir las cosas de forma nueva. Camus tiene el mérito de hacerlo con clase.

Camus conocido por sus dotes de galán, poniendo ojitos

Pero en el fondo el El mito de Sísifo decepciona intelectualmente, porque la falta de sentido de la vida, de la que yo no tengo ninguna duda, impele al suicidio. Un pensamiento así es provocativo, desafiante y genial, pero más importante aún coherente. Si Camus hubiese dicho eso y después de firmar el libro se hubiese pegado un tiro habría hecho el acto filosófico más radical del que se tiene constancia. Pero Camus era un vitalista, conocido por sus dotes de seductor, y me temo que no tenía ninguna gana de morir. Pero en el plano intelectual, si bien estoy de acuerdo que se puede derivar del absurdo la idea de libertad, en modo alguno la de rebeldía y pasión. Todos los razonamientos por los cuales trata de justificar esa relación son pura ingeniería verbal, en última instancia Camus incurre en el pecado intelectual del que previamente acusaba a Husserl, Kierkegaard, etc., también el da el salto, no en nombre de dios o un principio absoluto, sino para construir una filosofía heroica, que invita a rebelarse frente a la muerte. Pero saltar sigue siendo saltar, por más hermoso y elegante que sea el salto, traicionar la razón.

En cualquier caso, como decía antes, todo esto es estéril. El mito de Sísifo es una obra de filosofía pura, un dejar divagar a la razón, un hermoso entretenimiento de cultos, como los que han llegado a este blog. Yo considero que el no sentido de la vida impele a acabar con ella, pero no tengo ninguna gana ni deseo de hacerlo, porque como Camus también soy un vitalista, y si la humildad y la discreción no me obligarán a guardar silencio al respecto, debería añadir que también un seductor. Del mismo modo, dudo mucho que los suicidas, digamos por ejemplo Kurt Cobain, por citar a un conocido de este blog, haya acabado por su vida siguiendo los razonamientos expresados por Camus. El camino que lleva al suicidio no es un exceso de razón, sino una falta de energía.

Pero dudo mucho que los motivos que llevaron a Kurt Cobain o a Hemingway al suicidio interesaran a Camus en la redacción de El mito de Sísifo, porque su interés es mantenerse dentro de los límites de la razón, es una obra de pensamiento puro, donde se procura que los razonamientos no se contaminen con nada ajeno a la razón. Precisamente por eso resulta estéril. Porque en última instancia la vida es un hecho biológico, no mental. La razón siempre va a la zaga.

¿Tiene sentido la vida? Yo no le veo mucho, sinceramente. Quizás sea tarea de cada cual encontrárselo, leer un buen libro, cultivar tu jardín, animar a tu equipo o amar a tu familia, cualquier cosa puede llenar ese hueco. Pero tanto si lo encontramos o no, no veo mucho motivo para preocuparnos, el instinto seguirá empujándonos hacia delante.

En defensa de los clásicos

Qué libro leer es la pregunta más importante que debe resolver todo lector, constantemente, a lo largo de su vida, es la piedra de Sísifo del lector. Esta pregunta es tanto más importante cuanto más poder de transformación y educación demos a un libro. Es muy posible que no exista el libro que te cambiará la vida, pero eso no excluye la posibilidad de que cien, mil libros no puedan alterar nuestra visión del mundo y transformarnos completamente.

Entrando en materia debo confesar que esta entrada debería titularse carta de amor a los clásicos, es una defensa apasionada de la literatura clásica, aunque intentaré que mis argumentos domine la razón y no la pasión. Quizás sea un error. En cualquier caso hablar de clásicos es hablar de Homero, con él empieza todo. La Ilíada es el origen de todo, como dijo Silky Silk, el inolvidable protagonista de La mancha humana de Philip Roth, a sus alumnos de literatura de la Universidad de Athena.

Pero Silky Silk se equivocaba, la literatura nace con el hombre y el hombre nace con la literatura. Comunicarse es una necesidad animal, no humana. Todos los animales se comunican, cualquiera puede entender los ladridos de amenaza de un perro, el canto de un ruiseñor en el ritual de cortejo o los maullidos de un gato hambriento; otros pueden ser más difíciles de entender, como los sonidos subacuáticos de un delfín o los chirridos de un grillo, pero no menos dotados de significado. La palabra sólo es el desarrollo humano de esa necesidad o, por decirlo a la manera de Sigmund Freud, la sublimación de esa necesidad, como el amor es la sublimación del instinto sexual. Hablando de clásicos, El malestar de la cultura es de obligada lectura.

Es de suponer que la comunicación animal comunica sentimientos y necesidades muy elementales. En cambio la comunicación humana tiene un rango de expresión que va desde lo extremadamente simple a lo extremadamente complejo. Con la palabra nació la moral, la mentira, la verdad, la ironía, la ley, la religión, la parábola, el mito, la amistad, la traición, el amor y finalmente este blog. La literatura es el origen del mundo.

Pero antes que existieran los literatos tal y como los conocemos hoy en día, antes que los Eduardo Mendoza, Borges o Jack London, existieron los cuentacuentos cuyas historias, contadas al calor de un fuego, alrededor del cual se reunía la comunidad, al igual que las de los maestros de hoy en día, tenían un fin didáctico y recreativo. A la vez que entretenían, sus historias servían de cosmogonía, guía moral y medio de transmisión de conocimientos. El maestro Vargas Llosa dedicó un libro a la figura del antiguo cuentacuentos, cuyo título no puede ser más revelador: El hablador.

Las historias de los cuentacuentos no carecían de valor para la comunidad, por lo cual se buscó el medio de preservarlas, identificando cada sonido con una grafía, que se cincelaban en rudimentarias tablas de piedra. En la civilización occidental la transición de la tradición oral a la escrita ocurrió con La Ilíada, tanto es así que incluso su autoría está en cuestión. Muchos eruditos dudan de que en realidad sea obra de Homero y consideran que se trata de una colección de antiguas leyendas populares concernientes a la Guerra de Troya, narradas por los viejos cuentacuentos a modo de lecciones históricas, cuya compilación pudo haber sido de obra de Homero o de varios autores.

Y en las páginas de La mancha humana, última entrega de una de las mejores trilogías literarias– Silky Silk pregunta a sus alumnos si saben cómo comenzó la Guerra de Troya. Y responde que la Guerra de Troya, como tantas disputas cotidianas y anónimas, empezó por una mujer, pero no por una cualquiera, sino por Helena de Troya, hija de Zeus según la mitología, esposa de Menelao, a quien París raptó atraído por su belleza. ¿Serían nuestra concepción de la pasión distinta si París hubiese resistido la tentación de raptar a Helena; del honor si en lugar de declarar la guerra Menelao se hubiera olvidado de ella; de la amistad si Aquiles no hubiera vengado la muerte del Patroclo; del heroísmo si Héctor hubiese rehusado enfrentarse al invencible Aquiles? La literatura se alimenta de la realidad para transformarla mediante la elaboración de modelos, mitos e ideales que guían nuestra vida, en un proceso que nació con el primer hombre y se extinguirá con el último. Pero esa capacidad de transformación sólo está a la altura de ese puñado de libros que merecen el calificativo de clásicos, el resto de libros apenas deja huella en la historia, que en el mejor de los casos desaparece tras uno o dos generaciones de lectores.

No se me ocurre mejor forma de explicar la importancia de los clásicos que recurriendo a una metáfora, que representa la literatura como un árbol inmenso, cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos, cuando todavía las viejas comunidades se reunían al atardecer bajo un fuego y los habladores inventaban el amor, los dioses, la eternidad. Los clásicos forman el tronco de ese árbol, de cual parten muchas ramas, que representan diferentes corrientes, movimientos, géneros, tendencias y modas, algunas más fuertes y longevas, algunas de fruto más dulce y otras más amargo, pero todas accesorias. Sólo el tronco es esencial.

Para mí siempre ha sido un misterio por qué la gente no lee a los clásicos. Si como dice Harold Bloom El Quijote y Hamlet son los dos mejores libros de la historia, ¿Por qué la gente prefiere leer libros peores? El Quijote y Hamlet, como las Meditaciones de Marco Aurelio, España invertebrada de Ortega y Gasset o el Martín Fierro de José Hernández, forman parte del tronco del árbol de la literatura, que a lo largo de su vida milenaria ha resistido terremotos, sequías y tempestades, pero la gente prefiere leer frutos insípidos, en ocasiones aupados a las primeras listas de ventas por los intereses de las casa editoriales, que desaparecerán con el primer golpe de viento para no dejar huella en la historia de la humanidad.

Lo repito por qué la gente no lee los mejores libros es una pregunta que no deja de anonadarme. No tengo ninguna duda de que si a un amante de los coches se le apareciera Aladino y le concediera el deseo de elegir uno sin dudar respondería: Ferrari, Porsche, Aston Martin… A diferencia de la industria del motor, cuyas joyas cuestan fortunas, los amantes de los libros tenemos la suerte de tener una pasión barata. Se da incluso la paradoja de que los Ferraris y los Porsches de la literatura suelen encontrarse en ediciones más baratas que los Skodas, los Seats y los Fiats, pero la gente prefiere pagar más por estos últimos. Jamás me lo explicaré.

Aunque quizás la respuesta sea muy sencilla y para dar con ella sólo sea necesario hacer un poco de sociología cultural. ¿Acaso no están las listas de películas más vistas copadas por Fast and Furious y basura por el estilo? ¿Acaso no están las listas de discos más vendidos copadas por insoportables cantantes fabricados al por mayor en las factorías del espectáculo? ¿Si Muddy Waters no vende más que el triunfito de turno por qué iba vender Ana Karenina de Tolstoi más que el último libro de Sonia Barneda, a la sazón de finalista del último Premio Planeta?

Las listas de venta sencillamente reflejan los gustos de la sociedad y estos distan mucho de ser elevados, como fácilmente se comprueba encendiendo la televisión a cualquier ora y comprobando con qué bazofia se entretiene a la masa. Lamentable. Se asume que la gente que lee es culta. Mentira, eres culto si lo que lees es digno de considerarse cultura. Eres culto si lees a Orwell o a Stendhal o a Moliére, pero si caes en el viejo truco editorial de comprar el último libro firmado por un rostro conocido, que probablemente ni siquiera ha escrito, eres una marioneta en manos de la industria cultural. No eres culto, eres masa, que lee lo que lee el rebaño.

Después de leer El crimen del padre Amaro de Eça de Queiroz uno sólo puede de leer con una sonrisa de desdén esas manidas historias sobre asesinos en serie que venden millones de copias, después de acostarse con Madame Bovary uno no acepta salir con las cursis heroínas que pueblan las novelas románticas de hoy en día, después de presenciar la redención de Cartas a un joven poeta de Rilke uno desprecia esos vulgares manuales que prometen enseñar a escribir un novela. Los clásicos nos ayudan a diferencia la paja del grano y lo hacen afinando nuestros sentidos, refinando nuestro gusto, mejorando nuestra sensibilidad, profundizan nuestra inteligencia y en ese proceso de elevación personal que se produce con su lectura poco a poco dejamos de ser masa, para convertirnos en individuos, capaces de juzgar y elegir por nosotros mismos, de conocer y valorar las modas y tendencias, pero no ser manejados por ellas.

Por supuesto defender y promover la lectura de los clásicos no significa limitar nuestras opciones de lectura. Los clásicos forman el canon, pero hay mucho digno de conocer y leer fuera del canon. Hay excelentes lecturas de ayer y hoy que no llegan a la categoría de clásico, a las cuales nos podemos sentir inclinados por nuestros intereses personales. Recientemente publiqué dos entradas, una dedicada a los mejores libros de ajedrez y a los mejores libros de deporte, quizás sólo uno o dos de los que están incluidos en ambas merecen el calificativo de clásicos, pero todos son buenos libros que se pueden leer, especialmente si te apasionan los temas en cuestión. O tener un interés profesional o personal por las novelas de animales y leer mi humilde Vida de perros, aunque no esté a la altura de La llamada de lo salvaje.

Más importante aún, los libros de hoy serán los clásicos del mañana, al menos algunos de ellos. Hay libros que se convierten en clásicos instantáneos como Lo que queda del día de Kazuo Ishiguro y otros que tardan años en llegar adquirir ese estatus como por ejemplo El hombre sin atributos, del que hable cuando me ocupé de si merecía la pena leer tochos. Pero sólo conociendo a los clásicos de ayer podremos reconocer a los del mañana. Los clásicos son la brújula que orientan al lector entre la vasta oferta editorial de nuestros días, para que pueda satisfacer sus intereses culturales sin malgastar su tiempo y dinero. Los clásicos son los cimientos sobre los que debemos construir nuestra biblioteca personal.

Uno de los motivos que se aducen con más frecuencia para no leer a los clásicos es que son aburridos y difíciles. Empecemos por el primero. ¿Es divertido o aburrido Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez? Sólo hay una respuesta posible, depende para quién. ¿Es divertido o aburrido el bestseller del año? Depende para quién. Sacar un clásico de la biblioteca, por ejemplo Don Juan de Tirso de Molina, arquetipo del seductor, no garantiza que vayamos a disfrutar de su lectura. Pero tampoco comprar un bestseller garantiza una lectura placentera. El lector de clásicos tiene alegrías y penas, como tiene el lector de cualquier otro tipo de libros.

Entramos en el complejo territorio de los gustos, sobre los que no hay nada escrito. Los clásicos están envueltos en un aura de grandeza que parece que los hace inmunes a la crítica. Recientemente en un artículo Mario Vargas Llosa decía que odiaba En busca del tiempo perdido de Proust, pero que nunca se había atrevido a decirlo. A mí Moby Dick de Melville o El doctor Zhivago Boris Pasternak, dos clásicos en toda regla, me parecieron lecturas insufribles, dos torturas que no deseo a nadie, que cada vez que oigo elogiar íntimamente pienso que la única explicación es que quien lo hace realmente no los ha leído o que habiéndolos leído, como Vargas Llosa con En busca del tiempo perdido, les falta el valor para reconocer que no les han gustado, acaso por miedo a incurrir en crimen de lesa cultura. No obstante, pese a ser novelas tediosas, sé que me hicieron no solo mejor lector, sino mejor persona, porque refinaron mi paladar en un modo que sólo está a la altura de muy pocos libros.

El segundo motivo es la dificultad. Cierta parte de mí se niega incluso a tocar levemente este punto, porque quién diablos quiere libros fáciles, el buen lector se recrea en la dificultad, busca desafíos, retos, lucha. En cualquier caso asumir que los clásicos son lecturas difíciles es falso. La metamorfosis de Kafka o Rebelión en la granja de Orwell son lecturas tan sencillas que puede leerlas y disfrutarlas un niño, lo cual no niega que hay clásicos extremadamente difíciles como El ruido y la furia de Faulkner o Ulises de Joyce -un libro que revela cuanto los clásicos de hoy son herencia de los de ayer, pues no deja de ser una versión dublinesa del griego-, por la forma y el estilo, o como La familia de Pascual Duarte o Lolita, por la dureza del tema, o como Viaje al fin de la noche por la dudosa moralidad de Céline o El mito de Sísifo de Camus por los dilemas existenciales que plantea, pero no pain no gain.

En cualquier caso, la susodicha la dificultad de los clásicos se refiere a lecturas más venerables, la propia Ilíada con la que empezaba esta entrada, el Lazarillo de Tormes, Los cuentos de Canterbury, Gargantúa y Pantagruel, los Ensayos de Montaigne, La nave de los necios… Muchos siglos nos separan de la publicación de estas obras, las sensibilidades, los gustos, las modas, la moral, las costumbres han cambiado radicalmente desde entonces, evidentemente eso dificulta la lectura, pero personalmente sólo el lenguaje de La Celestina de Fernando de Rojas me pareció tan arcaico que me impidió el placer de la lectura, aunque obviamente en coetáneos extranjeros la dificultad del lenguaje se atenúa sensiblemente por las traducciones modernas, casi diría que se anulan la dificultad por completo, al menos la que se refiere al lenguaje.

En ocasiones todos hemos oído hablar de lo maravilloso que sería disponer de una máquina del tiempo que nos permitieras viajar al pasado y al futuro, pues a la espera de que físicos e ingenieros obren el milagro, los clásicos son la única herramienta de que disponemos para viajar al París de la Revolución Francesa, a la era del Jazz americana, a la España de la Inquisición, al descubrimiento de América. Los clásicos nos permiten viajar en el tiempo de forma barata y segura, con la garantía de que regresaremos a la comodidad de nuestros hogares con sólo cerrar el libro, así que menos quejas si el viaje presenta algunas dificultades, es la señal de que es real.

Llegados a este punto sólo nos queda preguntarnos qué convierte un libro en clásico. Algunos títulos deben su categoría de clásicos a las innovaciones estilísticas o formales, que transformaron la forma de narrar, como Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin o Manhattan Transfer de Dos Passos; en algunos casos puede ser la perfección del estilo y la grandeza de la historia como en Madame Bovary, en otros el escándalo como con los Trópicos de Henry Miller que fueron objeto de censura literaria o el valor histórico de su testimonio como en Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn.

Pero lo que de verdad hace al clásico es el tiempo. En literatura el tiempo es el único juez, el único crítico válido. A final de cada año se elaboran listas con los diez, veinte o cincuenta mejores libros de curso, de los cuales con el paso del tiempo sólo dos o tres figurarán en la lista de mejores libros de la década y quizás ninguno cuando más adelante se elabore la de mejores libros del siglo. El tiempo separa la paja del grano, lo accesorio de lo esencial.

Por los motivos que sean los clásicos son los libros que capturan el zeitgeist de su tiempo, por eso pueden envejecer, pero no caducar, su mensaje sigue fue, es y será relevante. Los clásicos son el tronco mismo de la cultura y su lectura es la única garantía de que en la literatura, como en la vida, no nos andamos por las ramas.