Yo, Franco, novela de dictador

Llega a las librerías Yo, Franco de Miguel Ángel Álvarez, el autor de este blog, el último miembro de uno de los más exclusivos géneros literarios, el de la novela de dictador, que no cuenta con más de un puñado de representantes.

Este fenómeno no deja de ser paradójico. Los dictadores a lo largo de los últimos doscientos años han sido legión, pero las novelas sobre estos son escasas, poco más de un puñado de títulos. Franco, Castro, Trujillo, Somoza, Videla, Pinochet, Primo de Rivera, Odría… La lista es larga, si se escribiera una novela sobre cada uno de ellos, el genero podría rivalizar con el de las novelas de amor, pero en cambio es escaso como las alegrías en la casa del pobre.

Cuanto más se piensa en esta relación inversa más inexplicable parece. Los tiranos son megalomaníacos, narcisistas, inmorales, histriónicos, crueles y un largo etcétera de rasgos de carácter, detrás de los cuales a menudo se esconden complejos y traumas profundos, que los convierten en figuras fascinantes. En una palabra, los dictadores son carne de literatura y, sin embargo, apenas están presentes en la literatura.

La literatura ha sostenido una larga lucha con la censura. Los escritores son bocazas impertinentes que de una u otra forma siempre han conseguido hacerse oír, pero cuando dejan de apuntar con la pluma al régimen para apuntar a la figura que lo rige el peligro no es que les pongan bozal, sino que les corten el pescuezo. No obstante, ni el riesgo de muerte es capaz de silenciar a ningún escritor. Entre el silencio y el exilio un verdadero escritor no tiene dudas, porque el silencio es la muerte más temida del escritor. Miguel Ángel Asturias cambió Guatemala por París, donde de 1923 a 1933 trabajó en su El señor Presidente. Posteriormente después de la caída en desgracia de Manuel Estrada Cabrera, a quien retrata en su novela, regresó a Guatemala y durante más de otra decada luchó con su sucesor, el no menos tiránico Jorge Ubico Castañeda, hasta que la novela finalmente se publicó en México en 1946.

El verdadero motivo por el que hay tan pocas novelas de dictador en comparación con el gran número de estos hay que buscarlo en otro lado. Aunque rara vez, o nunca, por los motivos adecuados, los tiranos son gigantes de la historia. Es difícil imaginar alguien con tanta influencia en el destino de su país y de sus ciudadanos, no en vano en todo el poder se concentra en su figura. Esa influencia guarda relación en la capacidad del déspota para perpetuarse en el poder, a más tiempo más influencia, y es inconmensurable en casos como el de Franco o Castro que gobernaron sus países durante casi medio siglo y murieron con las botas puestas.

Enfrentarse a un personaje de tal enjundia intimida, incluso al escritor más recio. Y cuando hablo de escritor quiero decir novelista, porque la cuestión es distinta para el ensayista y biógrafo, quienes solo tienen que bucear en la historia, sacar a la luz los hechos, fechas y lugares y presentárselos al lector de forma tan coherente como les permitan sus habilidades narrativas. Pero la tarea del escritor es más compleja, es insuflar vida al hombre y a la historia.

Por si esto fuera poco todavía hay un último escollo que salvar, el de la posición del escritor con respecto al dictador. El tirano es como el cilantro, lo amas o lo odias. Los que están dentro del régimen lo quieren como a un padre y lo adoran como a un dios, los que están fuera de él lo odian como al mal encarnado y lo critican como a una errata de la historia. No hay punto medio. Ante la dificultad de crear un retrato humano verosímil, que escape al maniqueísmo de la idolatría y de la condena, no es de extrañar que muchos escritores se achiquen y, temiendo la crítica de todos y el aplauso de nadie, dirigan sus esfuerzos hacia empresas menos arriesgadas.

Franco estuvo toda su vida convencido de que la Providencia le había destinado a salvar a España de la herejía democrática. Franco caudillo de España por la gracia de Dios, como los reyes mediavales.

Afortunadamente, de acuerdo con esa vieja regla no escrita que establece una relación inversa entre calidad y cantidad, el género compensa la escasez con obras literarias de primer orden. Entre sus cultivadores se encuentra el ya mencionado Miguel Ángel Asturias (El señor presidente), Augusto Roa Bastos (Yo, el supremo), Valle-Inclán (Tirano Banderas), Alejo Carpentier (El recurso del método). Estos son nombres de peso, cuya solo mención serviría para despejar cualquier duda sobre la cuestión de la calidad, pero por si quedara alguna cito además a Gabriel García Marquez (El otoño del patriarca) y a su primero amigo y luego gran rival literario Mario Vargas Llosa (La fiesta del Chivo). Tres premios nobel en total.

Por lo dicho hasta ahora todo el mundo debería ser capaz de adivinar una característica esencial del género. Para bien o para mal, la novela del dictador es un género esencialmente hispanoamericano. Dictadores ha habido, y probablemente habrá, en todas las latitudes, pero solo en las que se habla la lengua de Cervantes se escriben novelas sobre ellos. Podría romperme la cabeza contra la pared, no conseguiría recordar ninguna novela de dictador escrita en ruso, mandarín, árabe o suajili, y por esos pagos nunca han andado cortos de tiranos. Y las pocas que vienen a mi cabeza, como Korba, el terrible de Martin Amis sobre Stalin, presentan una fisonomía tan heteróclita, en la que se mezcla el ensayo, el periodismo, la historia y la biografía, que difícilmente encajan dentro de los márgenes de la novela, aunque obras como el Ulises de Joyce, los trópicos de Henry Miller o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin hayan difuminado tantos estos que a cualquier engendro se le puede colgar tal etiqueta.

Recientemente me tropecé con un titular que aseguraba que los españoles, o latinos, sobre este punto mi memoria no se aclara, eran los ciudadanos que más simpatía sentían por sus dictadores. El por qué no lo sé, el titular me resultó tan deprimente que no me aventuré en su contenido. El mismo sentimiento de precaución me advirte de los riesgos de preguntarme por qué la novela de dictador es un género exclusivamente hispanoamericano. A primera vista no parece un hito sobre el cual un país, una raza, un pueblo o una cultura, debería sacar pecho. No obstante, que cada cual se sienta libre de responder al interrogante.

De lo que no cabe duda es que el género nace con la publicación en 1845 de Facundo de Domingo Faustino Sarminto, quien a través de la figura del caudillo Juan Facundo Quiroga, enemigo de las luces y el progreso, critica la dictadura de Juan Manuel de Rosas, que rigió el destino de la Argentina desde 1829 a 1853. Facundo creó escuela, en los años siguientes se publicaron una serie de novelas que estudiaban el tema del poder absoluto, concentrado en la figura de un caudillo, empezando por Amalia del argentino José Marmol, pero el verdadero alumbramiento del género, el literario, no se produjo hasta unas cuantas décadas después, con la publicación en 1926 del Tirano Banderas de Valle-Inclán.

Yo, en las calles de Madrid con Valle-Inclan, padre del esperpento, a quien tanto debe Yo, Franco

Esta última declaración puede resultar polémica, especialmente al otro lado del charco, donde quizás se sientan privados del honor de la fundación del género. La realidad es que el único argumento en favor del Facundo, o en su defecto del Amalia, es el cronológico. Por lo demás son novelas menores, que difícilmente se sostienen por sí mismas y mucho menos podrían servir de cimiento a un género literario. En cambio el Tirano Banderas es una buena novela que da carta de legitimidad al género. Atribuir su fundación a cualquier otra novela es confundir las churras con las merinas o, en el caso que nos ocupa, al pionero con el fundador.

A Valle-Inclán no le faltaban modelos en casa, sin ir más lejos, en los años previos a la publicación de la novela, España estaba gobernada por el Directorio Militar de Miguel Primo de Rivera. No obstante, por algún motivo, el autor decidió situar la acción en Sudamérica, en la región ficticia de Santa Fe de Tierra firme. El español y el sudamericano no son muy dados a la autocrítica, pero todavía lo son menos a la crítica, aunque me temo que este es un rasgo que comparten con todos los pueblos del mundo. Al otro lado del charco, muchos criticaron el matiz folclórico de Tirano Banderas, como Benedetti. Pero la mayoría se rindieron a su virtuosismo, como el ya citado Miguel Ángel Asturias, que la tomó de inspiración para su El señor Presidente. De lo que no cabe duda es de que Tirano Banderas se convirtió en los estatuos del género. A partir de entonces, siguiendo su ejemplo, desde Cementerio sin cruces de Andrés Requena a Timote: secuestro y muerte del general Aramburo de José Pablo Feinmann, todas las novelas de dictador tienen lugar en Sudamérica.

Así, no es de extrañar que el género alcanzara su esplendor de la mano de escritores sudamericanos, coincidiendo con ese segundo descubrimiento de América que se conoce como el boom y que reveló al mundo la inigualable capacidad novelesca de los escritores hispanoamericanos, alentada por una historia que no escatima en los mejores y peores frutos de las pasiones humanas. El recurso del método de Alejo Carpentier, Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos, El otoño del patriarca y El general en su laberinto de Gabriel García Márquez, son las cimas indiscutibles del género, sobre las que descolla La fiesta del chivo de Vargas Llosa.

Esas y otras novelas tienen como protagonistas a tiranos plenipotenciarios, reales, como Trujillo, el doctor Francia, Simón Bolívar, Videla, o imaginarios, como Burundún, Carrillo Acab o El macho, pero curiosamente ninguna se ocupa de los dictadores más importantes de los últimos años en el mundo iberoamericano: Castro y Franco, que gobernaron Cuba y España respectivamente durante casi cincuenta años, murieron con las botas puestas, aferrados al poder, sin que nadie se atreviera a toserles, y cuya sombra sigue revoloteando sobre sus respectivos países, como un fantasma que se niega a abandonar una casa, que en el fondo sabe suya y de nadie más, porque la adquirió por el único medio legítimo que reconoce el tirano, la fuerza.

Dejemos a Castro descansar en paz y hablemos un poco de su colega Franco, protagonista de Yo, Franco, la novela que da pie a esta entrada, cuyo primer capítulo puedes leer aquí. Vaya por delante que su génesis no responde al deseo del autor de rellenar ningún hueco que pudiera existir en el género. La realidad es que en el momento de enfrentarme a la hoja en blanco carecía de ningún propósito, simplemente estaba armado de una imagen, inspirada por mis conversaciones con un antiguo legionario, mi amigo Manuel. La imagen en cuestión era la de Franco, en la guerra de África, fumando un porro, bajo cuyos efectos se le aparecía la Virgen María, instándolo a luchar por la fe y España contra el infiel. Esta imagen, la del autocráta grave y solemne reducido a la lúdica embriaguez del hachís, me pareció de tal fuerza cómica que le otorgó el tono a la novela: el humor.

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Sin embargo, con la mitad del camino hecho, cuando después del desembarco de Alhucemas Franco regresa a España convertido en héroe nacional, me replanteé el enfoque general de la novela y empecé a escribir una segunda novela sobre Franco, con una estructura cronológica circular, en lugar de lineal, y un mayor censo de personajes, que pretendía dar voz a todos los actores políticos y sociales desde finales del reinado de Alfonso XIII a la Guerra Civil. Pero el cambio más importante era que renunciaba al humor en favor de la seriedad. Después de tres o cuatro meses de trabajo hercúleo, escribiendo hasta bien entrada la madrugada, presenté un esbozo de esta segunda versión a mi editor, Max Lacruz. Su consejo: sigue fiel al humor.

Aunque él es el único autorizado para despejar la duda, no creo que su consejo haya estado motivado por la certeza de que la primera versión fuera mejor que la segunda, sino por la intuición de que aquello que constituía el germen de la novela solo se podía decir recurriendo al humor. Hoy es imposible saber qué habría dado de sí aquella segunda novela. Por supuesto, todas las historias bien contadas se convierten en buenas novelas. Nada nuevo bajo el sol, el arte del bien contar convierte en buenas novelas hasta las malas historias. Pero incluso si hubiera sido una gran novela, independientemente de su mérito artístico, solo habría sido un agregado de accidentes biográficos, pinceladas psicológicas e hitos de la historia de España, que poco o nada añadirían al debate político e histórico, porque en relación a Franco, y a la Guerra Civil, todo está dicho y, casi un siglo después después, las dos españas siguen echándose a la cara las mismas acusaciones, ofensas y burlas que entonces, en una guerra que eternamente se libra en las cátedras, las tertulias, los periódicos y las barras de bar, sin que ningún bando venza ni convenza, por más buenos que sean sus argumentos, porque de tan repetidos su adversario se ha vuelto a sordo e insensible a ellos.

La propaganda franquista convirtió a Franco en uno figura mitológica. Esta es la imagen con la que celebraron su victoria en la Guerra Civil. Aunque en la fotografía no se aprecia en la parte inferior izquierda aparece su último informe de guerra: «Hoy, con el Ejército Rojo cautivo y desarmado, nuestras victoriosas tropas han alcanzado sus objetivos militares. La guerra ha terminado.»

En Yo, Franco los hitos históricos, desde el fracaso de Franco en las pruebas de acceso a la Armada al rescate del Alcázar de Toledo, pasando por su noviazgo con Carmen Polo, están trabajados con las herramientas propias del caricaturista, que enfatizando un rasgo, mermando otro y alterando un tercero, poco a poco nos va revelando el verdadero carácter del retratado, mezquino o desprendido, ingenuo o taimado, bondadoso o malvado. La caricatura solo conoce una crítica positiva, la carcajada. Sabe que ha dado en el clavo cuando desata la risa en su audiencia.

Esa risa, espontánea y sincera, es la misma que, en medio de un debate político, literario o social, en mitad del fuego cruzado de argumentos y contra-argumentos, desatan un comentario ingenioso, una ironía sutil o una agudeza precisa, zanjando todas las cuestiones en litigio, como quien arroja un as sobre la mesa en una partida de naipes. El ingenio, en todas sus formas, es el as del arsenal dialéctico, que de un plumazo rebate los más sesudos argumentos de la lógica y la razón, y que a su vez solo inclina la cerviz ante una muestra de ingenio mayor, porque solo el diamante raya el diamente.

Esa misma risa es la que se persigue en Yo, Franco. Y quizás, después de esta declaración de intenciones, sea el momento de confesar que la novela casi nació muerta, porque en cuanto empecé a devorar biografías de Franco, pronto me di cuenta de que este era un enemigo mortal del vicio, de todos, sin excepción, la botella, el tabaco, el juego, las mujeres y cualquier otro que se le pueda imaginar al lector. Franco jamás hubiera sido miembro del club del hachichins, y por tanto era imposible imaginarlo en aquella situación que despertó en mi imaginación la novela. La decepción fue inmensa, pero breve. Porque, a medida que sabía más y más de él, me daba cuenta de que el potencial caricaturesco del sobrio es igual al del ebrio, si no mayor.

La iglesia, gran aliada de Franco, le hizo entrega de la mano incorrupta de santa Teresa, una de las armas más poderosas del arsenal cristiano, para ayudarlo en su cruzada contra el comunismo. Pura caricatura.

Los mecanimos del arte son curiosos. El pincel más realista, por medio de la fidelidad fotográfica, no consigue penetrar más allá de la piel, pero el lápiz más grueso e impreciso del caricaturista, a través de la deformación exagerada, saca a la luz el alma del personaje. La palabra personaje no es casual, Yo, Franco discrimina a la persona real en favor del personaje histórico fabricado por la hagiografía franquista. Convencido de la verdad de aquella máxima de Valle-Inclán, a quien tanto debe este libro, no solo al Tirano Banderas, texto fundacional de la novela de dictador, sino también a Luces de Bohemia, biblia del esperpento, donde se afirma que «el sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada», en Yo, Franco se deforma el símbolo y sus gestas, para mejor denunciar la virilidad tóxica de los cuarteles, la estafa del patriotismo, el humillante culto al jefe de las dictaduras, el providencialismo y, sobre todo, la legitimidad política basada en la fuerza, sancionada por la religión, que durante casi cincuenta años retrotrayó la vida política y social española a las cavernas, porque como dijo Marx la historia se repite dos veces, primero como tragedia y luego como farsa, al menos en la literatura.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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