La profesión política de Max Weber

Max Weber fundió sus conocimientos de historia, derecho, economía y política para dar origen a una nueva rama de la ciencia social, la sociología, de la que se puede considerar padre fundador y máximo exponente. Su obra es breve, en parte por los problemas de salud que marcaron su biografía, pero cuenta con algunos de los libros más importantes del siglo XX, como Economía y sociedad y La ética protestante y el espíritu del capitalismo, gracias a las cuales es considerado el mejor sociólogo de todos los tiempos.

En esta entrada, sin embargo, me voy a ocupar de Politik als Beruf. La traducción literal del título original sería «Política como profesión». En el mercado se puede encontrar con este y otros títulos. Entre ellos, «Política como vocación», que no considero desacertado, porque beruf tiene también ese significado en alemán, pero sí limitado, porque este ensayo trata de mucho más que la vocación política. Yo he elegido La profesión política, que considero que capta el espíritu del libro y suena mejor que «La política como profesión».

La profesión política es un libro breve, didáctico y entretenido, que recomendaría sin dudar a cualquiera que tenga interés por la política, ya sea como actor o espectador. En cualquier caso, el lector debe saber que, como Max Weber advierte en el primer párrafo, el objetivo de este ensayo no es dar respuesta a cuestiones tales como si uno debe votar a la izquierda, el centro o la derecha, si es mejor un gobierno o republicano o monárquico o si se deben subir o bajar los impuestos. Pues esto no tiene nada que ver con la cuestión general de qué es y qué significa la profesión política.

La profesión política es un ensayo breve, de unas 90 páginas. Como en los de 900, en él hay partes más o menos interesantes, pero a diferencia de estos, no hay nada superficial, todo es esencial. Max Weber no se anda por las ramas y rápidamente nos dice cuál es la esencia de la profesión política: El estado moderno sólo se puede definir sociológicamente por el empleo de la fuerza física… Por supuesto que la fuerza física no es el único medio del estado, sino el específico del estado… El estado es aquella comunidad humana que reclama para sí el monopolio de la fuerza física dentro de un espacio determinado… En consecuencia la política significa luchar por el reparto del poder o influenciar en su reparto.

Esta idea no es nueva en este blog. Si no me falla la memoria ya se mencionó cuando se hizo mención a El Príncipe de Maquiavelo en los mejores libros breves. La política es el juego del poder, su objetivo es la obtención y conservación del poder, como el del fútbol es meter gol. Esta idea puede chocar a quien piense que consiste en crear hospitales y escuelas, fomentar la economía y patrocinar las artes. Quien piense esto es porque es una persona de una ingenuidad encantadora, a quien le recomiendo que deje inmediatamente de leer esta entrada, porque corre el riego de abrir los ojos a la cruda realidad. También le recomiendo que nunca se acerque a libros como El Príncipe o La profesión política, porque corre el riesgo de perder ese tesoro del alma que es la inocencia. Aquellos que la hemos sacrificado en favor del conocimiento nos arrepentimos durante el resto de nuestras vidas. Advertidos estáis, queridos ingenuos.

Max Weber, un tipo serio

Hablando en plata, entre una medida buena para lo sociedad pero que limitara su cuota de poder o una mala para la sociedad pero que la aumentara, ninguno de nuestros queridos políticos elegiría la primera. Esto es tan obvio que no requiere de más explicación. En cualquier caso, por si hay algún ingenuo que sigue leyendo, no negaré que por supuesto que existen algunos pocos políticos con sólidos principios éticos que estarían dispuestos a sacrificar parte de su cuota de poder en beneficio de la sociedad, el problema es que estos nunca llegan a disfrutar del beneficio del poder. Ergo la afirmación, si no en teoría, es cierta en la práctica.

Antiguamente, cuando la legitimidad de los gobernantes descansaba en la fuerza o en la gracia de dios, estos no tenían ningún motivo real para preocuparse por el bienestar de sus vasallos. No obstante, lo hacían, administraban la justicia, gestionaban la economía y promocionaban las artes, aunque siempre de acuerdo a sus intereses, que se resumían en la obtención y conservación del poder. Actualmente, cuando la legitimidad de los gobernantes descansa en la voluntad del pueblo, estos tiene muchos motivos reales para preocuparse por el bienestar de sus ciudadanos. No obstante, no lo hacen. Por supuesto, administran la justicia, gestionan la economía y promocionan las artes, pero como antaño siempre de acuerdo a sus intereses, que se resumen en la obtención y conservación del poder. Con el paso del tiempo han cambiado las reglas del juego, pero no su esencia. Y si hoy estamos mejor que entonces, lo cual no sería fácil de demostrar, no es por los políticos, sino a pesar de ellos.

El estado es una relación de dominio de personas sobre personas que descansa en la fuerza física legítima (esto es: percibida como legítima). De acuerdo con los estudios de Max Weber existen tres formas de gobierno legítimo. En la primera la legitimidad descansa en la tradición, y correspondería con el gobierno de los antiguos patriarcas. En la segunda, en el carisma y correspondería con el de los profetas, los guerreros victoriosos o el gobernante plebiscitario, el gran demagogo de los partidos políticos. En la tercera, en la ley y correspondería con el gobierno de los burócratas. Este tema de la legitimidad es muy complejo. A quien quiera saber más al respecto le recomiendo echar un vistazo a Los tipos de gobierno, también de Max Weber. Aquí me limitaré a decir que estas formas no son compartimientos estancos y que en la realidad cualquier forma de gobierno presenta elementos propios de las otras.

El líder carismático, al que se obedece no por tradición o ley, sino porque se cree en él, es el que mejor representa la esencia de la profesión política y Max Weber se fija en él para construir su teoría. Este líder necesitará para el ejercicio del poder de un número determinado de hombres de confianza, pero estos, sus gobernantes, no lo obedecerán en virtud de su carisma (legitimidad). La legitimidad es una ficción, es para el pueblo ignorante. Para garantizarse la obediencia de sus gobernantes el político se sirve de dos medios que apelan a su interés personal: dinero y honores.

Además de un gobierno, la conservación del poder requiere de ciertos bienes materiales, en general todos aquellos que permiten el ejercicio de la fuerza física. La teoría política de Max Weber empieza a coger color cuando descubre que históricamente resulta de fundamental importancia si el líder es el único propietario de los bienes materiales de gobierno o si debe compartirlos con sus hombres de confianza. En este segundo caso, el más común, el líder se ve obligado a compartir el poder con una «aristocracia».

Según Max Weber el proceso histórico de formación del estado moderno se podría resumir como el intento del príncipe de expropiar a los demás poseedores «privados» de los medidos necesarios para administrar, hacer la guerra, financiar y de todos los bienes susceptibles de usarse políticamente. Resumiendo, una lucha entre el príncipe y la aristocracia por el poder. El estado moderno es una institución que dentro de un espacio físico determinado ha conseguido monopolizar la fuerza física como medio de gobierno, para lo cual ha expropiado al conjunto de personas que anteriormente tenían derecho a poseer esos medios y se ha puesto a sí mismo en su lugar… En el curso de este proceso de expropiación política surgieron los primeros «políticos profesionales», los principales instrumentos de expropiación al servicio del príncipe… De donde el príncipe los reclute determinará en gran medida la estructura del futuro estado y no sólo esta, sino toda su cultura.

Retrato de Max Weber

Antes de entrar a analizar a estos políticos profesionales, Max Weber hace una pequeña digresión sobre que hay dos formas de «hacer política» ( nunca podemos perder de vista que hacer política consiste en influenciar el reparto de poder), como político ocasional o como político a tiempo completo. Estos últimos son propiamente los políticos profesionales, y entre ellos también hay dos formas de entender su profesión: O se vive para la política o se vive de la política. Esto no requiere de más explicación, pero por si acaso Max Weber nos recuerda que de la política vive quien aspira a hacer de ella una fuente de ingresos permanente, para la política quien no. En este sentido sólo podrían vivir para la política los ricos, concretamente aquellos que no están obligados a participar activamente en la generación de su riqueza, los rentistas. Y un gobierno formado por personas que sólo vivieran para la política desembocaría inevitablemente en una plutocracia. Obviamente esto no significa que el plutócrata no intente vivir también de la política, sino que no necesita hacerlo.

Creo que aquí Max Weber se equivoca parcialmente. No ha existido un pueblo más político que el ateniense, ni una democracia más real que la ateniense. El pueblo ateniense vivía para la política y la gestión de la polis, para ello el ciudadano ateniense contaba con esclavos, en quienes delegaba la resolución de su trabajo privado, para que él pudiera dedicarse su tiempo a lo público. Este es un tema de debate interesantísimo, sobre el que aquí no puedo entrar, pero con lo ya mencionado el lector avezado entenderá por qué en las sociedades modernas no puede haber una democracia real, entendida como tal, una en la que el pueblo gobierne.

La política puede ser honorífica y estar desarrollada por ricos o puede abrir sus puertas a los pobres, en cuyo caso estos deben ser pagados, con lo cual pierde su carácter honorífico. El honor y el dinero tienen una relación muy parecida a la del agua y el aceite. El político que vive de la política puede ser una persona que obtiene prebendas y honores a cambio de determinados servicios (la corrupción sería la manifestación negativa de esta forma de lucro) o un funcionario a sueldo. En el pasado los príncipes retribuían la fidelidad de sus conquistadores victoriosos o de sus mejores administradores con feudos, tierras, prebendas y regalos de todo tipo, hoy el líder del partido recompensa a sus seguidores con puestos de todo tipo en partidos, periódicos, empresas, cajas y gobiernos. Más que por objetivos concretos, la lucha entre partidos es sobre todo por puestos.

Aquí Max Weber se detiene para hacer otra digresión sobre la evolución histórica del funcionariado, todas aquellas personas de las que se sirve el príncipe para el ejercicio del poder. De acuerdo con sus datos, a partir del siglo XV el funcionariado experimentó un gran desarrollo, motivado por la creciente complejidad de tres ramas imprescindibles para la administración de cualquier estado: Las finanzas, la técnica militar y el derecho. Esta creciente complejidad de la administración tiene dos consecuencias inmediatas. Primera, el ejercicio real del poder cada vez descansó más en el funcionario, el único con los conocimientos técnicos requeridos para su ejercicio, mientras que el príncipe cada vez asumía más la figura de un diletante. Segunda, se estableció una lucha por el poder entre el príncipe y el funcionariado, Esta situación sólo cambia con la aparición del parlamento y las aspiraciones de los líderes de los partidos políticos.

Este nuevo desarrollo provocó una división en el funcionariado, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. Surgieron dos clases de funcionarios, el funcionario profesional y el «funcionario político». La diferencia fundamental entre unos y otros, es que los últimos pueden ser reemplazados o despedidos, y generalmente lo son, cuando hay un cambio de gobierno.

Volviendo al tema central del libro, a continuación Max Weber analiza los principales tipos de políticos profesionales de los que se han servido los príncipes a lo largo de la historia para afirmarse en el poder. A nadie extrañará que en primer lugar esté el clérigo, por su dominio de una técnica imprescindible para el ejercicio del poder: La escritura. La alianza entre poder e iglesia está presente en todas las culturas, por la capacidad de los miembros del clero para ayudar al príncipe a consolidar su poder contra la aristocracia. En relación a la preferencia de los príncipes por contar entre sus asesores con bramanes, budas, obispos y demás ministros de dios Max Weber hace un comentario muy interesante con respecto al celibato. La ausencia de descendencia hace que los clérigos no sean competidores naturales del príncipe por el poder.

El segundo tipo son los literatos. A este respecto, entre otras cosas, Max Weber comenta que esta clase tuvo una especial influencia en la evolución política de China y lamenta que en occidente, por el contrario, su importancia haya sido pasajera.

El tercer tipo es el noble. Después de expropiarlos de los medios de poder político, los príncipes se esforzaron en atraer a los nobles a la corte, donde gradualmente ocuparon el papel que brevemente fue propiedad del literato.

El cuarto tipo es el burgués. Max Weber afirma que este es un fenómeno típicamente inglés. En Inglaterra el príncipe empleó al burgués para contrarrestar la influencia del noble. Según él, su influencia más notoria es que, a diferencia de lo sucedido en el continente, previnieron la burocratización de las islas.

El quinto tipo es el jurisconsulto y a juzgar por el número de páginas que Max Weber dedica a estudiar su rol político sería sin duda el más importante de sus actores. Esta figura es sobre todo característica de la Europa continental, donde la evolución política estuvo condicionada desde un principio por la importancia del derecho romano. En ningún lugar del mundo se observa nada parecido. Para Max Weber el papel del abogado en la política es tan importante que considera que sin él la formación del estado absolutista no sería posible, pero tampoco la revolución ni las modernas democracias.

A continuación Max Weber estable ciertas diferencias sobre el abogado y el funcionario y sobre el funcionario y el político y estudia el papel del periodismo en la política. Por consideraciones de tiempo y espacio no diré nada al respecto, excepto que aunque el periodista ejerce una gran influencia política, muy rara vez, casi nunca, llega a puestos de poder y que para todos los estados modernos parecer ser válida la frase: el periodista cada vez tiene menos influencia política, pero el magnate de la prensa cada vez más.

El «demagogo» es el líder político característico en occidente desde la creación de los estados constitucionales y el triunfo de la democracia. Con esta contundente afirmación empieza Max Weber una nueva etapa de su ensayo, más cercana a nuestra realidad política actual, en la que analiza el proceso de formación de los partidos políticos y el papel en estos del político. Este proceso empieza con la aparición de los primeros grupos de poder patrocinados por algún noble y termina con la formación de las grandes máquinas de captación de votos que son los actuales partidos actuales. Su desarrollo se extiende durante varios siglos y en cada país siguió cursos diferentes. Para su estudió Max Weber se centra sobre todo en el desarrollo histórico de los partidos políticos en Estados Unidos e Inglaterra, con especial hincapié en la figura del boss y del electión agent.

Lo decisivo es que estos grandes aparatos humanos, la «máquina» como dicen los anglosajones, o más bien aquellos que la dirigen, están en condiciones de imponer su voluntad al parlamento… Y esto resulta de especial importancia para la elección del líder… Ahora será líder aquel al que siga la «máquina»… La creación de tales «máquinas» significa el inicio de las democracias plebiscitarias… Los seguidores del partido, sobre todo los funcionarios del partido y los que lo subvencionan, esperan una recompensa por la victoria del líder: Puestos u otras ventajas. De él, no de los parlamentarios, eso es lo decisivo.

Esto en ningún lugar se aprecia mejor que en en los Estados Unidos, especialmente en la época conocida spoil system, durante el cual antes de la civil reform bill, después de cada elección entre 300.000 y 400.000 puestos públicos cambiaban de manos. Algo parecido a lo que pasaba en España durante la época de la Restauración, con el partido liberal y conservador.

Dicho lo cual, llegamos al punto más interesante del ensayo, a la pregunta que pulula por la cabeza del lector desde que abre un libro de esta naturaleza: ¿Cuál es la característica principal del líder? Por supuesto, como el valor al soldado, al líder se la presume voluntad de poder, pero su cualidad fundamental es la demagogia, el poder del discurso demagógico. La situación existente se podría definir como una dictadura basada en la explotación de la emocionalidad de las masas.

Como, si no recuerdo mal, mencionó la Ortega y Gasset en España Invertebrada, la división natural de la sociedad se basa en que unos pocos manden y unos muchos obedezcan. Esto tiene una base biológica incuestionable, el ser humano es un animal de rebaño, en otras palabras, es gregario, su tendencia natural es seguir. Esto fenómeno se puede observar en un manada de lobos, una jauría de perros o una familia de primates, que a fin de cuentas es la especie a la que pertenece el hombre. En el medio natural los seres humanos, como el resto de animales grupales, de acuerdo con la ley natural, seguimos al más fuerte. En el medio civilizado (antinatural), la fuerza ha sido sustituida como vector de liderazgo por otras virtudes, relacionadas con el conocimiento. En el medio político, el conocimiento ha sido sustituido por la demagogia. La demagogia puede ser considerada una forma de conocimiento, aquel que sirve para manipular a las masas; aunque esto sea denigrar mucho el conocimiento y exaltar mucho la demagogia.

Los procesos históricos que desembocaron en las democracias pebliscitarias, por un lado, y la particular idiosincrasia de los partidos políticos por otro, han convertido la política en un fenómeno de masas. Esto es trágico, porque ahí se encuentra la raíz de la demagogia. En ningún aspecto se aprecia mejor que en la pobreza del discurso político, que carece de la inteligencia y simpatía que caracteriza al discurso entre individuos. En la democracia el poder se distribuye en las elecciones y, seamos conscientes de ello o no, a las elecciones de ningún país concurren sus ciudadanos, sino su masa o sus masas o, mejor dicho, sus rebaños. En otras palabras no votamos con la cabeza, después de analizar fríamente qué propone cada candidato, cómo ha llegado a donde está y cuál ha sido su gestión pasada, sino con el corazón. Y ninguna otra víscera es tan sensible al discurso demagógico. Y nada más peligroso para una sociedad que dejar que hable el corazón allí donde sólo debería hablar la razón.

En ocasiones se ha definido a la democracia como el menos malo de los sistemas. Probablemente la definición sea cierta en toda su extensión, lo que es indiscutible es que la democracia es mala. Jean Jacques Rousseu en El contrato social no la prefería a muchos otros sistemas. Considerando sus pésimos resultados, la única explicación del prestigio que disfruta hoy en día entre los ciudadanos es que se haya convertido en un dogma político, como la existencia de dios entre los fieles. Y sin embargo esta tiene tampoco de buena como este de real.

En las democracias actuales el poder está tan alejado de los intereses del pueblo como siempre. En nada se aprecia mejor que en la crispación política. Si los diferentes partidos políticos de un país estuvieran interesados en el bienestar de sus ciudadanos discutirían menos y acordarían más. El ingenuo incurable, si es que ha llegado hasta aquí, responderá que discuten porque discrepan sobre cómo conseguir el bien común. Si tuvieran interés en el bien común, llegarían rápidamente a un acuerdo sobre los medios para alcanzarlo. La realidad es que discuten tanto y llegan a tan pocos acuerdos porque están interesados única y exclusivamente en sus intereses particulares.

En La profesión política Max Weber revela una vieja verdad, la política consiste en la obtención y conservación del poder. Como cualquier ganancia de poder de un partido político siempre, siempre, siempre implica perdida de poder de otro, nunca se podrán poner de acuerdo. En adición a esto, los partidos políticos están financiados en gran medida por capital privado. Los nombres de esos generosas personas físicas y jurídicas son desconocidos, pero todo podemos imaginarnos de quién se trata. En cuanto el lector les ponga nombre, tendrá a los verdaderos beneficiarios de la acción política.

En su ensayo Max Weber analiza los procesos históricos por los que se ha llegado a esta situación. A los cuales yo he añadido un rasgo propio de la condición humana. Ahora bien, como veo más factible redactar un nuevo contrato social, cuya redacción no llevaría más de unos meses, que cambiar al ser humano, cuya evolución es una cuestión de milenios, no quiero terminar esta entrada sin hacer una llamada a la superación de la democracia como principio rector del contrato social. El problema no es que no vea en nuestra sociedad ningún intelectual capacitado para elaborar una teoría política del futuro, es que no veo ningún intelectual. Con lo cual deberé encargarme yo de hacerlo, desgraciadamente tengo cosas más importantes que hacer.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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