Charles Baudelaire, el rey de los poetas

En la obra de Charles Baudelaire, crítico, traductor y poeta, se encuentran libros como El spleen de París, El pintor de la vida moderna o Las flores de mal, que recoge algunos de los poemas más famosos de todos los tiempos. Su biografía se podría resumir con una de sus frases más célebres, hay que estar siempre borrachos. De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.

Al final de su vida, Baudelaire describió a su familia como un conjunto perturbados, llegando incluso a afirmar que descendía de una larga saga de idiotas y locos, que vivían en apartamentos melancólicos, todos ellos víctimas de terribles pasiones. Es imposible determinar si esta afirmación fue producto en un arrebato de ira contra los suyos o de un juicio frío y calculado, pero no cabe duda de que pertenecía a una familia desgraciada, las cuales según la famosa primera línea de Ana Karenina, una de las mejores novelas de amor de todos los tiempos, son todas distintas entre sí.

Charles Baudelaire fue el único hijo de François Baudelaire y Caroline Defayis, aunque su padre -un alto funcionario civil que previamente había sido cura-, tenía otro hijo de un matrimonio anterior. El hermano de Baudelaire, Alphonse, era dieciséis años mayor que él. Una gran diferencia de edad, pero no tan grande como la que existía entre sus padres. François contaba sesenta primaveras cuando se casó con Caroline, de treinta y seis. En este caso decir que podía ser el padre de su madre y el abuelo de su hijo no parece exagerado.

Aunque Baudelaire tenía sólo seis años cuando su padre murió, este influyó poderosamente en su pasión artística. No en vano François era un artista aficionado y las paredes y muebles de la casa familiar estaban plagadas de pinturas y esculturas suyas. Sin embargo, la madre de Baudelaire no sólo carecía de sensibilidad estética, sino que tenía una vena puritana que la empujaba a censurar aquellas obras en las que su marido daba rienda suelta a su lado más sensual. Caroline era tan pacata que se avergonzaba de estar rodeada en su propia casa por imágenes de ninfas desnudas y robustos sátiros, que acostumbraba a esconder, cambiándolas por otras menos indecentes. Y mientras leo estos datos, por esos caprichos de las asociaciones mentales, no puedo sino acordarme de que Baudelaire en una ocasión dijo que los críticos le recordaban a una puta de cinco francos con la que solía ir al Louvre y que se escandalizaba antes los desnudos inmortales.

El padre de Baudelaire murió en febrero de 1827 y durante los dieciocho meses siguientes vivió solo con su madre en un suburbio de París, en los cuales forjó un fuerte vínculo con ella, yo siempre me sentía vivo en ti, tú eras completamente mía. Que cada cual determine si esta frase manifiesta un inquebrantable amor maternofilial o uno de esos complejos que pueblan la literatura psicológica.

Retrato del joven Baudelaire por Emile Deroy. El parecido es discutible

El idilio de Baudelaire con su madre se acabó cuando esta, en noviembre de 1828, se casó con el capitán Jacques Aupick, para disgusto de su hijo, cuando una mujer tiene un hijo como yo no se vuelve a casar otra vez. En los años siguientes su padrastro alcanzó el rango de general y se convirtió en embajador francés en el Imperio Otomano y España y posteriormente senador con Napoleón III. La familia se mudó a Lyon en 1831 y Baudelaire se matriculó en el Collège Royal, donde no fue feliz. No puedo pensar en escuelas sin sentir pánico, como me llena de pánico pensar en mi padrastro. Y aun así lo quiero.

La familia regresó a París en 1836 y Baudelaire continuó sus estudios en el Lycée Louis-le-Grand. Entonces con 16 años empieza a destacar como poeta, aunque sus profesores censuraban frecuentemente el contenido de sus poemas, emociones impropias de su edad, dijo uno de ellos al respecto. La adolescencia de Baudelaire combinó períodos de melancolía y rebeldía, a consecuencia de los últimos fue expulsado del Lycée en abril de 1839, después de lo cual se matriculó en el Collége Saint-Louis donde en agosto del mismo año aprobó su examen de baccalauréat.

Finiquitados sus estudios, su padrastro instó a Baudelaire a hacer carrera militar. Sin embargo, Baudelaire estaba decidido a ser escritor, dando lugar a grandes disputas familiares, especialmente con su madre, quien posteriormente diría, si Charles hubiera seguido el consejo de su padrastro, su carrera habría sido muy diferente. Es cierto, no se habría hecho un nombre en la Literatura, pero habría sido mucho más feliz. En su deseo de gloria literaria Baudelaire went all de way, como dice el poema de Bukowski, pero para satisfacer los deseos de sus padres se matriculó en la École de Droit, sin asistir a las clases.

Una vez independizado, con residencia en el legendario Barrio Latino, Baudelaire llevó una vida marcada por la promiscuidad sexual y los excesos. En esta época se relacionó con una prostituta a la que llamaba afectuosamente Sara la bizca, que fue la musa de muchos de sus poemas de juventud. Pero el libertinaje se paga y fue en esta época cuando contrajo sífilis, a pesar de lo cual no abandonó la bohemia, que compartía con ese gran número de escritores que se reunían en el literario Club des Hachichins.

Aunque placentera, la vida de un dandy no es barata, especialmente de uno que como Baudelaire cultivaba la elegancia y la distinción en el vestir, un dandy debe vivir y morir frente al espejo, y pronto se vio acosado por los acreedores. Baudelaire se dirigió a su hermano en busca de asistencia financiera, pero en lugar de la ayuda que buscaba se vio denunciado a sus padres. En 1841, en un intento por alejarlo de las malas influencias del Barrio Latino, su padrastro lo embarcó en un crucero de tres meses a la India. El viaje dejaría cierta huella en su obra, en la que de cuando en cuando aparece un guiño a oriente, acaso demasiado mitificado para ser real, pero en general fue una experiencia desagradable. En el trayecto estuvo constantemente acosado por dolores de estómago, que intentó curar yaciendo boca abajo, con las nalgas expuestas al sol, con el inevitable resultado de que no se pudo sentar durante varios días. En la escala en Isla Mauricio, curiosamente la misma de La cuarentena de Le Clezio, abandonó el barco y después de una pequeña estancia en la isla y posteriormente en Isla de Reunión compró un pasaje para regresar a Francia en 1842.

Ese mismo año Baudelaire tuvo acceso a su herencia y se independizó económicamente de sus padres. Rebosante de dinero, alquiló una habitación en el Hôtel Pimodan en la Île Saint-Louis, y empezó a escribir en serio y a dar recitales poéticos. Su herencia habría alcanzado para el resto de su vida si se hubiera conducido con prudencia, pero Baudelaire siempre mostró el desprecio por el dinero que uno espera de un verdadero poeta, yo no quiero dinero, me conformo con un crédito infinito, y en poco menos de dos años ya había despilfarrado la mitad de su herencia en ropa, arte -entre ellos Mujeres en su apartamento de Argelia de Delacroix-, libros, vino, hachís y opio. No contento con eso se había enredado en la letra pequeña de varios prestamistas sin escrúpulos.

Mujeres en su apartamento de Argelia de Delacroix, que Baudelaire tenía colgado en su habitación. Si entonces hubiera valido tanto como hoy, todos sus problemas financieros habrían estado solucionados.

Preocupados por las finanzas de sus hijos, sus padres tomaron control legal de su herencia y lo limitaron a una modesta paga mensual. Volver a depender económicamente de sus padres sacó a Baudelaire de sus casillas, especialmente cuando se vio obligado a abandonar su elegante habitación del Hôtel Pimodan. Baudelaire sufrió una fuerte depresión y en 1845 realizó un intento de suicidio.

Poco después de su regreso de su fracasado viaje a la India, Baudelaire conoció a Jeanne Duval, quien se convirtió en su amante y con el tiempo también en su administradora. Con interrupciones, Jeanne lo acompañó durante el resto de su vida y fue la musa de algunos de los mejores poemas de amor de Baudelaire, como por ejemplo La cabellera. La madre de Baudelaire jamás aprobó su relación con Jeanne, quien no sólo era pobre, sino también mestiza y para colmo actriz. Huelga decir que hoy actriz no sólo es una profesión respetable, sino envidada, pero no siempre fue así.

Jeanne Duval, de origen haitiano, la eterna amante de Baudelaire. Salta a la vista porque le dedicó un poema titulado La cabellera

En cualquier caso, a pesar de todos sus traspiés personales, en esos años Baudelaire desarrolló un estilo literario único, en el que frecuentemente buscaba ideas para sus poemas en el transcurso de largos paseos en soledad por las calles de París y las orillas del Sena. En esa época también empezó a colaborar en varias publicaciones como crítico de arte. Baudelaire era un devoto del arte, amigo de numerosos pintores como Émile Deroy, pero carecía de una educación formal en Historia del arte. Su universidad en la materia habían sido sus frecuentes visitas a galerías y museos, sus lecturas y sus conversaciones con su círculo de amigos artistas. En los círculos culturales parisienses del XIX el nombre de Charles Baudelaire sonó antes como crítico que como poeta.

Baudelaire veía el Romanticismo como un puente entre lo mejor del pasado y el presente. Se sentía especialmente fascinado por Eugène Delacroix, quien le inspiró el poema Les Phares y en base a cuya obra, junto con la de Constantin Guys y Manet, formuló su filosofía del arte figurativo en la que el este representaba el heroísmo de la vida moderna y el verdadero pintor seria aquel capaz de destilar las cualidades épicas de la vida contemporánea, y de mostrarnos y hacernos comprender, a través del color y el dibujo, qué grandes y poéticos somos con nuestras corbatas y botas. Baudelaire también teorizó sobre el lugar del critico de arte, cuya misión era ofrecer al inexperto amigo del arte una guía útil que lo ayudé a desarrollar su propia sensibilidad artística y a demandar de un verdadero artista moderno, una expresión honesta y fresca de su temperamento, asistido por cualesquiera ayuda su maestría de la técnica le puede ofrecer.

Baudelaire se consideraba a sí mismo el representante literario de su concepción del arte. En 1847 publicó la noveleta La Fanfarlo en la que traza una analogía con el autorretrato de un pintor moderno. Por esa época también se vio involucrado en los disturbios que supusieron el fin del reinado de Louis-Philippe en 1848, a los que asistió en compañía de su amigo Gustave Courbert -a uno de cuyos cuadros este blog debe su nombre-. Pero en lugar de limitarse a observar, Baudelaire se unió a los rebeldes.

En mi opinión, este comportamiento es absolutamente impropio de un dandy, que en lugar de juntarse con revolucionarios debería estar en casa haciéndose el nudo de la corbata o la curva del tupé para deslumbrar en los cafés y teatros de París con su elegancia, así que no descarto en absoluto que, como sugieren algunos críticos, la única motivación del radicalismo de Baudelaire haya sido enfadar a su familia, especialmente a su padrastro, que era un símbolo del régimen, algunos incluso aseguran que Baudelaire asió un mosquete y gritó muerte al general Aupick.

Sea como fuere, cuando el rey Carlos X suprimió los disturbios, Baudelaire volvió a centrarse en sus pesquisas literarias y 1848 cofundó la revista literaria Le Salut Public, gran nombre para una publicación literaria. Aunque los fondos sólo dieron para dos números, ayudó a popularizar su nombre. En diciembre de 1851 tomó parte en la resistencia a Bonaparte, pero inmediatamente después declaró que se desentendía permanentemente de la política para dedicarse en cuerpo y alma a escribir.

Entre 1848 y 1865 Baudelaire abordó una de sus más grandes empresas literarias, la traducción de las obras completas de Edgar Allan Poe. Personalmente nunca entendí la fascinación de Baudelaire por Poe, pero era absoluta, he descubierto a un autor americano que ha elevado mi interés a un nivel increíble. Más que la crítica y la poesía, las traducciones se convertirían en su fuente de ingresos más estable. No obstante, la relación de Baudelaire con Poe no estuvo exenta de polémica, en ocasiones se ha acusado al último de plagiar al primero, aunque el estudio comparativo de sus obras ha refutado esas acusaciones completamente. Pero la influencia de Poe fue notable, artística y personalmente, en el último a apartado acentuando su misantropía.

En 1860 realizó su otra gran traducción Las confesiones de un comedor de opio inglés de Thomas de Quincey, a quien también consideraba un alma gemela, y cuya obra le inspiró Los paraísos artificiales, en el que Baudelaire narra sus experiencias con las drogas.

Su fama creciente como crítico y traductor abrió la puerta de las editoriales a su poesía. Sin embargo, consolidarse como poeta no solucionó los problemas económicos del manirroto Baudelaire, que tenía el admirable talento de gastar siempre más de lo que disponía. Entre 1847 y 1856 sus deudas eran tantas y su crédito tan bajo que por largos períodos durmió en la calle y no tuvo qué comer. En esos años una nueva musa emergió en su horizonte poético, la cortesana Apollonie Sabaier, a quien dedicó varios poemas, también tuvo una breve relación con la actriz Marie Daubrun, pero no dejó de verse con su amante Jeanne Duval.

Baudelaire también hizo sus pinitos con el pincel. Aquí su amante Jeanne Duval representada por él.

La reputación de Baudelaire como maldito se confirmó con la publicación en junio de 1857 de Las flores del mal. Aunque se trataba de una antología de su obra publicada, Baudelaire siempre sostuvo que existía cierta sinergia entre los poemas seleccionados y que cada uno de ellos sólo alcanzaba su completo significado en relación con los demás. Con respecto a la poesía de juventud de Baudelaire, Las flores del mal manifiestan un profundo cambio en la percepción del amor, el sexo y el papel del artistas, que se representa alternativamente como mártir de la belleza, un visionario, un descastado o incluso un imbécil.

1ª edición de Las flores del mal, con anotaciones del propio Baudelaire

El sector más puritano de la sociedad francesa consideró Las flores del mal pornografía y el 7 de julio de 1857 el ministro del interior conminó al fiscal general del estado a actuar contra el libro por ofensa a la moral pública. La edición del libro fue secuestrada y en el juicio celebrado el 20 de agosto Las flores del mal fueron condenadas por indecentes. Además de una multa de trescientos francos, el juez obligó a Baudelaire a eliminar los poemas más escabrosas. En respuesta, Baudelaire no sólo se negó a eliminar esos poemas, sino que escribió unos veinte más, que aparecieron en una edición extendida en 1861. La censura a la edición original no se retiró hasta 1949.

Baudelaire nunca comprendió la controversia originada por sus poemas, nadie, ni yo mismo, podría suponer que un libro imbuido con una espiritualidad tan evidente podría convertirse en objeto de juicio, o incluso dar pie para la malinterpretación. Con el tiempo se ha sabido que el juicio y condena de Las flores del mal se debió sobre todo a una campaña de prensa organizada para denunciar un libro maldito. Y aunque el escándalo, como en el caso de Henry Miller, despertó la curiosidad del público por Baudelaire también impidió que su fama se tradujera en ventas.

El estrés del juicio, la mala vida y las penurias económicas pasaron factura a Baudelaire que una vez más cayó en la depresión. Además las complicaciones derivadas de la sífilis, combinadas con el incremento de su consumo de opio para y su siempre excesivo consumo de alcohol formaron una triple alianza letal, que finalmente desembocaría en la temprana muerte de Baudelaire.

A consecuencia del juicio se complicó aún más la compleja relación que siempre tuvo con su madre, que nunca perdonó a su hijo la vergüenza que le había traído al ser denunciado como pornógrafo.

En 1862 Manet pintó una retrato de Jeanne Duval, la eterna amante de Baudelaire. A raíz de lo cual poeta y pintor forjaron una amistad que se convertiría en una de las más fructíferas de la historia del arte y que impulsaría la transición del romanticismo al modernismo, fruto de la cual Baudelaire abandonó definitiva el verso y se centraría en la prosa, o lo que Baudelaire denominó composiciones poética no métricas. Aunque este era un terreno ya hollado por la pluma del poeta francés Friedrich Hölderin, Baudelaire ha pasado a la historia por ser el padre de la poesía en prosa, por ser quien más flagrantemente ignoró la convención de la métrica. Los primeros frutos de este nuevo estilo fue una colección de veinte poemas en prosa publicados en La Presse en 1862, seguido de otros seis titulados El Spleen de París y publicados en Le Figaro dos años después.

Música en las tullerías de Manet, en el que aparece Baudelaire

En 1863 Baudelaire publicó El pintor de la vida moderna -mi libro preferido suyo, en el que la prosa de Baudelaire alcanzó un nivel de elegancia jamás igualado-, que se convertió en el manifiesto fundacional del impresionismo. Este breve ensayo está inspirado en la figura del pintor Constantin Guys, lo que no deja de ser un paradoja, considerando la estrecha amistad que por esos años Baudelaire mantuvo con Manet, quien acabaría convirtiéndose en el emblema del impresionismo.

En 1864 Baudelaire intentó mejorar su situación financiera por medio de conferencia y audiciones. Este mismo año pasó una larga estancia en Bruselas, intentando convencer a un editor local de la publicación de sus obras completas, pero las negociaciones no llegaron a buen puerto, su depresión se agudizó y una vez más jugó con la idea del suicido. Nunca creas nada de lo que se dice del buen talante de los belgas, escribió en una carta de la época dirigida a Manet, quien a su vez le respondió quejándose amargamente por la mala recepción que había tenido su obra Olimpia en el Salón de París. ¿Crees que eres el primer hombre en esa situación? ¿Es tu talento mayor que el de Chateaubriand o Wagner? Ellos también fueron rechazados. El rechazo no los mató, respondió Baudelaire.

En el verano de 1866 Baudelaire sufrió un ataque en la iglesia de Saint-Loup de Namur, Bruselas. Su madre fue a recogerlo inmediatamente y lo llevó de vuelta a París, donde lo ingresó en un hospital, del que nunca salió. Baudelaire murió a la edad de 46 años en brazos de su madre.

Charles Baudelaire, hacia el final de su vida

En la fecha de su muerte era difícil encontrar en cualquier biblioteca de París las obras de Baudelaire, mucha de la cual permanecía sin publicar. Sin embargo, pese al ostracismo de la crítica, el público y los editores, a su entierro en Montparnasse acudieron una legión de jóvenes poetas franceses, encabezados Stephane Mallarmé, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, que inmediatamente se declararon sus discípulos y rescataron su obra, que en los años siguientes fecundó movimientos como el simbolismo, impresionismo y las vanguardias.

Hoy la obra de Baudelaire está presente en todas las librerías del mundo y nadie le discute un lugar de honor en la literatura universal. André Breton, Walter Benjamin, Jean-Paul Sartre y muchos otros han competido por capturar el rasgo esencial de la figura de Baudelaire, quien ha sido denominado campeón de la imaginación o el héroe de la modernidad, entre otras muchas expresiones grandilocuentes, pero nadie se acercó más a la verdad que un joven bohemio que acudió a su entierro, uno que en los años siguientes se convertiría en la encarnación del malditismo, uno que de cuando en cuando aparece citado en estas páginas, Baudelaire fue el rey de los poetas.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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