Las confesiones de un comedor de opio inglés de Thomas De Quincey

Thomas de Quincey, entre cuya obra se encuentran libros tan sugerentes como Suspiria de profundis o Del asesinato como una de las bellas artes, fue un autor muy admirado por Borges. Su biografía quedó marcada por su consumo de opio, que inspiró sus Confesiones, llenas de frases célebres, como se puede apreciar a continuación.

Las confesiones de un comedor de opio inglés, como su nombre indica, pertenece al escaso género literario de las confesiones; escaso en cuanto a títulos, que no en cuanto a calidad, ahí están títulos tan notables como las de Rosseau o las de San Agustín, quizás las más famosas de todas. Y hay una razón de peso para esa escasez, pues la confesión por definición es algo que no se dice, excepto bajo circunstancias muy particulares, ante un juez, para obtener el perdón de nuestros crímenes, ante un ministro de dios, para obtener el perdón de nuestros pecados. Así pues el género, si se puede hablar de tal, raya con la biografía, pero se diferencia de ella en que esta dice, pero no confiesa.

¿Qué es lo que empujó a De Quincey, en 1821, con 36 años, a romper las bridas de la reserva que interceptan la exposición pública de nuestros propios errores y trastornos y confesar públicamente su adicción al opio? La esperanza, tal y como confiesa en el prefacio, de que su experiencia en la materia, pagada a un precio tan alto en sufrimiento y autodominio, no sólo fuera interesante para el lector, sino también instructiva.

Bien, a este respecto, hay algo que De Quincey no confiesa. De Quincey fue un ocioso, y su mayor fuente de ocio fue el estudio, puedo afirmar que mi vida, en conjunto, ha sido la de filósofo. A lo largo de toda su vida sufrió problemas económicos, que se agravaron después de casarse con Margaret, la hija de un modesto campesino, una feliz unión matrimonial entre dos personas que viven en una armonía tan absoluta como para ser independientes del mundo exterior. Con una familia cada vez mayor, en 1820 De Quincey estaba desesperadamente necesitado de dinero y desnudar su alma fue la única solución que encontró para ganar algo de dinero en metálico. Las confesiones se publicaron anónimamente en 1821 en el London Magazine con notable éxito. Un año después, en 1822, aparecieron en formato libro, por el cual recibió 60 libras, un parche en su siempre maltrecha economía. En los años siguientes no dejaron de reeditarse, pero no solucionaron sus problemas económicos. En suma, fueron las penurias económicas las que empujaron a De Quincey a confesarse.

La palabra opio en el título debió actuar como un imán para los lectores de la época y sin duda debió contribuir a su éxito de ventas, más asociada con la palabra inglés, pues en la época el consumo de opio era un hábito vinculado con oriente, que los ingleses contemplaba con desdén, más o menos con el mismo desdén con el que todas las sociedades miran lo foráneo. Así pues que un inglés se rebajase al opio debió causar consternación y asombro por igual, garantizando el interés del público; pero títulos llamativos hay muchos y libros que explotan el morbo también, si los méritos de las confesiones se limitasen a esos dos aspectos hace tiempo que habrían sido olvidadas. Sin embargo son una obra maestra, digna de citarse en mi En defensa de los clásicos, y admirada por Borges y Charles Baudelaire, quien la tradujo al francés y acaso las comentó en el literario Club des Hachichins.

Pero acaso el aspecto más sorprendente del título es que De Quincey muy rara vez comió opio, ni lo fumó, sino que lo consumió mezclado con alcohol, en el compuesto comúnmente conocido como láudano, así pues fue en realidad un bebedor de opio.

La primera parte de Las confesiones se titula como el libro, Confessions of an english opium-eater, es un largo recuento de la vida adolescente de De Quincey, quien fue el segundo de los seis hijos de un próspero hombre de negocios de Manchester, que murió en la treintena. Así pues a la edad de 7 años De Quincey quedó bajo la tutela de su madre y cuatro tutores, designados por su padre, quienes lo enviaron a la Manchester Grammar School, donde rápidamente destacó entre el resto del alumnado.

Retrato de la época de Thomas de Quincey

Tras la muerte de su padre De Quincey heredó una modesta suma que le rentaba 150 libras anuales, que unidas a las 50 libras que la Manchester Grammar School otorgaba a sus alumnos en calidad de beca, hacían los 200 requeridos para ingresar en la Universidad de Oxford, cuya matrícula y conexiones debía garantizar un espléndido futuro.

Sin embargo la vida de De Quincey tomó un giro muy distinto cuando a los diecisiete años decidió fugarse de la Manchester Grammar School. De Quincey no podía quejarse de malos tratos ni de que no fueran apreciados sus méritos académicos. Siento más respeto por la mayoría de mis compañeros de escuela de lo que alguna vez imagine posible. Mi relación con aquellos que tienen algún talento conversacional estimula mucho mi intelecto. ¿Por qué se fugó? Enfermedad. Uno de los grandes placeres de De Quincey era pasear por la naturaleza, pero ciertos cambios en la política de la institución provocaron que se redujeran drásticamente las horas libres de que disponían los alumnos, el cambio se manifestó poderosamente en una salud decreciente. Gradualmente el hígado resultó afectado, y conectado con esa afección una profunda melancolía se apoderó de mí… En un abrir y cerrar de ojos llegué a la firme resolución de que debía huir de Manchester.

Leyendo toda la descripción uno tiene la impresión de que los padecimientos de De Quincey tienen un componente psicosomático. Sea como fuere, después de su fuga, De Quincey se propone viajar a Lake District, para visitar a su admirado Wordsworth, autor de Lyrical Ballads, pero renuncia a su propósito por timidez -aunque posteriormente, a través de Coleridge, otro opium-eater, mantendría una relación estrecha con él. En su lugar se dirige a Chester, donde vivía su madre. Como era de esperar su huida provoca una gran desolación en ella y sus tutores, mi querida y excelente madre contempló mi irregularidad como si se tratara de la ruptura del séptimo sello de las Revelaciones.

No obstante De Quincey les hace comprender que no hay ninguna posibilidad de que regrese a la Manchester Grammar School y con la intercesión de su tío recibe permiso para quedarse y seguir mi propósito de viajar por las montañas de Galés, siempre y cuando aceptara hacerlo con la pobre paga de una guinea a la semana.

Durante los meses siguientes De Quincey lleva la vida de un vagabundo, viajando de día y durmiendo de noche, al raso, con permiso del tiempo. No puedo imaginar nada más feliz que este vagabundeo. Una vez experimentada, me parece la más placentera de las vidas. En consecuencia su salud se restablece rápidamente. En circunstancias normales, y con suficiente ejercicio, no hay nadie más sano que yo. Pero la felicidad nunca es completa. El único problema de esta situación era la absoluta falta de acceso a libros, o hablando más generalmente de relaciones intelectuales. Languidecía todo el día, y toda la semana, sin nada más que, una vez a la semana, el periódico local para aliviar mi mortal tedio… Así que repentinamente tomé la decisión se sacrificar mi paga, levantar el ancla y lanzarme desesperadamente a Londres.

En Londres De Quincey hizo lo que habría hecho cualquier joven caballero en su posición, tratar de conseguir dinero a crédito en base a su futura herencia, para lo cual puso sus intereses en manos de un abogado, que me dijo que no habría resultados antes de seis meses. Sin embargo el dinero que llevaba para el viaje se acabó mucho antes y, con el invierno acechando se vio obligado a vivir en la calle. ¡Qué indecible bendición es el calor! En Londres De Quincey frecuentó lo más bajo de la sociedad, incluidas las prostitutas de la Oxford Street, no siento vergüenza, ni tengo ningún motivo para sentirla, al afirmar que entonces estaba en relaciones amistosas con muchas mujeres en esa desafortunada condición. Huelga decir, que en la bienpensante sociedad inglesa de la época, que un hijo de una familia respetable se mezclase con prostitutas, levantó ampollas, incluso más que su adicción al opio.

Las calles de Londres son duras ahora y debían ser más duras entonces. Sin la asistencia de esas buenas mujeres De Quincey probablemente jamás habría sobrevivido, siendo yo entonces un peripatético, o una persona de la calle, me encontraba más frecuentemente con otros peripatéticos, como son técnicamente llamadas las personas de las calles. Algunas de estas mujeres me defendían ocasionalmente contra los guardias que me quería echar de los portales en los que me sentaba, otras me protegían de agresiones más serias. De Quincey hizo especialmente migas con una prostituta llamada Ann, a cuyas reservas de compasión debo el hecho de estar ahora vivo.

Acuciado por las penurias económicas, De Quincey decidió visitar a un amigo residente en Bristol, con la esperanza de obtener un préstamo, para lo cual se despidió de Ann, cuando la besé en nuestra despedida final, ella puso sus manso alrededor de mi cuello y lloró, sin decir ni una palabra. Yo esperaba regresar en una semana, como mucho, y acordé con ella, que a partir de la quinta noche ella esperaría por mí a las seis al final de la Great Titchfield Street.

Sin embargo, cuando De Quincey regresó a London Ann había desparecido de sus calles para siempre. La busqué cada día y esperé por ella cada noche, mientras estuve en Londres, en la esquina de Titchfield Street; y durante los últimos días de mi estancia en Londres puse todos los medios de los que disponía para encontrarla… Todo fue en vano. Hasta el día de hoy no he vuelto a saber nada de ella. Aunque en el texto no queda claro, parece ser que la ausencia de Ann fue el motivo para que De Quincey pusiera punto final a sus sufrimientos londinenses, porque poco después se reconcilió con su familia y retomó sus estudios.

Con esto se llega a la primera parte de Las confesiones, que abulta sus buenas 120 páginas, en comparación con la segunda, que incluye los capítulos The pleasures of opium y The pains of opium, que apenas llega a las 60. Como ya he dicho Las Confesiones fueron un gran éxito editorial, tras su publicación no dejaron de reimprimirse y en 1856 De Quincey revisó el texto original, ampliándolo considerablemente. Bien, yo he leído la versión de 1856 y, aunque no puedo confirmarlo, estoy casi seguro de que casi todas las ampliaciones afectan a la primera parte y que el texto original estaba mucho más equilibrado en cuanto la extensión de ambas.

Se discutido mucho si la revisión de 1856 enriquece o empobrece el texto, habría que decir que lo empobrece, a juzgar por el hecho de que el texto preferido por editores y lectores sigue siendo el de 1821. En mi opinión, aunque no he leído el texto original, lo enrique y lo empobrece simultáneamente. Me explico, inevitablemente lo enriquece en cuanto añade más información. Esto es obvio y no merece más comentario. Y lo empobrece al mismo tiempo porque esa biografía adolescente, que ya debía ser extensa en el original, unas 60 páginas asumo, se dobla sin ganar en relevancia.

De Quincey siempre relacionó su adicción al opio con las penurias sufridas en London, rastreo los orígenes de mi necesidad de consumir opio a mis tempranos sufrimientos en las calles de London. Aún siendo así, considero que esa primera parte se extiende demasiado, en muchas ocasiones innecesariamente, como cuando describe a sus tutores, al director de la Manchester Grammar School, o la vida allí y sus relaciones con sus compañeros. Por supuesto De Quincey siempre merece la pena, como cuando después de su huida habla sobre la incapacidad de hacer entender sus sentimientos a su madre, en este mundo solo hay una miseria intolerable, la opresión del corazón derivada de la incapacidad de comunicarse. Y su sentido de la ironía es insuperable, sirva de ejemplo cuando habla del abogado que gestionaba sus intereses en Londres, en muchas profesiones, una conciencia es una carga más costosa que una mujer o un equipaje; y tal y como la gente habla de “posar” sus equipajes, supongo que Mr. Burnell “había posado” su conciencia por un tiempo; con la intención, sin duda, de recogerla tan pronto como pueda permitírsela. Sí, De Quincey siempre merece la pena.

A pesar de lo cual creo que los añadidos dañan más que benefician. El problema con la primera parte, tal ha sido mi experiencia, es que Las confesiones en última instancia son un libro que pertenece a la literatura sobre drogas, como lo son Sobre la coca de Freud, Los paraísos artificiales de Baudelaire, la Historia General de las Drogas de Escohotado o De materia médica de Dioscórides, y el lector está deseando saborear el opio, aunque sea vicariamente, algo en que en Las confesiones se alarga demasiado -del mismo modo que se está alargando en esta entrada-, pero cuando lo hace, no defrauda. ¡Oh, opio sólo tú tienes las llaves del paraíso!

Retrato de De Quincey adulto. A pesar de todos sus excesos, vivió hasta los 74 años, una edad muy por encima de la esperanza de vida de la época.

El primer contacto con el opio de De Quincey se produjo en 1804, con 19 años, a raíz de un largo dolor de muelas, cuando de repente me encontré con un conocido que me lo recomendóLo tomé y en un hora ¡oh, cielos! ¡Qué resurrección! Que mis dolores hubieran desaparecido me parecía superficial en comparación con el abismo de placer divino súbitamente revelado. Aquí había una panacea para todos los males humanos. Aquí estaba el secreto de la felicidad.

Después de describir su primer encuentro con el opio, De Quincey empieza un largo estudio de sus propiedades y efectos, empezando por una comparación con las del alcohol. Huelga decir que comparar el opio con el alcohol, si se permite la vulgaridad, es como comparar a dios con un gitano, el alcohol saca a relucir la parte brutal del hombre, mientras que el opio la parte divina de su naturaleza… Me cuesta creer que cualquier hombre, habiendo disfrutado de los divinos lujos del opio, se rebaje después a los mortales y vulgares placeres del alcohol. Habría mucho que matizar aquí, pero en esencia estoy de acuerdo.

A continuación De Quincey compara estas, en base a su larga experiencia personal, con las generalmente atribuidas a la sustancia por la literatura científica, aquellos que han escrito profesionalmente sobre opio demuestran, por el horror que expresan hacia él, que su experiencia de sus efectos es cero.

Las dos acusaciones principales contra el opio que De Quincey niega son, primero, la pérdida de autocontrol y, luego, que produzca torpor físico o mental.A este respecto, con excepción del alcohol, me atrevería a decir que la diferencia que entre el conocimiento de su sustancia de un drogadicto y su descripción por la literatura médica era tan grande hace doscientos años como lo es hoy, hasta tal punto que parece que hablaran de dos sustancias distintas. El gran problema de la ciencia oficial no es que se manifieste desde el prejuicio, el problema es que se manifiesta sobre algo que desconoce en absoluto. No hay mayor fuente de conocimiento que la experiencia y el primer paso, imprescindible, para hablar sobre esta o aquella droga, es consumirla.

Los primeros coqueteos de De Quincey con el opio no fueron muy distintos del uso recreativo que muchos jóvenes hacen hoy de las drogas en boga. De Quincey empezó tomando opio una vez cada tres semanas, para “salir” por Londres. En lo que sí se diferencia profundamente es que, en lugar de ir a discotecas o raves, De Quincey iba a la ópera a escuchar a Grassini y como se puede imaginar el opio llevaba la música a otro nivel, su voz me resultaba más maravillosa que cualquier cosa había escuchado nunca; sí, que he escuchado hasta ahora o que escucharé jamás. Después, se dedicaba a reunirse con gente, preferentemente con los pobres, y pasear sin rumbo por la calles, en un “subidón” que se extendía durante ocho, nueve horas, para finalmente buscar soledad y silencio, condiciones indispensables para esos trances o reverencias profundas, que son la joya de la corona de lo que el opio puede hacer por el ser humano.

Este fue el patrón por unos ocho años, que no desarrolló en mí la necesidad de convertir el opio en un artículo de consumo diario. Aquí Las confesiones saltan hasta el año 1812, donde habiendo acabado sus estudios, De Quincey se mudó a una casa en las montañas de Grasmere, donde convive con la que sería su futura esposa y se dedica al estudio de la metafísica alemana, principalmente a Kant. Nunca en mi vida me sentí mejor que en la primavera de 1812.

Pero en 1813 De Quincey sufre un desorden estomacal, para combatir cuyos dolores recurrió al opio y me convertí en un comedor regular, ya no intermitente, de opio, a quien preguntar cualquier día si había tomado o no opio, sería como preguntar si los pulmones habían tomado aire o el corazón latido… En este momento empiezan Los dolores del opio, Adiós a la felicidad, adiós a la risa, adiós a la paz de espíritu, adiós a la beatífica consolación del sueño. Aquí empieza para mí una Ilíada de desgracias. Bajo las arrullantes seducciones del opio en el sedentarismo total.

El punto culminante de los dolores son los sueños del opio, mejor dicho pesadillas, que sufre De Quincey, el objetivo final de toda la narrativa, que se extienden durante ocho años de abuso, en los que alternativamente me acerqué y alejé de mi gran sol de opio… Las irritaciones nerviosas me forzaban a terribles excesos, pero el terror que me producían sus síntomas anómalos tarde o temprano me alejaban. Si la prosa de De Quincey es colorida, esta cualidad alcanza el paroxismo en los sueños. Cada noche me parecía descender, no metafórica, sino descender literalmente a abismos de caos y oscuridad, profundidades bajo profundidades, de las cuales me parecía imposible volver a ascender. De Quincey hace un largo recuento de sus sueños, de los cuales sería interesante saber qué tenía que decir el psicoanálisis de Sigmund Freud o la psicología analítica de Jung.

El cottage en Grasmere donde vivió De Quincey y que antes perteneció a Wordsworth

Para mí la lectura de Las confesiones deja dos reflexiones principales. Generalmente se acepta como un hecho que la sociedad progresa y que el pilar de ese progreso es la libertad, para disponer de la propia vida a voluntad. En este sentido, si se compara la libertad con la que el joven De Quincey compró tintura de opio en una droguería de Oxford Street con las restricciones, en general mayores cuanto más avanzadas son las sociedades, que existen hoy en día para acceder a los dones de la naturaleza, que han sido utilizados durante milenios por nuestros antepasados, uno no puede sino cuestionarse seriamente la idea de progreso. Personalmente considero que la hemos deformado tanto que ya no tenemos ni idea de qué significa realmente progreso, hasta el punto de que en las cuestiones más elementales y esenciales de la vida aquellas sociedades a las que llamamos las más evolucionadas, son en realidad las más atrasadas. Tan ricas en inteligencia artificial, como pobres en humana.

Yo sería el primero en llamar progreso a toda nuestra tecnología si nos hubiera liberado de lo que De Quincey denominó nuestros trastornos, pero lejos de eso, los ha multiplicado. Y para combatirlos, supuestamente en nuestro bien, nos han prohibido recurrir a los tesoros de la naturaleza, que desde milenios el hombre ha utilizado para atajar el dolor, comunicarse con los dioses o combatir el tedio; recetando en su lugar píldoras, sucedáneos de esos tesoros, en modo alguno exentas de sus peligros, como demuestra el número de adictos a los opiáceos, pero en todo modo exentas de sus virtudes, como demuestra su absoluta ineficacia. Aunque tangencialmente, se puede ver a qué me refiero con la mentira del colesterol.

Si la madurez de una sociedad se puede medir por su relación con las drogas, como así creo, el progreso ha parido la sociedad más infantil posible, tanto que pensaría que merece que se le prohíba su consumo, como a un niño se le prohíbe jugar con fuego, si no fuera porque también considero que el camino a la madurez pasa por su aprendizaje, como a un niño se le enseña a prender una cerilla.

La segunda reflexión empieza con una tautología esencial: Las drogas no son buenas ni malas, como no es bueno ni malo cualquier otro objeto cotidiano; de las drogas se hace buen uso o mal uso, como del cualquier otro objeto cotidiano. Al final todo se reduce a una cuestión de libertad, de responsabilidad, de madurez. En general Las Confesiones se han interpretado como un alegato en favor de las drogas. Discrepo. Son el testimonio de una persona que durante ocho años usó el opio y durante otros ocho años abusó del opio, en consecuencia que conoce bien su cielo, del que es muy fácil caer, y su infierno, del que es muy difícil salir, dejar el opio me provocaba, en un sentido físico, una angustia mortal…

La naturaleza nos entrega las drogas con propósitos muy concretos, jamás deben usarse más allá de esos propósitos, el que lo hace corre el riesgo de precipitarse en el abismo. Uno de esos propósitos es profundizar en el conocimiento, del mundo y de uno mismo; no todas tienen el mismo potencial de conocimiento, las más instructivas de todas son el único medio de acceso directo a los misterios del alma, el subconsciente profundo, donde residen los arquetipos, fuente de divinidad según Jung; pero su lección más importante, la que conduce a la verdadera felicidad, siempre es la última que revelan, enseñarnos a decir NO. Esta es la doctrina de la verdadera iglesia del opio, de la cual yo me declaro a mí mismo sumo pontífice.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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