La cuarentena de J.M.G. Le Clézio

Le Clézio, entre cuyos mejores libros se encuentran obras como El atestado, El africano o La cuarentena, en 1994 fue nombrado el mejor escritor francés vivo y en 2008 ganó el Nobel de Literatura por ser un novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada. Nacido en Niza en 1940, su biografía es una amalgama de lugares y culturas que se reflejan en su obra literaria, como en el título del que aquí nos ocupamos.

Regreso a casa y aprovechó la ocasión para reencontrarme con los viejos amigos, entre los que siempre he contado mis libros. En esta ocasión el honor le ha correspondido a La Cuarentena de Le Clézio. En la vida sólo hay una cosa mejor que leer, releer. No este el lugar para hablar de las virtudes de la relectura, en otra ocasión me explayaré sobre el tema. Obviamente para releer primero hay que haber leído. Releer es un placer, o necesidad, que se desarrolla ha medida que uno se hace lector, a bote pronto diría que en algún lugar entre los quinientos y mil libros. Pero aquí sólo estoy hablando de mi experiencia personal y, como no me considero modelo de nada, asumo que el hábito pude seguir otros patrones en otros lectores. Algunos pueden adquirirlo con la cuarta o quinta lectura y otros no adquirirlo nunca. Este último supuesto es extraño, pero conozco a varios lectores contumaces que no releen; quizás estén mejor dotados que yo para sacar todo el jugo a un libro de una pasada o quizás sus libros no tengan mucho jugo que sacar, quién sabe. Y cuando digo extraño, quizás debería haber dicho antinatural. ¿Acaso no sería antinatural que un melómano o cinéfilo no volviera a escuchar o ver sus discos y películas preferidas? ¿Tendría sentido comprar un buen disco, digamos Rubber soul, escucharlo una vez y exiliarlo de por vida a la estantería? Tendría sentido si no gusta, en cuyo caso nos enfrentamos a problemas de otra naturaleza, una grave deformación del gusto, grave, pero no incurable. Ya hablé al respecto, literatura y música son artes sustancialmente distintas, pero por lo que respecta a su disfrute reiterado a lo largo del tiempo, no veo por qué la primera no iba a ser acreedora a los mismos derechos que la segunda, aunque al ritmo que le es propio, que es muy distinto.

Tolstoi siempre leía dos veces. Lo importante no es leer mucho, sino leer bien. A  diferencia de Camus en El mito de Sísifo, donde afirma que el hombre absurdo debe preocuparse por la cantidad de la experiencias, el buen lector debe preocuparse por la calidad. Entre los muchos los beneficios de las releer se encuentra ser una medida de nuestra evolución personal. En general los cambios en la vida suceden de forma tan lenta y natural que no nos damos cuenta de ellos, hay muy pocas cosas que no demuestren incluso que hemos cambiado. Si de repente estuviéramos en nuestro propio pellejo de hace veinte años muchos no nos reconoceríamos. Sin ir más lejos, si yo ahora recibiera una llamada y al otro lado de la línea alguien me propusiera salir a quemar la ciudad y agotar las reservas de espirituosos, en mi pellejo de hace veinte años me habría faltado tiendo para tirar el portátil por los aires, pero en este pellejo ajado y seco que gasto hoy prefiero seguir tecleando.

Obviamente el objeto cotidiano que más nos informan de nuestro cambios son las fotos, de repente vemos una foto en sepia y nos damos cuenta que hemos dejado atrás la juventud, y lo peor es que la hemos dejado atrás para siempre. Antes o después, siempre hay un momento en la vida en que como dice aquel famoso poema nos damos cuenta de que ya no volveremos a ser jóvenes. Ni siquiera nuestros amigos y familiares nos informan de nuestro cambio, porque ellos cambian a la par que nosotros, a esos cambios imperceptibles se debe que nuestras relaciones en muchos casos no sean las misma que antaño fueron, que se acerquen o se distancien, que se enfríen o calienten. Sin embargo las fotos sólo dan testimonio del cambio exterior. Releer informa de cambios más íntimos. El Quijote, Los Buddenbrook o Madrid de corte a checa no cambian, permanecen inmutables, en consecuencia en la medida en que respondemos de manera distinta a ese mismo material, que ayer pudo provocar risa y hoy llanto, aceptación o rechazo, sabemos cómo hemos cambiado.

Como iba diciendo, regresé a casa con la intención de quitarle el polvo a un viejo libro. Leí La Cuarentena por primera vez hace doce años, en 2008. Obviamente mi memoria no es ta buena como para recordarlo. Lo sé porque he visto la fecha de edición del libro, curiosamente el mismo año en que Le Clézio ganó el Nobel. Los escaparates de las librerías debían estar llenos de libros suyos e imagino que me tentaron; aunque yo compré La cuarentena a través de Círculo de Lectores, debió ser uno de los últimos por ese canal. De hecho cuando he mirado la fecha de edición, me ha extrañado que en 2008 todavía fuera socio. Su catálogo hace mucho que me había dejado de interesar, siempre se podía encontrar algo interesante, como el título en cuestión, pero lo interesante entre lo cual elegir siempre fue escaso.

Dicho lo cual, nunca volví a leer un libro de Le Clézio, su lectura me había resultado tediosa e insoportable. De hecho, me desentendí tanto de él que incluso olvidé ponerlo en mi lista de mejores libros sobre pandemias, a pesar de estar firmado por todo un Nobel, error que ya he corregido, porque la historia lo merece. Pero cuando rebuscando entre mi vieja biblioteca descubrí La cuarentena, de la cual apenas guardaba recuerdo, dadas las circunstancia, se comprenderá que no haya podido resistirme. Inmediatamente me pregunté si habría en sus páginas algo que me ayudara comprender la actualidad. Obviamente no esperaba encontrar ningún remedio a los problemas del mundo, en ese caso Le Clézio habría ganado el Nobel de medicina y no el de literatura. Mis miras eran más bajas, me conformaba con encontrar cualquier destello que me ayudara a comprenderlos.

Le Clézio en su juventud

La realidad es que La cuarentena no está carente de luminosidad, pero sus rayos apuntan en otra dirección. La Cuarentena lidia con dos tragedias, pero ninguna está provocada por un pandemia. La primera de ellas es privada, la historia de la familia Archambau; la otra es pública y universal, la historia del colonialismo europeo. Ese es el telón de fondo que poco a poco se desvela a ojos del lector, con una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente, a medida que acompaña a León de París a Isla Mauricio -la misma en que se truncó el viaje de Charles Baudelaire a la India-, un viaje que se ve truncado por un brote de viruela en el Ava -en la cubierta de libro se habla de cólera, pero en el texto dice viruela, muy letal en su día por lo que he podido investigar, hoy erradicada-, el barco en que viaja en compañía de su hermano Jacques y su cuñada Suzanne.

Las pandemias, cólera, lepra, peste o lo que sea, debían ser mucho más habituales en siglos anteriores que en el actual. No descubro nada. Esto cae por su propio peso, pues yo, como la mayor parte del mundo, no había vivido ninguna hasta hoy. Para mí, que vivo en Europa, palabras como ébola tenían una calidad irreal, incluso mítica, algo cuya existencia no crees del todo, sencillamente porque nunca te has encontrado cara a cara con ellas, como con los billetes de 500 euros. Pero a finales del siglo XIX las pandemia debían estar a la orden del día, porque todos los personajes de La cuarentena asumen su estallido con naturalidad, como uno de esos golpes que da la vida y que en sí no tienen nada de extraordinario. La vida, al menos en lo que se refiere a pandemias, al menos en Europa, nos había malacostumbrado. Quizás hay resida la clave de la torpeza con la que hemos reaccionado.

By the way, el estallido de viruela a bordo del Ava se produce porque el capitán se desvía deliberadamente de su itinerario para hacer escala en Zanzíbar, donde tiene una amante y suben a bordo un par de polizones infectados de viruela. Personalmente agradezco este rasgo romántico, porque por una cita de amor, al menos yo, excuso el estallido de una pandemia, harina de otro costal es que el capitán del Ava hubiera echo escala en Zanzíbar para degustar algún manjar de la gastronomía local, murciélago, pangolín, lémur o cualquiera que sea tradición en esa exótica región del mundo. Eso sería muy chabacano, como acostumbra a ser la realidad.

Y hablando de Zanzíbar, acaso sea momento de decir que La Cuarentena tiene un aire exótico. Las evocaciones de León tan pronto nos llevan de París a isla Mauricio, de Londres a Benarés, de Calcuta a Abisinia, donde ve en su lecho de muerte al poeta Rimbaud. En este rasgo, que no sé si está presente en otras novelas de Le Clézio, veo un reflejo de su propia biografía. Le Clézio, reconocido nómada, que ha vivido en lugares tan dispares como Panamá, Corea, Tailandia o México, fue hijo de un médico militar inglés afincado en África y una francesa de isla Mauricio. En consecuencia, un hijo del colonialismo, un ciudadano de todas partes y de ninguna. De alguna forma u otra, todos los personajes de La cuarentena, Leon, Jacques, el matrimonio Metcalfe, Ananta, Suryavati, son todos desarraigados y su desarraigo se siente en la forma de una desazón inexpresable. Imposible no recordar aquí las palabras que a Robinson Crusoe le dijo su padre, quizás las más sabias de toda la historia de la humanidad.

Pero como iba diciendo en el siglo XIX estaban más hechos a las pandemias de lo que estamos hoy en día y eso se nota en la forma en que lidian con el brote de viruela. En cuanto las autoridades de isla Mauricio tienen conocimiento de que en el Ava hay casos de viruela prohíben inmediatamente su entrada en puerto y ordenan el desembarco de los pasajeros europeos e inmigrantes destinados a trabajar en las plantaciones de azúcar en un islote cercano, en Flat Island, habitado por indigenas, para pasar la preceptiva cuarentena. Esta no es una medida extraordinaria, sino protocolaria, como atestigua el hecho de que en Flat Island hay un poblado de chabolas conocido como la cuarentena, destinado a los viajeros europeos, mientras que los inmigrantes se alojan en las empalizadas. Todo muy colonial.

Para cualquiera que haya pasado recientemente un confinamiento y, encerrado entre las cuatro paredes de su domicilio, al borde de la locura, haya soñado con estar en un islote del Pacífico, decir que en Flat Island los suministros de agua y comida son escasos y de mala calidad, agua con larvas y arroz aún peor, cuyo suministro depende de la voluntad de las autoridades de isla Mauricio, que no parece ser buena, hasta el punto de que uno diría que no parece importarles dejar morir a los acuarentenados, a juzgar por el hecho de que no les proporcionan ningún atención médica y escasa comida, como si su intención fuera que el que no muera de enfermedad lo haga de inanición. Uno podría pensar que un par de siglos atrás las autoridades, acaso debido a su mayor experiencia, sí sabían gestionar una pandemia como dios manda e imponer severas medidas de aislamiento, que compensaban la falta de humanidad con la garantía de cortar de raíz la expansión de la enfermedad. Ante el viejo dilema moral, sacrificar unas pocas vidas para salvar muchas, las autoridades de isla Mauricio lo tenían tan claro como el agua cristalina de la bahía de Flat Island, en la que Leon hace el amor con Suryavati.

Bonita ilustración, pero en mi imaginación Suryavati es más joven y hermosa

No es el caso. A medida que la viruela, la diosa fría como la denominan los nativos, va cobrándose vidas, primeros dos tripulantes del Ava, seguidos por John Metcalfe, poco a poco, una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente, vamos descubriendo que las severidad de las autoridades responde a otras motivaciones; en concreto Alexandre Archambu, patriarca de la familia, contempla con desagrado la llegada de sus sobrinos Leon y Jacques. Alexandre Archambu representa todos los males del colonialismo europeo, egoísmo, avaricia y maldad y anteriormente había aprovechado su posición como fundador del Orden Moral y el partido de la sinarquía para despojar al padre de Jacques y León de su participación en la plantación de azúcar. En la novela no se detalla explícitamente cómo lo hizo, León, a medida que relata la historia de su familia, una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente, alude al matrimonio de su padre con una mujer euroasiática, que intuimos que debía violar las rígidas leyes raciales de las sociedades coloniales y que finalmente precipitó su ruina y regreso a Europa.

Así pues Jacques y Leon regresan a isla Mauricio para demandar lo que es suyo, cuando su viaje se ve truncado por el brote de viruela a bordo del Ava. A partir la novela avanza al ritmo de los paseos de Leon por el islote, primero en compañía de John Metcalfe, un botánico inglés, quien recorre la isla con la esperanza de encontrar añil silvestre, cuyas propiedades curativas ayudarían a paliar los efectos de la viruela. Esta es una lectura vacacional, por lo cual he renunciada a tomar notas. Mi memoria no es excepcional. Pero hay una frase de John Metcalfe que se me ha quedado grabada: Las plantas salvarán a los hombres. Y cuando John Metcalfe cae víctima de la enfermedad en compañía de Suryavati, una nativa que vive con su madre Ananta en el islote.

Suryavati simboliza lo exótico, los bosques de filaos, la laguna, el volcán, las piedras de basalto, el mar y las bandadas de rabijuncos. León se enamora de ella desde que la ve por primera vez pescando arpón en en mano en el arrecife. No sabemos si Suryavati experimenta la mis atracción espontánea por él, lo que sabemos es que su presencia le produce desconfianza y huye de él. En las sociedades coloniales los nativos y los colones pertenecían a mundos distintos. Nada revela más esa distancia que las palabras con las cuales ella se dirige a él en sus primeras conversaciones: Amo blanco, no sin cierto matiz de censura. Pero a medida que la cuarentena avanza, en contacto con la naturaleza y Suryavati. Leon sufre una transformación exterior, le crece la barba, su pelo se vuelve hirsuto y su piel se curte quemada por el sol y el viento, e interior que le hace distanciarse de todos los viajeros blancos, incluidos su hermano y cuñada. En contacto con la belleza salvaje del islote y Suryavati, Leon rechaza su condición de miembro de la civilización occidental y su apellido Archambau, con todos los privilegios que conllevan ambas circunstancias, para convertirse en un paria. Al final de la novela, Suryavati ya no lo llama amo blanco, lo llama bhai, hermano.

La historia familiar de Suryavati se intercala en la novela y de un modo muy singular, que no recuerdo haber visto nunca, en bloques escritos con otro tipo de letra y en otro tamaño, un punto más grande. Más que la historia familiar de Suryavati propiamente dicha, se trata de la odisea de su abuela Giribala para huir con su hija Ananta de la masacre de Cawnpore -hoy Kanpur-, uno de los episodios más sangrientos de la Rebelión India de 1857. Después conseguir salir de la ciudad, empieza una larga peregrinación por la India en canoa y a pie, salvando todo tipo de vicisitudes, hasta la ciudad de Calcuta, donde embarcan en el Ishkander Shaw hacia isla Mauricio. Personalmente, sin negar amplia el horizonte de la novela, profundizando en el gran drama histórico que fue el colonialismo, esta parte de la historia me ha resultado tediosa.

Y quizás sea momento de decir que si bien esta segunda lectura me ha resultado mucho más interesante que la primera, he podido entrar en la historia y representarme su escenario y sus protagonistas, persiste mucho del tedio que envolvió la primera. Esto se debe a la sensualidad exaltada de Le Clézio, por utilizar la expresión de la academia sueca. Leon es un ser extremadamente sensible y cada paso que da en la isla se traduce en emociones. La descripción de sus accidentes y las impresiones que le causa lastran el avance de la novela, cuya acción progresa con una pincelada en esta página y un brochazo en la siguiente. Sirva de ejemplo la primera cópula de León y Suryavati, que se extiende durante varias páginas. No es que yo abogue por la eyaculación precoz en la literatura, sino por la brevedad. Pocas palabras y bien dichas. Quizás la mejor escena de sexo se encuentre en Elegía de Phillip Roth, y no se extiende más allá de unas pocas líneas. Y quizás sean aún mejores las escenas que se transmiten sin ninguna palabra en absoluto.

Como en La Peste de Camus, en La cuarentena también llega un momento en que la enfermedad remite. Las causas no se desvelan al lector, es posible que la diosa fría ya haya saciado su hambre o simplemente, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure. Todo pasa. El covid también pasará y dejará muy poca huella. ¿Qué huella dejó en la historia la gripe española? Vaya usted a una librería, a una de las librerías más bellas del mundo o de las más feas, da igual, en cualquiera podrá comprobar la escasa historiografía que ha producido en comparación con sucesos coetáneos como la I Guerra Mundial. En un año la mal llamada gripe español mató a unos 30 millones de personas, más que en cuatro de guerra. Pero hasta hace unos pocos días no importaba a nadie, mientras que la I GM sigue siendo materia de estudio y debate. Dentro de unas décadas nadie se acordará del covid. Es simplemente la naturaleza en acción, una vulgaridad.

Pero volviendo a novela, después de muchas vidas truncadas, y de que las piras con los cadáveres de los inmigrantes ardieran diariamente en la playa de las empalizadas, cuando la enfermedad remite, al islote llega la noticia de que por fin las autoridades de Mauricio van a enviar un barco a recogerlos. La noticia no está exenta de suspicacia, es cierto que la enfermedad ha remitido, pero también es cierto que se acerca la temporada de la zafra y, como sospecha Jacques, la decisión está más relacionada con que los propietarios de las plantaciones de azúcar van a necesitar toda la mano de obra disponible. En cualquier caso la llegada del barco supone la separación definitiva de León de su familia, de Jacques y Suzanne, para emprender una nueva vida, una vida de paria, en compañía de Suryavati. Ya no tengo familia ni patria. Puede que en mi interior ya no quede nada del amo blanco que fui, y puede que me haya desembarazado del apellido de los Archambau. Tengo una mirada nueva. Jamás volveré a ser el que fui, el que cruzó el portalón del Ava.

Le Clézio recibiendp el Nobel

En este punto, alrededor de la página 380 en una novela de 430, La cuarentena da un salto de un siglo, hasta 1980, donde nos encontramos con otro León, quien recoge el hilo de la narración para acabar de contarnos la historia de los Archambau. Y recoger tal vez no sea la expresión más acertada, sino continuar, porque este segundo León es el mismo que el primero. Esto requiere explicación. La cuarentena está narrada por León en primera persona, pero llegados a este punto descubrimos que ha sido este segundo León quien ha estado reviviendo su historia. ¿Quién es este segundo León? El nieto de Jacques y Suzanne.

De la mano de este segundo León viajamos de nuevo a Mauricio, ahora descolonializado, en el que las plantaciones de azúcar han sido sustituidas por los complejos turísticos como motor de la economía local y en el que los indígenas e inmigrantes han pasado de la esclavitud a manos de los colonos a la prostitución a manos de los turistas ingleses, franceses y alemanes. Este salto de cien años enriquece mucho la visión del problema del colonialismo, pero personalmente encuentro el modo en que Le Clézio lo realiza un tanto artificioso.

En cualquier caso, de la mano de este segundo León sabemos el final de nuestros protagonistas. Jacques y Suzanne nunca fueron aceptados por el Patriarca y después de arreglar más o menos satisfactoriamente los negocios familiares regresaron a Francia. El Patriarca acaba sus días de la única manera que puede hacerlo un hombre que es pura maldad y egoísmo, en la más absoluta soledad. ¿Y qué ha sido del primer León, en honor del cual el segundo ha sido bautizado? No sabemos nada, en la leyenda familiar ha pasado a ser llamado El desaparecido. Podemos atribuirle el destino que queramos, una vida larga o corta, tranquila o ajetreada. Yo por mi parte le deseo una vida larga y feliz, en compañía de Suryavati, esa diosa salida de las páginas de Las mil y una noches. No merecen menos, su amor simboliza un encuentro más armonioso, pacífico y respetuoso que el que tuvo Europa con las del resto del mundo desde el siglo XVI en adelante.

Cierro el libro y es momento de responder a la cuestión que me hizo cogerlo en primer lugar, ¿hay algo en La cuarentena que nos ayude a comprender el presente, lidiar con el sentimiento de amenaza que provoca una pandemia o evitar descarriarse por los callejones de la locura como le sucedió a Sarah Metcalfe tras la muerte de su marido? Para paliar el avance de la viruela, en el islote se aíslan zonas, se establecen toques de queda y se establecen otras medias que hoy nos suena familiares, pero me temo que no. No obstante, donde no descarto la posibilidad de que otro lector encuentre consejo, lenitivo y guía donde yo no lo he hecho. Hace mucho tiempo un amigo me prestó un libro de Alejandro Jodorowsky, cuyo título he olvido, pero no he olvidado que en alguna parte se decía que los milagros suceden a todas horas, sólo hay que aprender a verlos. Nada más lejos de mi intención que sugerir que la pandemia del coronavirus sea un milagro, sería una falta de respeto para todos aquellos que han perdido tanto. Pero quizás se pueda considerar una oportunidad. No hace mucho, en las primeras semanas de confinamiento, el mundo se maravillaba con imágenes de cielos límpidos y aguas cristalinas que hoy vuelven a estar tan contaminados como siempre. Jacques, Suzanne, el sirdar Hussein, Julius Verán, Bartoli y otros secundarios de La cuarentena que sobrevivieron a la viruela retomaron sus vidas como si nada hubiese pasado. Está claro que como sociedad no aprenderemos nada de la pandemia y más pronto que tarde la olvidaremos. La olvidaremos sencillamente porque todos estamos deseando olvidarla cuanto antes. Mientras que cuando sucede una guerra, por más sangrienta que sea, los perdedores no quieren olvidarla, porque es el origen de su humillación, y los vencedores tampoco, porque es el origen de sus privilegios, y esa discrepancia elemental es la semilla de la siguiente. La paz demanda amnesia social. A nuestros nietos la palabra coronavirus les sonará tan lejana como a nosotros la gripe española o la lepra, hasta que un nuevo virus venga a refrescarles la memoria. Pero a nivel individual podemos extraer tantas lecciones y tan buenas como queramos. León encontró en la cuarentena la oportunidad de romper con el pasado sangriento y vergonzoso vinculado a su apellido e iniciar una nueva vida. Siempre es bueno cambiar a mejor, lo malo es esperar a una pandemia para hacerlo.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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