En defensa de los clásicos

Qué libro leer es la pregunta más importante que debe resolver todo lector, constantemente, a lo largo de su vida, es la piedra de Sísifo del lector. Esta pregunta es tanto más importante cuanto más poder de transformación y educación demos a un libro. Es muy posible que no exista el libro que te cambiará la vida, pero eso no excluye la posibilidad de que cien, mil libros no puedan alterar nuestra visión del mundo y transformarnos completamente.

Entrando en materia debo confesar que esta entrada debería titularse carta de amor a los clásicos, es una defensa apasionada de la literatura clásica, aunque intentaré que mis argumentos domine la razón y no la pasión. Quizás sea un error. En cualquier caso hablar de clásicos es hablar de Homero, con él empieza todo. La Ilíada es el origen de todo, como dijo Silky Silk, el inolvidable protagonista de La mancha humana de Philip Roth, a sus alumnos de literatura de la Universidad de Athena.

Pero Silky Silk se equivocaba, la literatura nace con el hombre y el hombre nace con la literatura. Comunicarse es una necesidad animal, no humana. Todos los animales se comunican, cualquiera puede entender los ladridos de amenaza de un perro, el canto de un ruiseñor en el ritual de cortejo o los maullidos de un gato hambriento; otros pueden ser más difíciles de entender, como los sonidos subacuáticos de un delfín o los chirridos de un grillo, pero no menos dotados de significado. La palabra sólo es el desarrollo humano de esa necesidad o, por decirlo a la manera de Sigmund Freud, la sublimación de esa necesidad, como el amor es la sublimación del instinto sexual. Hablando de clásicos, El malestar de la cultura es de obligada lectura.

Es de suponer que la comunicación animal comunica sentimientos y necesidades muy elementales. En cambio la comunicación humana tiene un rango de expresión que va desde lo extremadamente simple a lo extremadamente complejo. Con la palabra nació la moral, la mentira, la verdad, la ironía, la ley, la religión, la parábola, el mito, la amistad, la traición, el amor y finalmente este blog. La literatura es el origen del mundo.

Pero antes que existieran los literatos tal y como los conocemos hoy en día, antes que los Eduardo Mendoza, Borges o Jack London, existieron los cuentacuentos cuyas historias, contadas al calor de un fuego, alrededor del cual se reunía la comunidad, al igual que las de los maestros de hoy en día, tenían un fin didáctico y recreativo. A la vez que entretenían, sus historias servían de cosmogonía, guía moral y medio de transmisión de conocimientos. El maestro Vargas Llosa dedicó un libro a la figura del antiguo cuentacuentos, cuyo título no puede ser más revelador: El hablador.

Las historias de los cuentacuentos no carecían de valor para la comunidad, por lo cual se buscó el medio de preservarlas, identificando cada sonido con una grafía, que se cincelaban en rudimentarias tablas de piedra. En la civilización occidental la transición de la tradición oral a la escrita ocurrió con La Ilíada, tanto es así que incluso su autoría está en cuestión. Muchos eruditos dudan de que en realidad sea obra de Homero y consideran que se trata de una colección de antiguas leyendas populares concernientes a la Guerra de Troya, narradas por los viejos cuentacuentos a modo de lecciones históricas, cuya compilación pudo haber sido de obra de Homero o de varios autores.

Y en las páginas de La mancha humana, última entrega de una de las mejores trilogías literarias– Silky Silk pregunta a sus alumnos si saben cómo comenzó la Guerra de Troya. Y responde que la Guerra de Troya, como tantas disputas cotidianas y anónimas, empezó por una mujer, pero no por una cualquiera, sino por Helena de Troya, hija de Zeus según la mitología, esposa de Menelao, a quien París raptó atraído por su belleza. ¿Serían nuestra concepción de la pasión distinta si París hubiese resistido la tentación de raptar a Helena; del honor si en lugar de declarar la guerra Menelao se hubiera olvidado de ella; de la amistad si Aquiles no hubiera vengado la muerte del Patroclo; del heroísmo si Héctor hubiese rehusado enfrentarse al invencible Aquiles? La literatura se alimenta de la realidad para transformarla mediante la elaboración de modelos, mitos e ideales que guían nuestra vida, en un proceso que nació con el primer hombre y se extinguirá con el último. Pero esa capacidad de transformación sólo está a la altura de ese puñado de libros que merecen el calificativo de clásicos, el resto de libros apenas deja huella en la historia, que en el mejor de los casos desaparece tras uno o dos generaciones de lectores.

No se me ocurre mejor forma de explicar la importancia de los clásicos que recurriendo a una metáfora, que representa la literatura como un árbol inmenso, cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos, cuando todavía las viejas comunidades se reunían al atardecer bajo un fuego y los habladores inventaban el amor, los dioses, la eternidad. Los clásicos forman el tronco de ese árbol, de cual parten muchas ramas, que representan diferentes corrientes, movimientos, géneros, tendencias y modas, algunas más fuertes y longevas, algunas de fruto más dulce y otras más amargo, pero todas accesorias. Sólo el tronco es esencial.

Para mí siempre ha sido un misterio por qué la gente no lee a los clásicos. Si como dice Harold Bloom El Quijote y Hamlet son los dos mejores libros de la historia, ¿Por qué la gente prefiere leer libros peores? El Quijote y Hamlet, como las Meditaciones de Marco Aurelio, España invertebrada de Ortega y Gasset o el Martín Fierro de José Hernández, forman parte del tronco del árbol de la literatura, que a lo largo de su vida milenaria ha resistido terremotos, sequías y tempestades, pero la gente prefiere leer frutos insípidos, en ocasiones aupados a las primeras listas de ventas por los intereses de las casa editoriales, que desaparecerán con el primer golpe de viento para no dejar huella en la historia de la humanidad.

Lo repito por qué la gente no lee los mejores libros es una pregunta que no deja de anonadarme. No tengo ninguna duda de que si a un amante de los coches se le apareciera Aladino y le concediera el deseo de elegir uno sin dudar respondería: Ferrari, Porsche, Aston Martin… A diferencia de la industria del motor, cuyas joyas cuestan fortunas, los amantes de los libros tenemos la suerte de tener una pasión barata. Se da incluso la paradoja de que los Ferraris y los Porsches de la literatura suelen encontrarse en ediciones más baratas que los Skodas, los Seats y los Fiats, pero la gente prefiere pagar más por estos últimos. Jamás me lo explicaré.

Aunque quizás la respuesta sea muy sencilla y para dar con ella sólo sea necesario hacer un poco de sociología cultural. ¿Acaso no están las listas de películas más vistas copadas por Fast and Furious y basura por el estilo? ¿Acaso no están las listas de discos más vendidos copadas por insoportables cantantes fabricados al por mayor en las factorías del espectáculo? ¿Si Muddy Waters no vende más que el triunfito de turno por qué iba vender Ana Karenina de Tolstoi más que el último libro de Sonia Barneda, a la sazón de finalista del último Premio Planeta?

Las listas de venta sencillamente reflejan los gustos de la sociedad y estos distan mucho de ser elevados, como fácilmente se comprueba encendiendo la televisión a cualquier ora y comprobando con qué bazofia se entretiene a la masa. Lamentable. Se asume que la gente que lee es culta. Mentira, eres culto si lo que lees es digno de considerarse cultura. Eres culto si lees a Orwell o a Stendhal o a Moliére, pero si caes en el viejo truco editorial de comprar el último libro firmado por un rostro conocido, que probablemente ni siquiera ha escrito, eres una marioneta en manos de la industria cultural. No eres culto, eres masa, que lee lo que lee el rebaño.

Después de leer El crimen del padre Amaro de Eça de Queiroz uno sólo puede de leer con una sonrisa de desdén esas manidas historias sobre asesinos en serie que venden millones de copias, después de acostarse con Madame Bovary uno no acepta salir con las cursis heroínas que pueblan las novelas románticas de hoy en día, después de presenciar la redención de Cartas a un joven poeta de Rilke uno desprecia esos vulgares manuales que prometen enseñar a escribir un novela. Los clásicos nos ayudan a diferencia la paja del grano y lo hacen afinando nuestros sentidos, refinando nuestro gusto, mejorando nuestra sensibilidad, profundizan nuestra inteligencia y en ese proceso de elevación personal que se produce con su lectura poco a poco dejamos de ser masa, para convertirnos en individuos, capaces de juzgar y elegir por nosotros mismos, de conocer y valorar las modas y tendencias, pero no ser manejados por ellas.

Por supuesto defender y promover la lectura de los clásicos no significa limitar nuestras opciones de lectura. Los clásicos forman el canon, pero hay mucho digno de conocer y leer fuera del canon. Hay excelentes lecturas de ayer y hoy que no llegan a la categoría de clásico, a las cuales nos podemos sentir inclinados por nuestros intereses personales. Recientemente publiqué dos entradas, una dedicada a los mejores libros de ajedrez y a los mejores libros de deporte, quizás sólo uno o dos de los que están incluidos en ambas merecen el calificativo de clásicos, pero todos son buenos libros que se pueden leer, especialmente si te apasionan los temas en cuestión. O tener un interés profesional o personal por las novelas de animales y leer mi humilde Vida de perros, aunque no esté a la altura de La llamada de lo salvaje.

Más importante aún, los libros de hoy serán los clásicos del mañana, al menos algunos de ellos. Hay libros que se convierten en clásicos instantáneos como Lo que queda del día de Kazuo Ishiguro y otros que tardan años en llegar adquirir ese estatus como por ejemplo El hombre sin atributos, del que hable cuando me ocupé de si merecía la pena leer tochos. Pero sólo conociendo a los clásicos de ayer podremos reconocer a los del mañana. Los clásicos son la brújula que orientan al lector entre la vasta oferta editorial de nuestros días, para que pueda satisfacer sus intereses culturales sin malgastar su tiempo y dinero. Los clásicos son los cimientos sobre los que debemos construir nuestra biblioteca personal.

Uno de los motivos que se aducen con más frecuencia para no leer a los clásicos es que son aburridos y difíciles. Empecemos por el primero. ¿Es divertido o aburrido Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez? Sólo hay una respuesta posible, depende para quién. ¿Es divertido o aburrido el bestseller del año? Depende para quién. Sacar un clásico de la biblioteca, por ejemplo Don Juan de Tirso de Molina, arquetipo del seductor, no garantiza que vayamos a disfrutar de su lectura. Pero tampoco comprar un bestseller garantiza una lectura placentera. El lector de clásicos tiene alegrías y penas, como tiene el lector de cualquier otro tipo de libros.

Entramos en el complejo territorio de los gustos, sobre los que no hay nada escrito. Los clásicos están envueltos en un aura de grandeza que parece que los hace inmunes a la crítica. Recientemente en un artículo Mario Vargas Llosa decía que odiaba En busca del tiempo perdido de Proust, pero que nunca se había atrevido a decirlo. A mí Moby Dick de Melville o El doctor Zhivago Boris Pasternak, dos clásicos en toda regla, me parecieron lecturas insufribles, dos torturas que no deseo a nadie, que cada vez que oigo elogiar íntimamente pienso que la única explicación es que quien lo hace realmente no los ha leído o que habiéndolos leído, como Vargas Llosa con En busca del tiempo perdido, les falta el valor para reconocer que no les han gustado, acaso por miedo a incurrir en crimen de lesa cultura. No obstante, pese a ser novelas tediosas, sé que me hicieron no solo mejor lector, sino mejor persona, porque refinaron mi paladar en un modo que sólo está a la altura de muy pocos libros.

El segundo motivo es la dificultad. Cierta parte de mí se niega incluso a tocar levemente este punto, porque quién diablos quiere libros fáciles, el buen lector se recrea en la dificultad, busca desafíos, retos, lucha. En cualquier caso asumir que los clásicos son lecturas difíciles es falso. La metamorfosis de Kafka o Rebelión en la granja de Orwell son lecturas tan sencillas que puede leerlas y disfrutarlas un niño, lo cual no niega que hay clásicos extremadamente difíciles como El ruido y la furia de Faulkner o Ulises de Joyce -un libro que revela cuanto los clásicos de hoy son herencia de los de ayer, pues no deja de ser una versión dublinesa del griego-, por la forma y el estilo, o como La familia de Pascual Duarte o Lolita, por la dureza del tema, o como Viaje al fin de la noche por la dudosa moralidad de Céline o El mito de Sísifo de Camus por los dilemas existenciales que plantea, pero no pain no gain.

En cualquier caso, la susodicha la dificultad de los clásicos se refiere a lecturas más venerables, la propia Ilíada con la que empezaba esta entrada, el Lazarillo de Tormes, Los cuentos de Canterbury, Gargantúa y Pantagruel, los Ensayos de Montaigne, La nave de los necios… Muchos siglos nos separan de la publicación de estas obras, las sensibilidades, los gustos, las modas, la moral, las costumbres han cambiado radicalmente desde entonces, evidentemente eso dificulta la lectura, pero personalmente sólo el lenguaje de La Celestina de Fernando de Rojas me pareció tan arcaico que me impidió el placer de la lectura, aunque obviamente en coetáneos extranjeros la dificultad del lenguaje se atenúa sensiblemente por las traducciones modernas, casi diría que se anulan la dificultad por completo, al menos la que se refiere al lenguaje.

En ocasiones todos hemos oído hablar de lo maravilloso que sería disponer de una máquina del tiempo que nos permitieras viajar al pasado y al futuro, pues a la espera de que físicos e ingenieros obren el milagro, los clásicos son la única herramienta de que disponemos para viajar al París de la Revolución Francesa, a la era del Jazz americana, a la España de la Inquisición, al descubrimiento de América. Los clásicos nos permiten viajar en el tiempo de forma barata y segura, con la garantía de que regresaremos a la comodidad de nuestros hogares con sólo cerrar el libro, así que menos quejas si el viaje presenta algunas dificultades, es la señal de que es real.

Llegados a este punto sólo nos queda preguntarnos qué convierte un libro en clásico. Algunos títulos deben su categoría de clásicos a las innovaciones estilísticas o formales, que transformaron la forma de narrar, como Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin o Manhattan Transfer de Dos Passos; en algunos casos puede ser la perfección del estilo y la grandeza de la historia como en Madame Bovary, en otros el escándalo como con los Trópicos de Henry Miller que fueron objeto de censura literaria o el valor histórico de su testimonio como en Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn.

Pero lo que de verdad hace al clásico es el tiempo. En literatura el tiempo es el único juez, el único crítico válido. A final de cada año se elaboran listas con los diez, veinte o cincuenta mejores libros de curso, de los cuales con el paso del tiempo sólo dos o tres figurarán en la lista de mejores libros de la década y quizás ninguno cuando más adelante se elabore la de mejores libros del siglo. El tiempo separa la paja del grano, lo accesorio de lo esencial.

Por los motivos que sean los clásicos son los libros que capturan el zeitgeist de su tiempo, por eso pueden envejecer, pero no caducar, su mensaje sigue fue, es y será relevante. Los clásicos son el tronco mismo de la cultura y su lectura es la única garantía de que en la literatura, como en la vida, no nos andamos por las ramas.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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