Luis-Ferdinand Céline, autor genial, persona deleznable

Louis-Ferdinand Céline ha pasado a la historia por Viaje al fin de la noche, un clásico omnipresente en las listas de mejores libros del siglo XX, una novela tan aclamada como denostado su autor por sus posiciones éticas y políticas. La relación entre la excelencia artística y la bajeza moral de Céline es un perenne objeto de debate y merece atención.

Yo diría que Céline fue un maldito, aunque no exactamente en el sentido en que lo fue su compatriota Rimbaud, el conde de Lautréamont o Leopoldo María Panero. En lugar de extraviarse por los senderos de la embriaguez o la locura, Céline se extravió por los del odio, presentando seria candidatura a ser el tipo más odioso de la literatura. ¿Cómo llegó a ello? No hay respuestas, la psicología hablará de traumas infantiles, la sociología se referirá al tiempo histórico y yo, desde que lo tildé maldito, sencillamente digo que nació bajo una mala estrella.

Resumiendo en un par de pinceladas la biografía de Céline se podría decir que nació en 1894 en el seno de un familia humilde pero no pobre, hijo de un empleado de seguros y la dueña de una boutique. Dejó la escuela a una edad muy temprana para realizar todo tipo de trabajos no cualificados pero no dejó de estudiar, con el dinero que ganaba compraba libros y en algún momento de su adolescencia adquirió el deseó de convertirse en médico. Céline, un niño dinámico y con sed de conocimiento, que en cierto modo recuerda al autodidacta Jack London.

En 1912 con 18 años Céline se alistó en el Ejército Francés y cuando dos años después estalló la I Guerra Mundial luchó contra contra las Potencias Centrales e incluso se destacó por su valor. En un momento dado de la guerra se presentó voluntario para una misión de alto riesgo, en la que nadie quería participar y en la que resultó gravemente herido, con lo cual acabó apareciendo en un número de L’illustré National como ejemplo del coraje francés. No hay constancia de qué pensaba el joven Céline y sería arriesgado atribuirle ningún pensamiento político, muchos escritores en ciernes van a la guerra en busca de experiencia con las que llenar sus libros; en realidad, ni siquiera se sabe si por aquel entonces Céline aspiraba a ser escritor, quizás sí, quizás no, pero lo más probable es que fuese al frente arrastrado por los vientos patrióticos que sacudían Francia por entonces. En cualquier caso, la heroicidad del joven Céline, recuerda en cierto modo a la de Hemingway, también en suelo francés, veinte años después, como el título de la novela de Dumas.

De regreso de la guerra Céline siguió saltando de trabajo en trabajo, pero ahora de cierta cualificación, que le llevaron a viajar por Europa de posguerra, los Estados Unidos de las grandes fábricas y la África colonial, experiencias todas que acabarían convirtiéndose en materia prima de Viaje al fin de la noche y sobre las que arroja un mirada extremadamente ácida y cínica.

En Londres Céline conoció a Suzanne Nebout, con la que estuvo casado un año. A su regreso a Francia, las vueltas de la vida lo llevaron a entrar en contacto con un tal señor Follet, a la sazón director de una institución médica en Rennes, quien usó su influencia para franquearle las puertas de la Universidad de Medicina y por fin Céline pudo cumplir su deseo de ser médico. Curiosamente la primera obra publicada de Céline fue su tesis, La vida y obra de Ignaz Semmelweis. El interés del buen señor Follet en Céline no estaba carente de interés, Céline estaba en relaciones con su hija, con quien acabó casándose y con quien tuvo una hija, Colette Destouches -el verdadero apellido de Céline era Destouches-.

Aunque no se tienen muchos datos de su vida conyugal, el matrimonio fue un desastre y tras cinco años Céline abandonó a su familia, Céline también tenía algo de canalla, probablemente mucho, que en cierto modo recuerda Henry Miller.

En 1932 apareció su primera novela, Viaje al fin de la noche, protagonizada por Ferdinand Bardamu, un trasunto del autor: Origen humilde, médico, soldado de la I Guerra Mundial, oficial de colonias en África, exiliado en América donde trabaja en una cadena de montaje de Ford y regreso a Francia para ejercer de nuevo la medicina. Estos son los hechos, pero la médula no consiste en lo que hace Ferdinand Bardamu, sino en lo que piensa: la despiadada mezcla de nihilismo y cinismo con que contempla la guerra, el colonialismo y el progreso. El ser humano me resulta indiferente.

Ferdinand Bardamu no cree en nada, desprecia la humanidad y los grandes ideales, la patria, el amor, el colonialismo, el progreso y la religión nunca sonaron tan huecos como en su boca. Ferdinand Bardamu es el fracasado cuyas frustraciones explotaron los apóstoles del fascismo, en consecuencia a Céline se le considera un representante de la literatura fascista, pero esto me parece erróneo, porque a diferencia de Madrid de corte a checa de Agustín de Foxá donde la literatura al servicio del fascismo, en la obra de Céline el fascismo está al servicio de la literatura. Y esta diferencia puede ser sutil, pero esencial.

La fascinación que provocó Viaje al fondo de la noche se debió al lenguaje empleado por Céline, quien ha pasado a la historia de la literatura como un pionero. La primera mitad del siglo XX estuvo llena de pioneros literarios, su compatriota Proust, los vanguardistas alemanes, Friedo Lampe o Alfred Döblin, o españoles, Valle-Inclán, pero sobre todo los maestros de la lost generation, especialmente Faulkner y Dos Passos, cambiaron la forma en que se manufacturaban las novelas. Todos estos maestros se ocuparon principalmente de la forma, de renovar las técnicas narrativas y explotaron elementos como el flujo de consciencia, los saltos en el tiempo y la perspectiva, pero Céline innovó con el lenguaje e hizo algo maravilloso, abrió el templo de la literatura a la jerga de los suburbios y arrabales. En el futuro por esa puerta entrarían en las novelas la jerga de los bajos fondos en las novelas negras de Chandler, la del campesinado en las de Delibes o las de la mafia en la trilogía de El Padrino de Mario Puzo.

En cierto sentido, según mi humilde opinión, la consagración de Céline como el padre de eso que se conoce como el realismo sucio, sin el cual no existirían autores como Bukowski, Donald Ray Pollock o Irvine Welsh, es falsa. Antes que él Baroja o Zola ya exploraron las posibilidades de los sórdido en la literatura y, dentro de la tradición literaria española, su uso está bien documentado desde hace muchos siglos, no hay que rebuscar mucho en la obra de un Quevedo para encontrar expresiones como la barata y alegre putería. ¿Por qué entonces Céline? Porque Céline fue un alquimista que transformó en oro exabruptos, groserías y tacos y en comparación con la magia de su lenguaje, que en parte se pierda para el lector no francés, todos los demás no son sino alfareros.

Céline en su estudio con lápiz y papel

Viaje al fin de la noche fue un éxito absoluto, un clásico instantáneo. Hay una curiosa anécdota que lo ilustra a la perfección. En 1932 el prestigioso premio Goncourt fue a parar a manos de un tal Guy Mazeline, autor de un novela titulada Los lobos, de la que el mundo no guarda memoria, y el escándalo porque Viaje al fondo de la noche no fuera premiada fue tan sonado que se escribieron libros al respecto: Goncourt32.

Cuatro años después, en 1936, Céline publicó Muerte a crédito, con el mismo éxito de crítica y la admiración de sus colegas de gremio, especialmente Sartre que lo elevó a la categoría de maestro. Sin embargo, cuanto más subía el prestigio de sus libros, más bajaba el del autor. Por esa época Céline empezó a escribir una serie de panfletos en los que anatematizaba el comunismo y la URRS. Hoy, después del Archipiélago Gulag de A. Solzhenitsyn, puede sonar razonable, incluso elogiable, pero en la época era crimen de lesa intelectualidad criticar a la URRS. Pero Céline no se quedó ahí, a punto con el dedo a los judíos como culpables de todos los males que sufría Francia -a pesar de que la población francesa judía eran inferior al 1%- y alabó la Alemania nazi, y estos son crímenes que de lesa humanidad que jamás podrán se exculpados. Por lo dicho hasta ahora, Céline recuerda hasta ahora a… Bueno, no hay nadie en la historia de la literatura que haya caído tan bajo como él.

Según las anotaciones de su diario, la tarde del 7 de diciembre de 1941 Ernst Jünger, entonces miembro del ejército alemán de ocupación, se encontró en el Instituto Alemán de París con Céline, a quien describió como grande, huesudo, fuerte y un poco torpe, con la mirada torcida de los maniáticos, quien lo sorprendió por sus violentos comentarios antisemitas ¿Por qué los alemanes no fusilaban o ahorcaban a los judíos? Si los bolcheviques estuvieran en París les mostrarían cómo se limpiaba la ciudad, barrio por barrio, casa por casa. Y si yo tuviera una bayoneta sabría lo que hacer con ella. Hay mucho controversia sobre si Céline era en realidad la persona a la que se refería Jünger, puedes consultar el caso Céline-Jünger aquí, pero sin duda no contribuyó a su popularidad.

Este es el tono que domina los panfletos antisemitas de Céline, que a pesar de ser basura fascista, o quizás por ello, el primero de ellos, Bagatelas por una masacre, vendió más de medio millón de ejemplares: O nos libramos de los judíos o nos hundimos por los judíos, por una guerra, por una cruzada burlesca, por un mortal ennegrecimiento, decía Céline en 1938. El problema racial domina, invalida, acaba con todos los demás problemas. Yo no quiero hacer la guerra con Hitler, os lo digo, pero tampoco contra Hitler, con los judíos… Aunque me maldigan, son los judíos y sólo los judíos los que nos llevan a coger las armas…

Esto es extremadamente ilustrativo sobre la naturaleza del fascismo y su necesidad de chivos expiatorios ¿Cómo un texto que sostenía el dudoso argumento de culpar al 1% de la población de todos los males del país pudo disfrutar de semejante éxito? ¿Habría disfrutado del mismo éxito si hubiese culpado a un sector de la población que representaba al 25%? Fascismo, una aleación de falsedad y cobardía.

Después de la derrota del fascismo en la II Guerra Mundial Céline se exilió en Dinamarca. En 1951 regresaría a Francia, donde se enfrentaría a los cargos de colaboracionismo. A ojos de los jueces, el bien que hizo durante la I GM contrarrestó el mal que hizo durante la II GM y se libró de cualquier pena de prisión, pero en el juicio paralelo, en el que se libró en los cafés, universidades y calles de Francia, se le condenó como una persona deleznable.

En realidad Céline no hizo nada para congraciarse con sus compatriotas ni con la humanidad; después del juicio se estableció en Meudon, donde continuó escribiendo, Norte, Rigodón, De un castillo a otro, La banda de Guignol y algunos títulos más, ninguno de los cuales llegaron a la maestría de Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito; recibía esporádicas visitas de amigos y artistas y las más frecuentes de la famosa actriz Arletty -curiosamente también acusada de colaboracionismo-, pero nunca, en ningún texto, entrevista o declaración se retractó de sus comentarios en relación a los judíos; es más, se ratificó en ellos, negó el holocausto y hasta su muerte en julio de 1961 consideró a los judíos explotadores. Aunque hacia el final de su vida su odio vislumbraba un nuevo cabeza de turco: Los amarillos tienen todas las cartas para hacerse dueños del mundo.

Céline en Meudon. Parece que los animales le inspiraban más simpatía que las personas

Desde entonces crítica y público no han dejado de preguntarse ¿puede un miserable como Céline ser un gran artista? La respuesta es obvia. ¿Fueron Pelé, Kasparov, Mozart, Henry Ford, Nicola Tesla, Newton, buenas personas? ¡Quién sabe! Quizás sí, quizás no. En el camino hacia la excelencia, sea en el ámbito que sea, hay que sacrificar mucho, quizás no sea necesario sacrificar los principios morales, pero en ningún lugar está escrito que ayuden a conseguirla.

En cualquier caso, la cuestión parece distinta con Céline. Se supone que la literatura está de alguna forma emparentada con el fomento de la virtud, que detrás de una buena historia debería haber alguna moraleja o lección, que de alguna forma nos hiciera mejores o nos ayudara a enfrentarnos con los dilemas de la vida. En última instancia la literatura consiste sencillamente en crear emociones humanas mediante mecanismos artísticos. Cuanto mejor se domine esa técnica, mejor artista se es y lo que un escritor haga en su vida privada no influye para bien o para mal en la calidad de su obra. No todo el mundo puede ser tan virtuoso como Sócrates y beber la cicuta. Lo dijo Gabriel García Márquez, aunque en un sentido distinto, la labor revolucionaria del escritor es escribir bien. Baudelaire escribió Las flores del mal, quizás las flores del bien no hubieran sido tan hermosas. ¿Quién puede afirmar que una rosa es más hermosa que la hoja de coca? El propio Baudelaire zanjó el tema con esa frase que tanto me gusta y tanto cito, no confundir la tinta con la virtud.

El Quijote es encarnación del idealismo, Madame Bovary del amor, Robert Jordan del heroísmo, Don Juan del seductor, Sherlock Holmes de la sagacidad, Job de la fe, Huckleberry Finn de la infancia… Estos son los grandes tipos de la literatura, encarnan grandes valores humanos y la simpatía que despiertan en nosotros nos hacen creer en ellos y que los abracemos. Pero no son los únicos sentimientos humanos, quizás no sean ni los sentimientos más humanos.

Ferdinand Bardamu, el antihéroe de Viaje al fin de la noche, es cobarde, racista, interesado, nihilista, miserable… Céline no creó ningún gran tipo universal, encarnación de grandes valores humanos; más bien creó un tipo corriente y moliente, de los que nos encontramos todos los días en la barra del bar, en la ventanilla del banco, al volante de un taxi, en el despacho del abogado y en el azogue del espejo. Si hay algo aterrador en Ferdinand Bardamu es que es el discreto tipo medio que hoy cuenta un chiste de judíos y mañana los quema en la cámara de gas, el don nadie que por la mañana te da el cambio en el estanco y por la noche pega a su mujer, al hipócrita que va los domingos a misa y el día de elecciones vota que echen a los inmigrantes; Ferdinand Bardamu es esa inmensa mas de mediocres sin los cuales Hitler, Franco, Videla, Castro o Trump no serían posibles.

La literatura está llena de canallas, Céline fue uno más, quizás el más grande de todos, pero Viaje al fin de la noche es una gran obra de arte que cautivó a lectores en el pasado, como Thomas Mann, un producto salvaje, Bukowski, primero leer a Céline, el mejor escritor de los últimos dos mil años, Samuel Beckett, Le Clézio, Sartre, la beat generation, Günter Grass;cautiva en el presente, como Montero Glez, mi obra preferida, y seguirá cautivando en el futuro, sencillamente porque Céline dominaba las técnicas artísticas y Viaje al fondo de la noche produce emociones reales en el lector, en el de ayer, hoy y mañana.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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