Literatura y fascismo

He leído este texto de Andrew Marzoni sobre la literatura de extrema derecha, que se centra sobre todo en el mundo anglosajón, pero se puede trasladar fácilmente a la realidad brasileña, argentina, española… Sólo hay que cambiar unos pocos nombres. Algunas ideas me han parecido muy singulares y ciertos puntos de vista cuestionables. En cualquier caso lo he considerado interesante y me he tomado la molestia de traducirlo, ligeramente editado.

La indignación que siguió a la muerte de George Floyd, revivió el interés por leer White fragility de Robin DiAngelo y Cómo ser un antiracista de Ibram X Kendi, así como los clásicos de la literatura negra de Toni Morrison y James Baldwin. Al mismo tiempo, el propagandista de extrema derecha Milo Yiannopoulos elaboró una lista de lectura titulada America First, un regalo para jóvenes conservadores con 200 libros, entre los que hay clásicos como la Divina Comedia de Dante -uno de los libros preferidos de Kurt Cobain-, las Confesiones de San Agustín y las tragedias de Shakespeare, libros de culto como El arte de la guerra de Sun Tzu, El ocaso de occidente de O. Spengler, teorías conspiratorias como Los protocolos de los sabios de Zion o El manifiesto Unabomber, y por supuesto los libros de los portavoces contemporáneos del fascismo, como Dinesh D’Souza, David Horowitz y Ann Coulter. Hay ausencias notables como Friedrich Nietzsche, cuya idea del superhombre siempre ha excitado las bajas pasiones del fascismo, pero estos se compensan con la sorprendente aparición de El manifiesto comunista de Karl Marx y F. Engels, porque es bueno conocer a tu enemigo, y Entre el mundo y yo de Ta-Nehisi Coates, porque elabora una historia racial por un de los escritores más celebrados de la izquierda.

Las acusaciones de ignorancia que sufre la derecha no carecen de fundamento: Parece haber una relación entre nivel de educación y pensamiento liberal, además negar la ciencia se ha convertido en una seña de identidad de la extrema derecha imperante en India, Brasil, Estados Unidos y Rusia. Pero eso no impide que Donald Trump y su hijo Donald Trump Jr. estén en la lista de autores más vendidos del New York Times ni que antes de coger el timón del Brexit, Boris Johnson fuera profesor en Oxford.

Mientras algunos conservadores se aferran al derecho a las armas, la religión y a la visión de un líder con quien se ven bebiendo cerveza, otros añoran a la educación de un William F. Buckley, de cuya cultura en esta época sólo tienen un pálido reflejo: una pajarita aquí, una interpretación equivocada de George Orwell allí.

Aunque pudo haber alcanzado su cima a mitad del siglo XX, el fascismo intelectual está vivo, principalmente online. Muchos literatos fascistas escriben en foros, se autopublican en Amazon e intercambia PDFs. Mientras que sus homólogos mainstream mantienen una retórica seria y razonada en publicaciones conservadoras, los nuevos rapsodas del fascismo presumen de falta de credenciales y dureza, llevando el espíritu irónico de T.S. Eliot a tales extremos que los méritos artísticos e intelectuales parecen secundarios comparados con el deseo de propagar el odio.

En 1996 el chileno Roberto Bolaño, que sobrevivió al golpe de estado apoyado por la CIA de Augusto Pinochet de 1973, publicó su segunda novela, La literatura nazi en América, que se presenta a sí misma como una enciclopedia de escritores fascistas. La taxonomía resultante es amplia, pastoralistas, críticos de Jean-Paul Sartre, autores de ciencia ficción, poetas conceptuales, comentaristas deportivos y plumillas de la supremacía blanca, y propone una definición del nazismo que no se limita al pasado histórico.

Roberto Bolaño, gran escritor

Los fascistas de Bolaño son ficticios, pero el canon occidental no carece de ellos. En Alemania, Gottfried Benn fue un temprano simpatizante nazi, aunque les les retiró su apoyo después de La noche de los cuchillos largos. Las afinidades de Carl Schmitt y Martin Heidegger son menos ambivalentes y hoy en día todo el mundo conoce el pasado nazi del Nobel Günter Grass, el profesor de Yale Paul de Man escribió en medios colaboracionistas belgas. El Partido Nacional Fascista era refugio de la vanguardia: El llamado Manifiesto fascista de 1919 fue escrito por el futurista FT Marinetti y entre sus primeros seguidores estaban Luigi Pirandello y Curzio Malaparte. Algo similar pasa en España con entre otros Ramiro de Maeztu o Agustín de Foxá colaboró en la escritura del Cara al sol y su novela de Madrid de corte a checa se convirtió en la novela de la Guerra Civil para los vencedores. Delibes luchó en el bando nacional. Por no hablar de los propios escritos de Franco, su novela Raza y sus Discursos que se pueden considerar su testamento político, como el Mein Kampf lo fue del drogadicto Hitler. En Francia Louis-Ferdinand Céline almorzaba frecuentemente en la embajada nazi. Entre los americanos, son famosos los artículos de Ezra Pound en favor de Hitler en medios italianos e ingleses. Aunque es justicia reconocer que muchos de estos autores, aunque no todos, se retractaron de sus opiniones y que su obra es una homenaje a la libertad.

Pero la escasez de intelectuales en favor de Trump no debería hacer pensar que la tentación del autoritarismo para las grandes mentes fue una aberración histórica. En su libro La mente reaccionaria, el politólogo Corey Robin traza una historia del conservadurismo desde la Ilustración hasta el libro El arte de negociar de Trump, en la que aparecen entre otros Hobbes, Hayek, Burke, Nietzsche, Tocqueville, Ernst Jünger o Francis Fukuyama, entre otros. Para Robin, el conservadurismo es ideología de la reacción, que tiende hacia una crítica y reconfiguración del Antiguo Régimen por un lado y hacia una absorción de ideas y tácticas de la misma revolución a la que se opone por el otro. Esto se puede observar en la retórica anticultural de la derecha trumpiana, en la crítica del Tercer Reich de la decadencia de la República de Weimar y de la moral esclava del cristianismo. Mientras que los movimientos progresistas tienden a encallar en cuestiones de hermenéutica, el pensamiento conservador evoluciona dialécticamente.

¿Han avanzado las letras desde que T. Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz era una barbarie? En Europa y América Latina, el neofascimo encontró su hogar en las obras de filosofía esotérica de escritores como Miguel Serrano, Julius Evola y Savitri Devi, quienes enfatizan los aspectos paganos e indiofilos de la mitología nazi, y provocadores como Michel Houellebecq o Jean Raspail, cuya novela El campo de los sanos es la favorita de Steve Bannon.

En su estudio de la literatura fascista en USA desde 1960 Carol Mason identifica dos corrientes que ocasionalmente se cruzan. Primero, una mainstream que incluye ensayos firmados por Milton Friedman, cadenas como Fox News, ficción popular y una gigantesca industria de literatura religiosa y de autoayuda. Segundo, publicaciones underground y pequeños textos distribuidos a través de listas de correos, organizaciones como la John Birch Society, el Ku Klux Klan y otras redes alternativas que distribuyen contenido demasiado incendiario para las librerías de la calle. Las publicaciones típicas de este tipo son por ejemplo Esclavitud tecnológica de Ted Kaczynski o Los diarios de Turner de William Luther Pierce, que ha inspirado muchos actos de terror, el más famoso de todos las bombas de Oklahoma en 1995.

Aunque hay excepción, en el estudio abundan los escritores blancos, hombres y heterosexuales, y Carol Mason afirma que el conservadurismo siempre ha atraído y confiado en marginados y argumenta que el auge de las publicaciones antiliberales a mitad del siglo XX fue una reacción directa al nacimiento del antihéroe moderno dispuesto a explorar dilemas existenciales. El thriller provida Gideon’s Torch de Charles Colson, anterior consejero de Richard Nixon, representa a esta literatura que en la que se realiza una hábil apropiación de historias reales de oprimidos y un revisionismo que va desde negar el holocausto a comparaciones que vinculan la lucha contra el aborto con la lucha contra la esclavitud.

El victimismo del actual patriarcado europeo y cristiano es fundamental para el pensamiento reaccionario. Robin dice, apelando a la teoría de la piedad del Rousseau, que identificándose como víctimas, los conservadores se han convertido en competidores en el mercado político, donde derechos y su negación son bienes.

Esta pantomima se orienta a una restauración de poder más que a un distribución y está en contradicción el héroe de los conservadores modernos: El übermensch de Nietzsche, la encarnación ideal de la voluntad de poder. Esta tensión entre egoísmo y miedo, orgullo y rechazo, es la seña de identidad de la literatura de derecha. Autores conservadores no convencen tanto como refuerzan prejuicios ya existentes y, si sus obras son entretenidas, la cuestión es ¿para quién?

Para los lectores de las 18 novelas skinhead de Richard Allen, publicadas por la New English Library entre 1970 y 80 y reeditadas en 1990 en seis volúmenes bajo el título de Obras completas. Allen, bebedor de una botella de whisky al día, fue uno de los muchos motes utilizados por el escritor canadiense James Moffat, que murió en Inglaterra en 1993 después de escribir casi 300 libros y que se consideraba a sí mismo un individuo con experiencia en tratar con la mente adolescente. Según Allen, la saga skinhead nació por capricho:

Algunos de mis editores estaban de fiesta en Londres y uno de ellos, un fanático del Chelsea, sugirió un libro sobre un hincha. Se mencionó mi nombre y como tenía reputación de escribir más rápido que los demás me llamaron. Eran las diez y media de la noche y me dijo que necesitaba el libro en una semana. Después de discutir un poco conseguí tres días más para documentarme.

El héroe de Allen, Joe Hawkins, estaba basado en un skinhead que el autor conoció al día siguiente en un pub del este de Londres. Aunque curiosamente, la primera de las novelas de Hawkins, Skinhead, no empieza con el delincuente de 16 años, sino con su padre, Roy, un estibador en desacuerdo con la inminente huelga de su sindicato: Estaba completamente desencantado con el gobierno laborista, pero no se abstendría ni votaría tory. Votaría laborista como había hecho siempre. No importaba lo que dijera entre elecciones -que el largo período de gobierno tory había sido el mejor del que se tenía memoria- mientras que cuando llegara el día pusiera la cruz en el candidato del partido laborista local. En su distrito, Plaistow, las inútiles manos al timón de Inglaterra contaban menos que el valor de un hombre para su patrón. 1926 y la imagen de la gorra tenía que ser preservadas. Se olvidaban los buenos tiempos de gobierno tory. Se olvidaba la escandalosa deuda acumulada por una nación que se tambaleaba por culpa de otra administración laborista. No importaba que Gran Bretaña estuviera gobernada por el Fondo Monetario Internacional.

Skinhead fue un éxito, vendió millones de copias. En el prólogo Allen se distancia de su protagonista, negando todos los cargos de glorificar a Hawkins, a quien identifica como la personificación de la amenaza social, mientras que al mismo tiempo critica la época permisiva que llevó al culto de la adolescencia de los skinheads. Muy a menudo las víctimas blancas de las Dr. Martens de Hawkins -un sargento del ejército, una viuda rechoncha, un policía- sirven para explicar y defender las viscerales prejuicios de los skinheads contra los menos afortunados: Inmigrantes, judíos, mujeres, negros, hippies y gays. Hawkins y su banda simplemente actúan de acuerdo a como piensas sus modelos autoritarios, y si las consecuencias son terribles, Allen tímidamente pregunta de quién es realmente la culpa.

La imagen lo dice todo, y el título

Este doble discurso es un clásico del autoritarismo que señala la compleja historia de los skinheads, que emergieron como un subproducto de la cultura mod del Swinging London de los 60. Mods, skinheads y sus predecesores de los 50, los Teddys, la cultura es el medio en que los distintos grupos sociales desarrollan distintos patrones de vida y dan una forma expresiva a sus experiencias vitales. Para Dick Hebdige, en su estudio Subcultura, las tendencias de la juventud británica abren una ventana a las formas a través de las cuales los grupos gestionan la materia bruta de su vida social.

Los mods son clase obrera con ropa italiana, drogas de diseño y discos de soul y R&B. Esta parodia de conciencia de clase la invirtieron los skinheads, que se sirvieron de la estética tradicional del proletariado blanco que se percibía en riesgo -cabezas afeitadas, botas de trabajo, vaqueros y tirantes- solidificándose alrededor del fanatismo futbolero de sus padres (Hawkins es hincha del West Ham) e irónicamente escucha música de las Indias Occidentales: Ska, rocksteady y reaggae. La Ley de nacionalidad británica de 1948 generó la primera gran oleada de inmigración caribeña al Reino Unido y en los años 60 y 70 la tensión racial era intensa.

El giro de la música jamaicana hacia el rastafari, el pan-africanismo y la negritud en los años 70 irritó a los skinheads originales, algunos de los cuales se dejaron crecer el pelo para adoptar un look estilo La naranja mecánica (como Hawkins hace en Suedehead, secuela de 1971), pero hacia el final de la década, apareció una nueva cohorte de racistas entre los seguidores de bandas como Sham 69 y Skrewdriver, que se manifestó en los disturbios raciales de Southall de 1979 y en el auge del Frente Nacional.

Incluso culpando a la hipocresía de los medios por la demonización de los skinheads, el editor de Allen admitió en 1994 que las palizas a pakistaníes ocurrieron y ocurren, aunque negros, griegos e incluso bandas mixtas también lo hacían. Uno se pregunta que rol jugaron las novelas de Allen en la transición entre la primera y segunda generación de skinheads, desde la discriminación a la xenofobia absoluta. Allen espera 60 páginas para introducir al rival de Hawkins, Hymie Goldschmidt, que se dispone a refutar la idea de que los judíos no pueden ser skinheads, si odian a Israel como árabes y niegan ardientemente que los judíos eran los elegidos. El padre de Goldschmidt, un inmigrante, es una caricatura que rechaza pertenecer a su nación materna, creyendo que un inglés es un imbécil y que un niño judío es superior a la hora de hacer dinero, pero acepta la caridad gubernamental en forma de una casa de protección pagada por los no kosher, y devaluando el valor de la seguridad que disfruta por su pasaporte inglés. Hawkins viola mujeres por diversión, roba y asalta a los hombres que seduce fraudulentamente y, al final de Suedehead, le caen cuatro años en prisión por dar una paliza brutal a un activista africano, gritando: No quiero negratas en Londres.

Las convenciones de la ficción protegen a Allen de las consecuencias de su lenguaje y como todos los demagogos niega orientar las opiniones de sus jóvenes lectores. La autoridad admite que la gente joven llega a edad de pensar mucho antes que en el pasado, escribe en Skinhead Girls. Así que seguid leyendo, mis lectores. Disfrutad la libertad de la autodeterminación. Decidid por vosotros. Nadie os fuerza a comprar mi libro, pero nadie debería decidir por vosotros cuál es o no vuestro lugar… La duplicidad de esta declaración encaja con los discursos de los autócratas de hoy, explotando la sed juvenil de libertad, que es políticamente más potente y susceptible de manipulación cuanto menos ha sido cuestionada, contextualizada o ganada con esfuerzo.

En marzo de 2016, Yiannopoulos y su colega Allum Bokhari publicaron en la website de extrema derecha Breitbart su propia La Literatura nazi en América, una taxonomía de la derecha alternativa que diferencia entre intelectuales, los conservadores naturales, El equipo meme y Los de 1488, refiriéndose la movimiento neonazi cuyo nombre invoca las 14 palabras del eslogan de la supremacía blanca, nosotros debemos asegurar la existencia de nuestra gente y un futuro para niños blancos, y una codificación de Heil Hitler (H es la octava letra del alfabeto). Buscando excusar a la derecha alternativa de su asociación con nazis, Yiannopoulos y Bokhari tildan las bromas sobre el holocausto, el mestizaje y la degeneración homosexual entre simpatizantes como simples diversiones, un inocente divertirse con el lío e indignación que surge cuando se ridiculizan esas verdades seculares.

El controvertido estudio de Angela Nagle sobre las guerras culturales online, Kill all normies, vincula la provocación de ese discurso con una corriente literaria que vincula los escritos del marqués de Sade del siglo XVIII, los movimientos de vanguardia, el rechazo de la conformidad de la América de posguerra y el cine para hombres de los 90, como American Psycho y El club de la lucha.

A grandes rasgos, Nagle habla del punk, Henry Miller, Norman Mailer, el romanticismo, Dostoyevski, Maurice Blanchot y Michel Foucault, Ken Kesey y R.D. Laing, Matrix -fuente de la metáfora de la píldora roja- y Nietzsche. No sin cierto derecho (Nietzsche, particularmente, resulta ser una eterna obsesión para los hombres jóvenes y enfadados), esta genealogía asigna bona fides vanguardistas a la derecha alternativa que su intelligentsia no merece.

Diez meses después de que Trump ganara las elecciones, BuzzFeed publicó un email de Yarvin a Yiannopoulos en el que se decía que El liberal no purga comunistas porque odie el comunismo, los purga porque son una vergüenza pública para él. La misma actitud alienta Bronze Age Mindset, un tedioso manual sobre filosofía clásica autopublicado por un usuario de Twitter, Broze Age Pervert. Después de cien páginas de manipular a Empédocles y Heráclito para refutar el evolucionismo, el progreso, la liberación de la mujer, la actual femenización del hombre, el autor concluye con una llamada a la acción: Sabed cuando la serpiente se está defendiendo, no seas tonto. Tus modelos deben ser aquellos que han trabajado: Trump, Orban, Sebastian Kurz y su partido austríaco. No se ve a esta gente caminando con uniformes de botones.

La reducción de la supremacía blanca a algo periférico o de poca importancia para los grupos reaccionarios es una táctica del revisionismo histórico practicado por los neofascistas. En su libro Harassment Architecture, Mike Ma mezcla el pastiche nietzscheano de Bronze Age Mindset con una narrativa derivada de Houellebecq y escritores alternativos como Tao Lin. Ma utiliza la excusa de que su libro, que combina misoginia, antisemitismo, racismo y homofobia con fantasías terroristas, es pura ficción.

Bronze Age Mindset y Harassment Architecture indican que la actual literatura fascistas repite los motivos y patrones de la vieja, aunque lamentablemente su prosa carece de estilo e ignora las reglas gramaticales básicas. Su objetivo también es el mismo: Azuzar sentimientos de amargura y soledad en una reacción política. Pero cuatro años de Trump en la Casa Blanca nos recuerdan que que los jóvenes fascistas quieran ser escritores no es tan problemático como que quieran ser policías o políticos, aunque quizás sin los primeros no existirían los segundos, quién sabe.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

3 comentarios sobre “Literatura y fascismo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: