Sócrates y Henry D. Thoreau, obediencia y desobediencia civil

Sócrates y Henry David Thoreau son dos de los grandes pensadores de todos los tiempos, especialmente el primero. No se puede comprender la civilización occidental sin Sócrates, maestro de Platón, a su vez maestro de Aristóteles. La obra de Thoreau no disfruta de un lugar tan privilegiado en la historia del pensamiento, sin embargo su romanticismo, centrado en la naturaleza y el hombre, no ha dejado cautivar a lectores a lo largo del mundo. Sin embargo, acaso su gran lección no haya que buscarla en su obra, sino en su vida.

Sócrates y Thoreau vivieron en tiempos y geografías muy distintas, Sócrates en Atenas, en la Grecia Clásica, en el siglo V a. C., y Thoreau en Concord, Massachusetts, en los Estados Unidos, a principios del siglo XIX, en los años posteriores a la Guerra de la Independencia. Sin embargo, a pesar las diferencias de contexto, ambos chocaron con la moral imperante, representada por las instituciones, y en ese conflicto entre individuo y comunidad, para afirmar su posición, ambos respondieron de maneras opuestas, uno obedeciendo y el otro desobedeciendo.

Poco se sabe de la vida de Sócrates, hijo de un cantero, que en la época debían disfrutar de más prestigio que en la actualidad, pues cuesta imaginar a un cantero de hoy en día emparentando con la nobleza, como hizo Sócrates cuando se casó con Xantipa. Más aún cuando se considera que Sócrates disfrutó de la educación tradicional de la época, que consistía en gimnasia y esos otras dos disciplinas de las que recientemente nos ocupamos aquí, literatura y música, donde entró en contacto con los sofistas. Posteriormente sirvió como soldado en la Guerra del Peloponeso contra Esparta. Después de lo cual se dedicó al ejercicio de la filosofía.

Xantipa arrojando agua sobre su Sócrates. Según las crónicas su mujer lo maltrataba. Sin embargo Platón describió su relación como amorosa y buena

Sobre la obra filosófica de Sócrates se sabe menos todavía que sobre su vida. Al analizar el pensamiento de Sócrates nos encontramos con el mismo problema que al analizar el de Jesucristo, sabemos qué dijeron que dijo pero no qué dijo realmente, porque no dejó ningún libro escrito, principalmente porque todavía pertenecía a la tradición oral. Todo lo que sabemos de él es por mediación de sus discípulos, Jenofonte, Aristipo y Platón, el más insigne de todos. Según la Metafísica de Aristóteles sus dos grandes contribuciones a la historia de la filosofía son por un lado el argumento inductivo y por otro la definición general. En cualquier caso su prestigio intelectual en la época debía ser inmenso, porque según la leyenda Querofonte en una ocasión preguntó al oráculo de Delfos si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no. Irónicamente, Sócrates ha pasado a la historia como aquel que dijo sólo sé que no sé nada.

Una frase así invita a pensar que Sócrates fue extremadamente humilde, y así lo describen las crónicas de la época, pero personalmente me inclinó a pensar que sobretodo debió ser un gran sabio, uno de cuyos rasgos más comunes es la humildad, pero no el único. Según mi propia experiencia, el verdadero conocimiento ensancha nuestros horizontes, pero sólo para revelarnos la inmensidad del territorio que se extiende más allá de nuestro campo de visión, del que sólo podemos hacernos una ligera idea y que nuestra limitadas capacidades humanas jamás podrán aprehender. El conocimiento humano es una pequeña linterna que apenas ilumina un pequeño fragmento de una noche inmensa. El necio confunde ese fragmento con el universo, el sabio intuye la oscuridad. Alguien como Sócrates, que sólo sabía que no sabía nada, realmente debió ver más que nadie en esa noche.

La filosofía política de Sócrates es un punto de constante debate entre los estudiosos de su obra, una vez más porque no dejó nada escrito. Hay quien acepta las palabras que Platón pone en su boca en La República, donde asegura que se oponía a la democracia ateniense, pero una vez más esto es lo que dijeron que dijo y no lo que dijo y hay muchos eruditos que aseguran que no se oponía, sino que abogaba por un gobierno de reyes filósofos, una aristocracia de los cultos.

Sin embargo, una vez más, a falta de obra, debemos extraer las lecciones de la vida de Sócrates. Que la palabra política venga de polis revela la importancia que lo público tenía para los griegos, cuya ciudadanía se definía por y consistía en su participación en los asuntos públicos, más que la de ningún pueblo habido y por haber. Curiosamente Sócrates decidió alejarse de la política y rechazar cualquier cargo público. Algo indigno de un griego. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, Sócrates no era ajeno aquel interés por lo público que era la esencia de la vida ateniense, sino que lo interpretaba a su manera y consideraba que su modo de servir a su conciudadanos era mediante la búsqueda de la verdad, la cual en su opinión conducía a la bondad y la virtud. En esa búsqueda consumió su vida.

Sócrates no se metió en política, lo que no evitó que la política se metiera en su vida, como sucede tan a menudo. Sócrates vivió una época difícil, la Guerra del Peloponeso causó una grave crisis económica y social que finalmente desencadenó el derrumbe de la democracia ateniense a manos de los Treinta Tiranos. Probablemente nadie era menos culpable de la crisis ateniense que Sócrates, que había dedicado su vida a fomentar el conocimiento y la virtud. Aunque las fuentes son escasas, probablemente el único crimen de Sócrates fue ser un buen maestro e instilar en sus discípulos, algunos de los cuales se opusieron al gobierno y demandaron cambios sociales, el mismo espíritu crítico, virtud y amor al conocimiento que alentó su vida. En cualquier caso, los gobernantes atenienses empezaron a ver en el filósofo una figura cada vez más molesta, hasta que finalmente lo sentenciaron a muerte bajo la falsa acusación de corromper a la juventud e introducir nuevos dioses.

Sócrates tuvo la oportunidad de salvar su vida, varios de sus amigos habían trazado un plan para sacarlo de prisión, pero Sócrates se negó a huir. Incluso tuvo la oportunidad de evitar la pena de muerte, declarando públicamente que había actuado mal y pagando una multa como castigo, pero se negó porque tenía la conciencia limpia. Sócrates fue condenado a beber el juego de la cicuta. Sócrates asió la copa y la bebió voluntariamente, no porque considerase que su condena fuese justa, hasta el último momento de vida afirmó su inocencia, sino porque aceptaba la autoridad del gobierno. Sócrates fue el ciudadano ideal, que sabe que el individuo es una parte de la comunidad y que su bienestar está sometido al de la mayoría. Su muerte fue su última y más grande lección.

No sé sabe si Thoreau conoció el pensamiento de Sócrates; cuesta imaginar que la filosofía clásica estuviera en los planes de estudio de Massachusetts en el siglo XIX, más cuando probablemente no esté en la actualidad. En cualquier caso cabe pensar que lo hizo durante sus años de estudio de humanidades en Harvard, cuando todavía distaba mucho de ser la renombrada institución académica que es hoy en día, en parte gracias a que por sus pupitres pasaron estudiante como él. Si conoció la vida de Sócrates, acaso por la lectura de la Apología de Sócrates de Platón, donde se narra su condena, juicio y muerte, Thoreau más que asentir, debió mover la cabeza en señal de disconformidad.

Thoreau no pertenecía a la estirpe de los revolucionarios, pero albergaba en su seno un profundo sentido de la justicia que lo llevaba a rebelarse contra aquello que consideraba injusto. En 1837, después de terminar sus estudios en Harvard, Thoreau rechazó pagar los cinco dólares de expedición del diploma, porque consideraba comerciar con el conocimiento -¿qué habría pensado el buen Thoreau de esa enfermada de nuestros días llamada titulitis y de quienes las sufren, dispuestos a rascarse el bolsillo por cualquier título, aunque sea uno que certifique su ignorancia?-. Poco después, abandonó su puesto de profesor en Concord porque no estaba de acuerdo con castigar físicamente a los alumnos y este es un detalle esencial, el que lo diferencia de los revolucionarios: La respuesta a la injusticia no es la violencia. No en vano, Thoreau es uno de los padres del pacifismo. Thoreau dejó constancia de cuál debía ser la actitud de un hombre ante la injusticia en Desobediencia Civil, un libro que durante mucho tiempo estuvo permanentemente en mi mesita de noche. Yo sólo he encontrado en él justificación para obviar aquellas leyes que no están de acuerdo con mi credo, lo cual no es gran cosa, pero otros hombres mejores que yo encontraron en sus páginas la inspiración para cambiar el mundo, como Gandhi o Martin Luther King.

Henry David Thoreau

Thoreau no fue un revolucionario, sino un reformador. Fundó otra escuela, donde fomentó otro tipo de enseñanza. La naturaleza se enseñaba caminando por los bosques, economía visitando los comercios del pueblo y civismo en la plaza pública, hablando con la gente. Esto, en cierto modo, recuerda a la Academia Ateniense, después de todo quizás sí conoció el pensamiento socrático. Por esa época Thoreau entró en contacto con los intelectuales americanos de la época, especialmente R.W. Emerson y Nathaniel Hawthorne, este último muy apreciado por Phillip Roth. También empezó a colaborar con el diario The Dial.

Thoreau es lo más raro que se puede encontrar sobre la capa de la Tierra: Es un individuo

Henry Miller

Sin embargo, inspirado por el trascendentalismo de Emerson y siguiendo sus propios impulsos, Thoreau decidió alejarse de la sociedad e ir a vivir a una cabaña en los bosques, cerca del lago Walden, donde escribió el libro homónimo. Walden son las reflexiones de un hombre en completa soledad, un canto de amor a la naturaleza, reflexiones sobre agricultura, economía, vestimenta, progreso; una defensa del individualismo a ultranza, una apología de la sencillez, –¡simplicity, simplicity, simplicity!-, una invitación a la busca del yo interior y desprenderse de todo lo banal, un manual de filosofía práctica y autosuficiencia, entre cuyos admiradores se encuentran R. Frost, J. Updike o H. Miller.

Mientras Thoreau llevaba a cabo su personal experimento, en una de sus esporádicas visitas a Concord, para proveerse de algún material, se encontró con un recaudador de impuestos, un tal Sam Staples, que le reclamó seis años de impuestos atrasados. Se negó a pagar. Thoreau es quizás el ejemplo más elevado del espíritu de aquellos puritanos que huyeron de Europa al nuevo mundo, para fundar una sociedad mejor, en la que se amputasen los poderes del estado para que jamás pudiese volver a decir a un hombre qué debía hacer o pensar. Inspirador del anarquismo, para Thoreau los impuestos probablemente no eran sino un vestigio feudal, una imposición legal, una intromisión en la vida personal, o por decirlo más claramente un llanamente: Un robo. Sin embargo, probablemente tampoco se hubiese negado a pagarlos si su objetivo fuera fundar escuelas o hospitales, pero parte de aquel dinero iba destinado a financiar la guerra contra México que por entonces sostenían los Estados Unidos, más aún no estaba dispuesto a que su dinero fuera a parar a las manos de un estado que defendía la esclavitud.

Estatua y réplica de la cabaña de Thoreau, cerca del lago Walden

Fiel a sus principios, según los cuales un hombre no debe tener más guía que su conciencia, a diferencia de tantos falsos maestros de hoy en día que predican agua en público y beben vino en privado, por decirlo a la manera de Heinrich Heine, en uno de los mejores ejemplos de civismo de la historia, Thoreau desafió la autoridad de las instituciones para imponerle impuestos que iban contra sus principios, con lo cual estableció al individuo como una entidad separada de la comunidad, la cual no tiene autoridad sobre él. Thoreau dio con sus huesos en prisión. La cantidad era una minucia, fácilmente podría haberla pagado y evitado la cárcel, pero haciendo honor a aquella cita suya, bajo un gobierno que encarcela injustamente, el lugar de un hombre honrado es la cárcel, prefirió estar en prisión que pagarla. De hecho, era tan pequeña que alguien la pagó por él, presumiblemente un familiar, con el supuesto enfado de Thoreau que con su encierro pretendía llamar la atención sobre los males del país.

A pesar de los siglos y los kilómetros que separan sus vidas, Sócrates y Thoreau se vieron enfrentados a la autoridad vigente por sus creencias. Ambos respondieron a la injusticia de forma opuesta, uno obedeciendo y el otro desobedeciendo, pero ambos consiguieron afirmar sus principios y legar a la posteridad dos altos ejemplos de civismo. Sócrates y Thoreau fueron ejemplos opuestos y extremos de lo que debe es un buen ciudadano. Nosotros, sus herederos, debemos honrar su memoria. Nuestro reto es saber cuándo la ciudadanía se alcanza obedeciendo y cuándo desobedeciendo o, dicho de otro modo, siendo Sócrates o Thoreau.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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