Cervantes Vs. Shakespeare

Quién es el mejor escritor o cuál es el mejor libro de todos los tiempos son preguntas sin respuesta, quizás por eso sean tan atractivas. Sin embargo, dos nombres y dos títulos sobresalen sobre todos los demás: Cervantes y Shakespeare, El Quijote y Hamlet. Rebuscando, documentándome, entreteniéndome, he encontrado este interesante texto al respecto de Harold Bloom, autor de El canon Occidental y uno de los críticos literarios más prestigiosos del siglo XX, que con sumo placer he traducido, no con la esperanza de que zanje la cuestión en liza, sino con la más humilde de proveer de unos minutos de agradable lectura y de argumentos a quien pretenda mezclarse en esta rivalidad literaria.

¿Cuál es el verdadero objetivo de la empresa de don Quijote? Para mí es una pregunta sin respuesta. ¿Cuál son los auténticos motivos de Hamlet? No se nos permite saberlo. Considerando que la magnífica empresa del caballero cervantino tiene horizonte y reverberaciones cosmológicas, ningún objeto parece fuera de su alcance. La frustración de Hamlet consiste en que sólo tiene derecho a Elsinore y a una venganza trágica. Shakespeare compuso un poema infinito, en el que sólo el protagonista está más allá de todo límite.

Cervantes y Shakespeare, que murieron casi simultáneamente, son los autores centrales de occidente, por lo menos desde Dante, y ningún otro escritor se ha acercado a ellos desde entonces, no Tolstoi o Goethe, Dickens, Proust, Joyce. El contexto no puede contener a Cervantes y Shakespeare; El siglo de oro español y la era isabelina-jacobina son secundarias cuando intentamos obtener una valoración completa de lo que nos dieron.

WH Auden consideró a Don Quijote el retrato de un santo cristiano, en oposición a Hamlet, quien carece de fe en Dios y en sí mismo. Aunque Auden suena perversamente irónico, hablaba muy en serio y, creo yo, equivocadamente.

Herman Melville fusionó a Don Quijote y Hamlet en el capitán Ahab (sazonado con un toque del Satán de Milton). Ahab desea venganza de la ballena blanca, mientras que Satán destruiría a Dios, si pudiera hacerlo. Hamlet es el embajador de la muerte para nosotros, según G. Wilson Knight. Don Quijote dice que su empresa es destruir la injusticia.

La injusticia última es la muerte, el último vasallaje. Liberar cautivos es la forma pragmática del caballero de luchar contra la muerte.

Aunque ha habido muy buenas traducción al inglés de El Quijote, yo recomiendo la nueva versión de Edith Grossman por la extraordinaria calidad de su prosa. La atmósfera espiritual de una España ya sumergida en la decadencia se puede sentir a través de ella, gracias a la gran calidad de su dicción.

Grossman puede ser llamada la Glenn Gould de la traducción, porque también ella articula cada nota. Leer el maravilloso modo que tiene de encontrar equivalentes ingleses para la oscura visión de Cervantes es una puerta de entrada para comprender por qué este gran libro contiene dentro todas las novelas que han seguido su sublime estela. Como Shakespere, Cervantes es inevitable para todos los escritores que han venido detrás suyo. Dickens y Flaubert, Joyce y Proust reflejan los procedimientos narrativos de Cervantes, y sus glorias de caracterización mezclan ramalazos de Shakespeare y Cervantes.

Cervantes vive en su obra magna con tanta fuerza que podemos decir que tiene únicamente tres personajes: El caballero, Sancho y el mismo Cervantes.

Aún así ¡qué astuta y sutil es la presencia de Cervantes! Cuando es más hilarante, Don Quijote es inmensamente sombrío. Una vez más Shakespeare es su luminoso análogo. Hamlet en sus momentos de máxima melancolía no cesará de hacer juegos de palabras y su humor negro y el ilimitado ingenio de Falstaff está atormentado por la intimidad con el rechazo. Igual que Shakespeare no pertenece a ningún género, El Quijote es tanto la mejor tragedia tanto como el mejor libro de humor. Aunque será siempre considerado como el nacimiento de la novela a partir de los romances en prosa, y sigue siendo la mejor de todas las novelas, mi impresión es que su tristeza aumenta cada vez que la releo, y la convierte en la Biblia Española, como Miguel de Unamuno denominó a la más grande de todas las historias.

El Quijote puede no ser las escrituras, pero nos atrapa tanto que, como pasa con Shakespeare, no podemos escapar de él para adquirir perspectiva. Estamos dentro de un libro inmenso, confrontados con las dificultadas y placeres de las grandes lecturas, afortunados de poder escuchar las superlativas conversaciones entre el caballero y su escudero, Sancho Panza. Algunas veces nos fundimos con Cervantes, pero la mayor parte del tiempo somos caminantes invisibles que acompañan a la sublime pareja en sus aventuras y debacles.

La primera representación de El rey Lear tuvo lugar cuando se publicó la primera parte de El Quijote. En contra de Auden, Cervantes, como Shakespeare, nos otorga una trascendencia secular. Don Quijote se considera a sí mismo un caballero de Dios, pero continuamente sigue su voluntad caprichosa, que es maravillosamente idiosincrática. El rey Lear apela a los cielos en busca de ayuda, pero en base a que ellos y él son viejos.

Golpeado por realidades que son incluso más violentas que él, Don Quijote se resiste a rendirse a la autoridad de la Iglesia y el Estado. Cuando cesa de afirmar su autonomía, no queda nada excepto ser otra vez Alonso Quijano el Bueno y no queda nada por hacer excepto morir.

Vuelvo a mi pregunta inicial: El objeto del triste caballero. Don Quijote está en guerra con el principio de realidad de Sigmund Freud, que acepta la necesidad de morir.

Pero no es un idiota ni un loco, y su visión siempre es como mínimo doble: Ve lo que nosotros vemos, pero también ve algo más, una gloria posible de la que desea apropiarse o por lo menos compartir. Unamuno denomina esta trascendencia su gloria literaria, la inmortalidad de Cervantes o Shakespeare. Mientras leemos El Quijote tenemos que tener en cuenta que no podemos tratar con condescendencia al caballero y Sancho, porque ellos juntos saben más que nosotros, del mismo modo que nunca podemos estar a la altura de la alucinante velocidad de las cogniciones de Hamlet. ¿Sabemos exactamente quiénes somos? Con cuanta más urgencia buscamos nuestro yo auténtico, más tienden a huir. El caballero y Sancho, cuando se acaba la gran obra, saben exactamente quiénes son, no tanto por sus aventuras como por sus maravillosas conversaciones, ya sean sus peleas o intercambios de opiniones.

La poesía, particularmente la de Shakespeare, nos enseña cómo hablar con nosotros mismos, pero no con otros. Las grandes figuras de Shakespeare son maravillosos solipsistas: Shylock, Falstaff, Hamlet, Iago, Lear, Cleopatra, con Rosalinda como brillante excepción. Don Quijote y Sancho realmente se escuchan el uno al otro y cambian por esta receptividad. Ninguno de ellos se escucha sólo a él, que es la técnica shakespeariana. Cervantes o Shakespeare: Son profesores rivales de cómo y por qué cambiamos. La amistad en Shakespeare es irónica en el mejor de los casos, traicionera en la mayoría de ellos. La amistad entre Sancho Panza y su caballero sobrepasa cualquier otra en representación literaria.

Ya no disponemos de Cardenio, la obra que Shakespeare escribió con John Fletcher, después de leer la traducción de El Quijote por Thomas Shelton. Por lo tanto, no podemos saber qué pensó de Cervantes, pero podemos asumir su placer. Cervantes, un dramaturgo fracasado, probablemente nunca oyó hablar de Shakespeare, pero dudo que hubiese estimado a Falstaff o Hamlet, quienes eligieron la libertad individual ante cualquier tipo de obligación.

Sancho, como señaló Kafka, es un hombre libre, pero Don Quijote está atado metafísica y psicológicamente por su dedicación a la caballería andante. Podemos celebrar el infinito valor del caballero, pero no su liberación de la poética de la caballería.

Pero ¿cree Don Quijote completamente en la realidad de sus propias visiones? Evidentemente no, particularmente cuando él (y Sancho) son derrotados por las bromas sadomasoquistas y prácticas -de hecho, crueldades malvadas y humillantes- que Cervantes inflinge al caballero y al escudero en la segunda parte. Nabokov es muy claro sobre esto en sus Lecturas de El Quijote, publicadas póstumamente en 1983: Ambas partes de El Quijote forman una verdadera enciclopedia de la crueldad. Desde ese punto de vista es uno de los libros más amargos y bárbaros jamás escritos. Y su crueldad es artística.

Para encontrar un equivalente de este aspecto de El Quijote en Shakespeare, habría que fundir Tito Andronico y Las alegres comadres de Windsor en una sola obra, una perspectiva triste porque son, para mí, las peores de Shakespeare. La terrible humillación de Falstaff por las alegres comadres es inaceptable (incluso si es la base del sublime Falstaff de Verdi).

¿Por qué somete Cervantes a Don Quijote a los abusos físicos de la primera parte y los psíquicos de la segunda? La respuesta de Nabokov es estética: La crueldad es vitalizada por el característico arte de Cervantes. Eso me parece a mí una especie de evasión. Duodécima noche es una comedia insuperable y en el escenario nos morimos de risa con las terribles humillaciones de Malvolio.

Cuando releemos la obra nos sentimos incómodos, porque las fantasías eróticas de Malvolio resuenan virtualmente en todos nosotros. ¿Por qué no somos por lo menos un poco sospechosos con los tormentos, físicos y sociales, que sufren Don Quijote y Sancho Panza? La respuesta es el mismo Cervantes, como una presencia constante aunque disfrazada en el texto. Fue el más golpeado de todos los escritores, en un grado sólo comparable al de Friedo Lampe. En la gran batalla naval de Lepanto fue herido y perdió para siempre la mano izquierda. En 1575, fue capturado por piratas moros y pasó cinco años prisionero en Argelia. Liberado en 1580 sirvió a España como espía en Portugal y Oran y luego regresó a Madrid, donde intentó hacer carrera como dramaturgo, fracasando invariablemente con sus al menos 20 obras. Algo desesperado se hizo recolector de impuestos, para ser enjuiciado y encarcelado por supuesta malversación en 1597. Pasó otra época en prisión y por fin El Quijote apareció en 1605; existe una leyenda que dice que empezó a escribir El Quijote en prisión, como Hitler el Mein Kampf. La primera parte, escrita a una velocidad increíble, se publicó en 1605, la segunda en 1615.

Despojado de todos los derechos de autor de la primera parte por el editor, en los últimos años de su vida Cervantes habría muerto en la pobreza si no fuera por el tardío mecenazgo de un noble de luces. Aunque Shakespeare murió a los 52 años, fue un dramaturgo de inmenso éxito y disfrutó de mucha prosperidad por tener una parte en la compañía de teatro que actuaba en el Globe Theatre. Circunspecto y muy consciente del asesinato inspirado por el gobierno de Christopher Marlowe y la tortura de Thomas Kyd y la quema de Ben Johnson, Shakespeare vivió casi en el anonimato, a pesar de ser el rey del teatro de Londres. Violencia, esclavitud y prisión son las marcas de la vida de Cervantes. Shakespeare, sospechoso hasta el final, vivió una existencia casi sin incidentes memorables, por lo que sabemos.

Los tormentos físicos y mentales sufridos por Don Quijote y Sancho Panza recuerdan a la eterna lucha de Cervantes por mantenerse con vida y libre. Pero las observaciones de Nabokov son correctas: A lo largo de El Quijote la violencia es extrema. El milagro estético consiste en que esa brutalidad se atenúa cuando nos alejamos del gran libro y consideramos su forma y su infinito rango de significados. Ninguna crítica de la obra maestra de Cervantes concuerda, o incluso se parece, con las impresiones de cualquier otra. El Quijote es un espejo puesto no frente a la naturaleza, sino el lector. ¿Cómo puede se un paradigma universal este caballero andante golpeado y ridiculizado?

Don Quijote y Sancho son víctimas, pero ambos son extraordinariamente resilientes, hasta la derrota final del caballero y su muerte como Quijano el Bueno, a quien Sancho implora en vano que salga a la carretera otra vez. La fascinación de la resistencia de Don Quijote y de la leal sabiduría de Sancho siempre permanece.

Cervantes juega con la necesidad humana de soportar el sufrimiento, que es una de las razones por las que el caballero nos asombra. En cualquier caso tan buen católico como era (o no), a Cervantes le interesa el heroísmo y no la santidad.

El heroísmo de Don Quijote no es constante en absoluto: Es perfectamente capaz de desfallecer, dejando que un pueblo entero apalice a Sancho. Cervantes, un héroe de Lepanto, quiere que Don Quijote sea un nuevo tipo de héroe, ni irónico ni estúpido, sino uno que quiere ser él mismo, como dijo acertadamente José Ortega y Gasset.

Don quijote y Sancho Panza exaltan la voluntad, aunque el caballero la trasciende, y Sancho, el primer postpragmático, la quiere mantener dentro de unos límites. Es el elemento trascendental de Don Quijote el que finalmente nos convence de su grandeza, en parte porque contrasta con el contexto deliberadamente rudo y frecuentemente sórdido del libro. Y una vez más es importante notar que su trascendencia es secular y literaria, y no católica. La empresa quijotesca es erótica, pero el eros es literario.

Enloquecido por la lectura (como muchos de nosotros estamos), el caballero sale en busca de un nuevo yo, uno que puede superar la locura erótica de Orlando en la obra de Ariosto Orlando Furioso o el mito de Amadís de Gaula. A diferencia de Orlando y Amadís, la locura de Don Quijote es deliberada, auto-inflingida, una estrategia poética tradicional. Aún así, hay una clara sublimación del instinto sexual en el desesperado valor del caballero. La lucidez continua entrando, recordándole que Dulcinea es su ficción suprema, trascendiendo un deseo honesto por la campesina Aldonza Lorenzo. Una ficción, asumida a pesar de saber que es una ficción, sólo puede ser validada a fuerza de voluntad.

No puedo pensar en ninguna otra obra en la que la relación entre las palabras y los hechos sea más ambigua que en El Quijote, excepto (una vez más) en Hamlet. La fórmula de Cervantes es también la de Shakespeare, aunque en Cervantes sentimos la carga de la experiencia, mientras que en Shakespeare no, porque todas sus experiencias fueron teatrales. Cervantes es tan sútil que tiene tantos niveles de lectura como Dante. Quizás el quijotismo pueda ser definido con exactitud como el modo literario de una realidad absoluta, no como un sueño imposible, sino más bien como un persuasivo despertar a la mortalidad.

La verdad estética de El Quijote es que, una vez más como Dante y Shakespeare, nos hace enfrentarnos directamente con la grandeza. Si tenemos dificultad en comprender completamente la empresa de Don Quijote, sus motivos y sus deseos últimos, es porque estamos frente a un espejo que nos perpleja incluso cuando nos rendimos al placer. Fielding y Sterne, Goethe y Thomas Mann, Flaubert y Stendhal, Melville y Mark Twain, Dostoyevsky y Faulkner se encuentran entre los admiradores y pupilos de Cervantes. Don Quijote es el único libro que el Dr. Johnson deseaba que fuera más largo de lo que ya era.

Pero Cervantes, aunque un placer universal, en ciertos aspectos es incluso más difícil que Dante y Shakespeare en sus cimas. ¿Vamos a creer todo lo que Don Quijote nos dice? Él (o Cervantes) es el inventor de un estilo ahora común, en el que dentro de una novela las figuras leen sobre ficciones anteriores relacionadas con sus propias aventuras y sufren una pérdida de contacto con la realidad. Este es uno de los hermosos enigmas de Don Quijote: Es simultáneamente una obra cuyo verdadero tema es la literatura y la crónica de una actualidad dura y sórdida, el declive de España. El caballero es la sutil crítica de Cervantes de un reino que sólo le ha dado palos en pago por su propio heroísmo en Lepanto. No se puede decir que Don Quijote tiene una doble conciencia; es más bien la conciencia múltiple de Cervantes, un escritor que sabe el precio. No creo que se pueda decir que el caballero diga mentira, excepto en el sentido de Nietzsche de mentir contra el tiempo y la tristeza del fue temporal. Preguntar en qué cree el propio Don Quijote es entrar en el visionario corazón de la historia.

Esta curiosa mezcla de lo sublime con lo patético no vuelve aparecer de nuevo hasta que Kafka, otro discípulo de Cervantes, fabrique historias como El cazador Gracchus y Un doctor de provincias. Para Kafka, Don Quijote era el ángel o demonio de Sancho Panza, proyectado por el astuto Sancho en un libro de aventuras hasta la muerte. En la maravillosa interpretación de Sancho, el verdadero objetivo de la empresa del caballero es el mismo Sancho Panza, que como auditor se niega a creer la historia de Don Quijote en la cueva. Así que regreso a mi pregunta: ¿Se cree el caballero su propia historia? No tiene ninguna importancia contestar sí o no, así que la pregunta deber estar mal. Nosotros no podemos saber en qué cree Don Quijote o Hamlet, porque no comparten nuestras limitaciones.

Thomas Mann amaba El Quijote por sus ironías, pero Mann podría haber dicho en cualquier momento: Ironía de ironías, todo es ironía. Nosotros contemplamos en la gran obra de Cervantes lo que somos. Johnson, que no podía tolerar las ironías de Jonathan Swift, aceptaba gratamente las de Cervantes; las sátira de Swift corroe, mientras que la de Cervantes nos permite algo de esperanza.

Johnson sentía que necesitábamos algo de ilusión, para no volvernos locos. ¿Forma eso parte del plan de Cervantes? Mark van Doren, en un muy buen ensayo, La profesión de Don Quijote, está obsesionado por las analogías entre el caballero y Hamlet, que a mí me parecen inevitables. Aquí tenemos a los dos caracteres, que más que cualquier otros parecen siempre saber qué hacen, aunque nos anonadan cuando intentamos participar de su conocimiento. Es un conocimiento distinto del de Falstaff y Sancho Panza, quienes disfrutan tanto siendo ellos mismos que ruegan al conocimiento que pase de largo y los deje en paz. Yo preferiría ser Falstaff o Sancho que una versión de Hamlet o Don Quijote, porque estoy haciéndome mayor y la enfermedad me enseña que ser importa más que saber. El caballero y Hamlet son más intrépidos de lo que se puede creer; Falstaff y Sancho son conscientes de la importancia de la discreción en asuntos de valor.

Nosotros no podemos saber el objetivo de la empresa de Don Quijote, a menos que nosotros mismos seamos Quijotes (atención a la Q mayúscula). ¿Miró Cervantes a su difícil vida, pensó en ella como quijotesca? Un rostro triste nos mira en su retrato, un rostro completamente distinto de la sutil blandura de Shakespeare. Ambos están a la altura en genialidad, porque incluso más que Chaucer antes que ellos, y la miríada de novelistas que han mezclado sus influencias desde entonces, ellos nos dan personalidades más vivas que nosotros. Cervantes, sospecho, no habría querido que lo compararmos con Shakespeare o ningún otro. Don Quijote dice que todas las comparaciones son odiosas. Quizás lo sean, pero esta puede ser una excepción.

Necesitamos, con Cervantes y Shakespeare, toda la ayuda que podamos conseguir en relación a quién es mejor, pero no necesitamos ninguna ayuda para disfrutarlos. Cada uno es tan difícil y al mismo tiempo tan accesible como el oro. Para enfrentarlos completamente, ¿a dónde podemos mirar excepto a su mutuo poder de iluminación?

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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