La muerte de Tolstoi en Astapovo

Es hora de ocuparse de las anécdotas literarias, de las cuales pretendo hacer una serie como con las rivalidades literarias. Pero antes de proceder conviene explicar qué es una anécdota literaria. En sí el término es tan vago que podría ser cualquier cosa, una rareza, curiosidad o suceso emparentado consanguínea o políticamente con la tinta, como por ejemplo que Friedo Lampe nació en Bremen, según lo cual habría miles, pero mi intención es dirigir la mirada a aquellas pocas, poquísimas, que por su naturaleza singular podrían considerarse un homenaje que se rinde a un autor o su obra, pero uno que tiene lugar fuera de los cauces habituales, ocurre espontáneamente y se manifiesta de forma poética, como la heroica hazaña de Hemingway en la II GM, que dio lugar a que el Petit Bar pasase a llamarse Hemingway Bar.

Pero para explicar qué es exactamente una anécdota literaria nada mejor que echar un vistazo a la muerte en Astapovo de Leon Tolstoi, quien ha pasado a la historia por ser el autor de Guerra y Paz, o Anna Karenina, cuya sola mención sería suficiente para terminar una discusión sobre quién es el mejor novelista de la historia, como quien arroja una escalera de color en una partida de póker.

Tolstoi nació en 1828 cuando Rusia todavía era una sociedad feudal -quizás siga siéndolo hoy, ¿quién sabe?- y por su condición de aristócrata pertenecía a la minoría de rusos que tenía todo desde la cuna, en oposición a la mayoría que no tenía nada. Sin embargo, Tolstoi sufrió una progresiva transformación a lo largo de su vida que le hizo renunciar a todo, para convertirse en uno que no tenía nada.

Si uno lee sus diarios de juventud, cuando era oficial de artillería en el Cáucaso, uno quizás tenga la misma impresión que tuvo su mujer al leerlos, que Tolstoi se dedicaba a correr detrás de todas las faldas. Conviene aclarar que Tolstoi acabó en el Cáucaso en parte debido a las deudas de juego que contrajo en Moscú, pero eso es otra historia. Lo importante es que el joven Tolstoi estaba poseído por las alegría de vivir y la búsqueda de los placeres comunes de la juventud, el juego, la botella, las faldas… Sin embargo, cuando medio siglo después, con 82 años, se propuso volver a esas alejadas regiones entre el mar Negro y el Caspio, había sufrido una profunda transformación personal y no me refiero a la lenta y natural transformación que lleva a las personas de la alegría de la juventud a la gravedad de senectud, sino a una mucho más profunda, que lo llevó a enfrentarse a los zares y a la iglesia ortodoxa, que acabaría excomulgándolo, a pesar de ser un hombre profundamente religioso, y a despojarse de todo, absolutamente todo.

Tolstoi de joven, cuando lo perdían las faldas y el juego

A lo largo de su vida, Tolstoi siempre se mantuvo al día de todas las corrientes intelectuales que desembocarían en las profundas transformaciones sociales que sufrió Rusia a principios del siglo XX y para estar seguro de que no se le escapaba nada leía cada libro dos veces seguidas, pero el origen de su profunda transformación personal no hay que buscarlo en ningún ensayo ni en ningún libro, sino en su estrecho contacto con el pueblo ruso, que nadie conoció como él: Su sociedad, desde los palacios de los zares a las humildes cabañas de los campesinos; su paisaje, desde los mares a las estepas; su cultura, desde las viejas leyendas populares, a la exquisita poesía de Pushkin; su alma, desde desde su profunda espiritualidad a sus sufrimientos milenarios e irredentos.

Tolstoi no renunció a participar en el debate político de su época, escribió numeroso artículos en Svobódnoye Solvo (Libertad de expresión) o Obnovlenie (Renovación) y su postura en favor de la renovación de las estructuras políticas y sociales lo enfrentó directamente con el poder. Pero Tolstoi no se quedó en las palabras y perteneció a esa escasa y rara de hombres que predican con el ejemplo, los únicos en mi humilde opinión que merecen el calificativo de maestros y modelos, y en su dacha de Yásnaya Poliana, en la provincia de Tula, se propuso erradicar todos los males que afectaban a la sociedad rusa. En Yásnaya Poliana no se explotaba a los campesinos, sino que se les daba un trato humano y una remuneración justa por su trabajo. Más aún, se los instruía y poca gente puede presumir de haber tenido un profesor mejor, pues el propio Tolstoi se encargaba personalmente de enseñarlos a leer y a escribir y familiarizarlos con nociones básicas de historia, ciencias y filosofía.

La dacha de Yásnaya Poliana no sólo se convirtió en símbolo de que una nueva Rusia era posible, se convirtió en símbolo de que un nuevo mundo era posible, donde la espiritualidad no se reservaba para un día a la semana, ni se celebraba entre gruesos muros de piedra, de acuerdo con fórmulas arcaicas, sino que se vivía al aire libre, cada hora y cada segundo y estaba tan íntimamente vinculada a la vida como el mero acto de respirar y la humanidad no era letra muerta consignada en los códigos de derecho y los manuales de filosofía política, sino una realidad que se materializaba en cada contacto humano.

Seducidos por la palabra del genio, la dacha de Yásnaya Poliana siempre fue lugar de peregrinación para literatos, como hicieron en el pasado Rainer Maria Rilke o Stefan Zweig -quien escribió un libro al respecto, Viaje a Rusia-, como hizo en el presente Mario Vargas Llosa y como harán en el futuro los letraheridos del porvenir; pero también de periodistas, políticos y curiosos que querían ver con sus propios ojos qué se cocía allí y, cuando entre el pueblo ruso empezó correrse la voz de que no era sino Tolstoi, el más grande de sus escritores, el más elevado de sus genios, quien intentaba redimir al campesinado de su sufrimiento milenario, su figura alcanzó una dimensión bíblica.

Tolstoi con el macuto a la espalda

Tolstoi realizó el único y verdadero acto revolucionario que existe, el de cambiarse a uno mismo, y su último paso en el camino de la santidad fue desprenderse de todas sus posesiones, que legó al pueblo ruso, incluidos los derechos de todas sus obras, por los cuales los editores ofrecían la desorbitada cifra de un millón de rublos de la época. Pero que nadie piense que había sido seducido por las doctrinas revolucionarias que empezaban a ganar adeptos entre los rusos, prometiendo acabar con su sufrimiento y que no harían sino incrementarlo. Tolstoi no se hizo comunista, se hizo asceta y sus seguidores fundaron un culto alrededor de su persona y se denominaron a sí mismos los tolstóvtsi y uno no puede evitar pensar que de haber nacido muchos siglos atrás, cuando se hizo el mundo, su nombre hoy no se contaría entre el de los literatos universales, sino entre el de los profetas, como Mahoma, Jesucristo o Buda, y que Yásnaya Poliana no sería lugar de peregrinación literaria, sino religiosa, como la Meca o Jerusalén.

Así luce hoy la casa de Tolstoi

Nadie sufrió más que su mujer, Sofía Andréyevna, su camino hacia el ascetismo. La pareja se casó el 23 de septiembre de 1862, cuando ella contaba 18 años y el escritor 34, una buena edad para sentar la cabeza, dicho sea de paso. Detrás de todo hombre hay siempre una gran mujer y sin Sofía a su lado Tolstoi jamás hubiera podido completar su magna obra literaria, al respecto baste decir que ella corrigió y pasó a limpio seis veces Guerra y paz, una de las mejores novelas bélicas de todos los tiempos, que cuenta con 2000 páginas y ofrece todas las dificultades y recompensas de los tochos. A pesar de la diferencia de edad, el suyo fue un gran amor, pero también uno muy sufrido, probablemente no haya de otro tipo, el cultivo del amor exige paciencia y tolerancia como el del geranio sol y agua, sin los cuales no florece y todo se queda en una pasión de verano, como la que vivieron Nietzsche y Lou Andreas-Salomé.

Sofía Andréyevna era la hija de un reputado médico moscovita, ergo una burguesa y cuando se casó con Tolstoi probablemente esperaba una vida más acorde con la que el título de conde de su marido prometía. Sofía siempre le reprochó la austeridad de su dacha, que se vistiera como un campesino en lugar de como un noble, que diera de comer a los desheredados de Yásnaya Poliana pero no celebrara banquetes en honor de los nobles en su casa de Moscú -hoy convertida en museo- y para colmo que decidiera legar sus posesiones al pueblo ruso en lugar de a su familia. La ideas de Tolstoi fueron un motivo constante de fricción con Sofía, pero juntos trajeron al mundo 13 hijos, con lo cual no hay duda que si por el día peleaban por la noche hacían las paces.

Tolstoi y Sofia

Tolstoi alcanzó ese grado de espiritualidad en que las posesiones materiales no significan absolutamente nada, abjuró de toda su obra literaria y rompió las cadenas más fuertes que atan a un hombre con el mundo y al final de su vida decidió abandonar a su familia. En la madrugada del 28 de octubre de 1910, con 82 años de edad, Tolstoi abandonó Yásnaya Poliana para siempre -entre sus escasos artículos de viaje figuraba un único libro, Los hermanos Karamazov de Dostoyevski-, mientras su mujer, hijos y nietos dormían. Aunque dejó una carta para su mujer, los verdaderos motivos de su huida hoy siguen siendo un misterio, quizás había alcanzado la iluminación de los santos y la vida familiar ya no significaba nada para él o quizás simplemente sufría demencia senil, quién sabe. Quizás la respuesta esté entre las líneas de Resurreción, su obra más profunda y espiritual.

La noticia de la desaparición del genio publicada al día siguiente por Rússkoye Slovo (Palabra rusa) sacudió Rusia, una angustia general que se acentuó al hacerse público el intento de suicidio de Sofía Andréyevna, e inmediatamente las autoridades movilizaron todos los recursos disponibles para encontrarlo. El primero en dar con él fue el periodista Konstatin Orlov, en la estación de Astapovo, a trescientos kilómetros de la región de Tula en dirección sureste, lo que siempre ha hecho pensar que se dirigía al Cáucaso, donde había conocido las fugaces alegrías de la juventud, aunque lo más probable es que el destino de aquel último viaje de su vida fuera la eternidad, que como saben los lectores de Nietzsche, se encuentra en dirección sur.

Konstatin Orlov encontró a Tolstoi en un terrible estado febril, debido a una neumonía contraída durante el viaje. Lo hizo bajar del tren y lo instaló en la casa del jefe de la estación de Astapovo, sita en el mismo andén, a donde no tardó en llegar un médico, que le administró una dosis de morfina para mitigar el dolor, luego llegaron los periodistas, autoridades civiles, curiosos, admiradores y finalmente su mujer, acompañada por su hija Alexandra, que besó su frente y le pidió perdón de rodillas. Todos ellos lo vieron morir el 20 de octubre de 1910, desde entonces las autoridades rusas no han dejado de honrar su memoria, a lo largo y ancho del país más grande del mundo hay calles, escuelas, bibliotecas y museos con su nombre, pero nadie le rindió un homenaje más hermoso que el humilde jefe de estación de Astapovo, que paró las agujas del reloj de su estación a las 6.05, hora exacta de su muerte, como si el tiempo se hubiera detenido para siempre.

Estación de Astapovo, donde el reloj permanece parado desde la madrugada del 20 de octubre de 1910

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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