Hemingway, héroe de la II GM

Todo el mundo conoce a Ernest Hemingway, todo el mundo sabe que firmó títulos como Por quién doblan las campanas, Fiesta o El viejo y el mar; todo el mundo sabe que, si no el mejor escritor, fue la gran personalidad literaria del siglo XX, gracias a su vida legendaria, pero lo que no todo el mundo sabe es que Hemingway protagonizó uno de los sucesos más heroicos de la II Guerra Mundial.

Probablemente la razón por la que se ignora que Hemingway fue un jodido héroe de guerra es porque su enfrentamiento con el sanguinario coronel Ludorff no forma parte de la historia, sino de la leyenda y, como tal, su lugar no está en los libros de historia, sino en la memoria del pueblo, concretamente de aquel que forma la distinguida República de las Letras, a través de cuyos miembros pasa de generación en generación, inmune a la erosión del tiempo, embelleciéndose con los años, como un monumento imperecedero en honor de la dignidad y la justicia.

Los seguidores del genio no dudan que sucedió y apelan a un comentario olvidado de André Malraux o una carta pérdida F.S. Fitzgerald para demostrar la veracidad de la hazaña; en cambio, sus detractores, alegan que todo eso no son más que conjeturas, comentarios, suposiciones, sobre los cuales no se puede fundar ningún hecho histórico, cuyo único propósito es alargar la leyenda del escritor, a todo lo cual añaden en tono desabrido, como quien da un golpe en la mesa, que los literatos son gente cobarde y pusilánime por naturaleza, que carecen de la osadía, agallas y carácter que distinguen a los héroes. En resumen, su posición es que Hemingway podía crear un personaje tan inolvidable y heroico como el Roberto Jordan de Por quién doblan las campanas, pero jamás encarnar uno.

Obviamente Hemingway no era un soldado, cuando estalló la I GM no se alistó como voluntario para luchar en Verdún o Somme, como por ejemplo hizo Ernst Jünger, sino que unió a la Cruz Roja y recorrió los campos de combate conduciendo una ambulancia. Y cuando estalló la Guerra Civil española y, poco después, como quien empalma un cigarrillo con otro, la II GM, Hemingway tampoco cogió su fusil en defensa de la libertad y la decencia, sino que participó como corresponsal de guerra. Así que ahí tenemos al héroe, mirando los toros desde la barrera, por así decir, escribiendo crónicas sobre la Batalla del Ebro y el Desembarco de Normandía para la North American Newspaper Alliance, por las cuales en 1947 obtuvo un Estrella de Bronce, «por su valor para ir a la primera línea de fuego y dar a los lectores una imagen vívida de las dificultades y los triunfos de los soldados en el frente.»

Sin embargo, Hemingway soltó la pluma y cogió su fusil cuando, hacia el final de la guerra, después de cuatro años de ocupación, los alemanes empezaron a abandonar París. ¿Qué impulsó a Hemingway a tomar las armas cuando el resto del mundo las deponían? Muy sencillo, los oficiales y soldados nazis, impulsados por esa tendencia a la rapiña propia de las razas germanas, de la que en los anales de la historia hay pruebas tan tempranas como el saqueo de Roma, no tenían la menor intención de irse de París con las manos vacías, sino que antes pensaban expoliar cuanto de valor quedaba en la ciudad de la luz.

Sin duda, Hemingway debió arquear una ceja cuando supo que los alemanes estaban robando los pocos ahorros que aún pudieran quedar a las buenas gentes de París, llevándose los tesoros que custodian las paredes del Louvre, los inmaculados mármoles de Père Lachaise o el patrimonio nacional de Versalles; todo esto era muy grave, gravísimo, pero lo que en verdad le hizo decir ya basta fue saber que el coronel Ludorff planeaba expoliar el Ritz. El Ritz no sólo era un símbolo de la ocupación alemana, donde se alojaban todos los jerarcas nazis, además formaba parte de la memoria sentimental de Hemingway, que pasó los mejores años de su vida en París, de los que dejó constancia en París era una fiesta, un libro de memorias de calidad irregular, en parte porque murió antes de darle los últimos retoques, que sin embargo tiene pasajes de belleza sin igual, como aquel en que dice que llega la primavera y el único problema que tienes en París es dónde ser más feliz, una línea que quizás ninguna otra ciudad del mundo podía inspirar, excepto acaso la hermosa ciudad de Vetusta.

Hemingway frente a la Shakespeare & Co, una de las librerías más hermosas del mundo, junto a la fundadora, que le prestaba libros cuando no tenía dinero para pagarlos, en los viejos buenos días de la juventud en París

En París era una fiesta Hemingway también dice que siempre que sueño con el paraíso, la acción tiene lugar en el Ritz de París, de donde se puede concluir que era para él lo que Tiffany’s era para la Holly Golightly de Truman Capote, así que en modo alguno iba a permitir que los odiosos nazis se quedaran con cualesquiera objetos de valor hubiera dentro. Dicho lo cual, hay que precisar que a Hemingway no le preocupaban los delicados brocados de las habitaciones, las fastuosas arañas de los salones o la exquisita decoración de los pasillos; no, lo que verdaderamente le preocupaba era el contenido del Petit Bar, concretamente los tesoros de su bodega, donde entre otros maravillosos caldos se custodiaba la última botella de Petrvs 1834, la misma cosecha que Honoré de Balzac, ilustre miembro de El club de los hachichins, bebió durante la escritura de Las ilusiones perdidas, gema de las letras francesas.

No, Hemingway no iba a permitir que la última botella de Petrvus 1834, elixir que podía convertir en poeta a cualquier vulgar notario, cayera en manos alemanas, ni aunque le garantizaran que su contenido acabara en el gaznate adecuado y nueve meses después diera a luz una obra maestra, acaso un nuevo Fausto de Goethe, así que cogió su fusil y rápidamente reclutó un pelotón de milicianos entre los habitantes de los pueblos de Rambouillet y el 25 de agosto de 1944 dirigió sus pasos a París, cuyas calles recorrió entre los aplausos de los heroicos habitantes de la ciudad, que durante cuatro largos años habían soportado estoicamente la ocupación nazi y veían en la figura robusta de Hemingway un heraldo de la libertad.

Hemingway, acaso estudiando la ruta más rápida a París

No se sabe si el corazón de Hemingway explotó de alegría al reencontrarse de nuevo con París, donde según su propio testimonio fue muy pobre y muy feliz, o se encogió de tristeza al ver los estragos que cuatro años de ocupación habían causado en esa hermosa ciudad, que produce más literatura de la que puede consumir, de la que John Ashbery dijo que vivir en ella te hace incapaz de vivir en ningún otro sitio, ni siquiera en París, a la que Vila-Matas dedicó un libro hermosísimo, París no se acaba nunca, y a la que desde tiempos inmemoriales los amantes peregrinan desde todos los lugares del mundo para hacer lo que con más tranquilidad podrían hacer en la intimidad de sus hogares, decirse te amo, simplemente porque a orillas del Sena las palabras suenan diferente; la leyenda sólo dice que Hemingway guió a su compañía de milicianos directamente hacia el 15 de la Place Vendôme, donde se encuentra el Ritz.

Nada más cruzar las puertas del Petit Bar, Hemingway se encontró cara a cara con el coronel Ludorff, a quien manifestó su intención de tomar posesión de la bodega del establecimiento, a lo cual el nazi respondió que por encima de su cadáver. A continuación se produjo un momento de gran tensión que la mejor forma de describir es haciendo referencia a esas escenas de películas bélicas en que los soldados de dos ejércitos enemigos se encuentran frente a frente con los fusiles amartillados y los dedos presionando el gatillo a la espera de que sus respectivos comandantes den la orden de abrir fuego. Todo el mundo en el Petit Bar estaba dispuesto a morir, aunque gracias a dios no se consumó la tragedia, quizás porque por entonces la guerra ya estaba vista para sentencia y no tenía sentido hacer correr más sangre, aunque más probablemente porque ambos comandantes eran caballeros, dispuestos a arreglar aquel desencuentro como personas civilizadas, para lo cual se sentaron en una mesa, rodeados por sus hombres, y lanzaron una moneda al aire, para determinar con qué armas debían batirse en duelo; como buen americano, Hemingway puso su destino en manos del whisky, en cambio, el coronel Ludorff, como buen alemán, puso el suyo en manos del sekt, del cual las bodegas tenían generosas reservas.

La diosa fortuna sonrió a Hemingway, la moneda cayó cara, el duelo se resolvería con el preciado destilado escocés, para lo cual mandaron al camarero a la bodega a por una caja del mejor McCallan. Sin embargo, aquello no iba a ser coser y cantar para nuestro héroe, pues el coronel Ludorff era una esponja, en la mejor tradición del pueblo germano, inclinado a los excesos, la corrupción y el vicio, de todos los cuales la embriaguez es el peor, a diferencia de las razas mediterráneas, cuya naturaleza fomenta la mesura y la contención. Así que a la primera caja de McCallan siguió una segunda y a esta una tercera, probablemente nadie hubiera podido salir victorioso de aquel duelo a alcohol, excepto Hemingway, no en vano se cuenta entre los grandes borrachos de las letras, un oficio en el que se pueden encontrar santos varones como Thoreau, que en Walden dejo escrito que la única bebida del hombre inteligente era el agua, con lo cual el que escribe está completamente de acuerdo, pero más frecuentemente el contacto con el papel y la tinta altera el juicio, riesgo del cual ya advirtió Cervantes en El Quijote o R.L. Stevenson en El diablo de la botella, y produce degenerados como Henry Miller, Faulkner -con el que by the way Hemingway tuvo una gran rivalidad literaria-, E.A. Poe o Bolaño. Así que Hemingway no era buen compañero de baile y, nada más pasar el Rubicón de la quinta caja, empezó a animarse cada vez más con cada trago, sus únicos síntomas de ebriedad: La mirada un poco perdida, una sonrisa bobalicona y algún erupto ocasional, para liberar los vapores que se cocinaban en sus entrañas; mientras que al otro lado de la mesa el coronel Ludorff empezó a perder progresivamente la facultad del habla y balancearse en la silla, hasta que finalmente se desplomó.

Hemingway en los San Fermines, disfrutando de los tesoros de la tierra

Hemingway había liberado el Ritz, lo cual a la larga se demostró un esfuerzo estéril, poco más que un símbolo de la subsiguiente liberación de París, pues en la fiesta de celebración, que se prolongó varios días, secaron la bodega del Petit Bar, con lo cual nada quedó de aquellos tesoros que supuestamente habían ido a rescatar, excepto la última botella de Petrvs 1834, que Hemingway conservó para él. Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, que canta Sabina en Donde habita el olvido, y en los años siguientes Hemingway siguió haciendo lo había estado haciendo antes de la guerra, pelearse a puñetazo limpio, enamorarse, casarse, divorciarse, hasta totalizar cuatro esposas, recorrer Europa, ir de safari a Africa, pescar en aguas del Caribe.

Hemingway siempre dispuesto a cambiar cuero

Pero nada de eso evitó que su vida se hundiera poco a poco en las arenas movedizas de la depresión, cuya peor consecuencia fue que no volvió a publicar prácticamente nada y lo poco que publicó no es digno de mención, Al otro lado del río y entre los árboles fue una novela lamentable, como ya presagiaba su horrible título, a partir de la cual la crítica empezó a decir que Hemingway estaba acabado, simplemente porque era la triste verdad, Hemingway, el macho alfa de la literatura, estaba acabado y cada vez coqueteaba más con la idea del suicidio, asía su Winchester, metía el cañón en la boca y acariciaba el gatillo. ¿Qué le impedía apretar el gatillo? Bien, esta es una pregunta imposible de contestar. Lo único cierto es que Hemingway fue un grande y los grandes no salen por la puerta de atrás, los grandes salen por la puerta grande, para lo cual por fin descorchó aquella botella de Petrvs 1834, que tanto tiempo llevaba criando polvo en algún lugar de casa de Ketchum, y como un siglo atrás Honoré de Balzac, alentado por ese maravilloso caldo, del cual se dice que podía convertir en poeta al más triste de los notarios, parió El viejo y el mar, que deslumbró al mundo y en 1953 le valió el premio Pulitzer y en 1954 el Nobel, pero la gloria es algo efímero, como el perfume de las flores, y no evitó que unos pocos años después finalmente apretara el gatillo.

Hemingway fue una de las grandes celebridades del siglo XX, que tuvo la oportunidad de conocer a muchas celebridades de su tiempo

Con ello acabó la vida de Hemingway y empezó la leyenda. Los escépticos, como siempre, pondrán en marcha la pesada burocracia de la vedad y exigirán datos, pruebas, atestados y toda la pesada burocracia de la verdad y, en su defecto, tendrán la desfachatez de tildar la leyenda de invención, superchería, quimera, desvarío, cuya única intención es corromper la mente del crédulo ciudadano de a pie, por medio de la exaltación del valor y la belleza, para alejarlo del pragmatismo que caracteriza a los buenos burgueses, y hacer de él un soñador, un poeta, un vago, un maleante e incluso, en el pero de los casos, un quijote que recorre el ancho el mundo a lomos de su rocín deshaciendo entuertos y defendiendo causas perdidas; pero las buenas gentes de París no olvidan quién fue el primero en entrar en la ciudad ocupada, como la gerencia del Ritz no olvida quién echó a los nazis de su establecimiento y en un acto de justicia poética, que constituye una de las anécdotas más hermosas de la literatura, pocos años después de su muerte se cambió el nombre del Petit Bar, que desde entonces se llama el Hemingway Bar.

Petit Bar del Ritz, ahí bebieron ilustres como Graham Green, Scott Fitgerald, Ingrid Bergman, Truman Capote o Marlene Dietrich, pero ninguno fu más querido que su salvador.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

3 comentarios sobre “Hemingway, héroe de la II GM

    1. El Sr. Hemingway debió ser una gran compañía en los buenos tiempos, aunque en los últimos años se volvió una persona de trato difícil, pero nada que no se arreglara con unos tragos. Por lo que respecta a la pesca, el Sr. Hemingway creo que era de pescar en aguas saladas y me temo que usted es más de pescar en aguas dulces, pero tampoco nada que no se pudiera arreglar.

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