Literatura y deporte. 10 mejores novelas deportivas

Cuando se dice deporte y literatura, bien se podría decir agua y aceite, noche y día, verano e invierno, norte y sur o cualquier otra pareja de opuestos, pues desde siempre ha existido un odio mutuo entre ambos. Los intelectuales siempre han mirado con recelo a los deportistas, bien porque los consideren agentes del poder, cuyas piruetas y proezas físicas están destinadas a adormecer las conciencias, bien porque les guarden rencor porque tiempo atrás, en el colegio, la reina de la clase prefirió sus músculos a sus versos. Nada ejemplifica mejor ese desprecio que el hecho de el maestro Borges programara una conferencia el mismo día y a la misma hora que Argentina jugaba la final de la Copa del Mundo del 78. No es menos intensa la animadversión del deportista por el intelectual. No obstante, en los últimos tiempos, esas desavenencias han disminuido considerablemente y, si no amor ni amistad, entre deporte y literatura ha surgido una especie de tolerancia, probablemente porque ambos han ido alejándose de sus esferas particulares para entrar a formar parte de la gran industria del entretenimiento global. Así en las últimas décadas han surgido una serie de novelas que tienen el deporte como tema de fondo. Vamos a echar un vistazo a las mejores y para hacer la selección lo más variada posible, queda prohibido repetir deporte.

  1. La ley del silencio de Budd Schulberg

A juzgar por el número de películas y libros que lo tienen como tema de fondo, no existe deporte más cinematográfico ni literario que el boxeo. Period. En comparación con su dureza y carga dramática, el resto de deportes son cosas de niños. Valga como ejemplo el combate entre Joe Louis y Max Schmelling. Por ello si los literatos siempre han sentido cierto desprecio por los futbolistas o atletas, siempre han sentido fascinación por los boxeadores, tipos duros por antonomasia, cuyos lazos con los bajos fondos y relaciones con mujeres fatales no hacen más que aumentar la atracción que sienten por ellos. Hablando de boxeo, hay mucho donde elegir, pero Le ley del silencio lo tiene todo, un clásico por derecho propio que vendió millones de copias en su día.

La ley del silencio impera en los muelles de Nueva York, las cosas se hacen como dice el sindicato de estibadores, estrechamente relacionado con la mafia. Terry Malloy, un ex boxeador sin muchas luces, una especie de Rocky primordial, actúa de matón para el sindicato, hasta que conoce a Katie, cuyo hermano ha sido asesinado por infringir la ley del silencio, y decide plantar cara a la mafia. Por supuesto, el tema de fondo no es el boxeo -el boxeo sólo es parte del atrezzo-, sino el amor como potencia reformadora. Esto es cuestionable, mucho, a mi juicio el amor ha jodido más vidas que la cocaína y la heroína juntas, pero la belleza de la novela reside precisamente ahí, en su el innegable idealismo e inocencia.

Marlon Brandon ganó el oscar al mejor actor por su interpretación de Terry Malloy

2. El Alpe D’huez de Javier García Sánchez

Aunque no tanto como el boxeo, la incuestionable dureza del ciclismo debía llamar tarde o temprano la atención de algún literato. Resultó ser Javier García Sánchez, quien se propuso nada menos que describir una etapa del Tour, nada menos que la etapa reina, nada menos que con final en la mítica cima de Alpe D’huez, de la cual la leyenda dice que quien sale vestido de amarillo llega vestido de amarillo a los Campos Elíseos y, ahí está el desafío, hacer que una etapa ciclista resultara literariamente atractiva y, ahí está el éxito, conseguirlo.

En la etapa reina del tour, Jabato, un jornalero de la gloria, se escapa en solitario y durante más de cuatrocientas páginas pedaleamos a su lado, en busca de la gloria, con cada página sentimos como disminuyen nuestras fuerzas y el ácido láctico se acumula en nuestro músculos. Compartimos su dolor y su agonía, queremos bajarnos de la bici, pero seguimos pedaleando. ¿Por qué? Para saber si Jabato cruzará el primero la meta o al final será arrollado por el pelotón. Ahí reside todo el misterio de la novela, en saber si Jabato, un proletario de la bicicleta, tendrá sus cinco minutos de gloria. No desvelaré el misterio, o por decirlo a la manera moderna, no haré spoiler, me limitaré a decir que desgraciadamente el final es la parte más floja de la novela, de haber sido resuelta con más tino, Javier García Sánchez habría hecho un clásico imperecedero. No obstante, tal y como está, es una lectura hermosa que mereció los elogios del maestro Miguel Delibes, ahí es nada.

3. End Zone de Don Delillo

Considerado un clásico contemporáneo, Don Delillo es uno de los escritores más interesantes de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Mi primer encuentro con Delillo fue con El hombre del salto, la novela que escribió poco después de los atentados del 11-M y he de decir que no fue un encuentro feliz. La novela no me gustó nada, de hecho me gustó tan poco que dije que no volvería a leer a Delillo, afortunadamente no cumplí mi palabra, su prestigio era demasiado grande. Mi siguiente incursión en su obra fue Ruido de fondo, que me obligó a quitarme el sombrero ante su originalidad, pericia y humor, negro y amargo como el café.

End Zone, está traducido al español como Fin de campo y publicada en España por Seix Barral. La novela tiene el fútbol americano como tema de fondo y el título hace referencia al espacio situado inmediatamente después del campo reglamentario. En el contexto de la guerra fría, Gary Harknees, estudiante del Logos College y miembro de su equipo de fútbol americano, se vuelve cada vez más obsesionado con la amenaza de una posible guerra nuclear, hasta el punto de que empieza a ver las tácticas y estrategias de su equipo como una prolongación de las de los generales, dictadores y presidentes. Alguien dijo que el fútbol era la continuación de la guerra por otros medios, se refería al nuestro, pero el maestro Don Delillo tomó nota.

4. La broma infinita de David Foster Wallace

David Foster Wallace escribió Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, un libro sobre tenis, pese a lo cual poco después escribió La broma infinita, gran parte de cuya trama pasa en una academia de tenis. Cierto, La broma infinita es cronológicamente anterior, pero soy de esas personas que no permiten que una fecha les arruinen una buena introducción.

Ahora hablando en serio, La broma infinita es una reflexión filosófica de más de mil páginas sobre la sociedad y cultura modernas, cuya excelente manufactura y agudeza le valió a David Foster Wallaces el título de gran promesa de las letras norteamericanas, antes de que el suicidio pusiera punto final a su corta carrera literaria a la edad de 46 años. David Foster Wallace jugó al tenis durante su infancia y juventud, esa pasión dejó una huella indeleble que trasladó a varios de sus libros, tanto novelas como ensayos. Por los azares de la vida, en La broma infinita, los miembros de la prestigiosa Endfield Tennis Academy, asistidos por los yonkis de un centro de desintoxicación cercano, se proponen encontrar la grabación perdida de una película tan mortalmente entretenida que todos los que la ven perecen en un éxtasis de felicidad. ¿El título de esa misteriosa película? Sí, La broma infinita.

David Foster Wallace, cuya imagen siempre me recordó a otro ilustre suicida: Kurt Cobain

5. The natural de Bernard Malamud

A pesar de la calidad de su obra literaria, Bernard Malamud sigue siendo un gran desconocido para la mayor parte del público no americano. Hace unos pocos años, la editorial Sajalín apostó por su obra con una bonita edición de Las vidas de Dubin. Lamentablemente no eligieron la mejor de sus novelas, aunque quizás sí la más ambiciosa. Las vidas de Dubin es una novela fallida que aburre casi desde el principio. Pero el talento de Bernard Malamud es incuestionable y prueba de ello es que Phillip Roth siempre lo consideró un maestro y uno de los grandes escritores judíos en lengua inglesa.

Quizás el nombre de Bernard Malamud sería más conocido para el público hispano si Sajalín hubiese apostado por The natural. Esta novela probablemente no es sólo el primer intento de hacer del deporte una materia literaria respetable, sino uno de los más logrados. En última instancia es una investigación sobre el alma humana, a través de la singular personalidad de un deportista de élite, en concreto la de Roy Hobbs, un talento del béisbol, cuya carrera náufraga a manos de una mujer fatal y que años después intenta rehacer su carrera.

The natural fue llevada al cine con una alineación impresionante, encabezada por a natural de la interpretación

6. El buscavidas de Walter Tevis

Se puede discutir ad infinitum si el billar es un deporte o no, personalmente estoy inclinado a considerarlo más un juego de salón que un deporte propiamente dicho, pero no voy a permitir que esas consideraciones me impidan incluir este clásico en la lista. A fin de cuentas en El buscavidas los hombres compiten por ver quién es el mejor y si lo hacen con un palo de billar o con un balón de fútbol es lo de menos.

El buscavidas es mundialmente famoso por su adaptación cinematográfica, así que al respecto no se puede decir sino lo que todo el mundo ya sabe. Eddie Felson El rápido es un genio del billar, que se gana la vida viajando por los clubes de billar de los Estados Unidos y birlando sus ahorros a todos los pardillos que tienen la imprudencia de desafiarlo a una partida, pero cuando su destino se cruza con el del legendario Minnesota Fats, en juego ya no sólo hay un puñado de dólares, sino el orgullo de saberse el mejor.

Si La ley del silencio y The natural están interpretados por leyendas del cine, El buscavidas no se queda atrás. Curiosamente, en la adaptación de La gata sobre el tejado de zinc de Tennessee Williams, Paul Newman interpreta a un alcohólico ex jugador de fútbol americano.

7. Tapping the source de Kenn Nunn

El surf no es un deporte tradicional, sin embargo la especial comunión con la naturaleza que experimentan quienes lo practican no deja indiferente a nadie, el propio Jack London se sintió intensamente interesado por él a lo largo de su viaje alrededor del mundo. En cualquier caso hace mucho que el surf abandonó las costas de las islas del pacífico y conquistó el mundo. Desde entonces la singular cultura del surf ha llamado la atención de novelistas y directores de cine, pero de nadie tanto como de Kenn Nunn, pues si no me equivoco todos sus libros tiene el mar como telón de fondo, incluso ha dado lugar a un nuevo género literario, el surf noir. De entre todas ellas, Tapping the source es su novela más famosa, que la mayoría de vosotros conoceréis por el título de su adaptación cinematográfica, Point Break, que a su vez la mayoría de vosotros, una vez más, conoceréis por su caprichosa traducción al español: Le llaman Bodhi. ¿Necesito dar más datos en favor de esta novela?

Pocas cosas han hecho tanto por el surf como esta película

8. El ingenuo salvaje de David Storey

En El ingenuo salvaje, así es como se tradujo This sporting life, los editores de Impedimenta sabrán por qué, David Storey aborda una de sus grandes pasiones, el rugby, no en vano este ganador del prestigioso Premio Booker fue jugador profesional de rugby a 13 en su Inglaterra natal.

El rugby tiene una mística especial. En el campo los jugadores se rompen las narices y los dientes unos a otros, pero en cuanto el árbitro da el pitido final se abrazan y se van a emborrachar en la taberna más cercana. Esa mezcla singular de violencia y camaradería hace de él un deporte especial. El rugby se encuentra entre los deportes más populares del planeta, jugado en todos los continentes y debido a su popularidad, con la llegada de los millones de la televisión, ha ido perdiendo mística, pero aún conservaba su romanticismo primigenio cuando David Storey escribió El ingenuo Salvaje, donde se narra la vida del Arthur Machin, desde su debut en el equipo local hasta los días de su decaimiento, en una ciudad industrial del norte de Inglaterra. Pero lo más interesante del libro ocurre fuera del campo, donde Arthur Machin se afana por conquistar el corazón de su casera y por ser algo más que un peón en manos de los poderosos dueños del club de su vida.

9. Fiebre en las gradas de Nick Hornby

El fútbol no podía quedar fuera de esta lista, no en vano es el deporte rey, aunque muchos digan que no es el rey de los deportes. En cualquier caso nadie puede discutir que supera a cualquier otro en dificultad, baste decir al respecto que nada se hace con los pies. Los deportes tienen cuatro dimensiones: física, técnica, táctica y psicológica. Consideradas en su conjunto, el fútbol supera a cualquier otro deporte con creces. Pero no son sus muchas virtudes las que lo hacen tan popular, sino las delicadas relaciones entre identidad, participación y pertenencia que se establecen entre el escudo y las comunidades que representa. No es el momento para indagar en ellas, quizás otro día. Se deba a lo que se deba, el fútbol se ha vuelto tan popular que para los intelectuales han pasado de considerarlo el opio del pueblo a cultura.

En las últimas década los libros que tienen al fútbol en el punto de mira se han multiplicado como las setas. The damned united de David Peace, Once cuentos de fútbol del imprescindible Camilo José Cela, Salvajes y sentimentales de Javier Marías… Ensayos, novelas, cuentos, historia, biografías, hay de todo donde elegir para quien sienta pasión por él. Cuando me hablan de fútbol y literatura, mi recomendación por defecto es El fútbol a sol y a sombra de Galeano, pero considerando que hasta aquí todo han sido novelas, no conviene cambiar el patrón, no vaya a dar mala suerte.

He quemado ya tanto espacio con esta entrada, que no me queda ninguno para hablar sobre Fiebre en las gradas de Nick Hornby, salvo que vayan ustedes a la librería y lo compren, no se arrepentirán.

  1. La defensa Luzhin de Vladimir Nabokov

Esta entrada empezaba con el deporte que más pasión despierta entre los literatos y acaba con el único que puede hacerle sombra, el ajedrez. Curiosamente el primero es el reino de la violencia pura y el segundo el de la inteligencia pura. Hay una rara belleza en el ajedrez, sólo comparable a la de la música y las matemáticas. No en vano, estas tres disciplinas son las que más niños prodigios producen en el mundo. Al respecto yo diría que el ajedrez es una combinación de las dos últimas. La personalidad del jugador de ajedrez se asemeja a la del artista, obsesivo, maniático, introvertido, genial… El genio del ajedrez Paul Morphy dijo que saber jugar bien al ajedrez era un signo de distinción social, pero que saber jugar muy bien al ajedrez era el signo de una vida desperdiciada. No se equivocaba, el ajedrez absorbe tanto a los que lo practican que los aísla del mundo, para ellos la vida se limita a las 64 casillas y a las infinitas posibilidades que contiene. El ajedrez supera en adición a cualquier droga habida o por haber. El iniciado sabe de lo que hablo. El que no, siga mi consejo, no se acerque jamás a un tablero.

El ajedrez llevó a la ruina a Carl Schlechter, a la locura a Bobby Fischer y al suicido al propio Paul Morphy, como a Swiderski, a Henry Russ… La lista es larga. Para mí el libro que mejor narra la obsesión que produce el ajedrez es Ajedrez de Stefan Zweig, pero como ya forma parte de mi lista de mejores libros breves, en esta ocasión ese lugar va para otro clásico del ajedrez, La defensa Luzhin, basado en la vida de Alfred von Bardeleben, ajedrecista de origen aristocrático, a quien su pasión por el ajedrez lo llevó a divorciarse de sus tres mujeres, perder su fortuna, suicidarse arrojándose por una ventana y acabar enterrado en una fosa común.

Entrañable imagen de Nabokov y su mujer Vera disfrutando de una partida de ajedrez. Parece sólo un juego, pero esconde el diablo dentro

Esto es todo, amigos. Hecho en falta alguna novela con protagonista fememina, tipo Million Dollar Baby, pero lamentablemente no conozco ninguna, si alguno sabe de alguna y es tan amable de hacérmela saber rogaré a los cielos para que premien su amabilidad con una vida larga, próspera y saludable.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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