El literario Club des Hachichins

El Hotel Lauzun es un edificio de estilo neoclásico situado en la Quai d’Anjou, en la Ile Saint-Louis. Poco o nada había en él que llamase la atención de un caminante que a finales del siglo XIX se perdiese por las calles de París, el sencillo aspecto de su fachada apenas puede competir en belleza con las aguas del Sena, el cercano Pont Marie o la silueta de Catedral de Notre-Dame, donde fue profesor Abelardo, recortándose contra el cielo gris. Un edificio como tantos otros y, sin embargo, sede del prestigiosos Club des Hachichins, entre cuyos miembros se encontraban gigantes como Balzac, Victor Hugo o Baudelaire.

Los clubes no eran una rareza en el siglo XIX, incluso eran más habituales de lo que son hoy en día, uno podía encontrarlos en Madrid, Viena, Londres, Lisboa, etcétera. Sus miembros se reunían para discutir las últimas noticias sociales, políticas y culturales, fundar movimientos artísticos e incluso, en algunos de ellos, conspirar contra reyes y gobernantes, mientras disfrutaban de sus espirituosos preferidos. Lo que distinguía al salón del Hotel Lauzun era el medio elegido para estimular la conversación. La estrella de la fiesta era una mezcla originaria de Argelia, de aspecto viscoso y sabor dulzón que sus miembros mezclaban en el café o tomaban sola, cuyo ingrediente principal era el hachís. De ahí el nombre del club: El club de Hachichins, el club de los comedores de hachís.

Un poco de historia antes de seguir. A finales del siglo XVIII, después de haberse apoderado prácticamente de toda Europa, Bonaparte se fijó en Egipto para continuar extendiendo las fronteras de Francia y entorpecer las rutas comerciales británicas. En Egipto los soldados franceses conocieron el hachís y tanto se entusiasmaron con él que en octubre de 1800 Bonaparte se vio obligado a emitir el siguiente decreto para mantener la disciplina en sus tropas: Queda prohibido en todo Egipto el uso de ciertas bebidas islámicas hechas con hachís, así como inhalar el humo de la planta. Bebedores y fumadores habituales de esta planta pierden la razón y son víctimas de un violento delirium que es el destino de aquellos que se entregan completamente a los excesos de cualquier tipo. El decreto tiene historia, pues uno de los primeros, si no el primero, documentos que prohíben el consumo de una sustancia. Sin embargo, la lucha contra el hachís era una causa perdida. La conquista de Egipto abrió las puertas al comercio de cannabis en Francia y fueron las élites sociales, especialmente la bohemia, las que recibieron más calurosamente la hierba como un medio de estimular sus vidas sociales e intelectuales.

Hotel Lauzun en París, lugar de reunión del Club des Hachichins

El cabecilla del grupo era un tal Dr. Jacques-Joseph Moreau, quien había entrado en contacto con la droga mucho antes que el resto de la sociedad parisina gracias a sus muchos viajes por oriente. Al igual que Freud con la cocaína, el doctor Moreau se centró en los usos terapéuticos del hachís. Sus estudios dieron lugar a uno de los primeros ensayos psico-farmacológicos de la historia, en el cual defiende la postura de que el hachís puede servir para el tratamiento de determinadas enfermedades mentales.

Sus efectos llevan al consumidor a otro mundo: Uno de espectaculares alucinaciones, nuevas posibilidades y paisajes diferentes, donde la imaginación reina como maestro absoluto. Así que en este estado alterado de conciencia -que el doctor ha explorado por sí mismo- podemos encontrar no sólo escenas y emociones salvajes, sino también una puerta abierta al funcionamiento de la mente

Jacques-Joseph Moreau, Hachís y la enfermedad mental.

En 1844 Moreau conoció al Théophile Gautier (1811-72), filósofo, escritor y periodista, cuya vida y obra estaba impregnada por el Romanticismo del siglo XIX, movimiento que había ayudado a fundar con sus manifiestos en los que defendía el arte por amor al arte. Considerando que Gautier era muy aficionado al opio, droga sobre la que había escrito un breve ensayo ilustrando sus experiencias con ella, a nadie extrañará que se mostrase dispuesto a viajar a los nuevos mundos a los que le podía llevarlo el hachís, más cuando el Dr. Moreau le aseguró que el hachís es una intoxicación intelectual, preferible a la pesada e innoble ebriedad del alcohol.

Téophile Gautier, pionero de la literatura romántica

Gautier no fue el único literato parisino en entusiasmarse con los efectos del hachís, por el barroco salón del Hotel Lauzun, también conocido como la Casa Pimodan, pasó prácticamente toda la alta aristocracia literaria francesa de la época: Alexandre Dumas, Gérard de Nerval, Victor Hugo, Honoré de Balzac, Charles Baudelaire, Eugène Delacroix y muchos otros. El grupo se bautizó a sí mismo el Club des Hachichins y se reunió regularmente entre 1844 y 1849, para expandir artificialmente los estrechos límites de la consciencia humana.

Justamente; habéis acertado el nombre, señor Aladino, es el hachís, el hachís mejor y más puro que se hace en Alejandría, el hachís de Abougor, el grande, el único, el hombre a quien se debería edificar un palacio con esta inscripción: «Al fabricante de la felicidad, el mundo agradecido

A. Dumas, El conde de Montecristo

Las reuniones, o quizás sería mejor decir celebraciones, no estaban exentas ritual, o quizás sería mejor decir liturgia. Aunque muchos de sus miembros escribirían posteriormente sobre sus experiencias con el hachís, fue Gautier quien recogió sus experiencias comunes en un libro que, como bien se puede imaginar, no podía tener otro título que El club del hachichins, publicado en 1846 por Revue des Deux Mondes. Los miembros asistían vestidos con ropas árabes y cuidadosamente preparaban el dawamesk, una mezcla de café, canela, clavo, nuez moscada, pistachos, azúcar, zumo de naranja, mantequilla, polvo de cantárida y por supuesto hachís. A continuación servían la bebida y los miembros del club, sentados en los cómodos sillones del salón, se entregaban a los placeres del hachís. Aunque no todos, Balzac asistía regularmente al club, pero prefería animarse con vino, concretamente Petrvs, caldo que alentó sus grandes novelas. Sin embargo en una ocasión, el autor de Las ilusiones perdidas se atrevió a probar el dawamesk, después de lo cual dijo haber oído voces celestiales y haber visto pinturas divinas.

Cuenta la leyenda que el día que a Honoré de Balzac se le ocurrió la idea de interrelacionar a todos los personajes de sus novelas salió a correr dando gritos por las calles de París. ¿Sería el mismo día que probó dawamesk?

Una noche de diciembre llegué a una remoto barrio en mitad de París, una especie de oasis solitario rodeado por ambos lados por los brazos del Sena, como para protegerlo contra los avances de la civilización. Fue en esta vieja casa en la Ile St. Louis, la casa Pimodan, construida por Lauzun, donde celebraba su reunión mensual un extraño club al cual yo me había unido recientemente. Esa era mi primera visita. En el salón varias formas humanas se revolvían alrededor de una mesa y, tan pronto como me alcanzó la luz, me reconocieron y un fuerte grito agitó los cimientos del viejo edificio: «Es él. Es él», gritaron varias voces al unísono. «Démosle su parte». Moreau estaba junto a una mesa en la cual había una bandeja llena con pequeños platillos japoneses. De un vaso de cristal sacó una cucharada de una pasta verdosa tan grande como un pulgar y colocó una cucharada junto a la cuchara de plata de cada de uno de los platillos. La cara de Moreau irradiaba entusiasmo, sus ojos destellaban, sus mejillas púrpuras brillaban, las venas de sus sienes sobresalían marcadamente y respiraba fuertemente con las narices dilatadas. «Esto te será descontado de tu cuota del paraíso», me advirtió mientras me entregaba mi parte… En cuanto la droga me empezó a hacer efecto noté cómo el resto de miembros empezaban a parecerme formas extrañas. Sus pupilas se hicieron grandes como búhos, sus narices se estiraron hasta formar protuberancias elongadas, sus bocas se estiraron como campanas. Las caras estaban ensombrecidas por una luz sobrenatural. Un calor mortal se apoderó de mis miembros, y la demencia se apoderó y dejó mi cabeza, como una ola que rompe espumeando contra las rocas y luego se retira otra vez. Ese visitante extraño, la alucinación, había venido para morar dentro de mí.

Théophile Gautier, descripción de su primera a el Club des Hachichins

Es imposible decidir quién es el miembro más ilustre del club, pero probablemente Charles Baudelaire (1821-1967) ha pasado a la historia como tal. No en vano fue el poeta más importante del siglo XIX, el rey de los poetas en palabras de Arthur Rimbaud. Con Baudelaire nació el malditismo en la literatura, en París tenía fama de inmoral y de persona de gustos exóticos. Además era un admirador de la obra de Thomas de Quincey Confesiones de un comedor de opio, que había traducido al francés, y él mismo era consumidor de opio y absenta como fuente de inspiración. Pero, contrariamente a lo que podría pensarse, como nos revela Gautier, Baudelaire no cayó rendido a los placeres del hachís.

Baudelaire consumía esporádicamente hachís como medio de experimentación psicológica, pero nunca de forma continuada. Además, sentía mucha repugnancia por ese tipo de felicidad, comprada en las droguerías y guardada en el bolsillo del chaleco, y comparaba sus éxtasis con los de un maníaco para quien telas pintadas y telones de fondo ocuparan el lugar de los muebles reales y los jardines con el aroma de flores verdaderas.

Téophile Gautier, en su ensayo sobre Baudelaire

Fruto de sus experiencias con las drogas, en 1860, Baudelaire publicó Los paraísos artificiales, cuyo título toma del nombre de un floristería de plantas artificiales parisina. Su intención era hacer un ensayo comparativo de las propiedades del alcohol, el hachís y el opio como medios para expander la individualidad. Aparte de este clásico de literatura sobre drogas, escribió un pequeño ensayo, Del vino y el hachís, donde expuso con agudeza sin igual sus puntos de vista sobre ambas sustancias.

¿Qué sentido tiene trabajar, labrar el suelo, escribir un libro, crear y dar forma a lo que fuere, si es posible acceder de inmediato al paraíso? El hachís está en contra de una ética activa de la vida, en oposición al vino: El vino hace a la gente feliz y sociable; el hachís los aísla. El vino exalta la voluntad, el hachís la aniquila.

Baudelaire

Es fácil y difícil al mismo tiempo imaginarse las reuniones del Club des Hachichins. De acuerdo con los tres estados de la intoxicación descritos por Baudelaire uno puede imaginárselos riendo incontrolablemente, como niños, a consecuencia del comentario más trivial; uno puede imaginárselos sentados en las cómodas butacas del salón, contemplando las pinturas que adornan las paredes, en silencio, cada uno perdido en su propio mundo y, por supuesto, uno puede imaginárselos en un estado de comunión imposible de alcanzar en un estado normal de consciencia, resolviendo las cuestiones filosóficas más difíciles, elaborando los juegos de palabras más geniales, discurriendo teorías sobre el amor, la amistad y la felicidad.

Primero, una hilaridad absurda e irresistible se apodera de ti. Esa alegría es intolerable para ti, pero es inútil resistirse. El demonio ha entrado en ti… A continuación tus sentidos se agudizan extraordinariamente. Tu visión es infinita. Tu oído puede distinguir el sonido más pequeño. Tienen lugar las más inexplicables transposiciones de ideas. Hay color en los sonidos, hay música en los colores… Esta fantasía se extiende eternamente. Con un esfuerzo inmenso, un intervalo de lucidez te permite mirar el reloj. La eternidad resulta haber durado sólo un minuto. La tercera fase va más allá de cualquier descripción. Es lo que los orientales llaman kef, es absoluta felicidad. En ella no hay nada tumultuoso ni confuso. Es una beatitud plácida. Todo problema filosófico está resuelto. Toda cuestión que sirve a los teólogos para debatir y trae desesperación a un hombre sensato se vuelve clara y nítida. Toda contradicción ha sido solucionada. El hombre ha superado a los dioses.

Baudelaire

Sea lo que fuera sobre lo que versaran las conversaciones del club, cuando hoy en día los clubs de fumadores empiezan a formar parte de la vida social y cultural de prácticamente de todas las ciudades del mundo, tanto de aquellas en que el consumo recreativo de hachís está permitido como en las que no, cabe preguntarse ¿qué podemos aprender de las experiencias ocurridas en ese laboratorio del espíritu que fue el Hotel Lauzun? ¿Qué nos recomendaría el buen Dr. Moreau? Si me preguntan a mí, creo que nos invitaría a expandir las fronteras de la personalidad y extender el arco de nuestras experiencias hasta sus límites, pero a hacerlo de manera consciente o por decirlo con la palabra de moda: mindfully.

Charles Baudelaire, el rey de los poetas

La rapidez y fuerza con que el consumo de hachís se extendió por Francia en el siglo XIX nos demuestra que los seres humanos tenemos una sed inextinguible de nuevas experiencias. El Club des Hachichins fue fruto de la curiosidad humana y su enseñanza principal es que la buena compañía mejora las experiencias y que el único uso sabio de una droga es el uso consciente, esto es, con un propósito en mente.

Para el Dr. Moreau este propósito era explorar el universo de las enfermedades mentales. Para los gigantes literarios que frecuentaban el club, los propósitos variaban desde desarrollar ideas sobre la condición humana, encontrar material literario o expandir sus conocimientos y en todos sus escritos subyace la idea que las drogas son un medio para mejorar la comunicación humana y que cuando dejan de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo uno ha pervertido su uso.

Más de 150 años nos separan de las reuniones de El Club des Hachichins y desde entonces el consumo de hachís se ha extendido a todas las sociedades y culturas, incluso aquellas que se encuentran lejos de sus lugares tradicionales de cultivo. El hachís, la hoja de coca, las setas mágicas, la ayahuasca, el vino son regalos de la madre naturaleza que deberían ser usados para expandir nuestros horizontes, no para conseguir aquella euforia barata que despreciaba Baudelaire. Hoy ya no hay que pertenecer a un club escondido en una esquina de París para disfrutar de esos tesoros, precisamente por eso más que nunca, a aquellos que van a hacer uso de ellos, conviene repetirles aquella advertencia que Gautier recibió en su primera visita al club: Esto te será descontado de tu cuota del paraíso, o del infierno, me permito humildemente apostillar.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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