Gulag, la casa del horror rusa

Con una extensión de más de 17 millones de kilómetros cuadrados, una novena parte de la superficie terrestre, Rusia es el país más grande del mundo, así que no es de extrañar que durante el siglo XX ideara el sistema de represión y tortura más grande que haya conocido la humanidad, el Archipiélago Gulag, como lo bautizó Aleksander Solzhenitsyn quien noveló sus horrores. ¿Pero hay algo que explique las dimensiones del monstruo más allá de las leyes de la proporción?

Durante el régimen soviético, el Gulag se extendió por la vasta geografía rusa, a lo largo de miles de kilómetros, del mar Blanco al mar Negro, de Moscú a Vladivostok, en unos quinientos campos de concentración y trabajo, en los que fueron deportados unos 20 millones de personas, un sexta parte de la población rusa, todos declarados culpables de un plumazo, al más puro estilo de esa gran máquina burocrática que fue la URSS.

Los orígenes del Gulag se remontan al año 1917, cuando los triunfadores de la Revolución de Octubre expulsaron a los monjes del monasterio Slowitzki, situado en la isla homónima del mar Blanco, un lugar ideal para poner en marcha un centro de reeducación a través del trabajo. Sí, los totalitarismos son muy dados a los eufemismos, en realidad un campo de concentración, la primera isla de ese archipiélago del horror que fue el Gulag, un estado dentro del estado, un continente separado del mundo, en el que era muy fácil entrar y del que era muy difícil salir.

Tras llegar al poder el primer objetivo de Lenin fue consolidar la revolución del proletariado, entiéndase por consolidar no sólo aplastar a cualquiera que se opusiera al nuevo régimen, sino también a los que no formaran parte de él. A tal efecto, una de sus primeras medidas fue fundar una policía secreta, la denominada Checa. ¿Su objetivo? Difundir el terror en la población, inocular el miedo en el individuo, armas preferidas de los totalitarismo de todos los colores para mantener al pueblo sumiso. Sí, las dictaduras tienen programas políticos muy primitivos.

Para dirigir la Checa nadie mejor, debió pensar Lenin, que Feliks Dzerzhinski. ¿Qué llamó la atención en su CV? Revolucionario comunista, por supuesto, pero más importante aún: 11 años preso en una prisión zarista. Sabrá hacer su trabajo, comentó Lenin el día de su nombramiento. Vaya que si supo, Feliks Dzerzhinsk respondió a las expectativas con creces. Pocas cosas dan una idea más precisa del grado de represión que ejerció la Checa entre la población rusas que el número de trabajadores que empleó, en su momento de mayor actividad, con Stalin en el poder, alcanzó las 200000 personas, que se repartían en agencias de espionaje, unidades especiales de intervención, servicios de inteligencia y cualquier otro departamento necesario para la siembra de ese fruto tan apreciado por las dictaduras: el terror.

Lenin y Stalin, como dos tortolitos, ya lo dice el refrán, Dios los cría y ellos se juntan.

Como todo el mundo sabe, y si no lo sabe yo se lo cuento, uno de los grupos más perseguidos por los bolcheviques fue la Iglesia, cuyos bienes fueron confiscados y sus miembros sentenciados a penas de muerte o prisión. Dicho lo cual, no resulta casual que el lugar elegido para poner en marcha un sistema de represión fuera un monasterio. En la aislada isla de Slowitzki los guardias recibían a los deportados con esta advertencia: olviden todos los derechos que conocían hasta ahora, aquí tenemos nuestras propias leyes, cualquier movimiento a derecha e izquierda será interpretado como un intento de fuga. ¿El castigo por intentar fugarse? Sí, los totalitarismo tienen en muy poca estima la vida humana.

Monasterio de la isla Slowitzi.

En la isla Slowitzki las jornadas de trabajo se extendían desde la salida a la puesta de sol y los presos tenían derecho a un día de descanso por diez días trabajados. Oleg Volkov aseguró que las penas por no cumplir las cuotas de trabajo eran severísimas, incluso la muerte, y sabía de lo que hablaba, el buen hombre estuvo preso 27 años en diferentes islas del Archipiélago Gulag. En la isla Slowitzki, principalmente, los presos eran utilizados para talar árboles, bajo brutales condiciones climatológicas, especialmente en invierno.

En mitad de la isla había un monte, con una pequeña capilla en la cima, tras la expulsión de los monjes inmediatamente fue despojada de cualquier símbolo religioso y reutilizada como centro de aislamiento, tortura y ejecución. Aunque de acuerdo con el testimonio de Oleg Volkov, cuando hacía buen tiempo, para salir de la monotonía, supongo, los guardias gustaban de salir fuera, colgar una pesa del cuello de los presos y arrojarlos por las largas escaleras que conducían a la iglesia, 350 escalones.

Aproximadamente el 10% de los presos de Slowitzki eran mujeres, en su mayor parte, más que para talar bosques, eran utilizadas como esclavas sexuales de los guardias. Por su parte, los guardias, caracterizados por su crueldad y sadismo, eran en su mayoría antiguos criminales y presos, se ve que los jerarcas del centro pensaban que antes que fraile había que ser cocinero. En este artículo me está saliendo un humor bastante negro, pero con el material a mano ningún otro es posible.

Entre tanto, fuera de la isla Slowitzki, la represión bolchevique era implacable con todo aquel que no comulgara con los ideales del nuevo régimen. Si al principio los presos políticos se contaban por cientos, rápidamente empezaron a contarse por miles. Sí, los totalitarismo de cualquier color hacen enemigos con facilidad, les pones mala cara y te ponen entre rejas.

En 1924 murió Lenin y empezó la guerra por su sucesión al frente del régimen bolchevique. Los dos principales candidatos eran Trotzky y Stalin, este último un joven con ambiciones políticas, secretario general del Comité Central del Partido Comunista desde 1922, cargo que le permitía una gran influencia y control sobre las personas y los mecanismos de funcionamiento del partido. Curiosamente, en 1926 murió Feliks Dzerzhinski, y en el entierro del fundador de la Checa Stalin y Trotzky aparecieron uno al lado del otro portando el féretro; todo fachada, como se puede imaginar, en las sombras Stalin ya había empezado a mover hilos para aislar a su rival político y un año más tarde, en 1927 Trotzky, que no tenía ni un pelo de tonto, eligió el exilio a la deportación. El camino de Stalin al poder quedó expedito.

Con la llegada de Stalin al poder la muy cacareada dictadura del proletariado se convirtió en la dictadura del partido y si la represión con Lenin había sido brutal bajo su mandato alcanzaría cotas difícilmente superables. Una de las primeras medidas de Stalin fue el establecimiento del primer plan quinquenal para acelerar la industrialización del país, con el objetivo de aumentar la producción anualmente un 20 por ciento, absolutamente irrealizable. Lamentablemente crear no es tan fácil como reprimir.

En ese mismo año se publicó en Francia Un prisionero en la Rusia roja de Raymond Duguet. La historia del libro es curiosa, por azar el escritor francés entró en contacto con un ex-prisionero de la isla Slowitzki fugado de Rusia y el relato de los medios con que las autoridades comunistas estaban construyendo una nueva sociedad sin clases le pareció tan interesante que decidió escribir un libro sobre el tema. «15000 hombres esperan la muerte en la isla Slowitzki», Un prisionero en la Rusia roja constituye el primero de los tres grandes testimonios literarios sobre el Gulag. Parafraseando a Hamlet, algo olía a podrido en Rusia, y el libro despertó las primeras sospechas en occidente sobre los métodos comunistas.

Empezó la guerra de propaganda y en 1928, en respuesta al libro de Raymond Duguet, financiada por el Partido Comunista, apareció una película en la que se veía a los presos de Slowitzki jugando al ajedrez, asistiendo a conciertos musicales, nadando y realizando otras actividades lúdicas. El régimen cumplió en celuloide lo que nunca sería capaz de cumplir en la realidad: el paraíso socialista.

Pero la campaña de lavado de imagen no acabó ahí, un año después, en 1929, Gorki acudió a informar sobre el estado de los internos en la isla Slowitzki. Por supuesto, todo estaba arreglado, antes de su llegada se mejoraron las instalaciones completamente y Gorki que tampoco tenía un pelo de tonto se negó a entrar en ellas bajo pretexto de que no era amigo de representaciones teatrales. En la colina donde se llevaban a cabo las ejecuciones, se encontró con presos leyendo el periódico, en una muestra de rebeldía sorda, algunos presos habían puesto los periódicos al revés y Gorki para dar a entender que sabía de qué iba todo les pidió que los pusieran derechos.

Retrato de Gorki en su escritorio, ejemplo del intelectual que pone su pluma al servicio del poder.

Ese sería el único gesto de reconocimiento que los internos recibirían de Gorki. De vuelta en su escritorio Gorki escribió que lugares como la isla Slowitzki son necesarios para que el estado alcance sus objetivos más rápidamente, entre ellos, hacer las prisiones innecesarias. En el resto del artículo Gorki se manifestó absolutamente a favor de los campos de concentración, necesarios para regenerar al hombre a través del trabajo. Acaso alentados por sus palabras, cuatro meses después de su visita, la administración de Slowitzki llevó a cabo una de sus mayores en ejecuciones en masa, más de tres cientos reclusos ejecutados sin juicio en un solo día. Moraleja, cuando los intelectuales traicionan su causa, la defensa de la verdad, un sistema ha alcanzado las más altas cuotas de corrupción.

Entretanto el primer plan quiquenal resultó un fracaso de padre y muy señor mío, ya lo decíamos construir es más difícil que reprimir. Obviamente la culpa no podía ser de quienes lo diseñaron, sino de quienes lo aplicaron y en 1930 se celebró el famoso Juicio de los industriales, en el que ocho responsables de aplicar el plan quiquenal fueron juzgados por sabotaje. Una gran farsa sobre la que se fundaría el sistema legal stalinista y el mito del sabotaje pagado con dinero extranjero, algo así como la versión rusa de la conspiración judeo-masónica de Franco, destinado a explicar los continuos fracasos económicos del régimen comunista. Se me olvidaba decir, de los ocho juzgados, cinco fueron condenados a pena de muerte y tres al Gulag. Sentencia no apelable, por supuesto, recibida con aplausos. Sí, las dictaduras son grandes teatros en los que uno sólo se da cuenta de que no se interpreta una comedia, sino un drama, cuando empieza a correr la sangre.

El temprano fracaso de la industrialización, conllevó el fracaso del otro gran proyecto de Stalin, la colectivización de la tierra. Antes de la revolución la estructura agraria rusa seguía un modelo prácticamente feudal, con unos pocos terratenientes que estaban en posesión de la tierra y un extenso campesinado que formaba aproximadamente el 80% de la población total. Los primeros fueron asesinados y deportados y los segundos trasladados a campos especiales, destinados a producir los alimentos que debían nutrir a la nueva Rusia. La industria era incapaz de producir los tractores, cosechadoras y máquinas que debían modernizar el campo, a su vez el campo no podía producir los alimentos que debían alimentar a los obreros de las ciudades. Un terrible círculo vicioso que entre 1932 y 1934, especialmente en Ucrania, condenó a la muerte por inanición a 7 millones de campesinos. Quien quiera saber más sobre este tema debería leer el excelente libro La hambruna roja de de Anne Applebaum.

Una cosa estaba clara, the show must go on, y si el socialismo no podía construirse con máquinas, entonces, se construiría a la antigua usanza, con esclavos. En ese sentido el Gulag tenía un doble objetivo, primero, político, eliminar a todo aquel que se opusiera a la revolución, segundo, económico, proporcionar mano de obra barata, léase, a coste cero, para el Partido Comunista. A lo largo de la inmensa geografía de la antigua Unión Soviética, rápidamente, como las setas, se extendió un archipiélago de campos de concentración que imitaba a aquella primera isla de Slowitzki. Pero, ahora, ya no se trataba de poner a unos cuantos miles de presos a talar árboles para producir madera, sino de organizar un ejército de esclavos que debía satisfacer las necesidades de mano de obra de un país obsesionado con industrializarse y condenado a no hacerlo nunca.

Imagen del Canal Mar Blanco-Báltico, símbolo de la industrialización de la Unión Soviética.

El primero de los grandes proyectos abordados con la mano de obra proporcionada por el Gulag fue la construcción en 1931 del Canal del mar Blanco y Báltico, una faraónica obra de ingeniería de 227 kilómetros de largo con varias esclusas y diques, para cuya construcción el Gulag proporcionó 120000 esclavos, con semejante fuerza de trabajo a nadie extrañará que la obra estuviese terminada en el tiempo récord de 18 meses. Al frente del proyecto estaba nada más y nada menos que Naftaly Frenkel, hombre de incierto origen, condenado a diez años de trabajos forzados en Slowitzki por contrabando, con el tiempo guardia de la isla y posteriormente director económico del Gulag. ¿Su fórmula secreta para un ascenso tan meteórico? La brillante idea de hacer depender la ración de comida de la cantidad de trabajo realizado. Debemos sacar todo lo posible de los presos en los primeros tres meses, luego podemos prescindir de ellos. El 10% de los presos murieron en la construcción del canal, 12000 personas. Esa era la redención por el trabajo que prometía el socialismo, como se expresa literalmente en un libro conmemorativo dedicado a Stalin y elaborado por más de treinta escritores que visitaron las obras de construcción del canal, entre ellos, por supuesto, Gorki.

En 1933 Stalin inauguró el canal y a los voceros del régimen les faltó tiempo para celebrarlo como un éxito extraordinario y un ejemplo de la capacidad transformadora del comunismo. En realidad el canal fue un fracaso, demasiado estrecho y poco profundo, únicamente apto para barcos de poco calado, que nunca cumplió su objetivo de agilizar el tráfico marítimo. En lo sucesivo el canal apenas se utilizó, un fracaso por el que se pagó un precio en vidas humanas inmenso. Pese a todo, el canal se convirtió en símbolo de lo que la voluntad de trabajo de la Unión Soviética podía lograr y de su rápida industrialización. Sí, los aparatos de propaganda viven en permanente conflicto con la realidad.

You can’t say we never tried, el problema era de base, de principio, de fundamento, pero como dice la canción de los Rolling Stones no se puede decir que los comunistas no lo intentaron. El siguiente gran proyecto fue una mina de oro en el cauce del rio Kolyma, en el este del país, a 10000 kilómetros de Moscú, en una zona de Siberia donde las temperaturas alcanzan 50 grados bajo cero en invierno. Kolyma tiene un invierno de doce meses, el resto es verano, decían los presos, privados de todo, excepto del sentido del humor, y en ese largo invierno, obligados a trabajar en las condiciones más inhumanas posibles, a muchos se les caían las orejas, las narices, los dedos por congelación. En Kolyma cayeron tantos esclavos del Gulag que se bautizó como el crematorio blanco. Nombre que en cierto sentido recuerda al silencio blanco de Jack London, aunque en un contexto completamente distinto.

Imagen de Varlam Shalamov de joven, mirada de loco, pero quién no lo estaría en su pellejo.

En Kolyma estuvo deportado el escritor Varlam Shalamov. Shalamov había sido condenado previamente en 1929 a cinco años por actividades contrarevolucionarias, con él el Gulag falló en su tarea de redimirlo por el trabajo y en 1937 fue apresado otra vez, en esta ocasión lo mandaron a Kolyma. Varias veces convicto, Shalamov era un buen conocedor del Gulag y con sus Relatos de Kolyma produjo uno de los testimonios más desgarradores de su funcionamiento; todo está allí, la arbitrariedad judicial, la corrupción de los administradores, el sadismo de los vigilantes y el sufrimiento de los deportados; pero acaso su gran logro no sea relatar con gran verismo e increíble atención al detalle la vida de los esclavos del Gulag, sino revelar el tercer objetivo que justificaba su existencia: la limpieza política, social y étnica que durante décadas se llevó a cabo en la Unión Soviética con todos los que tenían el atrevimiento de disidir.

En Kolyma se extraían de media 52 toneladas de oro al año, la mitad de la producción de la URRS, que ayudaron a financiar el puerto de Magadan, centrales hidroeléctricas, carreteras, aeropuertos, etcétera, pero en todas ellas el elemento principal siempre fue la mano de obra esclava que proporcionaba el Gulag, destinada a sustituir la maquinaria de la nunca alcanzada industrialización, hasta que el sistema finalmente colapsó. En este sentido la historia de la Unión Soviética es la historia de la maquinaria de represión más grande que ha conocido el hombre, nadie ha dado mejor testimonio de su inhumanidad que Alexander Solzhenitsyn en su Archipiélago Gulag, una obra maestra que merece una entrada aparte.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

2 comentarios sobre “Gulag, la casa del horror rusa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: