Freud, el explorador del subconsciente

Sigmund Freud, autor de La interpretación de los sueños y El malestar de la cultura, ha pasado a la historia como el padre del psicoanálisis. Su obra amplió nuestra compresión del inconsciente, la sexualidad y la función de los sueños. Además fue el primero que subrayó la importancia de las emociones infantiles en la formación del carácter y el desarrollo de la persona. Aunque algunas de sus teorías han sido superadas, nadie duda que se trata uno de los intelectuales más importantes de todos los tiempos.

Infancia

Sigismund Freud nació el 6 de mayo de 1856 en la ciudad Frieberg, entonces perteneciente al Imperio Austro-húngaro y hoy parte de la República Checa. Fue el primer hijo de Jacob y Amalia Freud, un matrimonio muy fértil que daría luz a dos niños y cuatro niñas más. Amalia era la segunda mujer de Jacob, que ya tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Jacob poseía un negocio de venta de madera, que marchaba razonablemente bien, pero que con el paso de los años se quedó corto para atender a las necesidades de su creciente prole. Jacob y Amalia criaron a sus hijos de acuerdo con las tradiciones y ritos judíos, aunque sin ser especialmente practicantes.

En 1859 la familia se mudó a Viena, al humilde suburbio obrero de Leopoldstadt, el único lugar que se podían permitir. Sin embargo, la familia tenía razones para mirar al futuro con esperanza. En 1849 el emperador Franz Joseph había abolido la leyes que convertían a los judíos en ciudadanos de segunda dentro del Imperio. Aunque entre la población el antisemitismo seguía siendo un sentimiento muy fuerte, ahora los judíos podían fundar negocios, ejercer profesiones liberales y poseer bienes inmuebles. Desgraciadamente, Jacob no supo sacar partido de estos cambios sociales y la familia siguió viviendo durante muchos años en el mísero apartamento del barrio Leopoldstadt.

Freud ingresó en la escuela a los nueve años y rápidamente se convirtió en el primero de la clase. Fue un lector voraz y como Marie de Ebner-Eschenbach desde muy joven habló con fluidez las tres lenguas dominantes en el Imperio Austro-húngaro: Alemán y checo, además de francés que era la lingua franca de la época. Freud se sintió atraído por el universo onírico desde muy joven, sus sueños lo fascinaban y perturbaban por igual, y como si ya de niño intuyera que en ellos se escondía la clave de su verdadera identidad, los anotó cuidadosamente en sus libretas, como un avaro anota cada moneda de su fortuna.

Los sueños son más profundos cuanto más locos parecen

S. Freud

La universidad y el descubrimiento del amor.

Freud era el favorito de su madre y disfrutaba de ciertos privilegios con respecto a sus hermanos, era el único miembro de la familia que disfrutaba de una habitación para sí solo y sus hermanos menores tenían que guardar escrupuloso silencio mientras Sigi -como lo llamaba su madre- estudiaba.

Durante sus años de instituto Freud quería estudiar medicina, pero nunca se vio a sí mismo como médico, cuidando de pacientes al estilo tradicional. Su enfoque era más teórico que práctico. A medida que se acercaba su ingreso en la universidad, se sintió fascinado por la bacteriología, una nueva rama de la ciencia entonces, pero finalmente, cuando llegó la hora de la verdad, en 1873, Freud se matriculó en zoología en la Universidad de Viena, donde pasaría los siguientes nueve años de su vida, primero como estudiante y luego como asistente de laboratorio, investigando el sistema nervioso de animales como peces y anguilas.

En 1878 Freud cambió su primer nombre, de Sigismund a Sigmund, las razones no están claras, quizás un sueño, y en 1881 empezó un internado de tres años en el Hospital de Viena. Freud disfrutaba del trabajo de laboratorio, pero al mismo tiempo se lamentaba de que el sueldo apenas alcanzara para satisfacer las necesidades de un joven que empezaba a lidiar con las necesidades propias de la vida adulta, más para uno que se acababa de enamorar.

Nunca estamos tan indefensos como cuando nos enamoramos

S. Freud

En 1882 Freud conoció a Martha Bernays, una amiga de una de sus hermanas. La atracción fue mutua e instantánea. Inmediatamente empezaron a salir y su noviazgo se prolongó cuatro años, aunque probablemente se hubiesen casado mucho antes, si Freud, que todavía vivía con sus padres, hubiera sido capaz de encontrar un trabajo mejor remunerado.

El joven Freud, con barba y traje dos compañeros inseparables

El Investigador

Intrigado por las teorías sobre funcionamiento cerebral que surgieron a finales del siglo XIX, Freud decidió especializarse en neurología. La tendencia entre los neurólogos de la época era relacionar las enfermedades mentales con causas físicas. Freud también cometió esa pecado, pero después de diseccionar incontables cerebros poco a poco se fue convenciendo de que la naturaleza de las enfermedades mentales respondía a otros factores y desarrolló un especial interés por enfermos con desordenes mentales y emocionales.

De primeras, Freud se horrorizó por los métodos en boga para tratar las enfermedades mentales, como encierros, hidroterapia (rociar a los enfermos con mangueras) y terapias de electro-shock. Freud aspiraba a encontrar métodos más humanos, pero sus primeros intentos no le reportaron más que burlas. Por esa época Freud empezó a consumir cocaína regularmente y en 1884 publicó Sobre la cocaína, un estudio en el que detalló sus experimentos con la droga para tratar enfermedades mentales y físicas. Freud puso la cocaína por las nubes, la cual tomó regularmente como remedio contra los dolores de cabeza y la ansiedad. Pero finalmente canceló sus experimentos con la cocaína, después de que varios pacientes desarrollaran problemas de adicción.

Sobre la coca, una indagación fascinante sobre una planta que ha cautivado y horrorizado a la humanidad

Histeria e hipnosis

En 1885 Freud se trasladó a París para estudiar con Jean-Martin Charcot, un pionero del psicoanálisis, quien poco antes había vuelto a aplicar la hipnosis, descubierta un siglo antes por el doctor Franz Mesmer, como método clínico para tratar a pacientes de «histeria», nombre con el que entonces se englobaba un amplio rango de patologías, depresión, ataques nerviosos, apatía, parálisis, que principalmente afectaban a mujeres. Charcot participaba de la opinión de que la mayoría de los casos de histeria tenía su origen en la mente del paciente y en consecuencia debían ser tratados como enfermedades mentales y no físicas. Para demostrarlo, realizó demostraciones públicas en las que hipnotizaba a pacientes y les inducía los síntomas característicos de la histeria para luego quitárselos.

La paranoia nunca está equivocada del todo

S. Freud

El trabajo de Charcot convenció a Freud de su idea original de que las enfermedades mentales tenían un origen mental y no físico, incluso que era más probable que una enfermedad mental originara una física que a la inversa, además del papel que jugaban las palabras en el tratamiento de enfermedades mentales. Por lo que respectaba al uso de la hipnosis, aunque era un arma que parecía funcionar en ciertos pacientes, sus riesgos eran tan grandes como sus beneficios, y Freud se dispuso a buscar un camino alternativo.

“Anna O”

En 1886, después de un año en París, con la cabeza llena de nuevas ideas sobre las enfermedades mentales, Freud regresó a Viena, donde abrió una consulta privada, dedicada al tratamiento de «enfermedades nerviosas», una declaración un tanto vaga en cuanto a su contenido, pero con la que muchos ciudadanos de la época se podían sentir tentados a llamar a su puerta.

Un día, en retrospectiva, los días de lucha te parecerán los más hermosos de tu vida

S. Freud

De hecho, desde el primer día, Freud se encontró con una clientela numerosa, suficiente para resolver sus problemas financieros y ese mismo año se casó con Martha Bernays. La pareja se mudó a un apartamento en un barrio de clase media en el corazón de Viena. Un año después, en 1887, nació su primera hija, Mathilde, a la que seguirían tres hijos y dos hijas más.

Freud empezó a recibir pacientes con histeria aguda, derivados de otros médicos, con quienes empleó la hipnosis y bajo estado de trance hipnótico los animó a hablar de los sucesos pasados de su vida. Con la paciencia de un escribano, anotó todas sus experiencias, desde memorias traumáticas a sueños y fantasías, y posteriormente las estudió concienzudamente.

Uno de los padrinos de Freud en Viena fue el doctor Josef Breuer, a través del cual conoció el historial de una paciente que tuvo una gran influencia sobre él y sus teorías. «Anna O», cuyo nombre real era Bertha Pappenheim, era una paciente a quien Brauer había descrito como especialmente difícil de tratar. «Anna O» sufría varios problemas físicos, un brazo paralizado, mareos y sordera temporal. Breuer la había tratado con lo que la propia paciente denominó «la cura del habla», con la cual Breuer había sido capaz de relacionar sus síntomas con un suceso pasado de su vida que podía haberlos ocasionado. Hablando sobre ello, «Anna O» experimentó un sentimiento de alivio, que condujo a una reducción de sus síntomas, e incluso a la desaparición de algunos. «Anna O» fue la primera paciente sometida a psicoanálisis.

El inconsciente

Inspirado por el caso de «Anna O», Freud incorporó la cura del habla a su práctica clínica, que reformuló con el término psicoanálisis, y no pasó mucho antes de que abandonase la hipnosis en favor de esta última, centrando el tratamiento de sus pacientes en el diálogo. Al que posteriormente iría añadiendo diferentes técnicas, como la libre asociación que consistía en preguntar algo a sus pacientes y dejarlos hablar sobre lo primero que se le viniera a la cabeza.

Freud anotaba todo lo que sus pacientes decían, esa información constituía los datos del paciente, como para un médico tradicional podía ser la presión arterial, y por tanto tenían rango científico. A medida que ganó experiencia como psicoanalista, Freud concibió la mente humana como un iceberg, considerando que la mayor parte la de mente, permanecía bajo la superficie del agua, a la que se refirió como el inconsciente. Freud no fue el único psicólogo de la época en sostener tal afirmación, pero fue el primero que se aproximó al inconsciente de manera científica.

La mente es como un iceberg, con un séptimo de su masa bajo el agua

S. Freud

En su tiempo se consideró radical la teoría freudiana de que las personas no siempre somos conscientes de nuestros pensamientos y que a menudos actuamos sin ser conscientes de nuestras motivaciones, porque cuestionaba la libertad humana, uno de los pilares de la moral y constituía una humillación para el género humano. A pesar de su enfoque científico, las ideas de Freud no fueron bien recibidas por la comunidad médica, porque carecía pruebas empíricas para ellas. En un intento de convencer a sus colegas médicos, en 1895, publicó con Josef Breuer Estudios sobre histeria. El libro no se vendió bien y no cumplió su propósito de convencer a la comunidad médica, pero no lo desalentó en la seguridad de que había descubierto un gran secreto sobre la mente humana: El ser humano no sólo era prisionero de las estructuras sociales, como predicaba Marx, sino sobretodo de su subconsciente.

El diván

Freud realizaba sus sesiones de psicoanálisis de un una hora en una habitación de su domicilio familiar en la calla Berggasse, 19. La habitación estaba llena de libros, pinturas y escultura, su oficina durante casi medio siglo. En el centro había un diván, regalo de una de sus pacientes, Madame Benvenisti, tumbados en el cual hablaban sus pacientes, mientras él permanecía en una silla, oculto a su vista, porque consideraba que hablarían más libremente si no tenían contacto visual con él. Durante las sesiones Freud nunca juzgaba ni hacía sugerencias, se limitaba a escuchar.

El famoso diván de Freud, que hoy se puede visitar en su casa-museo de Viena

Para Freud, el principal objetivo de la terapia era sacar a la luz los pensamientos reprimidos de los pacientes, para que pudieran ser reconocidos y tratados. Para muchos de sus pacientes el tratamiento fue un éxito, lo que los hizo recomendar a Freud a sus amigos, lo que disparó su popularidad entre burguesía de Viena. Obviamente, sus tarifas se dispararon a medida que sus lista de pacientes aumentaba y en su época de mayor actividad llegó a trabajar 16 horas al día, suponemos que con la ayuda de la cocaína.

Las emociones reprimidas nunca mueren, son enterradas vivas y vuelven a salir a la superficie en formas cada vez más horrorosas

S. Freud

Complejo de Edipo

Después de la muerte de su padre, ocurrida en 1896, Freud se sintió obligado a saber más de su propia psique. Decidió convertirse en su propio paciente y se psicoanalizó a sí mismo, haciendo un hueco diario en su agenda para analizar sus memorias y sueños, empezando por los de la infancia. Durante estas sesiones, Freud desarrolló la teoría del complejo de Edipo, denominado así en honor a la tragedia griega, según la cual todos los niños pequeños se sienten atraídos por su madre y ven a sus padres como rivales. Pero a medida que un niño normal crece, se aleja de su madre. Freud describió un desarrollo similar en relación a padres e hijas, denominándolo el complejo de Electra, también derivado de la mitología griega.

Antes de autodiagnosticarte con depresión o baja estima, asegúrate de que no estás simplemente rodeado de gilipollas

S. Freud

No es difícil imaginar el escándalo que estas teorías suscitaron en la sociedad de la época, pero más controvertido aún fue el concepto de Envidia del pene, con el cual sostuvo la teoría de que el género masculino era el ideal. Freud creía que toda mujer albergaba en su interior el profundo deseo de ser un hombre. Sólo cuando una chica renuncia a su deseo de ser un hombre, y a la atracción asociada por el padre, se podía identificar con su propio sexo. Muchos psicoanalistas posteriores rechazaron esta teoría, el por qué es obvio.

La interpretación de los sueños

Durante sus sesiones de autoanálisis la fascinación que Freud siempre había sentido por sus sueños alcanzó una nueva dimensión, convencido de que estos eran una manifestación del universo inconsciente y en ellos residía la clave para su comprensión. Bajo esta nueva luz Freud empezó a analizar sus sueños, los de su familia y pacientes y determinó que los sueños eran deseos reprimidos, dueños de un lenguaje simbólico común a todas las persona y que la comprensión de ese lenguaje permitía su análisis.

Con la intención de descifrar el lenguaje onírico, en 1900 Freud publicó el revolucionario La interpretación de los sueños, uno de los ensayos más importantes de la historia, a pesar de que inicialmente sus ventas fueron pobres y la respuesta general fue de indiferencia. Sin embargo, el libro le valió una pequeña legión de seguidores entre los estudiantes de psicología, entre los que se contaba Carl Jung. El grupo celebraba sus reuniones una vez a la semana en la oficina de Freud. A medida que su número y prestigio creció, se denominaron a sí mismos la Sociedad Psicoanalítica de Viena, la cual celebró su primera conferencia internacional en 1908. Sin embargo, con el paso de los años, Freud rompería lazos prácticamente con todos ellos.

Freud y Jung

Freud mantuvo una relación muy cercana con Carl Jung, un psicólogo suizo que abrazó muchas de sus teorías y colaboró estrechamente con él, hasta el punto de que cuando, en 1909, la Universidad de Massachusetts invitó a Freud a ser ponente en una serie de conferencias, le pidió que lo acompañara.

Desgraciadamente, su amistad se resintió durante el viaje. En parte por el estrés propio del viaje, Freud no se acostumbró a estar fuera de su círculo familiar y se volvió difícil de tratar. En cualquier caso, su conferencia en la universidad fue un éxito, convenciendo a su audiencia, entre la que se encontraban algunos de los príncipes de la medicina americana, de las bondades del psicoanálisis con sus perfectamente documentados estudios clínicos.

El viaje a los Estados Unidos disparó la fama de Freud. Incluso un magnate de Hollywood le hizo una tentadora oferta de cien mil dólares, una cantidad desorbitada para la época, por colaborar en una producción sobre los romances más famosos de la historia, que Freud rechazó. De la noche a la mañana pasó de ser una personalidad austríaca a una internacional, por entonces tenía 53 años de edad y sintió que el trabajo de toda una vida por fin recibía el reconocimiento que se merecía. Los métodos de Freud, originalmente considerados radicales, pasaron a considerarse aceptables.

Freud en la madurez, con apreciable barriga, abundantes entradas y puro

Sin embargo, su joven discípulo Jung empezó a cuestionar sus teorías. Jung no creía que todas las enfermedades mentales tuvieran su origen en traumas de la infancia, tampoco creía que la madre fuera un objeto de deseo infantil. De todos modos, Freud se resistió a revisar su trabajo o a considerar que pudiera estar equivocado en algún punto. Por 1913, cuatro años después del viaje a los Estados Unidos, ambos habían roto cualquier lazo. Jung desarrolló sus propias teorías y se convirtió en un psicólogo muy influyente y respetado, fundando la psicología analítica.

Quien no cuestionó sus teorías fue Lou Andreas-Salomé, quien en 1911 había conocido al Freud se enganchó con el psicoanálisis, siendo la única mujer aceptada en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Lou conjugó sus teorías con la filosofía de Nietzsche, con quien había tenido un amor de verano, en sus estudios sobre la filosofía femenina. Lou, quien previamente había sido amante de Rainer Maria Rilke, mantuvo una relación amistosa de profundo respeto y cariño durante el resto de su vida con Freud, quien la apoyó cuando a partir de 1915 comenzó a dar consulta psicoanalítica en la ciudad alemana de Gotinga.

Ello, Ego, y Superego

El estallido de la I Guerra Mundial supuso un parón de la vida intelectual, especialmente entre la incipiente comunidad de psicólogos, pero Freud se mantuvo ocupado en la medida de lo posible. Durante los años de conflicto desarrolló su concepto de la estructura de la mente humana, según la cual se compondría de tres partes: el Ello, la parte inconsciente relacionada con las necesidades y los instintos, el Ego, la parte racional encargada de la toma de decisiones, y el Superego, la voz interior que nos dice que está bien y que mal y que generalmente se relaciona con la conciencia. Una teoría que durante la guerra aplicó a los países contendientes.

Aunque en Alemania sus libros fueron prohibidos y quemados por ser un autor judío, la I GM contribuyó a popularizar las teorías de Freud. Muchos veteranos de guerra que regresaban del campo de batalla experimentaban graves problemas de adaptación a la vida civil. Estos desordenes emocionales, originalmente denominados shell shock, se derivaban de traumas sufridos durante la guerra. Deseosos de ayudar a los combatientes, los médicos emplearon freudiana la cura del habla, animando a los soldados a describir sus experiencias. La terapia resultó efectiva en muchos casos, lo cual reportó una inesperada estima por Freud.

Final

En la década de los 20, Freud se había convertido en un afamado teórico y médico. Al reconocimiento se sumaba el orgullo de saber que su hija Anna, a quien consideraba su mejor discípulo, continuaría su legado. Así fue, Anna Freud se distinguió con los años como fundadora del psicoanálisis infantil.

Freud fue un fumador empedernido durante toda su vida y, en 1923, se le diagnosticó cáncer de boca. Desde ese momento hasta el final de su vida se sometió a más de 30 cirugías, entre las que se incluyó una que le quitó parte de la mandíbula, pero ninguna le quitó el vicio y siguió fumando hasta su muerte. Aunque la enfermedad le causaba mucho dolor, siempre se negó a tomar calmantes, por temor a que le nublaran el entendimiento. Con la mente clara, en sus últimos años de vida dejó un poco de lado la psicología y se centró en temas más filosóficos, fruto de los cuales surgió uno de sus grandes libros, El malestar de la cultura, quizás su mejor libro.

Qué progreso hemos hecho, en la edad media me habría quemado por mis ideas, ahora se contentan con quemar mis libros

S. Freud

Cuando Adolf Hitler se apoderó de Europa a finales de los años 30 y empezó a perseguir a los judíos, los amigos de Freud intentaron convencerlo para que abandonara Viena, pero él se negó, incluso después de que ocuparan Austria. Sin embargo, cuando la temida Gestapo encarceló temporalmente a su hija Anna, Freud se convenció finalmente de que Viena ya no era segura para la población judía. Gracias a sus contactos fue capaz de conseguir visas para él y su familia más cercana y en 1938 se exilió en Londres, donde conoció la triste noticia de la muerte de sus cuatro hermanas en campos de concentración nazi

Las cenizas de Freud, junto a las de su mujer, se conservan en el Golders Green Crematorium de Londres, en una antigua urna griega de 2300 años. En 2014 intentaron robarlas y la urna se dañó parcialmente

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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