Los Buddenbrook, una familia universal

Thomas Mann, premio Nobel de 1929, publicó Los Buddenbrook cuando tenía 25 años, en sus mil páginas asistimos al ocaso de una familia de comerciantes de Lübeck del siglo XIX y por el camino somos testigos de hijos ilegítimos, matrimonios de conveniencia, infidelidades y la pérdida de las ilusiones burguesas.

Cuando se publicó Los Buddenbrook en 1901 el público alemán no se percató inmediatamente del alcance del debut literario de un hombre de 25 años. De hecho el editor tuvo sus dudas sobre la viabilidad de la novela, no estoy precisamente encantado, fueron sus palabras después de leer el manuscrito. En cualquier caso, acabó publicando la novela, más por buena voluntad que por convicción.

En su primer año de vida el libro se reseñó sólo 18 veces, habrían de pasar 20 años hasta que, al final de la I Guerra Mundial, los méritos del libro fueron reconocidos y superó la barrera de las cien mil copias. Sin embargo, entre aquellas primeras críticas, había una que decía este nombre dará que hablar. El crítico no era otro que el poeta Rainer Maria Rilke, casualmente por entonces también de 25 años de edad, autor de las inmortales Cartas a un joven poeta. Hoy no son pocos los que consideran a Los Buddenbrook la novela alemana par excellence.

A pesar de que la novela demanda días uno lee cada página con atención y tensión, sin cansarse, sin saltarse nada, sin el menor síntoma de impaciencia ni prisa. Uno debe dar tiempo a los hechos para desarrollarse, precisamente porque nada en el libro parece estar ahí para el lector, porque el escritor nunca intenta convencer o encantar al lector, precisamente por eso uno se involucra tanto en la lectura, hasta que se vuelve un asunto personal, como si hubiera encontrado la historia en un cajón secreto, entre viejos papeles y cartas de familia, que se leen lentamente confundiéndose con los propios recuerdos.

Rainer Maria Rilke

De hecho, en la novela la historia de la familia Buddenbrook se mezcla con la historia familiar del propio Thomas Mann. Thomas Mann nació en Lübeck en una familia de comerciantes y sus aspiraciones artísticas nunca encajaron con la mentalidad burguesa de la familia. De ese conflicto entre las aspiraciones personales y la tradición familiar nace Los Buddenbrook y es ese elemento autobiográfico el que le otorga su irresistible magnetismo y verosimilitud.

Excelente edición de Edhasa, disponible en tapa blanda y dura.

A pesar de que el tiempo de la novela no abarque más de 42 años, el lector disfruta de una gran visión panorámica que le permite contemplar el ir y venir de las generaciones, mecidas por la rítmica prosa de Thomas Mann. Según el libro de familia de los Buddenbrook sus raíces llegan hasta el siglo XVI en Lübeck, el 7 de julio de 1768 Johann Buddenbrook fundó la empresa familiar, pero la novela no empieza hasta el otoño de 1835, después de que Johann Buddenbrook haya comprado una gran mansión en la calle Mengstrasse que simboliza la riqueza de la familia.

Precisamente en la fiesta de inauguración entramos en contacto con los principales protagonistas de la familia: Johann Buddenbrook y su segunda mujer Antoinette, su hijo también llamado Johann y su mujer. Los nietos también están sentados a la mesa: Tony la soñadora, Christian el rebelde y, por supuesto, Thomas, el mayor, el que supuestamente debe hacerse cargo en el futuro del negocio familiar. Únicamente falta Gotthold, el hijo del primer matrimonio de Johann, al que su padre repudia por haberse casado con una mujer humilde contra su voluntad: Mon très cher fils, tú te casaste con tu tienda, punto. No te voy a desheredar, no quiero ningún espectáculo, pero nuestra amistad está terminada. Aquí tienes 100000, los otros 100000 los recibirás con la herencia y basta.

Johann Buddenbrook representa al hombre de negocios, odia el derroche y valora el pensamiento práctico, pero también es un hombre rudo y zafio que acusa a su hijo Thomas de tener la cabeza llena de bobadas cristianas y… de idealismo. Thomas Mann caracteriza su falta de delicadeza a través de su forma de comer y beber, como si no hubiera mañana, y de hablar, cortando las frases y marcando mucho las vocales, hablando con la misma pasión con la que come. Johan Buddenbrook simboliza la energía vital de la que nace todo.

La voz del narrador cambia según se aproxime a un miembro u otro, su tono alterna el desprecio, la ternura, el sarcasmo e incluso da muestras de ese humor tan característico que haría de Las confesiones del estafador Felix Krull una de las mejores novelas de humor. Pero, acaso porque Thomas Mann fue un lector voraz de Schopenhauer, la atmósfera de la novela es pesimista y desde las primeras páginas tenemos la impresión de que la obra de Johann Buddenbrook está destinada a derribarse. En cualquier caso, ese día todavía está muy lejos cuando Johann hijo se casa con Elisabeth (Bethsy) Kröger, la hija de una próspera familia de Lübeck. El matrimonio dará a luz a cuatro hijos destinados a aumentar la riqueza y gloria de la familia, pero los destinos de todos ellos se arruinarán en el conflicto entre las ambiciones personales y las obligaciones familiares.

Trailer en español de la última versión de Los Buddenbrook.

En enero de 1842 muere Antoinette y dos meses después lo hace su marido, Johann Bruddenbrook senior. Su hijo asume la dirección de la firma. Los nietos crecen y empiezan a desarrollar su carácter. Mientras Christian, disoluto, fanfarrón y seductor, es enviado al extranjero por un affaire con una actriz que ocasiona un escándalo familiar y social, Tony y Christian se enamoran de personas que no pertenecen a su clase social, pero carecen del valor para oponerse a los deseos de sus padres y celebran matrimonios de conveniencia.

Especialmente trágico será el matrimonio de Tony con Bendix Gründlich, cristiano, capaz y bien educado. El matrimonio tiene lugar en 1846 y poco después Tony da a luz a Erika. Eso llega, te lo aseguro, eso llega con el tiempo, pero el tiempo pasa y los sentimientos que su madre le había asegurado que traería el matrimonio siguen sin llegar la convivencia entre Bendix y Tony se volverá imposible.

Los Buddenbrook es una de las mejores novelas del siglo XX.

William Faulkner

La crisis matrimonial coincide con la revolución que a mitad del siglo XIX sufrió Alemania, los negocios de Bendix quiebran y Johann se ve obligado a intervenir para salvar el honor de la familia. En la mansión de Los Buddenbrook se celebran reuniones sociales, se habla de política, moral y ética, pero la brújula de su vida es el dinero y la economía, en ninguna escena es más evidente que cuando el cónsul Johan Bruddenbrook habla de emociones, pero piensa en el dinero y mueve hilos para devolver a Tony a la familia al menor coste posible. En 1850 Tony regresa a la casa paterna y en el libro de familia se escribe que su matrimonio se ha disuelto.

Pero la semilla de su decadencia no yace en un matrimonio más o menos afortunado, sino en el aburguesamiento que acontece con cada nueva generación. Christian, Tony y Thomas carecen de la energía del fundador de la saga familiar para continuar su legado, una incapacidad que se hace evidente cuando Thomas reconoce a Christian -de vuelta de un largo viaje de ocho años por el mundo provocado por el affaire con la actriz- que carece de la habilidad natural de un comerciante para reconocer una situación, evaluarla y explotarla sin escrúpulos; en cambio son más refinados y elegantes, ya no comen ni beben como animales y salpican su lenguaje con expresiones francesa, tan en boga en la época: ¡Je, c’est la question, ma très chère demoiselle!, característica con la que Thomas Mann subraya su esnobismo.

Ese refinamiento se completará con el matrimonio de Thomas con la hermosa Gerda Arnoldsen, amiga de su hermana Tony, hija de un próspero comerciante de Amsterdam, culta y aficionada al arte. En marzo de 1857 el matrimonio se muda a una casa en la calle Breiten, cuatro años después, en abril de 1861 nacerá su ansiado hijo, destinado a continuar la tradición comercial de la familia. Sin embargo, desde muy pronto el carácter del pequeño Hanno se parecerá en muy poco al de los enérgicos primeros Buddenbrook; en realidad no podía ser más distinto, de su madre hereda el talento artístico y se convertirá en un virtuoso del piano.

En su octavo cumpleaños, en presencia de toda la familia, Hanno deleita a su familia con la interpretación junto a su madre de una de sus pequeña fantasías, al estilo del Tristán e Isolda de Wagner. Aunque la interpretación es un éxito, su padre Thomas en su corazón no está de acuerdo con el carácter y el desarrollo del pequeño Hanno y contempla la música como un poderoso enemigo.

Sin embargo, antítesis perfecta de su bisabuelo Johann, Hanno carece de energía vital, como queda claro en la escena en que Grünlich quiere sacarlo del conservatorio y gritarle, ¡vamos, arriésgate a vivir! No eres ningún fracasado. Pero el talento artístico de Hanno viene acompañado de una naturaleza enfermiza e indolente que sellará la decadencia de la familia. Hanno es el personaje que cierra el círculo y otorga a la obra la fuerza simbólica necesaria para erigirse en clásico imperecedero. No es de extrañar que en Los Buddenbrook William Faulkner viera ecos de la decadencia de su propia saga familiar, iniciada por el impetuoso Viejo Coronel.

Mansión de Los Buddenbrook en el número 4 de la Bergstrasse.

Estilísticamente la novela se asemeja a un hermoso jardín francés, como si Thomas Mann quisiera construir su pequeño Versalles en el corazón de Lübeck, con su repetición de hermosos motivos decorativos y el empleo de repetidos efectos literarios, en la que una y otra vez nos encontramos el mar, la mansión, el libro familiar, en un eterno retorno nietzscheano. Algo es cierto, la psicología por si sola sería insuficiente; es la coquetería del estilo literario la que nos mantiene despiertos y animados, así reza una entrada en el segundo libro de notas que Thomas Mann utilizó para trabajar en la novela.

La voluntad estética, esa coquetería del estilo, infla progresivamente las páginas de la novela. La primera década de la historia demanda 85 páginas, 160 para la segunda, 200 para la tercera y 325 la última, en la que mueren Thomas y Hanno -este número puede variar con las ediciones, pero las proporciones se mantienen-.

En más de una ocasión Thomas Mann declaró que Los Buddenbrook se hizo, no fue hecho; creció, no fue formado y es fácil imaginar al autor, a medida que la historia avanza, recreándose más y más en la descripción de los decorados, los accidentes atmosféricos, las costumbres de sus protagonistas, la complejidad, contradicciones y ambigüedad de la vida burguesa. Hay mucha coquetería de estilo en esas últimas páginas, pero también hay acción, en ellas asistimos al segundo matrimonio fracasado de Tony, la boda de Erika, la enfermedad de Hanno, las juergas de Christian en los clubs de diletantes, el regreso de Gerda a Amsterdam y por último, como pasó con la empresa de la familia Mann, la disolución de la firma Buddenbrook.

Obviamente la morosidad de la prosa ralentiza la lectura del libro y como pasa con La montaña mágica, otro mastodonte en la frontera de las 1000 páginas, en ocasiones la lectura se vuelve tediosa y eterna, sin embargo la morosidad que progresivamente adquiere la pluma de Thomas Mann no arruina la lectura gracias a la brillantez de su estilo, las frases vibran, resuenan y sirven de báculo al lector en su camino a través de las páginas, y al llegar al final uno obtiene la rara recompensa que sólo ofrecen los libros grandes, extensos.

En una anotación de su diario Thomas Mann señaló que Los Buddenbrook tiene la totalidad orgánica que le falta a la típica novela francesa… No es una obra de arte, sino vida. La vida es multiforme, el arte uniforme, la vida se interesa por lo general, el arte por lo particular, en esa paradoja reside la capacidad del arte para elevarse en símbolo de la vida. Los Buddenbrook describe el ascenso y decadencia de una familia del norte de Alemania, su pérdida de energía y refinamiento con el paso de las generaciones o, por decirlo a la manera de Freud, la sublimación de sus instintos primarios a través de la cultura. En última instancia, a pesar de sus muchos paralelismos, su historia no es la de la familia de Thomas Mann ni la de William Faulkner, sino la de esa familia mucho más amplia que es la humana. Los Buddenbrook somos nosotros.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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