Hitler, el führer de las drogas

Retrato de Hitler

Hitler fue un auténtico yonqui, de acuerdo con sus archivos médicos consumió todo lo que caía en sus manos y sus adicciones influyeron en el curso de la guerra y finalmente condujeron a su suicidio.

Un somero vistazo al historial médico de Hitler, subastado en abril de 2012 por la casa Alexander Historical Auctions de Stamford basta para destrozar los esfuerzos de Joseph Goebbels por presentarlo como ejemplo de la superioridad de la raza aria. El líder capaz de trabajar infatigablemente en nombre de la patria, cuya fortaleza residía en el religioso respeto por el cuerpo, era en realidad un hombre de salud frágil, sufría flatulencia y desordenes digestivos, recibía inyecciones para estimular la libido y consumía vorazmente heroína, morfina, cocaína y metanfetaminas para soportar la extenuante tarea de someter Europa a su voluntad.

Hitler en acción. ¿Se ha metido algo o es cosa mía?

Para entender el origen de sus múltiples adicciones es necesario remontarse a la República de Weimar. En los años 20 tuvo lugar el despegue de la poderosa industria química alemana, sus farmacéuticas se convirtieron en líderes mundiales en la comercialización de opiáceos, derivados de la cocaína y otras drogas de diseño. La pujanza de la industria farmacéutica tendría su impacto en los patrones de consumo de la sociedad alemana. Las drogas desarrolladas por sus laboratorios se convirtieron en artículos de consumo cotidiano, de venta al público sin receta médica.

La estrella del boom químico fue la Pervitina, desarrollada por la compañía Temmler de Berlín, cuyo jefe de proyectos, Dr. Fritz Hauschild, inspirado por el éxito de la bencedrina americana durante las Olimpíadas de 1936, intentó desarrollar su propia superdroga. De acuerdo con su publicidad, la Pervitina potenciaba la confianza y las facultades física y mentales, además inducía en sus consumidores un agradable estado de euforia, no es de extrañar se convirtiera en un producto más popular que la Coca-Cola, consumida diariamente por artistas, deportistas, amas de casa y trabajadores. La fascinación por la anfetamina provocó que la chocolatera Hildebrand la usara como ingrediente en sus productos. A las amas de casa se les recomendaba su consumo para que pudieran realizar sus tareas más facilmente, con el beneficio añadido de que las ayudaría a perder peso, dado su efecto saciante. El escritor alemán Norman Ohler define su consumo generalizado como «nacionalsocialismo en pastilla».

Con el estallido de la II Guerra Mundial, dentro de la economía de guerra impulsada por el nacionalsocialismo, la industria química asumió un papel destacado en la Endlösung. La empresa Degussa desarrolló el gas Zyklon B que el Tercer Reich empleó para el exterminio de aproximadamente un millón de personas en los campos de concentración. En otro escalofriante ejemplo del sometimiento de la industria química a los macabros propósitos del nazismo, Auschwitz suministró los trabajadores forzados que la compañía Farben empleaba en la producción de caucho sintético, con un balance final de más de diez mil muertos. No muy lejos de allí, en el bloque 10, se encontraba el pabellón médico donde Josef Mengele realizaba sus experimentos genéticos con cobayas humanas, destinados a perfeccionar la raza aria, en los que empleaba químicos suministrados por la filial farmacéutica de Bayer.


Entrada al pabellón médico donde Josef Mengele efectuaba sus experimentos genéticos, destinados al perfeccionamiento de la raza aria

El éxito de la Pervitina no pasó desapercibido para los jerarcas del Tercer Reich. «La sustancia aumenta la confianza, concentración y voluntad de asumir riesgos, al mismo tiempo reduce la sensibilidad al dolor, el hambre y la sed, así como el sueño. La Pervitina puede ayudar a ganar la guerra», siguiendo el informe del médico militar Otto Ranke, empezó a suministrase profusamente a los soldados de la Wehrmacht y las SS. En la primavera de 1940 los nazis preparaban la invasión simultánea de Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia, hazaña bélica que según el propio Hitler «decidiría el futuro de Alemania para el próximo milenio». Para cumplir la predicción del führer de que Francia capitularía en un plazo de seis semanas, el estado mayor dio orden de suministrar a los soldados Pervitina a intervalos regulares. La Wehrmacht y la Luftwaffe realizaron un cuantioso pedido de Pervitina que obligó a los laboratorios Temmler a incrementar su producción. Norman Ohlar considera su influencia sobre el ánimo de los soldados un factor tan decisivo en el éxito de la Blitzkrieg como la superioridad técnica de los tanques Tiger.

Curiosamente Hitler no compartía el furor de sus compatriotas por la Pervitina, a su disposición tenía su propio fármaco personal: Eukodal -actualmente conocido como oxicodona-, un potente opiáceo sintetizado por dos químicos de la Universidad de Frankfurt. Para trazar el origen de su adicción al Eukodal hay que remontarse a los años 30, cuando siguiendo la recomendación de Heinrich Hoffman, fotógrafo oficial del Reich, se puso en manos del Dr. Theodore Morell. Para tratar los severos dolores intestinales de su paciente A -como Hitler era denominado en sus archivos-, Morell prescribió Mutaflor, un probiótico a base de bacterias. En los años siguientes la relación entre médico y paciente llegó a ser tan estrecha que Morell se convertiría en el jefe de su equipo médico, formado por seis personas.

Para los que quieran saber más sobre el tema este es su libro.

Observando el demente principio del Lebensraum, en junio de 1941 Hitler ordenó a sus generales la invasión de la URSS, cuyos extensos campos de cultivo, reservas petrolíferas y minerales debían garantizar el bienestar de Alemania terminada la guerra. Convencido de que el Ejército Rojo se derrumbaría tras el primero golpe, se reunió con su estado mayor en la Wolfsschanze -su búnker del Frente Oriental-, a quienes aseguró que «sólo tienen que tirar la puerta abajo y toda la podrida estructura soviética se derrumbará». Para la ejecución de este plan, destinado a la completa dominación de Europa, Hitler contaba con un ejército de tres millones de soldados, cuyo ardor guerrero estaba convenientemente estimulado por montañas de Pervitina. Sin embargo, tan pronto como la llegada del invierno evidenció que la victoria no se alcanzaría ese año, Hitler sufrió una grave crisis de salud. Alarmado por el estado de su paciente, Morell recurrió a sustancias más potentes. En una decisión no exenta de ironía -Hitler era vegetariano-, empezó prescribiéndole un extracto de hormonas animales y la escalada química terminó con las inyecciones de Eukodal, cuyo potente efecto analgésico pareció calmar el dolor con el que el cuerpo de Hitler reflejaba somáticamente el sombrío cariz que empezaba a tomar el frente oriental.


Hitler galardonando a su médico personal, Theodore Morell, con la Cruz al Mérito.

En los años siguientes Hitler recibió más de mil inyecciones de Eukodal. Sus venas se colapsaron, como refleja una entrada en los registros de Morell: «tuve que cancelar la inyección de hoy para dar oportunidad a los agujeros de las últimas inyecciones a recuperarse. El brazo izquierdo presenta buen aspecto, el derecho todavía tiene puntos rojos (pero no pústulas)». Con la derrota de Rommel en África, la entrada de Estados Unidos en la guerra tras Pearl Harbour y la Werhrmacht retrocediendo en el Frente Oriental, la salud de Hitler no hacía más que degenerar a medida que la guerra parecía decantarse en favor de los Aliados, pero alcanzaría límites demenciales cuando después de un ataque sufrido en la Wolfsschanze en 1944, quizás siguiendo las recomendaciones escritas en Sobre la coca, de Sigmund Freud, la cocaína entró a formar parte de su ya de por sí extenso vademécum.

A partir de la catástrofe de Stalingrado en 1942 comenzaron a escucharse las primeras voces críticas dentro de las filas alemanas. El más serio intento de asesinato se produjo cuando el coronel Claus von Stauffenberg fue destinado al cuartel del ejército en Berlín, este aristócrata decidió usar la infraestructura de la Operación Valkiria para asesinar a Hitler. Stauffenberg no sólo era el cabecilla de los conspiradores, sino el único que tenía acceso al círculo privado de Hitler, motivo por el que fue elegido para colocar las dos bombas destinadas a acabar con su vida. En la guerra de Túnez, Stauffenberg había perdido una mano y un ojo, mutilaciones que resultaron fatales a la hora de activar las bombas. El 20 de julio de 1944 Stauffenberg voló desde Berlín a Polonia para asistir a una reunión con Hitler en la Wolfsschanze. En mitad de la conversación se retiró al aseo con su maletín para activar ambas bombas, sin embargo a consecuencia de sus lesiones sólo tuvo tiempo a activar una de ellas antes de ser requerido de nuevo en presencia del líder. Después de responder a varias cuestiones de estrategia militar, depositó el maletín debajo de la mesa sobre la que descansaba un mapa con la posición de los ejércitos en el frente Oriental, luego abandonó discretamente la reunión.

En Valkiria Ton Cruise interpresta a Claus von Stauffenberg en el fallido intento de asesinato de Hitler.

Aunque en su paranoia Hitler consideró que Dios había salvado su vida para que pudiera continuar la guerra, la realidad es que su supervivencia se debió a la protección proporcionada por la gruesa mesa de madera sobre la que tenía lugar la reunión. Las secuelas del atentado fueron agudos dolores nasales y de tímpanos, para cuyo tratamiento recurrió a los servicios de Erwin Giesing, un afamado otorrino que le recetó cocaína. «Ahora me encuentro perfectamente y tengo la cabeza despejada», pese a las declaraciones de Hitler tras su primera ingesta de cocaína, su combinación con las inyecciones de Eukodal tuvo desastrosos efectos sobre su salud. Desde ese momento Hitler no dejó de cometer garrafales errores de estrategia, especialmente durante la Batalla de las Ardenas, tras cuya victoria pretendía negociar desde una posición de fuerza un ventajoso tratado de paz para Alemania. El historiador inglés Antony Beevor atribuye a su errático liderazgo la cancelación de la Operación Foxley, meticulosamente diseñada por la Dirección de Operaciones Especiales británica con el objetivo de asesinar a Hitler, debido a que Churchil juzgó que podían ganar la guerra más rápidamente con él en el poder.

No le faltaba razón. Después de las derrotas en las Ardenas y el Frente Oriental, los Aliados siguieron avanzando hasta sitiar Berlin. En diciembre de 1944 las fábricas de las compañías Temmler y Merk, donde se elaboraba la Pervitina y el Eukodal respectivamente, fueron bombardeadas por la aviación aliada. En los meses previos a la batalla de Berlín, que sellaría la total derrota nazi, cuando sus colaboradores más cercanos habían huido de la ciudad, uno de los pocos hombres que permanecía a su lado era Morell. Los bombardeos aliados significaron un drástico parón de la producción de metanfetaminas, para paliar el severo síndrome de abstinencia que sufría su paciente, Morell ordenaba diariamente a miembros de la escolta de Hitler que recorrieran Berlín en busca de farmacias donde pudieran encontrar restos Eukodal. En sus últimos días de vida, Hitler se había convertido en un auténtico guiñapo humano, tenía dificultades para vocalizar, padecía temblores y en los peores momentos de mono sufría alucinaciones en las que intentaba arrancarse bacterias de debajo de la piel con ayuda de unas pinzas. A la luz de la información contenida en su historial médico, existen pocas dudas entre los historiadores modernos de que si bien la guerra fue el factor externo, su repetido abuso de las drogas fue el factor interno que desembocó en su suicido conjunto con su mujer Eva Braun.

Hacia el final de su vida la relación de Hitler con su médico llegó a ser tan estrecha como puede ser la de cualquier yonqui común con su camello. Después de la caída de Berlín, Morell fue capturado por el ejército americano, quien lo trasladó al antiguo campo de concentración de Buchenwald para interrogarlo. Morell no fue oficialmente acusado de ningún crimen y tras obtener toda la información que pudieron los americanos lo soltaron en Munich. Mientras recorría descalzo las calles de la ciudad, una enfermera medio judía se apiadó de él y lo llevó al hospital de Tegernsee, donde murió el 26 de mayo de 1948.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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