La mayor rivalidad del deporte, Joe Louis Vs Max Schmelling

La rivalidad entre Max Schmeling y Joe Louis fue la más grande de todos los tiempos. El deporte es rico en rivalidades, las fomenta, las cultiva y las explota. Desde que a inicios del siglo XX el deporte adquiriera un lugar preferente en la industria del entretenimiento, la combinación de ambición, ego y odio de las grandes rivalidades deportivas no ha dejado de cautivar a las masas. No importa si se resuelven sobre un circuito, un tablero de ajedrez o un campo de fútbol, los duelos entre Senna y Prost, Fischer y Spassky o Messi y Cristiano Ronaldo forman ya parte ya del imaginario colectivo de varias generaciones. Ha habido muchas en el pasado, y habrá más en el futuro, pero ninguna ha alcanzado las dimensiones épicas de la rivalidad entre Max Schmeling y Joe Louis.

Louis Vs Schmelling II

Max Schmeling nació el 28 de septiembre de 1905 en Klein, Hamburgo. Su juventud transcurrió en la Alemania humillada por el Tratado de Versalles, las duras condiciones de vida de la época forjaron su espíritu de superación y su destino quedó sellado el día que su padre lo llevó a ver un documental sobre el campeonato de los pesos pesados entre Jack Dempsey y Georges Carpentier. En 1924, con 19 años, Max Schmeling ganó el título alemán del ligero, dos años después el del semipesado y un año más tarde se proclamó campeón de Europa de la misma división al derrotar al belga DeLarge antes del límite. Era el momento de cruzar el charco y cambiar cuero con los mejores púgiles del momento. Con un récord hinchado contra mediocres boxeadores europeos, el nombre de Max Schmeling no llamó la atención del experto aficionado americano, pero su suerte cambió cuando en febrero de 1929 se enfrentó al temible Johnny Risko. Max Schmeling venció contra pronóstico por KO en el noveno asalto, la contienda fue declarada «pelea del año» por la prestigiosa The Ring y las puertas de las grandes bolsas se abrieron de par en par para él.

El 6 de diciembre de 1930 Max Schmeling se proclamó campeón del mundo al vencer a Jack Sharkey, después de que éste fuese descalificado en el cuarto asalto por un golpe bajo. No obstante, el 21 de junio de 1932 perdió el cinturón de campeón ante el mismo Jack Sharkey. Un año después, se midió a Max Baer, uno de los púgiles más duros de la división, en un combate que supuso un nuevo récord de recaudación. Desde el saludo inicial, la terrorífica derecha de Baer hizo estragos en su rostro y finalmente lo derribó en el décimo asalto después de infligirle un castigo terrible. La derrota fue tan demoledora que Max Schmeling regresó a Alemania para recuperarse, donde aprovechó para contraer matrimonio con la actriz Anny Ondra.

Por entonces Joe Louis era un amateur que soñaba con ser campeón del mundo. Al igual que Max Schmeling, veía el boxeo como un medio para salir de la pobreza y su descomunal ambición era fruto de una infancia durísima, por lo demás sus biografías no podían ser más diferentes. Joe Luis nació el 13 de mayo de 1914 en una cabaña de algodoneros de Lafayette (Alabama), donde los negros aún inclinaban la cabeza ante los blancos. Descendiente de esclavos, fue el séptimo de ocho hermanos. Cuando tenía dos años su padre fue recluido en una institución mental y a la edad de seis su madre contrajo matrimonio con un trabajador de la construcción. Después de sufrir los ataques del Ku Klux Klan, la familia se trasladó a Detroit. A los doce años Joe Louis empezó a trabajar como repartidor de hielo y aprendiz de ebanista y en su tiempo libre frecuentaba el gimnasio de la Brewster Street, donde acudía con los guantes ocultos en una funda para ocultar a su madre su afición por el boxeo.

Joe Louis había manifestado dificultades de aprendizaje que le impidieron hablar hasta la edad de seis años, pero disponía de unas condiciones atléticas portentosas. Ágil, fuerte y rápido; metro ochenta y ocho de alto y uno noventa de envergadura, había nacido para boxear, un diamante en bruto que sus primeros entrenadores pulieron con la meticulosidad de los artesanos. A los 19 años conquistó el campeonato amateur de los Estados Unidos. Acto seguido, firmó un contrato de representación con John Roxborough, un conocido promotor de raza negra que lo introdujo en el profesionalismo.

El 4 de julio de 1934 Joe Louis celebró su primer combate profesional contra Jack Kracken, en el Bacon Casino de Chicago, al que noqueó en el primer asalto, enfundándose una discreta bolsa de 59 dólares. Ese año peleó doce veces más, ganando a todos sus rivales antes del límite. El bombardero de Detroit empezaba a labrar su leyenda.

Aunque el boxeo profesional americano, a diferencia de otros deportes de la época, no estaba segregado por razas, en 1935 Joe Louis se vio obligado a prescindir de Roxborough, que pasó a ser su ayudante personal, y a poner su carrera en manos de un promotor de raza blanca, Mike Jacobs, un hombre con los contactos necesarios para acceder a las grandes bolsas. Firmó un contrato de representación por tres años, entre cuyas clausulas se especificaba, entre otras cosas, que jamás podía tomar una foto con una mujer blanca y que debía mantener en todo momento una conducta intachable, tanto dentro como fuera del ring. A lo largo de ese año peleó trece veces y en la lista de sus víctimas figuraron nombres tan ilustres como los de Max Baer, el español Paulino Uzcudun, invicto hasta entonces, y Primo Carnera.

Imagen del primer combate entre estos dos titanes, uno de los mejores combates de todos los tiempos.

Cuando en 1936 Max Schmeling regresó a los Estados Unidos era un ex campeón en la cuesta abajo. Joe Louis, en cambio, era la estrella del momento, estaba invicto y su proyección no tenía techo. En consecuencia su enfrentamiento no despertó el interés del público, aquello iba a ser una ejecución pública en la que la única duda consistía en saber en qué asalto Joe Louis iba a tumbarlo. Sin embargo, durante las semanas previas al combate Schmeling estudió meticulosamente el estilo de Louis hasta encontrar su talón de Aquiles: su costumbre de bajar la izquierda después de soltar la derecha.

Armado con aquella ventaja estratégica Max Schmeling se presentó el 19 de junio de 1936 en el Yankee Stadium para sentar cátedra de pugilismo. Durante los tres primeros asaltos usó el jab para frenar el empuje de su adversario y en el cuarto, ante la incredulidad del Yankee Stadium, conectó una derecha que mandó a Joe Louis a la lona por primera vez en su carrera. Los asaltos se sucedieron, el desconcierto de Louis aumentó. El jab de Schmeling siguió castigándole hasta abrirle el ojo derecho y, con el combate perdido en las cartulinas, Louis se lanzó desesperadamente al ataque en busca de un golpe ganador, pero fue Schmeling quien, con una combinación letal, puso fin a la imbatibilidad de su adversario en el duodécimo asalto.

Si en las semanas previas el combate apenas había despertado la atención del público, su desenlace hizo correr ríos de tinta. La victoria convirtió a Schmeling en un héroe de la Alemania nazi. Esa misma noche Hitler envió flores a su mujer, acompañadas por el siguiente mensaje: «por la maravillosa victoria de tu marido, nuestro más grande boxeador. Mi enhorabuena de todo corazón». Posteriormente, a su regreso a Alemania, fue recibido personalmente por Hitler y las fotos del encuentro aparecieron en todos lo periódicos del régimen. El ministerio de propaganda dirigido por Goebbels convirtió la victoria de Schmeling en la prueba irrefutable de la superioridad de la raza aria y elevó al boxeador a la categoría de símbolo del nazismo.

Hitler felicitando personalmente a Schmelling por su victoria.

Para Joe Louis, la derrota ante Schmeling apenas supuso un pequeño tropiezo en su meteórico avance hacia el título de campeón del mundo que conseguiría un año después en su enfrentamiento contra James J. Braddock, pero interiormente había lacerado su orgullo hasta el punto de declarar que «no quería ser llamado campeón hasta que no derrotase a Max Schmeling». En realidad, desde la noche de su primer combate, no se había dejado de especular sobre la fecha de la revancha, el deseo de los aficionados era tan grande como el del propio Joe Louis, a pesar de lo cual tuvo que esperar dos años para vengar la única derrota que manchaba su impecable récord, durante los cuales comprobó cómo el deporte podía trascender sus propios límites para convertirse en un arma política.

El segundo enfrentamiento entre Max Schmeling y Joe Louis se celebró el 22 junio de 1938, también en el Yankee Stadium de Nueva York, ante la presencia de 70.000 espectadores, entre los que se contaban personalidades como Gary Cooper y J. Edgar Hoover. En una atmósfera prebélica, el combate se convirtió en la metáfora de la guerra entre fascismo y democracia que el mundo iba a librar en los siguientes años. Tanto en Alemania como en los Estados Unidos, el combate fue objeto de la campaña de propaganda más intensa que jamás haya sufrido ningún evento deportivo. El presidente Franklin D. Roosevelt recibió a Joe Louis en la Casa Blanca, donde le dijo: «Joe, necesitamos tus músculos para derrotar a Alemania». La propaganda alemana no le fue a la zaga, seguro de que se repetiría el resultado del primer combate, Hitler declaró que «un negro no podía derrotar a Schmeling» y que la bolsa de la victoria sería donada para la construcción de tanques de guerra.

Max Schmeling saltó al ring con la intención de aplicar la misma receta que le había llevado a la victoria en el primer duelo: mantener a su rival a distancia con el jab de izquierda y contragolpear con la derecha; pero Joe Louis, que reconoció que había infravalorado a su oponente en el primer enfrentamiento, esta vez no iba a dejarse sorprender, además estaba en el mejor estado de forma de su carrera y saltó al cuadrilátero dispuesto a demostrar quién era el rey de los pesados. Inmediatamente detonó cinco ganchos de izquierda al cuerpo que hicieron que los aullidos de dolor de Schmeling se elevaran sobre el ensordecedor griterío del Yankee Stadium y acto seguido lo mandó a la lona con un gancho de derecha al rostro. Tan pronto como se puso en pie tres derechazos le hicieron hincar la rodilla por segunda vez. El pleito se reanudó tras la cuenta de protección, sin tiempo que perder, Louis mandó a su oponente por tercera vez a la lona, obligando a la esquina de Schmeling a arrojar la toalla. Joe Louis dirimió todas las cuestiones en litigio sobre el cuadrilátero en dos minutos y cuatro segundos.

Para la Alemania nazi la derrota significó una humillación de tales proporciones que propició la caída en desgracia de Max Schmeling. Después del combate perdió todos los privilegios que disfrutaba, su nombre y su rostro desaparecieron de la propaganda nazi y el gobierno dejó de patrocinar su carrera. Además fue reclamado para servir en la Fuerza Aérea Alemana y combatió en la Batalla de Creta en la que perecieron 25.000 hombres. En uno de los saltos se fracturó ambos tobillos, lesión que provocó su definitiva retirada del boxeo una vez terminada la II Guerra Mundial.

En el reverso de la moneda, la victoria contra el fascismo elevó a Joe Louis a la condición de primer héroe negro americano. Joe Louis se enroló como voluntario en el ejército y, aunque nunca llegó a entrar en combate, ofreció a las tropas americanas desplegadas en Europa varios combates de exhibición destinados a elevar su moral. Durante la II Guerra Mundial su popularidad llegó a tal extremo que el gobierno americano publicó carteles de propaganda con su rostro e incluso apareció en la película This is the Army de Michael Curtiz, en un papel impensable hasta entonces para un negro, acostumbrados a figurar de limpiabotas y fregaplatos.

Bonita imagen de Louis y Schmelling, ambos entrados en años, recordando antiguas batallitas.

Su incesante actividad al margen de los cuadriláteros no perjudicó su rendimiento, su reinado en la división de los pesados se extendió hasta 1949, el más largo de todos los tiempos. A pesar de ser el boxeador más taquillero de su generación, cuando colgó los guantes estaba totalmente arruinado y los pocos bienes que le quedaban fueron confiscados para satisfacer sus deudas con el Fisco. Alejado del boxeo, endeudado y sin ingresos, probó suerte en la lucha libre y en el golf, donde llegó a ser el primer negro en participar en un torneo del circuito PGA. Su vida personal estuvo salpicada de escándalos sexuales, abuso de drogas y relaciones con la mafia. En 1969, en mitad de la calle, sufrió un colapso y un año después fue ingresado en un hospital psiquiátrico de Denver. En 1977, se sometió a una operación quirúrgica que le condenó a vivir en una silla de ruedas. Murió el 12 de abril de 1981 en Las Vegas como consecuencia de un fallo cardíaco y fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington por expreso deseo del Presidente Ronald Reagan.

Si la vida personal de Joe Louis alimentó la leyenda negra del boxeo, la de su archirival iba a ser un modelo de conducta después de colgar los guantes. Max Schmeling aprovechó sus contactos en los Estados Unidos para probar fortuna en el mundo de los negocios, adquirió la representación de la Cola-Cola para Alemania y se hizo millonario. Al margen de su actividad empresarial, en los años posteriores a la II Guerra Mundial no dejó de luchar para rehabilitar su nombre. El verdadero Max Schmeling era muy distinto del personaje creado por el aparato del propaganda nazi. El denominado «boxeador de Hitler» no sólo no se afilió nunca al partido nazi, sino que después de su magnífica victoria contra Joe Louis rehusó ser condecorado por el propio Hitler con la Daga de Honor. Su imagen y sus éxitos deportivos fueron explotados por el régimen nazi contra su voluntad y durante esos años de infamia la policía militar mantuvo bajo constante vigilancia a su mujer y madre para evitar la deserción de quien se había convertido en uno de sus iconos.

Schmeling siempre rechazó cualquier teoría de superioridad racial, en los días previos a su segundo combate con Louis declaró: “yo soy un deportista, no un político, mucho menos un superhombre”. Obviamente, la declaración fue silenciada por el régimen en Alemania. Más aún, su filosofía vital era tan contraria a los postulados del nazismo que no sólo su mujer, sino también su representante era de raza judía. Durante la noche de los cristales rotos, en la que a lo largo de Alemania se produjeron terribles ataques contra la población judía, Schmeling arriesgó el pellejo para sacar a ambos del país, junto con dos niños judíos que iban a ser deportados a un campo de concentración.

Pese a que el mundo se había empeñado en que se odiaran, porque uno era blanco y el otro negro, porque uno era alemán y el otro americano, Max Schmeling y Joe Louis fueron los únicos que conservaron la suficiente cordura para darse cuenta de que no eran más que dos seres humanos. Durante las ruedas previas a sus peleas nunca se insultaron y siempre se respetaron. Max Schmeling viajaba frecuentemente a Estados Unidos por motivos de negocios y mantuvo contacto con Joe Louis durante el resto de su vida. Cuando Louis enfermó gravemente, Schmeling costeó los gastos de su tratamiento y años más tarde asumió los gastos de su funeral, demostrando que más allá de la rivalidad la amistad es posible.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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