Biografía de Miguel Delibes

Miguel Delibes, quien escribió El Camino, Cinco horas con Mario, Las ratas o Los santos inocentes, tiene un lugar reservado en el Olimpo de la literatura en lengua castellana gracias a estos y otros títulos. Sin embargo un vistazo a su biografía, nos revela que fue mucho más que uno de los grandes escritores de posguerra, si no el más grande. Siga leyendo quien quiera conocer al hombre detrás del autor.

Miguel Delibes nació en Valladolid, el 17 de octubre de 1920. Fue el tercero de los ocho hijos del matrimonio entre María Setién y Adolfo Delibes, catedrático de comercio con cuyo salario se mantuvo toda la familia. Sin lujos y sin estrecheces, la infancia de Delibes transcurrió en un ambiente conservador y tradicional, valores que se acentuarían durante el bachillerato en el Colegio Lourdes, donde recibió una educación católica a la cual se mantendría fiel durante el resto de su vida. Sin embargo, si hay algo en su infancia que Miguel Delibes recordaría con cariño durante el resto de su vida, fueron las vacaciones en el pueblo de Sedano, provincia de Burgos, donde entró en contacto con la naturaleza y la Castilla rural, las dos grandes pasiones de su vida que alentarían sus mejores páginas.

Miguel Delibes a los 6 años de edad con el uniforme del Colegio de Lourdes, cara de chico aplicado.

1936, con el estallido de la Guerra Civil, ingresó la Escuela de Comercio. La decisión de seguir los pasos de su padre, marcada más por la obligación que por la devoción, no satisfacía completamente las aspiraciones del joven Delibes. Algo no cuadraba, la vida tal y como la intuía el joven Delibes no transcurría entre asientos contables y anotaciones en el Libro de Pérdidas y Ganancias. La vida real estaba en otra parte y para un ansia profunda de su alma, la de hacer algo significativo con su vida, Miguel Delibes cursaba por las tardes clases de modelado y escultura en el Colegio de Artes y Oficios, su primera aproximación al arte.

Si la infancia de Delibes transcurrió en un entorno familiar feliz, sin grandes tragedias familiares, eso no significa que fuera ajena a las turbulencias que marcaron una de las etapas más convulsas de la historia de España. Educado en los valores cristianos, la familia como núcleo de la vida comunal y el respeto a la propiedad, y nacido en una de las zonas de España donde los rebeldes disfrutaban de más apoyo popular, no es de extrañar que con 18 años recién cumplidos Miguel Delibes considerara su obligación participar en la Guerra Civil, con el bando nacional, y se enrolara como voluntario en la marina.

Durante los grises años del franquismo, si uno quería escribir sobre la Guerra Civil se veía abocado a hacer propaganda o chocar con la censura. Por ello no es de extrañar que las mejores páginas sobre la guerra las hayan escrito extranjeros: Homenaje a Cataluña de George Orwell o Por quién doblan las campanas de Hemingway, obra monumental incluida en nuestra lista de las 10 mejores novelas bélicas. Por eso no es de extrañar que Miguel Delibes tuviera que esperar casi cincuenta años para hacerlo. En cualquier caso, que de joven hubiese considerado su obligación luchar con los nacionales no significa que el hombre y, sobretodo, el escritor tomara la pluma para hacer propaganda en 377A Madera de héroe, la novela donde narra sus vivencia a bordo del Canarias, en aguas del Mediterráneo. Una obra que muestra la delgada línea que separa el heroísmo de la cobardía y que se convirtió en una de las preferidas del escritor por su ambición, su estructura y el gran retablo de personajes que alientan sus páginas.

Iglesia de Sedano, en la provincia de Burgos, lugar de veraneo de la familia Delibes y pasiaje de muchas de sus novelas rurales. ¿Buscas un destino literario para el puente de Semana Santa?

Acabada la guerra Miguel Delibes reanudó sus clases de comercio y aprovechó los conocimientos adquiridos en el Colegio de Artes y Oficios para empezar a colaborar como caricaturista en El norte de Castilla, donde desempeñaría prácticamente todos los puestos hasta llegar a director. Acabados los estudios de comercio, Delibes no tardó en encontrar trabajo en el Banco Castellano, pero allí, entre mesas de oficina, inevitablemente, vuelve a experimentar aquella vieja sensación de que los asientos contables no son lo suyo, de que nació para otra cosa, más importante, más elevada, arrojar luz sobre los problemas de su tiempo, y después de 6 meses de trabajo en el banco se traslada a Madrid para obtener el carné de periodista, que por entonces sólo requería la superación de un breve curso.

Quien tenga curiosidad por leer algunas frases célebres de Miguel Delibes sobre el amor, la muerte, el periodismo y la literatura y lo que otros han dicho autor.

En 1944 Miguel Delibes dejó las caricaturas y empezó a colaborar como redactor en El norte de Castilla. Aunque no disfrutaba de la libertad de elegir sus temas, sí disfrutaba del simple hecho de escribir, de moldear la realidad con palabras. Sin embargo, el sueldo de redactor era demasiado pequeño para vivir de él, la escritura en su vida todavía era poco más que una afición que le permitía satisfacer aquella faceta de su ser todavía desconocida, la faceta creadora. Ante sus amigos y familiares, Miguel Delibes todavía era oficialmente un economista y en 1945 ganó las oposiciones a la cátedra de Derecho Mercantil y sustituyó a su padre en la Escuela de Comercio. Durante la preparación de las oposiciones, el Manual de Derecho Mercantil, escrito en el correcto castellano característico de la vieja literatura legal, reveló a Miguel Delibes la precisión y la elegancia en el uso del lenguaje y le inoculó el germen de la escritura, un virus del que nunca se curaría. Irónicamente, su profesión oficial, la de economista,había despertado su profesión real, la de escritor, en la que adquiría fama y gloria inmortal.

En cualquier caso, el hecho más relevante en la juventud de Miguel Delibes fue su encuentro con Ángeles de Castro, con quien contraería matrimonio el 23 de abril de 1946. Desde los primeros días de noviazgo en las calles de Valladolid, ambos tuvieron claro que cada uno era para el otro eso que comúnmente se conoce como «media naranja». Ángeles de Castro compartía con Miguel Delibes su visión de la familia como eje de la vida personal y social, la moral cristiana como guía de conducta y el amor por la naturaleza. Su acuerdo en los valores conservadores hicieron que su matrimonio fuera largo, bien avenido y fructífero, en total criaron y educaron siete hijos.

Foto de Miguel Delibes con la hermosa Ángeles de Castro durante su noviazgo.

Pero, aunque conservadora, Ángeles de Castro no era la Menchu de Cinco horas con Mario, la típica mujer retrógrada y corta de miras de provincias, encorsetada por la moral religiosa y llena de prejuicios, sino una mujer inteligente y sensible, con suficiente corazón para indignarse ante la injusticias de la posguerra y suficiente valor para denunciarlas. Además Ángeles de Castro amaba la naturaleza, no dudaba en echarse la mochila al hombro y acompañarlo por las tierras de Castilla y en su carácter había una vena aventurera que explica los muchos viajes que emprendió el matrimonio y sin los cuales no sería posible la ingente literatura de viajes que Miguel Delibes dejó a su espalda.

Ya lo dice el dicho, detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer, y Ángeles de Castro fue el apoyo definitivo que Miguel Delibes necesitaba para realizar su vocación literaria. Con el amparo y el apoyo de su mujer, Miguel Delibes escribió en 1947 su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, que un año después ganó el Premio Nadal. Escrita bajo la influencia de la pasión de Delibes por el cine, la novela es el intento de Delibes de encontrar su voz como escritor y en ella ya se aprecian los temas centrales de su obra: el valor de la amistad, la presencia de la muerte en la vida cotidiana, la mezcla de pesimismo y ternura, el sentido del humor y la relación del hombre con la naturaleza. Pese a que el resultado nunca lo satisfizo, La sombra del ciprés es alargada fue un éxito de crítica y público que lanzó a Delibes al estrellato literario: yo caí en el mundo literario español como un meteorito, un pesado pedrusco con dos ojos ávidos, grandes, abiertos como platos, para otear el horizonte. ¡Bendito pedrusco!

La muerte es un tema central de la literatura de Miguel Delibes, en esta entrevista concedida a Televisión Española explica el porqué.

Inmediatamente después, urgido por los editores de Destino que querían capitalizar el renombre adquirido por el escritor, Delibes escribió apresuradamente su segunda novela, Aún es de día, y su resultado lo satisfizo aún menos que la primera. En esos días Delibes decidió ampliar sus horizontes literarios. La autarquía franquista mantenía aislada a España del mundo, en la posguerra no era fácil hacerse con las últimas novedades literarias, pero a través de amigos que viajaban al extranjero Delibes descubri las obras de la Lost generation americana, especialmente a Steinbeck, Dos Passos y Faulkner, que le revelaron el uso de las técnicas narrativas, la perspectiva, el monólogo interior y el manejo del tiempo, pero sobretodo lo convencieron de la necesidad de desprenderse de cualquier afectación de estilo.

Armado con esas nuevas herramientas literarias, en 1950, escribe en 25 días, a razón de un capítulo diario, El camino. En ella, Delibes por primera vez se acerca a su amado campo castellano y a sus gentes, vistos desde la perspectiva de un niño, Daniel, el Mochuelo, que tiene que dejar atrás el campo para ir a la ciudad a cursar el Bachillerato. En El camino el Mochuelo había sido expulsado del paraíso, pero Delibes había ganado el paisaje de sus mejores novelas: la Castilla rural.

Quien tenga curiosidad por conocer la actividad periodística de Miguel Delibes, aquí hay una excelente selección de sus artículos.

Alejado definitivamente del mundo del comercio, la carrera literaria de Delibes transcurre paralela a su carrera periodística, a lo largo de innumerables artículos dejaría constancia de sus pasiones y obsesiones y, en la medida que lo permitía la censura, abordaría algunos de los problemas más acuciantes de Valladolid, Castilla y España. Gracias a su buen hacer con la pluma, Miguel Delibes ascendería en la redacción de El norte de Castilla hasta ser nombrado subdirector del periódico en 1952 y finalmente director en 1958.

Es entonces cuando empieza la época políticamente más activa de Miguel Delibes. Por entonces el franquismo estaba completamente consolidado dentro y fuera de nuestras fronteras, pero Miguel Delibes estaba dispuesto a ejercer su cargo de director para cantarle las cuarenta. Bajo su dirección, El norte de Castilla se convirtió en uno de los mayores dolores de cabeza del franquismo y en 1963 se vió obligado a dimitir por sus disputas con Manuel Fraga, a la sazón ministro de Información y Turismo.

Miguel Delibes contemplando algunas de las portadas históricas de El norte de Castilla.

En esos años Delibes expandió sus horizontes literarios y probó suerte, casi siempre con éxito, en nuevos géneros. En 1953 publicó La partida, su primera colección de cuentos, y en 1955 el primero de sus diarios, Diario de un cazador, en el que dio rienda suelta a su gran pasión por la caza y que no fue sino una excusa para acercarse a la naturaleza. Yo no soy un escritor que caza, soy un cazador que escribe. Pero no acabaron ahí los experimentos literarios de Miguel Delibes, en la década de los cincuenta su fama empezó a traspasar fronteras y en 1956 el Círculo de periodistas de Santiago de Chile lo invitó a la ciudad, lo que dio pie a su primer libro de viajes, Un novelista descubre América, un género que rendiría en total 6 volúmenes, en los que daría cuenta de sus impresiones, siempre acompañado de su mujer, de América del Sur y del Norte y de Europa, donde en 1968 fue testigo del aplastamiento del alzamiento popular durante La Primavera de Praga.

En 1962, con 42 años de edad, Miguel Delibes publica Las ratas, primera de sus obras maestras, novela con la que alcanzaría su madurez como escritor y con la cual su obra adquiriría una marcada conciencia social. Con personajes tan logrados como el Tío Ratero y el Nini por primera vez Delibes tiene la sensación de realizar su objetivo de presentar la Castilla rural al gran público. Si los escritores de la Generación del 98 habían mirado hacia Castilla como esencia del alma nacional, Delibes la despoja en Las ratas de cualquier eco de nacionalismo y grandeza y presenta una tierra marcada por las duras condiciones de vida, depauperada y pobre después de la guerra y, sin embargo, llena de humanidad, humanidad en el peor y mejor sentido de la palabra: bondad, crueldad, generosidad, maldad, solidaridad, traición…

Si Las ratas había causado conmoción por su descarnada representación de la Castilla rural, cuatro años más tarde, en 1966 Cinco horas con Mario no iba a sacudir el panorama literario español como pocas novelas de posguerra. La novela se inicia con la esquela de Mario y durante las cuatrocientas páginas siguientes asistimos al monólogo interior de su viuda, Menchu, en el que repasa la vida del matrimonio. Y cuanto más habla Menchu más se revela todas la mediocridad de la mujer pequeñoburguesa de provincias y, por contraste, la grandeza de su marido, profesor, símbolo del intelectual antifranquista y de la rebeldía silenciosa. En Cinco horas con Mario, Delibes cambia el campo por la ciudad de provincias, y armado con su dominio del lenguaje, y despacha una novela en monólogo interior que de haber sido escrita por un inglés sería candidata a la mejor novela del siglo XX.

Vídeo promocional de la versión teatral de Cinco horas con Mario, interpretada por la aclamada Lola Herrera.

En los años siguientes, entre novelas, libros de viajes y ensayos cinegéticos, que para Delibes siempre fue una excusa para acercarse a la naturaleza y las gentes del campo, la producción literaria de Delibes siguió un ritmo regular y constante, hasta que en 1974 recibió el golpe más duro posible: la prematura muerte de Ángeles de Castro, su compañera inseparable en lo bueno como en lo malo. Aunque intentó muchas veces exorcizar el dolor que le produjo la muerte de su mujer por medio de la literatura, sólo lo consiguió en 1991, 17 años después de su muerte, en Señora de rojo con fondo gris, su novela más íntima y personal.

Aunque su muerte lo dejó desolado, para entonces Ángeles de Castro ya había cumplido la función de ser la gran mujer detrás del gran hombre en que se había convertido su marido. En 1975, por sus indudables méritos artísticos, Miguel Delibes ingresó en la Real Academia Española y en su discurso, SOS: El sentido del progreso desde mi obra, advirtió de los peligros que corre la naturaleza frente al progreso incontrolado, el mensaje no podía ser más significativo de las preocupaciones que lo ocuparían durante los últimos años de su vida. Para entonces su conciencia ecológica había alcanzado tal dimensión que modificó su viaja carta de presentación: en la madurez Delibes se había convertido en un ecologista que caza y escribe y si muchos hubiesen escuchado entonces su llamada de socorro quizás hoy el cambio climático no sería un problema tan acuciante.

Pese el abrumador éxito de Cinco horas con Mario, el talento de su autor no estaba agotado, ni mucho menos, en los años siguientes regresó al campo castellano para producir dos de sus grandes obras: La guerra de nuestros antepasados en la que llevó al límite el fino sentido del humor que impregna todas sus novela y que por ello tiene un sitio de honor en nuestra lista de las 10 mejores novelas de humor, pero sobre todo en Los santos inocentes, la verdadera obra maestra del autor, dedicada a su gran amigo Félix Rodríguez de la Fuente.

Miguel Delibes firmó muchas novelas que cualquier escritor envidiaría, pero si con alguna demostró que era portador del fuego sagrado fue con Los Santos inocentes, primera de sus novelas ubicada fuera de Castilla, en Extremadura. Publicada en 1981, el germen de la novela tiene lugar casi veinte años antes, en 1963, con la publicación del cuento La milana en la revista Mundo hispánico. Desde entonces, consciente de que allí había material para más, no dejó de trabajar la historia hasta presentar una historia mitad poética, mitad tremenda, símbolo indeleble de la gran tragedia española, la sima entre los que tienen y los que no. Personajes de fuerte carga simbólica, trazados por la certera pluma de un maestro de las letras, nadie que haya leído la novela podrá jamás olvidar a Azarías, Paco el Bajo, el señorito Iván.

Trailer de Los santos inocentes, interpretada por Paco Rabal y Alfredo Landa y dirigida por Mario Camus. ¿Quién dijo que una gran novela se convertía en una mala película?

Pero el gran logro de Los santos inocentes está en la magia del lenguaje. Durante toda su vida Miguel Delibes manisfestó su preocupación por la desaparición del mundo rural, la destrucción de la naturaleza, las pérdida de las tradiciones, las gentes, el habla,… De esa preocupación nació su ensayo Un mundo que agoniza. Para intentar conservar cuanto más mejor de eso mundo, de acuerdo con su mujer, Miguel Delibes cultivó en su ambiente familiar el habla de las gentes del campo, porque es mucho más poética, más sincera y auténtica que cualquier otra y de ese esfuerzo de conservación se beneficia, más que ninguna otra de sus novelas, Los Santos inocentes. Puede que el mundo rural sea un mudo que agoniza, pero no del todo, gracias a Miguel Delibes, su sabiduría ancestral, condensada en el lenguaje de la gente, la sagrada relación del hombre con la naturaleza, su sentimiento trágico de la vida, toda la grandeza y miseria del campo, perdurará, embalsamada en el imperecedero ámbar del arte.

Las grandes novelas de Miguel Delibes están ubicadas en la España de posguerra, pero eso no significa que no evolucionara con los tiempos. En 1978, recién finalizada la dictadura, publicó El disputado voto del señor Cayo, en el que a través de una sencilla historia, la de dos representantes de dos partidos políticos distintos que acuden a un pueblo a conseguir el voto de los dos únicos habitantes que quedan en él, esbozó los problemas y contradicciones de la naciente democracia y, de paso, confrontó la sabiduría esencial del campo, que no es sino la de la vejez, con la sabiduría accesoria de la ciudad, que no es sino la de la juventud o, mejor dicho, la de la modernidad.

Cuando la democracia llega a España Miguel Delibes entró en ese período de la vida conocido como la senectud. Los premios, elogios y adaptaciones cinematográficas y teatrales de sus obras se suceden, en 1982 recibió junto con Torrente Ballester el Príncipe de Asturias de las Letras y en 1993 ganó el Cervantes. Por entonces el único reconocimiento que le quedaba a su labor literaria era el Nobel y, sin quitar méritos a la obra de ese otro gigante de las letras hispanas, probablemente Delibes hubiese sido un más justo ganador del Nobel que Cela. En cualquier caso, Borges, Roth, Miller, por citar sólo unos pocos, Delibes no es el único gigante sin el reconocimiento de la Academia Sueca, en compensación cuenta con uno mucho más1 importante, el de la inmortalidad.

Entrevista a Delibes realizada en 1976. 33 minutos que valen su peso en oro.

Afortunadamente los honores no debilitaron la pluma de Delibes y en los últimos años de su vida continuó publicando a un ritmo constante. La muerte siempre ha estado presente en su obra, prueba de ello es que con 29 años había publicado La hoja roja, muestra del talento de Delibes para capturar en una sencilla metáfora la esencia de la historia, La hoja roja hace referencia a la marca de los librillos de papel de fumar que indican que llega el final, donde don Eloy reflexiona con su criada Desi sobre el sentido de la vida. El tema de la muerte está todavía más presente en sus últimas novelas, especialmente en Diario de un jubilado, donde regresa al formato diario para contar una historia, y en Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, donde experimenta con el formato epistolar.

En 1993, en presencia del Rey don Juan Carlos, en su discurso de agradecimiento por el Premio Cervantes, Miguel Delibes insinuó que su carrera de novelista estaba concluida. Sin embargo, para fortuna de todos los que amamos y disfrutamos su arte, dos años después, en 1995, publicó su última novela, El hereje, Premio Nacional de Literatura, en la que acepta el desafío de adentrarse en la novela histórica y regala a la posteridad una lección de humanismo y tolerancia ambientada en el Valladolid de la Edad Media. Un broche de oro a una carrera literaria ejemplar.

Poco después Miguel Delibes sufrió un cáncer de colón del que no se recuperó satisfactoriamente y que puso punto final a su carrera literaria, aunque la mecha de su vida se extendería hasta el año 2010. En esos últimos años de vida hay que imaginar a don Miguel reflexionando en soledad, imaginando historias que ya no escribiría, echando de menos a su mujer, disfrutando de la compañía de sus muchos hijos y nietos, paseando por el campo cuando las fuerzas se lo permiten, incluso echándose la escopeta al hombro y, por qué no, acaso también dejando por momentos de lado su característico pesimismo al echar la vista atrás y ver que a su espalda deja una obra que ilumina y hace un poco mejores a todos los que se acercan a ella. Gracias, maestro.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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