Quién cojones es Bansky

Manifestante lanzando flores, autor de la foto desconocido

Con un lenguaje visual tierno e irónico, las redes sociales han convertido a Bansky en icono cultural. El ataque que sufrió el graffiti que regaló a la ciudad de Bristol por San Valentín ha vuelto reabrir la pregunta sobre la identidad del artista más misterioso del siglo XXI

Desde que su primer graffiti apareció en un edificio de oficinas de Bristol en 1997 el mundo no ha dejado de preguntarse quién cojones es Bansky. Aquel lejano primer graffiti, un osito de peluche lanzando un cóctel Molotov contra tres policías antidisturbios, ya contenía todos los rasgos característicos del lenguaje visual de Bansky: un universo en blanco y negro con una pincelada de color en el que la inocencia se revela contra la autoridad. Demasiado bueno para ser verdad, el dibujo tocó la fibra sensible de los bristolians, en cuestión de horas se convirtió en la atracción de la calle, luego del barrio y finalmente de la ciudad.

Dos décadas después Bansky disfruta de una popularidad que para sí quisieran muchos artistas que cultivan disciplinas más academicistas que la del graffiti, en 2010 Paranoid Pictures realizó un extensivo documental sobre su figura, Exist through the gift shop, que se alzó con el Oscar en la categoría documental, su arte forma parte de la iconografía urbana de las ciudades más importantes del mundo, se exhibe en el Moco Museum de Amsterdam y se subasta entre las celebrities de Hollywood a precios que rozan los 2 millones de dólares la pieza y subiendo. Ya sea en Facebook, Instagram o Twitter, el trabajo de Bansky es un imán para los likes y, si no el que más, las redes sociales le han convertido en uno de los artistas más populares del siglo XXI.

Chica con globo en South Bank, foto Dominic Robinson

En un mundo en que la gente cada vez está más dispuesta a vender el alma al diablo por visibilidad, Bansky ha elegido no salir en la foto. Artistas anónimos nunca han sido una rareza y, sin embargo, hay algo nuevo bajo el sol en el anonimato de Bansky. Si los autores de El Lazarillo o La Veneciana ocultaron su identidad para evitar tener que dar explicaciones a la puñetera Inquisición sobre las críticas vertidas en sus obras, en las democracias de hoy en día la libertad de expresión está protegida constitucionalmente -más o menos, que se lo pregunten a la redacción de El Jueves que ha sido intervenida tres veces por orden judicial desde la llegada de la democracia, la última por una caricatura de los entonces Príncipes de Asturias en una posición considerada «irreverente» por el juez Del olmo, un vestigio de la susodicha Inquisición- y el anonimato de Bansky no está tanto motivado por el temor a la hoguera o el garrote vil, armas preferidas de los defensores de la moral, por haber pintado en las calles de Belén un Jesucristo alado derramando corazones sobre la tierra, sino más bien por el temor a la fama, esa puta desagradecida, de cuyos riesgos dan cuenta destinos tan trágicos como el de Elvis Presley, John Lennon o, más recientemente, Michael Jackson o Amy Winehouse.

Laboratorio de ideas, foto Lowpro

La masiva exposición en las redes sociales de la obra de Bansky es directamente proporcional al deseo de ponerle rostro, nombre y apellidos, una fecha y un lugar de nacimiento, esto es, de clasificarlo como individuo; de saber si es más de carne o pescado, playa o montaña, hachís o hierba, esto es, de hacer públicos aspectos de naturaleza inequívocamente privada. Desde que sus graffitis empezaron a llamar la atención del público, el primero sospechoso de encontrarse detrás de su firma siempre ha sido Robert Del Naja, miembro fundador de la banda de trip hop Massive Attack, basado en el hecho de que es originario de Bristol, donde aparecieron los primeros trabajos de Bansky, y de que empezó su carrera como graffitero con la DryBreadZ Crew. Demasiadas coincidencias para no despertar sospechas.

Sin embargo, después de que tanto Bansky como Robert Del Naja declararan ser amigos, pero dos personas diferentes, en 2008, un equipo de periodistas del Daily Mail llevó a cabo una exhaustiva investigación, según la cual se trataba de «un chico de clase media llamado Robin Gunningham». Y en el año 2016 un equipo de criminólogos de la Universidad Queen Mary de Londres utilizó una técnica conocida como perfil geográfico para identificar a Bansky, comparando localizaciones de 140 de sus obras con distintas direcciones asociadas con Robin Gunningham a lo largo del tiempo. «Estaría muy sorprendido si no es él», declaró Steve Le Comber, uno de los autores del informe. En cualquier caso, prueba de las estrecha relación existente entre Bansky y Gunningham es que googlear Bansky y Rubin Gunningham produce inmediatamente 52000 resultados. Thierry Guetta, Paul Horner, Richard Pfeiffer, … Otros muchos nombres de la contracultura han sido relacionados con Bansky a lo largo del tiempo, lo que ha dado alas a la hipótesis de que Bansky, en realidad, más que una persona física, sea un colectivo de artistas vinculados a Massive Attack.

Robert Del Naja, durante un concierto en Barcelona en 2007, foto alterna2

Independientemente de la identidad de la persona o personas que se esconden detrás de su nombre artístico, no han faltado voces que se han apresurado a apuntar que su anonimato constituye parte de una gran campaña de marketing orquestada por marchantes, críticos y galeristas. Si esto es así, su éxito debe haber superado todas sus expectativas, pero esto es dudoso, la gente que maneja al carrera de un artistas tiende más a organizar un amor de conveniencia o un escándalo con drogas de por medio cuando quiere promocionar la carrera de un artista, y si nada de esto funcionan lo llevan al programa de Oprah o a la casa de Bertín Obsborne, depende.

Mantenlo limpio, subastado en Sotheby’s por casi 2 millones de dólares, el precio más alto pagado por una obra del artista

En cualquier caso, hoy como ayer, no hay mayor indicador de éxito como el hecho de que te copien y en la última década ha surgido una legión de imitadores que han llenado de subversión poética las calles de las ciudades de todo el mundo, desde Rio de Janeiro a Shanghai, aunque ninguno ha conseguido alcanzar las cotas de lirismo e ironía que han hecho del arte de Bansky material químicamente puro de redes sociales.

El éxito es un fenómeno social complejo y, en muchos casos, también contradictorio. El graffiti nació originalmente en el guetto como una expresión de resistencia a la autoridad y estrechamente vinculado con la delincuencia juvenil, así que no es de extrañar que los artistas underground firmaran sus obras con seudónimo, entre otras cosas, para dificultar su identificación por la policía. Sin embargo, ningún policía busca hoy a Bansky para ponerlo ante un juez por daños a la propiedad. Las propiedades que firma ven inmediatamente multiplicado exponencialmente su valor y las personas que tratan de averiguar su identidad son críticos rebosantes de idolatría, galeristas rebosantes de fajos de billetes y admiradores rebosantes de propuestas deshonestas.

Graffiti de Bansky en Belén, foto Simon Mannweiler

Lo que el sistema no puede destruir, lo absorbe. Ese es su modus operandi y, en el proceso de pasar de delincuente juvenil que vandaliza fachadas en Bristol a artista codiciado, cuyas obras se subastan en Sotheby’s, Bansky ha pasado a formar parte de él. Como consecuencia de ese proceso, sus obras han ido perdiendo el carácter contestatario característico del arte urbano y se han convertido en objeto de estudio en cátedras universitarias, material de museo y ornamento de salón para millonarios deseosos de impresionar a sus visitas. Ya nadie ve en él una peligrosa llamada a la acción, sino un hermoso objeto de contemplación artística. En otras palabras, su arte se ha aburguesado o por decirlo a lo Pablo Iglesias se ha hecho casta y no sería extraño que incluso hubiera alguna pintura suya en su salón de Galapagar.

Es posible que el sistema haya conseguido poner precio al arte de Bansky, pero todavía no ha conseguido que venda su identidad. Junto con otros alérgicos de la fama, como Thomas Pynchon, J.D. Salinger o el anónimo autor de La voz de Lila, acaso esa sea la más importante lección que nos deja Bansky: en la sociedad de las redes sociales, el mayor acto de rebeldía es el anonimato.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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