Jack London, pasión por la aventura

Jack London fue el escritor más famoso de su generación, pero a diferencia de otros inmortales su lugar en la posteridad no sólo se debe a su magisterio artístico, sino a la leyenda que rodea su vida. En sus cuarenta años de vida ejerció de pirata, marinero, buscador de oro, periodista, productor cinematográfico y militante socialista. Jack London no sólo llenó de vida cada página de sus libros, también llenó de literatura cada día de su vida.

Cuando Jack London nació el 12 de enero de 1876 en San Francisco, el ejército yanqui derrotaba en la Guerra de Black Hills a la coalición de siouxs y cheyennes liderada por Toro Sentado y ponía punto final a la conquista del oeste. En la costa este, las grandes ciudades estaban desplazando al campo como núcleos de la vida estadounidense. Los muelles de Boston, Nueva York y Filadelfia recibían diariamente miles de inmigrantes europeos que acudían a satisfacer las necesidades de la industrialización. Esa vertiginosa transformación social propició la aparición de una nueva generación de empresarios, encabezados por Rockefeller, primer millonario de la historia, cuyo poder simbolizaban los rascacielos que estaban transformado la fisonomía de las grandes ciudades americanas. El nacimiento de Jack London coincidió con el nacimiento de la América moderna y su obra refleja la tensión entre una sociedad que agoniza y otra que nace.

Retrato de Jack London escribiendo en su rancho

Jack London fue el fruto del breve romance entre Flora Wellman y William Chaney. Seis meses después de su nacimiento William Chaney los abandonó y Flora Wellman contrajo matrimonio con John London que dio al joven su apellido. La infancia de Jack London fue extremadamente humilde: «nunca tuve ningún juguete ni nada parecido a los caprichos que disfrutaban el resto de niños. Mis primeros recuerdos están marcados por la pobreza, una pobreza total». El joven Jack London escapaba de la pobreza leyendo panfletos de viajes, tan comunes entonces por la bahía de San Francisco, que inflamaron su deseo de ver mundo.

A los 14 años Jack London abandonó la escuela y consiguió su primer empleo en una conservera de Oakland con un sueldo de 10 céntimos a la hora. El trato diario con los obreros forjó su conciencia de clase y las duras condiciones de las líneas de envasado se convirtieron en material literario, por ejemplo del cuento The apostate: «Era una vida terrible. Dormía por la noche y el resto del tiempo trabajaba. Su conciencia era la de una máquina. Cuando no trabajaba, su conciencia estaba vacía. Era una bestia de trabajo, carente de vida espiritual».

Cada tarde a la salida del trabajo, desde los muelles de Oackland, Jack London contemplaba las goletas de los piratas surcar la bahía de San Francisco. El anhelo de una vida romántica al aire libre le hizo primero abandonar la fábrica y luego pedir un préstamo con el que compró la goleta Razzle-Dazzle. Durante los siguientes meses, por el día contrabandeó con todo tipo de mercancía y por las noches derrochó lo ganado en las tabernas del puerto. Siguiendo los códigos de conducta del gremio, se emborrachó hasta perder el sentido, prefirió pelar a discutir e intimó con las mujeres de la mala vida, pero sobretodo Jack London se empapó del inglés de los bajos fondos característico de los personajes de sus novelas. Después de varios meses de piratería en los muelles se le conocía como the prince of the bay, pero para entonces la bahía de San Francisco se le había quedado pequeña, su mirada estaba fija en el Pacífico.

En 1893 se embarcó como marinero en el Sophia Sutherland rumbo a Japón. El viaje quedó indeleblemente grabado en su memoria, especialmente un episodio ocurrido en el mar de Japón, cuando un violento tifón sacudió el Sophia como si fuera de juguete, la tripulación se puso rápidamente a salvo en la bodega, excepto Jack London que permaneció al timón, midiendo su fuerza con la naturaleza. De vuelta en Oakland su madre le conminó a participar en un concurso literario organizado por la revista Call y el cuento Typhoon off the coast of Japan ganó el primer premio y se convirtió en el primer texto publicado de Jack London.

Sediento de nuevas aventuras, Jack London pretendía volver a embarcarse cuanto antes, pero la enfermedad de su padrastro le forzó a permanecer en tierra. 1893 fue un año de crisis económica y graves disturbios laborales en los Estados Unidos, después de perder varios trabajos Jack London se unió a la Kelly´s Industrial Army, una marcha de protesta con destino a Washington. «La carretera me cautivó desde el primer momento. En mi camino me encuentro con todo tipo de hombres: marineros, soldados, campesinos, proletarios, todos consumidos por el trabajo sobrehumano al que son sometidos. Frente a ellos contemplo el abismo social que divide este país y debo confesar que me embarga el horror». Jack London narró su vida de paria en el primero de sus libros autobiográficos, The road.

Jack London en traje y corbata

Después de que la marcha se disolviese, regresó a California siguiendo un itinerario que lo llevó por las ciudades más importantes del este y Canadá. Sin un centavo en los bolsillos, viajaba de polizón y vivía de la solidaridad de la gente. En Pensilvania fue condenado a un mes de prisión por vagabundo. Ese mes entre rejas, ser encarcelado por el único delito de carecer de techo, marcaría profundamente su pensamiento político. En aquel largo viaje de aprendizaje Jack London tomó la decisión de no volver a realizar ningún trabajo físico.

De regreso en California se apuntó a la Oakland High Schoool y empezó el que sería el viaje más largo y apasionante de su vida: el viaje en busca de conocimiento. Para costearse los estudios barría diariamente los suelos del instituto y cuando no estaba allí, estaba en la biblioteca pública: «estoy allí desde la mañana a la noche, prácticamente vivo allí. Escribo y leo a los clásicos, estudio gramática y los distintos estilos de escritura. A veces me olvido de comer o simplemente no quiero abandonar mis apasionantes lecciones». Allí Jack London descubrió a Marx, Darwin y Spencer que se convirtieron en sus grandes influencias: «grandes mentes que se han dedicado, incluso antes de que yo naciera, a buscar las respuestas de todas aquellas preguntas que siempre me han obsesionado».

La combinación de aquellas lecturas con su experiencia en las fábricas de Oakland provocó el despertar de su conciencia política: «si de algo estoy seguro es de que soy socialista». Se afilió al Partido Socialista y poco después apareció en The comrade un apasionado artículo con su firma: «Haceos escuchad americanos, patriotas y socialistas. Salid a la calle y quitad las riendas del poder, si es necesario por la fuerza, de las manos de esta corrupta administración y mostrad el camino del progreso a las masas». La virulencia de su compromiso político le llevó hasta la plaza del Ayuntamiento de Oakland, donde predicaba diariamente las bondades del socialismo a sus vecinos, hasta que fue arrestado por segunda vez por desorden público.

Asistido por Elisabeth Maddern, quien se convertiría en su primera mujer, preparó su examen de ingreso en Berkeley. Pero después de seis meses abandonó la universidad por su incapacidad para pagar la matrícula. En cualquier caso abandonar Berkeley no significó renunciar a sus ansias de conocimiento, aún conservaba en el bolsillo el carné de la biblioteca pública que le daba acceso a toda la información que un hombre puede desear. Además, en su fuero interno estaba convencido de que podía aprender mucho más rápido por su cuenta que bajo tutela universitaria, dialogando directamente con Melville o Aristóteles en la silenciosa sala de lectura de la biblioteca, convicción que resalta acaso el rasgo más marcado de su personalidad: el autodidactismo.

En 1897 llegaron a California las primeras noticias del descubrimiento de oro en Klondike, una vasta región entre Alaska y Canadá. Pese a los riegos que entrañaba la empresa, Jack London no fue ajeno a la fiebre que empujó a miles de sus compatriotas a abandonar sus hogares cautivados por la perspectiva de un futuro dorado, pero acaso a él no lo motivó tanto la codicia como la promesa de pisar tierra virgen jamás hollada por el hombre. Sea como fuera, fue el episodio que cambió su vida.

Después de desembarcar en Alaska y navegar más de 600 kilómetros por el Yukon, recibió en Dawson su carné de buscador con el número 450. Sin embargo la irrupción del invierno le obligó a suspender cualquier intento de exploración hasta la llegada de la primavera. «Una noche en Klondike es como 40 días en una nevera», en aquellos largos días de invierno le acompañaban tres libros: la imprescindible guía de supervivencia, El origen de las especies de Darwin y El Paraíso perdido de Milton. Mejor pocos libros buenos que muchos malos.

Cuando finalmente llegó la primavera, Jack London había contraído escorbuto debido a la pobre dieta. Su salud se deterioró tan rápidamente que sus compañeros le convencieron de que debía regresar a California cuanto antes. Klondike no fue El Dorado que esperaba, después de varios meses de busca había encontrado oro por valor de poco más de 4 dólares. El verdadero oro que Jack London encontró en Klondike fue la comunión con la naturaleza, la experiencia de la camaradería entre hombres que viven mirando diariamente a la muerte a los ojos y, sobretodo, las muchas historias que escuchó en boca de buscadores y traperos sobre la lucha contra los indios, los lobos y el frio, anécdotas que su genio transformó en literatura de dieciocho quilates.

En las eternas nieves de Alaska, en lo que él mismo definió como the white silence, Jack London había encontrado su destino: sería escritor. Durante los meses siguientes escribió sin parar y cultivó todos los géneros habidos y por haber: poesía, cuentos, novelas, ensayos, artículos, etc. Jack London persiguió su ambición de gloria literaria con un intensidad que sólo conocen aquellos bendecidos con el fuego sagrado; las horas del día se le quedaban cortas, el sueño lo encontraba inclinado sobre su Remington y a la mañana siguiente, antes de la salida del sol, retomaba el trabajo allí donde lo había dejado. Con la irrompible ilusión de los principiantes, mandaba sus primeras tentativas artísticas a todas las revistas, periódicos y editoriales de los Estados Unidos y como el héroe de su novela Martin Eden llegó a vender el abrigo, la bicicleta e incluso la Remington para comprar los sellos con los que franquear su material.

Finalmente, la revista literaria The black cat de Boston publicó su cuento A thousand deaths. Aquello fue una gran victoria para Jack London, pero nada comparado con lo que estaba por llegar. En 1900 la prestigiosa Atlantic Monthly publicó The son of the wolf y acto seguido la editorial Houghton, Mifflin & Co. compró los derechos de sus cuentos y publicó su primera colección de relatos, también con el título The son of the Wolf.

Antes de que las guerras mundiales alterasen el orden mundial, Europa todavía era el centro político y económico del mundo y en 1902 Jack London realizó su primer viaje a Londres. Allí había vivido Marx, una de sus grandes inspiraciones, desde 1849 hasta su muerte y allí había escrito Das Kapital. El principal motivo de su viaje era estudiar los efectos de la industrialización en el East End, por entonces la zona más industrializada del mundo.

Con la singular habilidad de Jack London para transformar sus viajes en literatura, su visita a Londres originó el consiguiente libro, pero uno de carácter muy singular. The people of the abyss es un informe sobre el terrible coste humano de la industrialización. Jack London había acudido a Londres acompañado por una reciente adquisición: una Kodak 3A, la primera cámara portátil de la historia, que desde entonces le acompañaría a todas partes. The people of the abyss está ilustrado con decenas de fotografías que lo convirtieron en un pionero del género periodístico. «Surgirá una sociedad mutilada, una sociedad de la periferia. Los hombres se convertirán en caricaturas humanas, sus mujeres e hijos serán pálidos y anémicos. Ese es el destino hacia el que se dirige la sociedad, privada de toda noción de bienestar y belleza».

Pese al cuidado que puso en su elaboración, el público recibió The people of the abyss con frialdad, pero su siguiente libro, The call of the wild, publicado en 1903 por Mcmillan, fue un éxito que catapultó a Jack London a los titulares de todos los periódicos nacionales. Jack London transformó su experiencia como buscador de oro en la historia de Buck, un san bernardo que lucha por sobrevivir en el silencio blanco de Klondike. Varias razones explican el rotundo éxito de The call of the wild: América estaba inmersa en la fiebre del oro, el héroe es un perro con el que todos los lectores podían empatizar fácilmente, y su estilo ágil y directo era accesible a un gran público. Pero a diferencia de tantos best-sellers que se aúpan a las primeras listas de ventas para ser olvidados al día siguiente, bajo la superficie de una vibrante novela de aventuras, The Call of the wild ofrece una profundidad de lectura que la convierte en un clásico intemporal.

Probablemente ningún otro hecho ilustra mejor el nivel de fama que Jack London alcanzó con la novela que su primera experiencia como reportero de guerra. En 1904 aceptó una oferta del The San Francisco Examiner para viajar a Asia a informar sobre la Guerra ruso-japonesa por el control de Manchuria. Durante su estancia en Korea, Jack London descubrió al lacayo de un oficial japonés robándole. Su primera reacción fue abofetearlo y fue arrestado por agresión. En cuanto la noticia llegó a los Estados Unidos, Roosevelt, un ferviente admirador de Jack London, telefoneó personalmente al emperador japonés para solicitar su libertad: «sepan que cualquier cosa que le hagan a Jack London, se la hacen a los Estados Unidos».

Jack London en compañía de Charmian, su segunda mujer

No debía ser fácil conciliar su espíritu aventurero con las obligaciones de la paternidad, aquella aventura asiática fue la gota que colmó la paciencia de Elisabeth Maddern que a su regreso solicitó el divorcio y la custodia de las dos hijas del matrimonio, Becky y Joan. Inmediatamente después de firmar los papeles de divorcio, Jack London empezó una relación sentimental con Charmian Kittredge, una mujer cinco años mayor que él, que se convertiría en su segunda esposa. Charmian era el reverso de la rigidez victoria de Elisabeth: un espíritu libre, rebelde y feminista. La pareja se trasladó a vivir a una casa de campo en el norte de San Francisco, en la región de Moon Valley. Jack London se enamoró del lugar a primera vista y decidió comprar 50 hectáreas de terreno para construir un rancho en el futuro.

Charmian era una experta mecanógrafa que asistió a Jack London con sus manuscritos durante el resto de su vida. La primera novela que Jack London publicó con su asistencia fue White Fang en 1906. Aunque la novela pertenece al ciclo de Klondike y también está protagonizada por un perro, Colmillo Blanco realiza el camino inverso de Buck: «Tengo que invertir el proceso, en lugar del asilvestramiento de un animal tengo que narrar su domesticación, su ingreso en la civilización y todas las virtudes asociadas con dicho proceso: amor, lealtad y moral».

Tras la publicación de White Fang Jack London contaba treinta años y estaba en la cumbre de su éxito, ¿quedaba algo en él del apasionado revolucionario de su juventud? «Yo era ya socialista antes de convertirme en escritor, sigo siendo el mismo revolucionario de siempre, y estoy todavía más en guerra que antes con la brutal burguesía», escribe en su ensayo Revolution, tras cuya publicación el FBI abrió un archivo con su nombre.

Inspirado por la lectura de Sailing alone around the world de Joshua Slocum, el primer hombre en circunnavegar en solitario la tierra, Jack London ordenó la construcción de un barco, con el propósito de realizar un viaje de siete años alrededor del globo en compañía de Charmian. El viaje se retrasó por el terremoto de San Francisco de 1906. Antes de que la tierra hubiera dejado de temblar Jack London ya estaba en la calle acompañado de su inseparable Kodak: «nunca antes en la historia una ciudad tan moderna y majestuosa había sido totalmente destruida. San Francisco ya no existe, sólo queda su recuerdo. La zona industrial ya no existe, la zona comercial ya no existe, la zona residencial ya no existe. Todo ha desaparecido».

Finalmente el Snark, así bautizado en honor a Lewis Carroll, partió de Oackland en 1907 rumbo a Hawai. Para financiar tan ambiciosa aventura, Jack London había recibido el encargo de escribir una serie de artículos sobre su travesía que posteriormente aparecieron en un libro titulado The Cruise of the Snark, en sus páginas dedicó casi un capítulo completo a su estancia en Honolulú, especialmente a la práctica del surf por la población local: «cada mañana bajo a la playa con la intención de mantenerme en pie sobre las aguas, estoy decidido a no abandonar Honolulú hasta que consiga domar la fuerza del mar bajo mis talones».

Después de cinco meses en Honolulú, el Snark partió rumbo a la Polinesia francesa, donde visitó las Marquesas seducido por las exótica geografía y costumbres de los nativos descritas por Herman Melville en su autobiografía. Las siguientes escalas fueron Tahití, Bora Bora y Samoa, para visitar la isla en la que R.L. Stevenson, su gran héroe literario, pasó sus últimos años de vida: «por ninguna otra persona hubiese dado el inmenso rodeo que requería venir a esta isla». El periplo continuó rumbo a Fiji y a las Salomón donde estudió las condiciones de esclavitud en las que trabajaba la población indígena en las plantaciones y que se convertirían en elementos recurrentes de su ciclo del Pacífico.

Abordo del Snark empezó a trabajar en Martin Eden, el segundo de sus libros autobiográficos. El héroe de la novela, un alter ego de Jack London, es un joven marinero que lucha por convertirse en escritor, pero para quien el éxito literario significa la destrucción de las ilusiones que había depositado en la cultura. La decepción empuja al protagonista al suicidio, desenlace que resultaría premonitorio del propio final del Jack London. La novela marcó un antes y un después en su creación literaria, en ningún otro de sus libro desnudó tanto su alma y reveló el abismo que lo separaba de sus lectores: la insalvable diferencia que existía entre el verdadero Jack London y la percepción que el público tenía de él.

El paso por el archipiélago de las Salomón significó el prematuro final de la singladura del Snark por los océanos. La tripulación sufría fiebres tropicales a causa del clima húmedo y sofocante y las picaduras de los mosquitos. El peor afectado fue el propio Jack London que contrajo malaria y empezó a tratarse con cloruro de mercurio, hasta que su estado empeoró tanto que tuvo que ser tratado en un sanatorio de Sidney. Pese a tan inesperado y dramático final, Jack y Charmian recordarían su periplo por el Pacífico como los días más felices de su vida.

Después de una ausencia de veintisiete meses, en julio de 1909 regresaron a California y el matrimonio se centró en la realización de un sueño común largo tiempo anhelado: la construcción de su granja. Ampliaron la propiedad y cultivaron frutas, verduras y cereales. Pero en una muestra de su carácter pionero, Jack London desoyó los consejos del resto de agricultores de la región y prefirió seguir sus propios métodos de cultivo: «¿Que qué hago? Intento hacer aquí lo que los chinos llevan haciendo siglos: cultivar la tierra sin emplear químicos. Recupero la tierra de California arruinada por la insaciable avaricia de los pioneros». Jack London fue un defensor de la ecología, incluso antes de que la ecología existiera.

Dos meses después de su regreso Charmian estaba embarazada, la felicidad del matrimonio era absoluta. Sin embargo, tras un parto largo y difícil, su hija murió pocas horas después de venir al mundo. Jack y Charmian buscaron consuelo en la aventura. El matrimonio realizó un viaje en coche de caballos siguiendo las huellas de los primeros pioneros a través de California y Oregón. Posteriormente recorrieron la costa americana en un velero de cuatro mástiles. De vuelta en California Charmian estaba nuevamente embarazada, pero a los pocos meses sufrió un aborto natural. Charmian tenía treinta y nueve años y ya nunca tendrían hijos.

A partir de ese momento la vida del matrimonio conoció pocos momentos de felicidad. 1913 fue un año maldito, el frío arruinó la primera cosecha de la granja y una serie de pésimas inversiones complicaron su situación financiera. Jack London escribía sin parar para financiar la construcción de la inmensa casa del matrimonio, en consecuencia la calidad de sus obras bajó considerablemente. «Estoy tan cansado de escribir que con mucho gusto me cortaría las manos para no tener que volver a hacerlo». Sin embargo, el peor golpe de ese annus horribilis estaba aún por llegar, la noche anterior a su mudanza la casa fue pasto de las llamas y por la mañana Jack y Charmian encontraron su sueño hecho cenizas. «1913 ha cambiado mi rostro y ya nunca volverá a ser el mismo».

En un intento por subsanar la grave crisis económica que atravesaba el matrimonio, en otra muestra de su espíritu pionero, Jack London probó suerte en la industria cinematográfica. En compañía del director Hobart Bosworth fundó la productora Bosworth Inc. que detentaba los derechos exclusivos de todas sus novelas e inició su andadura con la adaptación de Sea-Wolf. Sin embargo, para desgracia de la compañía, la industria cinematográfica todavía se encontraba en pañales, especialmente en lo relativo a derechos de autor, y ese mismo año otra productora realizó la adaptación de la misma novela sin el consentimiento de Jack London. The valley of the moon, Martin Eden, John Barleycorn fueron otras de sus novelas adaptadas, pero a las imágenes les faltaba el poder de evocación de la prosa de Jack London y su recaudación no consiguió aliviar las dificultades económicas que padecían Jack y Charmian.

En 1914 Jack London viajó a México para informar sobre la revolución de Veracruz. En sus artículos condenó las acciones de los insurrectos y apoyó enérgicamente la intervención americana en el conflicto, postura que provocaría su ruptura con el Partido Socialista y un gran revuelo en la opinión pública americana. Para alejarse del escándalo mediático Jack y Charmian regresaron a Hawai, lugar que en una ocasión él definió como «the land of love», donde permanecieron desde finales de 1914 a mediados de 1916.

Cuando en junio regresaron a California el estado de salud de Jack London había empeorado profundamente, consumía ingentes cantidades de morfina contra el dolor de riñones y el 22 de noviembre de 1916 una sobredosis puso fin a su vida. El cloruro de mercurio que empleó contra la malaria había envenenado su cuerpo y una vida de excesos había drenado sus fuerzas; demasiado trabajo duro, demasiado tabaco y, sobre todo, demasiado alcohol, un placer que había descubierto en sus días de pirata y cuya adicción describió en su novela autobiográfica John Barleycorn, que la prensa americana retituló como Alcoholic Memoirs.

Las tumbas de Jack y Charmian London, una humilde sepultura de piedra sobre la que crece el moho, se encuentran en el Parque Jack London, en Glen Ellen, California. «Preferiría ser un meteoro en el que cada átomo arde con intensidad que un gran planeta adormecido, la verdadera tarea del hombre es vivir, no sólo existir. No pienso desperdiciar mis días en intentar alargarlos, pienso exprimir hasta el último segundo de vida». Jack London no sólo legó sus obras como testimonio de su genio, también legó su vida.

Publicado por Miguel A. Álvarez

Miguel A. Álvarez, escritor, traductor y redactor. Su primera novela, Vida de perros, ganó el I premio Corcel Negro de Literatura. Su cuento Verano del 88 ha sido distinguido con la mención de honor en el 66º Premio Internacional a la Palabra 2019. Su cuento Balbodán ha sido finalista del XIX Concurso Cuento sobre Ruedas 2019. Escribe en las revistas Quimera y Descubrir la Historia y colabora con los magazines Letralia, Revista de Historia y Maldita Cultura.

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